Manuel Guillén
Los cómics de Stan Lee son como los automóviles de la Chrysler post Iacocca: vistosos, provocativos,
veloces, vanguardistas, muy estadounidenses, simples, inocuos y desechables. El núcleo de Marvel Comics, cuyo pilar
son Lee y sus creaciones, se encuentra entre estas virtudes y defectos.
Con una clara tendencia a hacer ficción las posibilidades que la especulación científica ha hecho circular entre
la opinión pública, los mejores personajes de Lee surgen de un mundo causal sencillo e imposible, casi mágico,
aunque aderezado con un toque de nuestra era: los efectos atribuidos a los misterios de la radiactividad o la
hiperaceleración en la evolución genética de la especie que, bajo el tratamiento plano y sin complicaciones típico de Marvel,
se convierten en temas de fascinación adolescente e ingenua que, sin embargo, han logrado levantar un
excelente divertimento que no logra ser más que eso, un buen pasatiempo multicolor, espectacular y de rápida asimilación.
Así son sus bien conocidos iconos, ya indelebles en la industria del cómic:
Spider Man, Hulk, Fantastic
Four y X-Men, que además de los trazos maestros, la supremacía de la acción y el espíritu americano que desbordan,
también cuentan con una tendencia argumentativa conservadora, estrictamente dirigida al gran público, complaciente y
de fácil interpretación. No hay subtextos en Lee. La trama es la que se ve, punto. Incluso cuando ésta da vuelcos por
los caminos de la intriga, básicamente militar o política, éstos se muestran tal cual en el curso de las historias; no
es necesario mayor especulación de parte del lector. Todo es diáfano para su mayor comodidad.
Por todo esto, no es de extrañar que en el mundillo del cómic sea ya un lugar común la oposición entre las
tiras "fresa" de Marvel y las más adultas u oscuras de DC o Dark Horse, sin que estas últimas casas creativas
sean precisamente lo último en contracultura o erotismo.
De manera que el anuncio con bombo y platillo el verano pasado del estreno de la serie
Stripperella de Stan Lee, causó diversas especulaciones, pues el alma del concepto está cargada de erotismo. En primer lugar,
la trama: una bailarina nudista,
teibolera en mexicano, de nombre artístico "Erótica", cuya verdadera identidad es la
de una heroína sin superpoderes, pero con grandes habilidades físicas y tecnológicas. Después, el molde físico
del personaje: Pamela Anderson, quien con todo lo desgastada que pueda estar su imagen, con la cuarentena
acercándose velozmente y el bajo perfil de medios que ha tenido de un par de años a la fecha, sigue siendo uno de los
máximos fetiches de la sexualidad masculina occidental de fin e inicio de siglo. Finalmente, la cadena original encargada
de transmitir la serie de dibujos animados: TNN (que por cierto fue demandada por el director Spike Lee
cuando intentaron cambiar el nombre por Spike TV), "la primera red televisiva para los hombres", según reza su lema;
una especie de
Maxim televisada.
Con todos estos ingredientes, la espectación en torno de lo que era capaz el director de Marvel con un
producto pensado para audiencias adultas (entre los 18 y 34 años, según la propia TNN) se elevó tanto que, cumpliendo
el refrán, la caída fue más dolorosa.
Además de la opción de conseguir los DVD de la versión original con la voz de Pamela Anderson ya accesibles
en el mercado, ahora también se tiene la oportunidad de ver la serie en el mercado latino, a través de MTV, filial
de TNN, ambas del grupo Viacom, aunque doblada al español, y constatar así que, por lo menos hasta la fecha, ni
el autor ni la trama ni el personaje han estado a la altura de las espectativas.
Comenzando con la confección del personaje: ciertamente, posee rasgos de Anderson de sobra conocidos: el pelo largo y rubio, los ojos grandes y rasgados, los labios prominentes (con una
ayudadita del silicón en la modelo original, por supuesto) y, de más está decirlo, ese estupendo par de senos que Dios y los cirujanos
le dieron.
Sin embargo, yendo a la historia iconográfica del cómic contemporáneo, tal parece que a Lee se le acabaron
las ideas y recurrió a la copia sin más, el
fusil en mexicano: fácilmente,
Stripperella podría ser o bien una
Batichica (DC) rubia, o una Black Canary (DC) sin shorts o, más claramente, una Bad Kitty (Chaos Comics) con minifalda.
Es casi idéntica a este último personaje, especialmente por el empeño de Chaos para dibujar a sus creaciones
femeninas como recién salidas de Playboy Channel.
A continuación, tenemos la animación. Vistosa y colorida, con un toque sombrío en el manejo de los
contrastes, tiene claras reminiscencias de la serie animada
Batman de la Warner de los 90, aunque mucho menos oscura
que ésta. Ágil, bien llevada y sin nada sorprendente o innovador, se adhiere plenamente al estilo de la caricatura
de acción estadounidense del siglo XXI: con un alto contraste cromático y repetición de viejos trucos (aceleración
de automóviles, perspectivas en picada y escorzos de abajo hacia arriba) pero con alta velocidad.
Posteriormente, el desarrollo de la trama. Por principio, un gancho desquiciante: Lee no lo pensó mucho
y simplemente bordó sobre el principio
Maxim: muestra lo más que puedas sin llegar a la desnudez. Si bien en
las breves secuencias del table dance se logra ver algún trasero o un par de tetas al descubierto, de manera rápida
o sesgada, éstos siempre son del resto de las trabajadoras del lugar, nunca de Erótica. Sobra decir que
invariablemente hay un estorbo (el tubo, el pelo, una mesera) o, las más de las veces, un imprevisto llamado al deber que impiden
que se vea a Stripperella en todo su esplendor (es de suponer que habrá uno o dos capítulos excepcionales en los que
se podrá ver parte de su desnudez, pues la excepcionalidad "de culto" es un consabido truco de los dibujos
animados seriados).
En cuanto a la estructura de las aventuras es sencilla y conocida: un inicio breve con el problema a
resolver, seguido de un encuadre fugaz en el table
dance; la acción en sí misma, la resolución exitosa esperada, y un
epílogo de vuelta en el centro nocturno de
strippers.
Por otra parte, las historias revelan la tendencia de la serie a que el personaje no se tome tan en serio, ésa es
la intención y quizá sea lo mejor logrado de todo el proyecto: abundan los chistecillos sobre el mundo del
espectáculo, el físico, la lascivia masculina y los lugares comunes. Los villanos de tan pedestres se vuelven excéntricos y
la heroína no recibe ni grandes sacudidas ni grandes exigencias al momento de enfrentar los supuestos peligros que
su profesión le pone en el camino.
En suma, nos encontramos ante un producto típico del padre de
Spider Man. Efectista, simple y
poderosamente visual, aunque sin mayores pretensiones. Apuntalado en la vendedora idea de que lo que se ve es Pamela
Anderson en dibujos animados, mujer lo mismo del baile sensual que de la acción temeraria, el resto es lo de menos;
unos cuantos guiños machistas, un poco de buen humor y una pizca de acción de la buena.
No obstante todo lo antedicho,
Stripperella es digna de verse. Viejo conocedor del medio, pero sobre todo
del gusto plástico, facilón, morboso y conformista de nuestra era, a Stan Lee le bastó y le sobró con hacer un
personaje con los suficientes clichés del erotismo convencional que abunda en los medios (escotes, tangas, poses), más la
voz de Pamela Anderson en la versión original, para que, en efecto, los hombres entre 18 y 34 o más años nos la
pasemos babeando durante 25 minutos, esperando con ansia el siguiente capítulo que, quién sabe, pudiera ser la esperada
joya en la que Stripperrela deja ver un poco de sus tan anheladas, soñadas y seguramente adictivas partes anatómicas.