Ricardo Alemán
Pablo Hiriart renunció al diario La Crónica por "falta de uniformidad de criterios" en torno a la política editorial
En un escueto editorial de primera plana, en la edición del pasado 17 de enero, el diario La Crónica de Hoy dio cuenta de la salida de su director fundador, Pablo Hiriart Le Bert. Las razones, según expuso el mismo diario: "La falta de uniformidad de criterios en torno a la política editorial del periódico y la existencia de puntos de vista divergentes sobre la conducción futura del diario".
El diario La Crónica es una empresa periodística privada, cuyo capital mayoritario pertenece al empresario Jorge Kahwagi, quien en 1998 intervino con una ampliación de capital al diario, fundado en 1996 por el propio Pablo Hiriart y por un grupo de periodistas a quienes la voz popular vinculaba al ex presidente Carlos Salinas. Hasta aquí, la salida de Hiriart como director de La Crónica, no ameritaría más comentarios que los relativos al relevo del capitán de cualquier otra empresa del ramo.
Pero lo interesante del asunto -y más allá de que se pueda estar de acuerdo o no con la línea editorial seguida por La Crónica en su primera década de vida- es que en los últimos seis años ese periódico se convirtió en el medio impreso más crítico del gobierno del Distrito Federal, del gobernante capitalino Andrés Manuel López Obrador, y en general del PRD y de sus centros de poder. En todo ese tiempo La Crónica desplegó una línea editorial que lo convirtió -en la maniquea interpretación política de la izquierda perredista- en el principal enemigo de AMLO y de la izquierda que representa. ¿Y eso qué?, se podría preguntar.
En efecto, son muchos los que ven con naturalidad y hasta como saludable que un diario le explique a sus lectores que su director fundador dejó el cargo por "la falta de uniformidad de criterios en torno a la política editorial del periódico y la existencia de puntos de vista divergentes sobre la conducción futura del diario". No faltaron los aplausos por las muestras de transparencia y congruencia de los empresarios mediáticos que deciden los destinos de La Crónica. Pero son muy pocos los que se han preguntado, por un lado, y los que han explicado, por el otro, las razones de esa "falta de uniformidad de criterios" en torno a la política editorial del diario y "los puntos de vista divergentes" para el futuro.
Está claro que el ex jefe de Gobierno y ex candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador, no sólo fue derrotado en la contienda presidencial, sino que está lejos de los centros reales de poder como para emprender una batida contra sus otrora adversarios, como pudo haber sido el caso de La Crónica. Pero también es cierto que para un gobernante atento de la importancia de un diario crítico, la mejor decisión es anular desde el principio los focos de crítica.
Resulta que el ahora ex director de La Crónica, Pablo Hiriart, se había propuesto mantener la línea editorial seguida en los primeros 10 años de vida del diario, y sobre todo en los últimos seis, lo que suponía que el gobierno de Marcelo Ebrard en el Distrito Federal sería sometido a la misma crítica que su antecesor. Para el nuevo jefe de Gobierno capitalino ese diario y su posición editorial eran incómodas, y debían anularse. ¿Cómo lograrlo? A través de las artes que el señor Ebrard domina a la perfección: las presiones político-económicas. Y no le resultó difícil.
Por un lado, el gobierno del Distrito Federal es uno de los más grandes clientes de cientos o miles de empresarios mexicanos. Cerrar las fuentes de negocios del GDF es una presión nada despreciable. Pero además, y a pesar de que la profesora Elba Esther Gordillo movió sus piezas a favor de Felipe Calderón en la pasada contienda presidencial, lo cierto es que su relación con el señor Marcelo Ebrard viene de lejos, sigue viva. No hace mucho el ahora ex director de La Crónica recibió la instrucción de suspender la crítica tanto a Marcelo Ebrard como a la lideresa del magisterio, la señora Gordillo.
¿Por qué? Por compromisos políticos y económicos de los señores Kahwagi. Pero además, para nadie es un secreto la estrecha relación entre la profesora Gordillo y la familia Kahwagi, a uno de cuyos miembros -el cómico, boxeador y dirigente partidista- invitó a dirigir nada menos que los destinos de la franquicia partidista conocida como Nueva Alianza. El asunto era muy fácil: o se modificaba la línea editorial crítica al gobierno del DF y a la lideresa del magisterio, o se cambiaba de director. Pablo Hiriart decidió dejar el diario, porque era el motivo de "la falta de uniformidad de criterios" en torno a la línea editorial. En pocas palabras, desde el poder se acabó con una posición crítica.
Pero no es el único caso. En Sonora el gobernador del PRI, Eduardo Robinson-Bours Castelo, mantiene un feroz control sobre la prensa local, y apenas en semanas previas inició una grosera persecución contra los editores de la revista Contralínea, al grado de impedir la circulación de esa publicación en aquella entidad. Resulta que al iniciar la distribución de Contralínea en Sonora, en sus páginas aparecieron críticas severas al gobierno de Bours, que no fueron toleradas por el mandatario estatal. En este caso la respuesta fue al más puro estilo de la casa: secuestrar el tiraje y amedrentar a los editores. Los nuevos tiempos.