Rafael Pérez Gay
En 1983, el cineasta David Cronenberg creó una pesadilla situada en el mundo de la televisión,
Videodromo, una película de horror sobre el jefe de una estación de TV por cable que surte de imágenes clandestinas a
un público en el que desata un síndrome de violencia y locura.
La exhibición de videos en los se han observado escandalosos actos de corrupción me ha recordado la
película de Cronenberg. La secuela de destrucción que han dejado en la vida pública mexicana las escenas
videograbadas de los fajos de billetes, los maletines retacados de dólares, los funcionarios públicos embolsándose el
dinero, o negociándolo como en el caso de el Niño Verde, muestra un paisaje devastado. Primero que nada,
nuestro videodromo arrasó con el poco crédito de que gozaban las funciones públicas en México. Por cierto, hay
un aspecto no menos importante en todo este enredo, el poder sin contrapeso de la televisión.
Cuatro episodios han sido suficientes para que ese
videodromo de la corrupción se instale en la vida
cotidiana con la fuerza de las verdades irrefutables. Un senador, un jefe de Finanzas del gobierno de la ciudad de
México, un diputado, presidente de la Asamblea Legislativa del DF, para más señas, y un delegado han sido vistos
como nunca antes en el momento en el que demuestran que el dinero fácil, rápido e ilegal forma parte de su
ejercicio político, ya sea para tramitar permisos, cubrir gastos secretos de campañas electorales o simplemente para
su consumo personal, como una compensación que la vida les ofrece aunque sea bajo el árbol frondoso del
robo y el cinismo. Las videograbaciones demolieron también la reputación de un partido, el de la Revolución
Democrática, que fincaba buena parte de su capital político en una idea central de la izquierda: la honestidad.
Los escándalos de corrupción han fracturado al PRD y lo han puesto al borde de la aniquilación.
Nuestro videodromo hundió además al gobierno del Distrito Federal en una grave crisis y, lo que es
peor, mostró el verdadero perfil de Andrés Manuel López Obrador. Cuando lo único real y tangible era que
colaboradores cercanos al jefe de gobierno del DF cayeron en la red de corrupción que les tendió el
"empresario progresista" Ahumada, como dice Carlos Ímaz que decía Rosario Robles, la estrategia de defensa de
López Obrador fue la intemperancia. Los movimientos de esa red le han dado un empellón a Andrés Manuel
López Obrador y el ha respondido con bravuconadas de callejón. El jefe de gobierno de la capital se encerró en la
idea dogmática de una conspiración en contra de su persona y su gobierno. El video de Ahumada y Bejarano, y
al parecer otros videos, son para él únicamente parte de una operación de la Secretaría de Gobernación, Los
Pinos, Marta Sahagún, Diego Fernández de Cevallos, Carlos Salinas de Gortari y la DEA. Aunque se trate de
una operación "orquestada", el jefe de gobierno no podrá eludir la actuación de los músicos principales de
la orquesta, músicos solistas de su gobierno. Por si fuera poco, el argumento defensivo de López Obrador
ha coincidido con el ridículo discurso de René Bejarano: la exhibición del video se decidió desde las más
altas cúpulas del poder federal. En su defensa, el gobernador de la capital ha elegido el camino más largo,
tortuoso, complicado y peligroso pues al final parece que su postura incluye una defensa de Bejarano y Ponce
Meléndez. Y en política, muchas veces las cosas son lo que parecen.
Parece increíble, por chusco y chocarrero, pero en lugar de enfrentar la crisis, corregir los errores y
destituir a todos aquellos funcionarios públicos que pudieran estar implicados, aun tangencialmente, en la red
de corrupción de su gobierno, Andrés Manuel López Obrador ofreció pruebas contundentes, que resultaron
un fiasco, del origen de los videos y llamó a una mitin en el Zócalo. Es decir, la naturaleza política de López
Obrador se impuso: la necedad como respuesta a las pifias y la soberbia a la hora del desastre. El jefe de
gobierno confirmó en un lance de dados aquello que sus críticos le han señalado desde hace tiempo: la cerrazón,
la intolerancia y el autoritarismo por encima de la reflexión, la astucia y la autocrítica. Nuestro
videodromo mostró al político irreflexivo y autoritario y borró del mapa al proyecto de líder político, democrático y sereno, que
el país necesita. Suele decirse que las crisis son oportunidades disfrazadas; de ser así, el PRD, el gobierno de
la ciudad y López Obrador han elegido permanecer en el andén del dogmatismo mientras el tren de las
oportunidades pasa frente a ellos. Por todo esto, la temporada de los videos en cadena nacional también
podría llamarse algo así como Lo que videodromo se llevó.