Juan María Alponte
The New York Times acaba de publicar una autocrítica histórica: sus errores en la presentación de los acontecimientos de Irak. Señala varios artículos, entre 2001 y 2003, como prueba de los equívocos cometidos, por afán de tener una exclusiva o por deserción crítica ante la manipulación del gobierno. De una forma u otra, uno de los periódicos más importantes del mundo (la BBC de Londres debió reconsiderar, igualmente, su información bajo la apelación de un juez y, por ello, destituyó al presidente de la inmensa institución) ha tenido el coraje, la decisión ética y la voluntad explícita de asumir, por sí, ante sí y ante el mundo, su responsabilidad en la interpretación de tapas claves de las informaciones sobre Irak. El gran periódico concede que, pese a la "primera página" y, por tanto, a tenor de la importancia del espacio ocupado, los artículos no se merecían el crédito que tuvieron. Declaración sobrecogedora que devuelve al periodismo su función fundamental de comunicar sólo la verdad y hacer posible, a su vez, que la verdad sea una parte esencial de la relación moral entre la sociedad civil y los medios.
No creo que sea necesario decir más: la enorme fortaleza que es The New York Times nos devuelve la esperanza. Voltaire es nuestro guía: "Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida para que usted pueda decirlo". Todo dicho.
Según The Almanac of American History, de Arthur M. Schlesinger y John S. Brown, el primer número de The New York Daily Times (pronto The New York Times) se publicó el 18 de septiembre de 1851. Su editor, Henry J. Raymond, personaje múltiple (había nacido en una granja de Nueva York en 1820) se interesó por el periodismo, trabajó como reportero y llegó a ser miembro de la Asamblea de la Ciudad en tanto que whig o liberal. El éxito obtenido por uno de sus antiguos directores (en el diario Tribune) le condujo a reunir, con George Jones, los 70 mil dólares que consideraron suficientes para comenzar la operación. Operación que sería una de las más exitosas del mundo: cuatro páginas, en su inicio, y una decisión: información precisa y de un conservadurismo moderado. Los estudiosos de la época señalan que, en su primer número, el mundo, Inglaterra, aparecía bajo este prudente ejercicio de política internacional: "Día calmo en Londres". Entre las noticias locales una, sobre lo que hoy denominamos los derechos humanos, alarmaron a los 12, sólo 12, miembros del staff del nuevo periódico. Una mujer embriagada, trasladada a una estación de Policía, murió en ella. El periódico asumía un diagnóstico: la mujer tenía 35 años, estaba enferma bajo los efectos del delirium tremens. El periódico se interroga sobre las causas de su muerte en la sede policiaca.
El editor, Henry Javis Raymond, era amigo de Lincoln y desde The New York Times, como atalaya, entraría el problema de la esclavitud, la Guerra Civil y el asesinato del liberador de los esclavos en 1865. Ya para entonces el número de ejemplares del periódico se elevaba (datos para 1861) a 75 mil ejemplares. Eran los años previos a la Guerra Civil que tuvieron una "explosión" literaria: la novela de Harriet Beecher Stowe, Uncle Tom`s Cabin, es decir, La Cabaña del Tío Tom. Se hacía, en ella, el relato de los sufrimientos de los esclavos que huían del sur al norte. El libro apareció en puestos de venta el 1 de abril de 1851 y su éxito fue fulgurante: 10 mil ejemplares en la primera semana. Antes de un año 300 mil aunque en Inglaterra llegaron pronto a un millón y medio.
El 6 de noviembre de 1860 (Harriet Beecher Stowe publicó su segunda novela antiesclavista en 1856), Lincoln fue elegido presidente de EU. En orden al "voto popular" obtuvo un millón 866 mil 452 votos y Douglas, por su lado, un millón 376 mil 957. Respecto de los votos electorales (el país tenía 33 estados) Lincoln contó con el apoyo de 18 estados; Douglas tres estados y el tercer candidato, en "votos populares", Brechkinridge, reunió, en su favor, a la mayor parte de los estados del sur. En 1861 la Guerra Civil fue un hecho. El 1 de enero de 1863 Lincoln firmó la Ley de Emancipación de los Esclavos en todos los estados en rebelión. El 14 de abril de 1865, cuando apenas se celebraba el fin de las batallas, Lincoln fue asesinado en un palco del teatro Ford de Washington, por John Wilkes Booth, un sudista de origen inglés, actor de teatro que tenía, en su repertorio, las obras más trágicas de Shakespeare. Brutal lección de la existencia memorable y terrible. La Guerra Civil se cobró 234 mil vidas humanas; hubo 332 mil heridos y su costo económico se elevó a 4 mil millones de dólares.
Ese periodo es importante y decisivo en la expansión nacional de The New York Times. Según el notable testimonio de Gay Talese, The Kingdom and the Power, los reporteros que cubrieron la Guerra Civil estuvieron en los lugares más peligrosos y en algunos casos sus periodistas fueron acusados de espías y, en otros, anticiparon noticias bélicas que, en la edad de las comunicaciones inciertas para los Estados Mayores, pudieron causar problemas graves.
En la Revolución Cubana los periodistas de The New York Times hicieron universal el nombre de Fidel Castro y, en los años de Sierra Maestra, ese periódico divulgó y exaltó un proceso que, en estos momentos diseña, entre el embargo y la aparición del exilio moderado en Cuba, el tránsito hacia una etapa de condena del bloqueo, por el nuevo concilio entre exiliados y cubanos, y una irreprimible apertura. The New York Times, que rectifica y esclarece, con gran valor ético, muchas de sus informaciones sobre Irak seguramente, desde esa admirable autocrítica, el diario podrá observar los problemas mundiales, cubanos y latinoamericanos, desde una perspectiva histórica que no da la razón a George W. Bush.