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Carlos Monsiváis  Sitiada en su epidermis


 

 



¿Tiene sentido comentar un texto muy logrado de un gran escritor? El relato de Gabriel García Márquez se explica por sí mismo, y esta obviedad nos envía a sus otros cuentos, siempre sustentados en una prosa ya inevitablemente clásica, donde el cuidado en la elección de sustantivos y adjetivos corresponde a la construcción de cada texto como algo cerrado y abierto a la vez, cerrado en lo tocante a su sonoridad y su elocuencia, irreprochables, y abierto en lo relativo a las interpretaciones, las sugerencias, los estímulos incontables.

Ana Magdalena Bach, en el cuento de García Márquez, es una mujer libre en lo esencial: decide cuándo ceder y cuándo ejercer sus gustos, sus pasiones, sus reticencias, sus ganas de soledad. Es, y el término no es negociable, una mujer moderna, alguien al tanto de sexología, psicoanálisis, música de seguro (nadie se llama así sin resonancias), literatura, experiencias de viajera y turista. Le tocó ya no angustiarse en lo mínimo por el tema de la honra, y no cree (es evidente) en los determinismos freudianos, ni en la envidia del falo, ni en las nociones de "suciedad" o de "limpieza" del alma. Ana Magdalena se equipara ya a los del género opuesto en su certeza: el cuerpo y la piel no tienen memoria, lo que se hace durante el acto sexual es asunto de la biografía somática de las personas en el mejor de los casos.

Una persona moderna del siglo XXI está siempre dentro de un filme, como antes hubiese recorrido los pasillos de una novela, y todavía mucho antes hubiese correspondido a los alrededores de un auto sacramental. Por eso escoge la soledad para tener tiempo de acompañarse a sí misma; por eso acepta que la época para definirse mezcla la curiosidad con la indiferencia; por eso renuncia a los ensueños de otras generaciones y ya no quiere volverse un personaje de Antonioni (que deambula por los corredores del tedio existencial); ni de Fellini (que se desespera por su júbilo en las orgías); ni de Bergman (que le pregunta a Dios por qué se abstuvo de existir); ni de Buñuel (que toma tan en serio las religiones que se vuelve blasfemo). A Ana Magdalena le fascina saberse un personaje múltiple, y quiere amar y desentenderse del ser amado. No tiene a quién rendirle cuentas y no es del todo autónoma, y por eso se instala y se dispone a la aventura.

Ya pasó definitivamente el tiempo de Las relaciones peligrosas. La seducción ya no es la empresa a la que dedicarle años, meses, secciones enteras de la biografías de una persona. Todo episodio amoroso o sexual toma más y menos tiempo, los riesgos tienen que ver no tanto con el escándalo social sino con el olvido del látex. Y Ana Magdalena, además, no pertenece a la especie (en extinción) de las seducibles. A ella no se le toma por sorpresa, no es una fortaleza sitiada, no es la guardiana del tesoro de su himen, es una mujer que ya cree en el equilibrio y la igualdad. El joven hermoso de técnicas amatorias previsibles no le resulta un seductor porque en su vocabulario esa palabra ya no circula. Es atractivo, se le incorpora a la experiencia de un día y el olvido mutuo sellará las dimensiones de la pasión.

García Márquez ha trazado inolvidablemente las historias de las parejas que duran eternamente, se separan sin o con graves consecuencias, se detestan con amor revolucionario, se desplazan guardando los recuerdos que en el momento de la hora de la muerte se transforman en el sentido total de la existencia (¡Sí, como quien fallece envuelto en las resonancias de la palabra Rose bud!). Ana Magdalena no llega en el relato a ser parte orgánica de una pareja en los tiempos de los secuestros y el valor novedoso otorgado a los coitos; lo que le importa es la decisión de abrir la puerta del cuarto de hotel y dejar entrar al extraño o despedirlo, y lo suyo no son los grandes gestos sino la aceptación fría, el dolor que se convierte en gozo, la certeza de la dicha efímera sin la cual no existiría el gozo permanente. Goza el affair, las arremetidas, el deleite salvaje, la disolvencia del acto, y hasta allí.

Las líneas finales del texto corresponden al enigma de la salvación inesperada. El amor furtivo de Ana Magdalena es un delincuente y es muy probablemente un criminal. Uno recuerda a Jack el Destripador de innumerables películas (la mejor: La caja de Pandora o Lulu de Pabst, con Louise Brooks como la víctima que es también el ara de sacrificios). Y en el alivio posible de Ana Magdalena que no sufrió violencia ni despojo, registra el placer de la sobrevivencia, sin la cual no existe ni por un minuto la vida contemporánea.

* * *

SIC

"La literatura de ficción la inventó Jonás cuando convenció a su mujer de que había vuelto a casa con tres días de retraso porque se lo había tragado una ballena."

Gabriel García Márquez


Carlos Monsiváis es escritor.

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