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Enrique Bustamante  Tierra de gigantes


 Del totalitarismo del Estado al del mercado...
 y sus combinaciones


 Enrique Bustamante



La hipoteca de los procesos históricos

La historiografía clásica de la prensa escrita, pero también de la edición de libros y hasta en ocasiones de la producción cinematográfica, nos habló durante décadas de un lento proceso de cambio desde el control férreo de los medios de comunicación por los Estados que fue dejando espacio a la iniciativa privada, pasando por etapas de derechos censitarios vigilados.

En los márgenes olvidados de esa historia oficial quedaban muchas veces décadas de lucha de los movimientos políticos y sociales emergentes, de la sociedad civil en una palabra, por conquistar la libertad de expresión. Sólo contando con esta última herencia paralela puede entenderse todavía hoy la regulación, las instituciones y hasta la conciencia civil sobre el derecho de expresión y el pluralismo creativo.

La historia moderna de las redes y los dispositivos de comunicación nos enseña también que su evolución a grandes rasgos ha ido con frecuencia del control estratégico de los ejércitos al político de los Estados (spin off), para culminar luego paulatinamente en su traspaso al mercado. Pero entre ambas situaciones queda siglo y medio de pugna por el acceso universal ­en términos técnicos y económicos­ de toda la población al disfrute de esas conexiones que anidó en Europa en el concepto de servicio público e incluso marcó la gestión privada en Estados Unidos bajo las condiciones y el control del Estado. Sólo a través de ese arraigo al "servicio universal" (al teléfono, a la televisión, por ejemplo) cabe comprender el actual desarrollo de las redes de comunicación inmaterial en muchos países desarrollados.

Finalmente, la historia de la radio y la televisión contiene en su centro la doble matriz de generación que presidió su desarrollo. De una parte en Estados Unidos, un oligopolio privado protegido por el Estado, pero sometido a vigilancia y a condiciones estrictas por organismos públicos (la FCC durante años) de acuerdo con una concepción de "public utilitie" (Tremblay, 1988). De otro lado, en la Europa occidental sobre todo, una gestión directa del Estado que no obedeció preferentemente, como se ha pretendido, a razones contingentes de orden técnico (escasez del espectro) o económico (ausencia de mercado publicitario rentable) sino también y especialmente a una concepción del Estado de bienestar (Calabrese, Burgelmann, 1999), según la cual el ciudadano debía estar protegido no sólo de las amenazas vitales de una dinámica pura del mercado, como la enfermedad, el paro o la vejez, sino también de las desigualdades insuperables que la herencia y la competencia puras ocasionaban en el acceso al conocimiento y que, en otro caso, destruían incluso el mito fundador de la igualdad de oportunidades en democracia: de ahí la radio-televisión públicas, pero también en un paralelo significativo, la educación o las bibliotecas públicas. Pero esas entidades no fueron como se piensa muchas veces entidades estáticas, sino objeto de intensas luchas ciudadanas contra el control directo y las manipulaciones gubernamentales. Únicamente a través de esa historia, generalmente olvidada, puede comprenderse el grado de autonomía de que gozan muchas radio-televisiones públicas en Europa e incluso en algún país latinoamericano.

La desmemoria interesada sobre esas transformaciones y sus fuerzas motoras, su manipulación hoy por un pensamiento dominante neoliberal y extremista, que confunde profusamente la desregulación mercantil con la democratización, la "liberalización" con la liberación, ha conseguido por ahora en buena medida identificar el totalitarismo con el Estado y la democratización con el mercado, ocultando la complejidad del primero como espacio de luchas civiles y, sobre todo, la conversión espontánea y regular del mercado libre en oligopolios y monopolios, en una expropiación en suma de los medios y del espacio público. Todavía hoy la palabra censura parece remitir de forma unívoca hacia el poder político, y la literatura científica y más aún mediática sólo ocasional y marginalmente apunta hacia el mercado y sus mayores corporaciones.

Esta confusión sistemática, que oscurece permanentemente el entendimiento del sistema actual de las industrias culturales y de los medios de comunicación, nacional e internacional, ocultando de paso los verdaderos mecanismos de funcionamiento del Estado como del mercado y, por supuesto, la complejidad de sus relaciones mutuas, es un impedimento todavía más peligroso para comprender y decidir el futuro. Un porvenir, ya a la vista, en el que la cultura y la comunicación dejan de ser sólo una condición sine qua non de la participación democrática y de la igualdad teórica, para convertirse además en una precondición inexcusable para el desarrollo humano y social en todos los ámbitos.

Intentaremos sintetizar brevemente las consecuencias más importantes de esas transformaciones de las industrias culturales en el mundo analógico y en el digital.

Los centros de gravedad del pluralismo

La evolución histórica brevemente señalada originó en cada país un sistema de equilibrios más o menos armónico y con mayores o menores contrapesos entre el Estado y los grupos privados, entre la política y el mercado. Sin embargo, en la mayor parte de los casos perduró un espacio de no mercado para la cultura y la comunicación como para la educación, un mercado complejo hecho de pequeños, medianos y grandes agentes, de configuración nacional preferente y con un cierto grado de control público de su funcionamiento, incluyendo la regulación preventiva antitrust.

Las dos últimas décadas han supuesto como sabemos un fuerte deterioro de esa arquitectura. Con diversos ritmos y modelos en cada país, las corrientes de desregulación o regulación por el mercado han socavado en todas las naciones las bases del servicio público, con un proceso de deslegitimación del Estado y su retroceso a posiciones minimalistas: del Estado garante-productor-distribuidor al Estado-regulador, simple árbitro de los intereses privados o como mucho agente competidor entre otros. Y ello con una compleja serie de causalidades que superan con mucho la crisis del Estado-fiscal para situarse en la ofensiva ideológica del todo mercado.

En las telecomunicaciones, tales procesos han engendrado la privatización de los PTT o, en el mejor de los casos, dinámicas empresariales de beneficio máximo, con repercusión de costos a todas las tarifas, incluyendo los operadores de la difusión punto-masa en las ondas hertzianas, el cable o el satélite. Con consecuencias lógicas generales, pero más visibles aun en los países menos desarrollados que carecieron previamente de una política coherente de servicio universal, y donde esta desregulación ha mostrado su capacidad de atracción de inversiones y modernización de las redes pero ha generado también desequilibrios crecientes y agujeros negros, alejando la universalización del acceso, incluso de las comunicaciones clásicas. En todo caso, la mayor parte de las redes son ya privadas (como Eutelsat mismo) y obedecen exclusivamente a una lógica de beneficios, lo que modifica radicalmente las posibilidades, vías y resultados del desarrollo de las redes clásicas y aún más de las digitales.

En la comunicación y la cultura, las consecuencias de esas transformaciones son también claras: en la radiotelevisión europea el modelo de espacio público garantizado por el Estado ha sido sustituido por otro mixto, en el que la competencia privada, siempre oligopólica, debía jugar un papel relevante en la formación del pluralismo en concurrencia con unas entidades públicas generalmente no preparadas ni dotadas para hacerles frente. Con diferencias nacionales notables de nuevo, todos los radiodifusores públicos europeos han sufrido crisis importantes que han derivado en cuotas minoritarias de audiencia o en lógicas mercantiles agudizadas. En los ejemplos latinoamericanos más precoces o extremos, la desregulación ha profundizado el modelo del todo mercado, privatizando o reduciendo a los medios públicos a su mínima expresión.

Pero los agentes privados han cambiado también en estas dos décadas. Los grupos productores y distribuidores de contenidos simbólicos (culturales e informativos) han emprendido una carrera de fusiones y absorciones y una diversificación multimedia crecientes en cada país-mercado de tamaño grande o intermedio. La primacía de este proceso la ha llevado lógicamente el reducido pelotón más potente de los megagrupos estadounidenses, europeos, japoneses, pero a menor escala puede verificarse también en los mayores grupos relativos de otras regiones, como en España o en Latinoamérica, como O Globo en Brasil, Venevisión en Venezuela, Televisa en México, Telefónica, Prisa o Vocento en España. En todos estos casos, la gestión ­aparentemente a veces identificada con las familias o situaciones originales­ ha emprendido un proceso de management corporativo moderno y de financiarización (apelación creciente al mercado de capitales) requerido por esa necesidad de expansión permanente (la talla máxima como tamaño óptimo).

La pregunta, a plantearse seriamente por la investigación empírica sobre la base de la evidencia, es cómo a su vez, por la exigencia de altos beneficios garantizados para la remuneración de esos capitales externos, esta lógica remite a la aplicación masiva del marketing a la distribución, a la estrategia permanente y exclusiva de los fast-sellers, con exclusión de los productos y mercados minoritarios; cómo en fin, el resultado no sólo es un castigo de la innovación y la renovación creativas sino asimismo la asfixia de la ecología cultural que constituía el caldo de cultivo de las pequeñas y medianas empresas. Junto al daño contra la identidad cultural, habrá que preguntarse cómo sufre el pluralismo socio-político y la capacidad de cuestionamiento de la cultura y la comunicación mismas sobre el sistema establecido, es decir, la calidad de una democracia que va mucho más allá del mero pluralismo partidario.

Además, en la última década sobre todo, los mayores grupos nacionales se han visto tentados siempre de lanzarse al abordaje internacional o regional, aprovechando sus ventajas comparativas en términos de idioma o de proximidad cultural. Y en este proceso de transnacionalización han ido "liberándose" de las cautelas más o menos precarias que imponía la soberanía nacional, identificando sus intereses con los de los grupos transnacionales clásicos con los que, en no pocas ocasiones, se aliaban en el plano nacional o para su proyección transfrontera. El traslado parcial o total de los cuarteles generales de varios de esos multimedia hispanoamericanos a Miami como presunta "ciudad global" glorificada por algunos investigadores, no es sino la expresión más gráfica de esa doble fuga ­de la soberanía y de la cultura nacional­ y de ese mimetismo con los megagrupos anglosajones.

En paralelo a ese proceso se han dado cambios dramáticos, aunque muchas veces olvidados, en la ideología dominante. De una parte, ha avanzado la glorificación de los "campeones nacionales", los grupos más fuertes de cada país teóricamente destinados a defender simultáneamente nuestra economía y nuestra cultura, rodeados de una filosofía ad hoc en correspondencia con una nada disimulada ofensiva contra las radiotelevisiones públicas que serían supuestamente inútiles ya frente a la capacidad privada para garantizar el pluralismo.

Esta transmutación ideológica se asienta sobre una serie de supuestos engañosos anclados en la filosofía del mercado como regulador totalitario: frente al "minifundismo" de la cultura y la comunicación que nos debilita, la salida no sería la cooperación articulada nacional e internacional, sino la promoción incluso activa de la concentración en grandes unidades; la independencia informativa sería así proporcional al tamaño del grupo, cuya multiplicación de intereses no plantearía pues problema alguno para la libertad y neutralidad de sus productos; los grupos nacionales fuertes nos protegerían cultural y económicamente, aunque la experiencia nos dice que se atrincheran en los segmentos más protegidos mientras se alían amistosamente con los macrogrupos internacionales en el resto de los mercados; finalmente su centralismo empresarial no sería incompatible con la proximidad de la información y la cultura local, aunque su descentralización no sea más que una capilaridad mercantil que explota las diferencias para mejor anularlas.

En suma, el pluralismo no vendría garantizado por el Estado, sus medios y sus reglas, sino por las supuestas garantías de los grandes grupos privados, ni elegidos ni controlables democráticamente,1 y cuyos sentimientos nacionales resultan inversamente proporcionales a su expansión internacional. Tampoco vendría asegurado por la oposición y la variedad de voces diferentes realmente disponibles para los ciudadanos, ni por un dispositivo anticoncentración que el desarme regulatorio en muchos países ha permitido disminuir fuertemente, sino por la diversidad de los productos y de los soportes, e incluso por la presunta autonomía "interna" de las sociedades o divisiones de los grandes grupos, es decir por la libertad del consumidor (no del ciudadano) de optar. En definitiva, puesto que de libertad de expresión comercial se trata, la regulación de la competencia comercial basta, con vigilancia a posteriori y caso por caso del "abuso" de posición dominante, no del riesgo inherente a su sola existencia. Además y en último caso, este discurso extremista argumentará que la convergencia digital y multimedia puede asegurar el pluralismo por sí sola.

La "convergencia" digital vertical

Sin embargo, la experiencia no avala en los nuevos soportes y redes digitales esas nuevas promesas de felicidad. Aunque la crisis financiera de las empresas puntocom haya prolongado el periodo de transición en que todavía la reacción ciudadana y política internacional puede revertir los procesos dominantes del mercado.2

En las industrias culturales editoriales (como el libro, el disco, el cine-video) se producen ciertamente en las nuevas redes ahorros importantes de costos y costos marginales por usuario casi nulos. Pero más allá de la proliferación inicial de ofertas, esa virtud encierra también economías de escala muy fuertes que impulsan a la concentración. De forma que todas las promesas de diversidad encerradas en esos cambios ­para los creadores, los editores o los usuarios­ están puestas en cuestión en los últimos años por un movimiento de concentración que, aunando globalización del mercado y posibilidades de las nuevas redes, ha puesto en marcha movimientos múltiples, desde la integración vertical entre redes y gigantescas carteras de contenidos hasta la fusión entre operadores de telecomunicaciones y fabricantes de software con grandes corporaciones mediáticas, o alianzas que refuerzan aún más el poder oligopolista en sectores determinados como el de la edición fonográfica o el cinematográfico.

Con mayor razón todavía, las industrias culturales de flujo (como la prensa, radio o televisión) ofrecen en las redes digitales una fuerte disminución de costos por soporte, con el consiguiente descenso de las barreras de entrada, el fin de la escasez de recursos, una potencial diversificación infinita de la oferta y una ilimitada capacidad de elección activa del usuario. De facto, vemos que los Estados siguen regulando malthusianamente los soportes (en el cable o en la DTT sobre todo), y que la concentración favorecida también por la regulación y por el mercado se dispara y se internacionaliza a extremos límite (tres operadores de televisión digital de pago en toda Europa, dos en proceso de fusión en América Latina, dos por satélite en Estados Unidos). Además, la práctica, permitida por los gobiernos, de sistemas propietarios (descodificadores, API, EPG) tiende a crear clientelas cautivas en torno a los grandes grupos que se erigen como nuevas y formidables barreras de entrada a la competencia, pero también en nuevos e insidiosos mediadores del usuario, tanto en la televisión digital de pago por todos soportes como incluso directamente en Internet (AOL), perjudicando no sólo la extensión equitativa de los servicios y el pluralismo sino también la propia economía de red característica de las telecomunicaciones y el propio desarrollo futuro.

En definitiva, junto a las grandes oportunidades abiertas por la era digital a la cultura, a la comunicación y la formación, lo que verificamos hoy de forma dominante es un riesgo inédito de concentración (al mismo tiempo contra el pluralismo y contra la competencia) en grandes grupos que comienzan a colonizar completamente los nuevos dominios (Low, 2001).3 Y ello en paralelo a un salto cualitativo en la comercialización (commodification) de la cultura y a un "impulso sin precedentes a la internacionalización de los flujos de los productos culturales" (Miège, 2000) que provocan unidos una estratificación mercantil por encima de las fronteras (Schiller, 1997; García Canclini, 1999).4 Una partición que no sólo tiende a agrandar la brecha social nacional e internacional sino que pone en cuestión el propio espacio público democrático y la identidad de regiones y países enteros junto a su mismo desarrollo económico.

Por lo demás, la comunicación y las industrias culturales no son los únicos terrenos de degradación tendencial del espacio público. Las bibliotecas públicas son ahora puestas en cuestión por numerosos intereses. Los registros públicos de información se almacenan y tratan digitalmente para convertirse en nuevos terrenos de negocio privado a elevadas tarifas. La educación pública, deteriorada en muchos países cada vez más por los recortes presupuestarios, es objeto de todas las promesas de interconexión a las redes digitales, pero escasean los planes de formación del profesorado y de creación de contenidos educativos multimedia próximos, sin los cuales se frustrará probablemente de nuevo la expectativa de una renovación pedagógica en profundidad. Mientras tanto, la educación en todos sus niveles, secundaria, universitaria, profesional permanente, se convierte en un nuevo campo de extorsión de plusvalías, en un inmenso mercado a conquistar por los grandes grupos privados.

Aun con tales promesas, el discurso dominante no ha conseguido expulsar de la agenda social ni la cuestión del pluralismo como corazón de la democracia ni la del acceso equitativo a las redes y servicios de comunicación (McQuail, 1998).5 Más allá de la presunta abundancia de canales, la llegada de las tecnologías digitales y de las infraestructuras basadas en ellas han puesto a la comunicación y la información en el centro del sistema y a su regulación y modelo como axial del destino de la sociedad entera. El propio consenso social sobre la importancia nodal de las nuevas tecnologías de la la comunicación revela que la formación y la información, la cultura en una palabra, están en la base no ya sólo del pluralismo sino de todo desarrollo económico y social posible para los individuos, las regiones y los pueblos (Delcourt, 2001).6 O, dicho de otra forma, que el derecho a la cultura sigue siendo una base esencial para el mantenimiento de la democracia, pero además se ha convertido en precondición esencial para todas las restantes finalidades del antiguo Estado de bienestar, "para todo el desarrollo de una sociedad post-industrial como tal" (Calabrese/ Burgelmann, 1999).

Los nuevos totalitarismos aúnan mercado y Estado

El mito de la radical separación entre mercado y Estado, de las presuntas garantías del primero contra el control, la manipulación y las censuras del segundo parecía ya insostenible a tenor de numerosos ejemplos históricos contemporáneos. Dictaduras sangrientas y longevas como las de Franco en España o Salazar en Portugal habían conseguido mantener su férreo control de la opinión subordinando a los grupos privados de comunicación a sus dictados. Más recientemente, los golpes militares en muchos países latinoamericanos pactaron con los grupos privados e incluso les sostuvieron ampliamente, sin que una dinámica censora rigurosa pareciera entrar en contradicción con la lógica de beneficios. En circunstancias menos dramáticas pero no menos llamativas, monopolios nacionales emblemáticos como los de Televisa en México u O Globo en Brasil establecieron unas relaciones duraderas de sinergia político-económica con sus Estados que muchos autores han analizado detalladamente.

Lo nuevo quizá en los últimos años es cómo, en condiciones mantenidas impecables de democracia formal, gobiernos autoritarios consiguen subordinar a los medios privados ­y en su caso también naturalmente a los públicos­ a sus propias reglas de comunicación, orquestando a buena parte del sistema cultural y mediático en beneficio de su poder. Y ello aunando viejas herramientas (censuras, concesiones o licencias radio-televisivas, subvenciones o corruptelas públicas) con un hábil manejo de los instrumentos simbólicos que los propios medios, especialmente electrónicos, permiten en las modernas sociedades. Pero no se trata, en términos generales, de una actuación coactiva del Estado hacia el sector privado, sino de una notable conjunción de intereses entre ambos, de una sinergia de intereses económicos y políticos, de beneficios y poder, a la contra de toda oposición y de la sociedad civil misma.

El Perú de Fujimori ha sido ampliamente explicado por algunos autores desde este ángulo,7 sin el cual no podría explicarse su capacidad de control político de la sociedad, a partir de una situación de profunda crisis que le permitió erigirse como salvador nacional. Y ello con el concurso sistemático y la represión excepcional de los medios privados.

En sentido contrapuesto, pero coincidente en el papel de liderazgo ideológico y político de los grandes grupos privados, puede analizarse el escenario creado en la Venezuela de Chávez por Venevisión y el Grupo Cisneros como auténtico motor de la oposición frontal al gobierno. Más allá del juicio de cada uno sobre la revolución chavista, estremece leer la (auto)biografía reciente sobre Gustavo Cisneros en la que no sólo ostenta su ruptura con Chávez por no haber seguido éste sus consejos, sino que se (auto) presenta como un dirigente político de altura internacional (ilustrado por múltiples fotos ridículas con personajes internacionales), como un "modelo del 'centro democrático' que contrapone su capacidad de organización ­se supone que empresarial­ 'a la del gobierno autoritario', y que representaría 'el balance social frente al desequilibrio divisivo'".8

En ambos casos, estamos todavía ante sociedades cuyas connotaciones de subdesarrollo han permitido a muchas buenas conciencias europeas justificar superficialmente la omnipotencia de los grupos privados y su manipulación de la información. Pero el fenómeno de Berlusconi en Italia, país europeo desarrollado, rico y de larga trayectoria democrática, es más difícil de explicar con estos parámetros. Porque ni la crisis del sistema político tradicional ni el control de Fininvest sobre un amplio complejo mediático de prensa, editoriales y, sobre todo, tres cadenas de televisión, puede justificar el éxito mediático y electoral del que ha sido tachado de "nuevo príncipe del partido-empresa-espectáculo". De forma mucho más rica y compleja, algunos analistas han concluido en un "golpe de Estado" más simbólico que mediático, calificado como "commanagement" (fusión de comunicación y management) que combinaría cuatro modelos: la neotelevisión comercial, el neomanagement de la empresa de comunicación, la tradición católica y la modernidad norteamericana hasta "vampirizar el campo social y político".9

La llegada de Berlusconi por segunda vez al poder político le ha permitido en todo caso anular en poco tiempo la autonomía de la radiotelevisión pública (RAI) hasta controlar la casi totalidad del sistema televisivo y afirmar ese "nuevo espacio simbólico prescriptivo de valores y creencias estructuradas alrededor de la eficacia tecno-económica". Formalmente, la ley de "intereses" aprobada en julio de 2004 por el Parlamento italiano que le permite conservar su propiedad sobre Fininvest y sus tres cadenas de televisión, con la sola promesa de delegar su gestión, constituye el broche de oro de este proceso de corrupción de las reglas democráticas del pluralismo como de las mercantiles de libre competencia.

El caso español del periodo de gobierno del Partido Popular entre 1996 y 2004 es diferente, pero guarda ciertas importantes similitudes, felizmente cortadas en su acercamiento al modelo italiano tras los dramáticos acontecimientos del 11-M. Sin anclarse en un personaje tan visible, también Aznar fue sumando el control y la manipulación sistemáticos de Radiotelevisión Española, la agencia EFE y de buena parte de los restantes operadores públicos de ámbito regional (las radiotelevisiones de Madrid, Valencia y Galicia especialmente) hasta extremos inéditos desde el franquismo, con el control o la alianza con la mayor parte de los medios privados. En pleno proceso de privatización, la Telefónica dirigida por Juan Villalonga, amigo de infancia del ya ex presidente, conformó en apenas dos años un gigante mediático absolutamente fiel al partido gubernamental que luego se traspasó a otro grupo leal, Planeta. Y el proceso de control de la televisión abierta alcanzó tal punto que los telespectadores que buscaban una información menos manipulada se vieron obligados a recurrir a la cadena Telecinco, de propiedad mayoritariamente ostentada por Fininvest de Berlusconi, aliado por otra parte de Aznar, que al mismo tiempo eliminaba programas críticos de su oferta.

En todo caso, esta experiencia española es también una inyección de optimismo sobre la capacidad de una sociedad para rebelarse contra la manipulación simbólica extrema. Porque, frente a la versión interesada y vergonzosa que Aznar y sus corifeos mediáticos han intentado propagar dentro y fuera del país (con plataformas como las cadenas de Murdoch o The Wall Street Journal) de una rendición de los españoles ante el terrorismo, los acontecimientos del 12-14 de marzo y el resultado electoral de esta última jornada demuestran la reacción vital de una ciudadanía contra la última gota que desbordaba el vaso de la mentira de Estado. Una manipulación sistemática construida desde 1996 y, sobre todo desde la mayoría absoluta parlamentaria de 1999, que desplegará toda su virulencia con ocasión de diferentes episodios de creciente oposición al gobierno: desde las protestas contra las leyes educativas unilaterales hasta la huelga general contra la reforma laboral o la reacción contra la catástrofe del Prestige en Galicia, pero que alcanzará su culminación en la oposición a la participación española en la guerra de Irak. Sólo con esta historia acumulativa es posible entender la reacción espontánea de miles de ciudadanos que, a través de los mensajes a teléfonos móviles o en Internet, pero también con su repercusión en la única gran cadena de radio no controlada gubernamentalmente (la SER) consiguió movilizar cientos de miles de votos abstencionistas y cambiar el sentido en menor medida para dar como resultado la estrepitosa derrota del PP en las urnas.10

Conclusiones

La investigación crítica en comunicación y cultura puede y debe jugar un papel decisivo a la hora de revelar las múltiples trampas ideológicas y mediáticas que preparan primero y cimentan luego los nuevos regímenes autoritarios.

En todo el mundo, el discurso dominante empresarial y mercantil sobre el pluralismo es el primer objetivo de esa investigación: denunciando la falsa igualdad entre competencia y pluralismo y las numerosas trampas de la primera que asfixian al segundo; criticando la teoría y las estrategias de los "campeones nacionales" privados que ahogan el pluralismo interno mientras nos prometen paraísos de renacionalización cultural y de expansión internacional; poniendo de relieve la falsa dicotomía entre Estado-censura y mercado-libertad; evidenciando la falsa diversidad de un mercado liderado por grupos gigantescos que nos prometen el pluralismo por la supuesta autonomía de sus divisiones y filiales y por la gama de sus ofertas. En fin, la identificación permanente entre economía de mercado y cultura-comunicación debe ser desmantelada en sus numerosas contradicciones en el corto-medio plazo.

La diversidad en efecto, implica, en primer lugar un auténtico pluralismo de voces e intereses sociales con capacidad de hacerse oír ante los ciudadanos. Presupone pues en la práctica una variedad de medios, de modelos y lógicas de los aparatos de distribución de los mensajes simbólicos,11 incluyendo medios y espacios públicos potentes, que ya no puede plantearse sólo dentro de las fronteras nacionales. Pero, en un mundo crecientemente globalizado por la economía y la digitalización, significa mucho más aún: es el reconocimiento efectivo de otras culturas y de que, sin el intercambio permanente con ellas, no sólo será imposible la lucha contra la hegemonía estadounidense sino ni siquiera la supervivencia de las industrias culturales nacionales y europeas (Dagnaud/Bonnet, 1999). En suma, y como ha señalado García Canclini, "() para las políticas culturales el problema decisivo puede enunciarse así: cómo pasar de la exaltación separatista de la diferencia, que a la larga perpetúa la desigualdad y propicia la discriminación, al reconocimiento compartido de lo distinto y lo heterogéneo en búsquedas simbólicas capaces de una comunicación intercultural" (García Canclini, 1999).

Por la historia sabemos que la lucha por la democracia y la libertad de expresión y creación no ha sido sino fruto de un proceso largo de batallas, en el que ninguna conquista estaba asegurada nunca sin el esfuerzo colectivo mantenido. Hoy, en una etapa de tránsito a un nuevo sistema de comunicación y cultura que permitirá coexistir durante años a la cultura clásica con las potencialidades de los nuevos soportes y redes, en un periodo en el que nada está todavía decantado ni asegurado, ese esfuerzo de la sociedad civil es más necesario que nunca.



Notas

1 "No se puede a la vez mantener el discurso de un papel crucial de Internet en la sociedad futura () y contemplar una regulación a minima bajo control de los operadores económicos de Internet. Es decir, Microsoft, AT&T, Bertelsmann, Vivendi, Murdoch, etcétera" (M. Dagnaud/M. Bonnet, 2000). Como ha escrito Ignacio Ramonet, "Ni Ted Turner de CNN, ni Rupert Murdoch o decenas de otros auténticos amos del mundo, han sometido nunca sus proyectos al sufragio universal. La democracia no es para ellos. Están por encima de esas interminables discusiones en las que conceptos como el bien público, la felicidad social, la libertad y la igualdad tienen aún sentido" (Ramonet, 1995).

2 Un análisis empírico y detallado de las principales tendencias de las industrias culturales analógicas, y de las transformaciones digitales que potenciaban y amenazaban al mismo tiempo el futuro digital puede verse en la investigación coordinada por el autor de esta ponencia y editada en dos volúmenes: Bustamante, 2002; Bustamante, 2003a.

3 Como se ha destacado, se pueden señalar las posibilidades dialógicas y no verticales de los nuevos medios: "pero hasta hoy eso no ha sucedido; las corporaciones globales son las que han colonizado con mayor éxito los nuevos espacios" (Low, 2001).

4 "Al remodelar el conjunto del sistema, Internet transforma una estructura 'de masas' en un ciblaje de 'clase'" (Schiller, 1997). "La globalización como 'máquina estratificante', borra las diferencias y produce nuevas estratificaciones menos ligadas a los territorios que a la distribución de los mercados" (García Canclini, 1999).

5 Como ha señalado Denis McQuail, los temas de debate y los valores cambian, pero la calidad de la información de los medios, de la diversidad y la cultura nacional o la integración de las minorías permanecen. "Además, añade, tendrán más importancia los problemas de equidad en el acceso a los nuevos canales de comunicación" (McQuail, 1998).

6 "En este fin de siglo XX, la cultura se convierte en una fuerza productiva completa () las grandes funciones culturales que constituyen la educación, la información, la formación y la cultura, se hacen motoras en el desarrollo económico". Jacques Delcourt, "Les Convergences entre Economie et Culture", en Peten y otros, 2001.

7 Un análisis detallado de esos mecanismos en el Perú de Fujimori fue realizada por Rafael Roncagliolo en el XI Congreso de Felafacs (Puerto Rico, octubre de 2003) en la mesa "Comunicación y democracia". Un marco más amplio puede verse en Roncagliolo, 2003.

8 Pablo Bachelet, Gustavo Cisneros. Un empresario global, Planeta, Barcelona, 2004. El significado de esta biografía del máximo dirigente empresarial del grupo, se complementa mejor con su larga trayectoria como testaferro de las multinacionales estadounidenses y con la instalación de sus cuarteles generales en Miami. Por otra parte la trascendencia de sus posiciones e influencias va mucho más allá de Venezuela si se piensa que el Grupo Cisneros se extiende a otros países como Chile o los propios mercados hispanos de EU, e incluso a toda Latinoamérica a través de su control de una plataforma de televisión por satélite que amenaza actuar como práctico monopolio en este soporte tras su alianza con Murdoch.

9 Pierre Musso, Le nouveau prince, L'Aube, París, 2003.

10 Un análisis más detallado de la manipulación de los medios en la España presidida por Aznar, especialmente respecto de la guerra de Irak, puede verse en Bustamante, 2003b. Un análisis de la manipulación sistemática de los medios en los acontecimientos que rodearon al 11-Marzo en España, puede verse en Bustamante, 2004.

11 El Consejo de Europa, en una declaración de 2000, ha definido bien este concepto: La diversity o pluralismo ha sido ampliamente considerado en el sistema de medios como el objetivo central de las políticas de comunicación: cuando ofrece un reflejo amplio de la diversidad social y cultural, cuando es accesible a grupos o ciudadanos que quieran expresarse, cuando se pueda elegir entre varios tipos de medios, sus valores y normas. "La diversidad cultural viene expresada en la coexistencia e intercambio de diferentes prácticas culturales, y en el aprovisionamiento y consumo de diferentes servicios y productos"; "La diversidad cultural juega un importante papel económico en el desarrollo de la economía del conocimiento. Fuertes industrias culturales que impulsen la diversidad lingüística y la expresión artística, cuando reflejen una diversidad genuina, tienen un impacto positivo sobre el pluralismo, la innovación, la competitividad y el empleo" (Consejo de Europa, 2000).



Referencias

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P. Bachelet, Gustavo Cisneros. Un empresario global, Planeta, Barcelona, 2004.

E. Bustamante (coord.), Comunicación y cultura en la era digital. Industrias, mercados y diversidad en España, Gedisa, Barcelona, 2002.

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E. Bustamante, "La televisión en tiempos de guerra", en Le Monde Diplomatique, edición española, Madrid, abril, 2003b.

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A. Calabrese y J. C. Burgelmann (eds.), Comunication, citizenship and rethinking the limits of the Welfare State, Rowman & Littelfiled, Maryland, 1999.

Consejo de Europa, Declaration on Cultural Diversity, adoptada por el Comité de Ministros 733, 7 diciembre, 2000.

M. Dagnaud y M. Bonnet, Médias: promovoir la diversité culturelle, Comisariat Géneral du Plan, París, 2000.

J. Delcourt, "Les Convergences entre Economie et Culture", en Peten y otros (coords.), Cinéma, Audiovisuel, Nouveaux Médias, L'Harmattan, París, 2001.

N. García Canclini, "Opciones de políticas culturales en el marco de la globalización", en Informe mundial sobre la cultura, Unesco/Acento editorial, Madrid, 1999.

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Enrique Bustamante es catedrático de Comunicación Audiovisual y Publicidad en la Universidad Complutense de Madrid (España).

Versión de la ponencia presentada en el Congreso de la AIERI/ IAMCR celebrado ePortoAlegre en julio de 2004, a invitación de la universidad organizadora, PUCRS, de Porto Alegre.

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