Ciro Gómez Leyva
Tengo una admiración generacional por el trabajo de José Gutiérrez Vivó. He dicho aquí que la radio noticiosa mexicana, lo mejor de la radio noticiosa mexicana, no sería lo que es si este hombre no hubiera marcado la ruta desde hace tres décadas.
Por eso me cuesta comprender su regreso al cuadrante por la puerta trasera. Se retiró del aire hace dos meses alegando alevosas interferencias del poder que lo mermaron en el pleito legal que sostiene con Radio Centro y que dejaron a Monitor en estado de coma. No dudo que así haya sido, especialmente en los corruptos tiempos de los Fox-Sahagún.
Pero él se encargó también de asociar ese litigio de empresas con un asunto de censura. Usó el tiempo-aire para sembrar sospechas y sugerir que el poder no quería que siguiera teniendo el micrófono abierto. Y muchos así lo creyeron. Algunos, por la credibilidad que se ha ganado. Otros, porque eran palabras que embonaban maravillosamente con la teoría del cerco informativo a lo que huela a López Obrador.
Gutiérrez Vivó no hizo nada para disipar la imagen de víctima de la censura. Por el contrario, creo que se sirvió de ella. Y una buena mañana, la de ayer, reinició transmisiones diciendo que no valía la pena hablar de las causas por las que estaba de vuelta.
¿Qué no se había marchado para siempre? ¿Qué no le faltaba dinero? ¿Qué ocurrió? Vaya Dios a saberlo. Uno debe asumir las diatribas y alegatos de Gutiérrez Vivó, pero sin derecho a recibir de él una explicación por su conducta errática, sospechosa. Sus pleitos son públicos; sus enjuagues, privados.
Será interesante escuchar ahora a quienes, a la primera de cambio, sacan la pistola para disparar el rabioso: “¡Censura!”.
Periodista.
gomezleyva@milenio.com
Este texto se publicó el martes 04 de septiembre de 2007 en el periódico Milenio.
Agradecemos al autor su autorización para reproducirlo.