José Carreño Carlón
1.-Durazo vuelve a atacar.- Iniciado por su tío Arturo, el célebre Negro Durazo, el “general” del Partenón, los centenarios, la provisión de sedantes a comunicadores valientes y los descuartizados del Río Tula, Alfonso Durazo medra de la fabricación de escándalos a costa de quienes lo han favorecido: de Salinas a Colosio, de Zedillo a Fox. A través de otro “topo” dejado en Los Pinos, lleva semanas fraguando otro golpe contra Fox, su más reciente favorecedor (de él, del “topo” y de su familia). Ahora manufactura otra “prueba” del complot Fox-Salinas contra Amlo en algunos espacios mediáticos, con miras a “estallarla en grande” entre hoy y el fin de semana. ¿La “bomba”?: mi supuesta participación como asesor del actual vocero presidencial. Nadie de quienes le han comprado esta nueva patraña me lo ha preguntado, como correspondería al mínimo rigor profesional. De manera que suplo su amateurismo: No soy asesor de Rubén Aguilar, no participo en su estrategia, ni estoy seguro, con todo respeto, como lo he señalado aquí, personalmente y en etcétera, que haya algo allí que pudiera llamarse estrategia.
2.- Confesiones.- Tampoco propuse las conferencias mañaneras de Rubén, pero confieso que pudieran resultar acertadas. Ni ¡horror! suelo caer en la irreverencia de llamar simplemente López a Amlo. Confieso que he cometido esa herejía, cuyo castigo me recuerda las épocas de Díaz Ordaz: gatilleros —no sólo de los medios— amedrentaban a quien no se dirigiera al señor Presidente entre los signos de admiración que ahora se exigen para otro autócrata que, a su vez, adjetiva y apoda con saña a sus adversarios políticos y a los particulares que tiene en la mira. No he impartido “talleres” a funcionarios de comunicación de Los Pinos, pero no sería mala idea. (Ojo, Rubén: lo suelo hacer con organizaciones públicas y privadas, nacionales e internacionales) Y sí, mantengo una antigua relación personal y un diálogo periódico con mis colegas de la Ibero y la UNAM, Rubén Aguilar y Carlos Garza, hoy con altas responsabilidades en la comunicación presidencial. En alguno de esos diálogos hubo otros funcionarios del área, pero no el “topo” de Durazo y quizás de allí las patrañas que puso a circular.
3.- Adicciones.- Ni la diputación priista de 1968, que le llevaba serenata al Presidente, se atrevió a los extremos de abyección de la aplanadora perredista en el Congreso local. Esmerarse en una exhortación al vocero presidencial a que deje de llamar al caudillo simplemente “señor López” y no por su nombre y cargo completos (Díaz Ordaz exigía también el título) fue un récord. Especialmente para una mayoría legislativa que no se ha esmerado en legislar el derecho de la gente a saber lo que gasta el jefe —y cómo lo gasta—, especialmente en su promoción personal. Es una sumisión adicta al gobernante sólo comparable a la adicción de éste por aparecer en los medios. Al prepararse para ir a prisión, el adicto a las drogas asegura su provisión; el adicto al sexo, prevé los arreglos correspondientes; el adicto a la familia, las condiciones para recibirla. Amlo sólo garantizó el acceso de los medios al penal que le correspondería, con cámaras y grabadoras, para que lo entrevisten a él y para mantener en el aislamiento a sus presos con información peligrosa.
José Carreño Carlón es director de la División de Estudios Profesionales de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.
jose.carreno@uia.mx
Este texto se publicó el miércoles 27 de abril de 2005 en el diario La Crónica de Hoy.
Agradecemos a José Carreño Carlón su autorización para reproducirlo.