Lidia Camacho
A diferencia de Europa y Estados Unidos, México pocas veces ha considerado a la radio como un medio susceptible de producir arte, por lo que se han desaprovechado sus posibilidades estéticas, las cuales aún son desconocidas para un gran público.
Uno de los ejemplos más acabados de lo que puede hacerse con el lenguaje radiofónico es el radioarte, uno de los más importantes géneros artísticos radiofónicos nacido en Europa, que se ha desarrollado ahí desde hace más de cuatro décadas. En cambio, en México no es sino hasta 1996, con el surgimiento de la Bienal Internacional de Radio cuando se comenzaron a buscar caminos para adentrarse en esta propuesta.
Considero que esta tardía incursión de nuestro país en el terreno de la experimentación artística radiofónica se debe, en gran medida, a que la radiodifusión nace con una vocación muy diferente de la que tiene la radio europea, que desde sus inicios ha sido una entidad pública; es decir, una institución sociocultural capaz de apoyar amplia y cumplidamente la producción artística y la experimentación. Si bien es cierto que en nuestro país las primeras transmisiones radiofónicas a principios de los años 20 tuvieron un carácter experimental, pocos años después perdieron terreno frente al crecimiento, dado a gran escala, de la radiodifusión comercial. La influencia y cercanía con Estados Unidos determinaron un desarrollo de la radio mexicana basado en la obtención de utilidades a través del predominio del modelo de gestión privada. Los intereses de la naciente industria de la radio acabaron por decidir que dicho medio era primordialmente un difusor, y no un generador de manifestaciones artísticas. Es por ello que la radio, con excepción de la educativa, la universitaria y la cultural, ha sido casi siempre concebida como un medio de información periodística inmediata, un espacio simbólico de acercamiento y comunión entre personas alejadas, un vehículo de compra-venta de mercancías, un altavoz de noticias, de novedades musicales y publicitarias. De ahí que quienes trabajan y viven de la radiodifusión, e incluso los teóricos de la comunicación en México, poco se han preocupado
por conocer y explorar la dimensión artística y los recursos expresivos del lenguaje radiofónico.
Mención aparte merece el radiodrama en cualquier modalidad: radioteatros, radiocuentos, serie de episodios y principalmente las radionovelas, que contribuyeron, de 1931 a 1960, a la consolidación de un genuino código artístico radiofónico.1 Aun cuando la mayoría de las radionovelas en México eran de corte comercial, representaban una forma de creación artística. Algunas estaciones de carácter cultural recuperaron esa tradición y reprodujeron importantes series de literatura clásica a través de la adaptación radiofónica de novelas, dramas y cuentos. Este género de innegable valor artístico constituyó una de las tradiciones más entrañables en la radio. Sin embargo, es necesario admitir que, una vez dominada la técnica de creación y producción del radiodrama, éste padeció una repetición de fórmulas que indujeron a pensar que todo estaba ya inventado, lo que impidió ensanchar sus posibilidades estéticas y crear nuevas propuestas, como las que surgieron a finales de 1960 en Alemania con la ruptura del radiodrama tradicional, que en alemán se denomina, Hörspiel2 para dar paso al Neues Hörspiel (nuevo Hörspiel), que pugnaba por nuevos procesos en la concepción y producción del radiodrama. Desde entonces, las formas artísticas de la radio no se constriñeron al género dramatizado, sino que se extendieron a otros géneros, como el radioarte, la poesía sonora, el text-sound composition, el ready made acústico, el collage sonoro y el paisaje sonoro, entre otros.
Los límites de los géneros artísticos radiofónicos nunca han sido ni serán claros y definitivos; en muchas ocasiones sus fronteras son rebasadas, y no pocas veces las nuevas iniciativas se prestan a la confusión. Es el caso del radioarte que, como disciplina nueva, transgresora y vanguardista, no se deja encasillar ni busca opiniones únicas y determinantes sobre su razón de ser. Los mejores radioastas del mundo, aglutinados en el grupo Ars Acustica, de la European Broadcasting Union (EBU), se han negado a ofrecer definiciones que enmarquen el radioarte maniatándolo y convirtiéndolo en una falaz declaración de principios. Todo lo contrario: han pretendido que el radioarte sea una disciplina que sólo busque el juicio libérrimo alejado de las predeterminaciones inocuas.
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Con todo, podríamos decir que radioarte es toda obra que, creada por y para la radio, tiene como intención expandir las posibilidades creativas y estéticas de ese medio electrónico a partir de los elementos que fundamentan su lenguaje: palabra, música, ruidos, efectos sonoros y silencio. Elementos que, al conformar un lenguaje, poseen una gramática inherente, con la facultad de construir mensajes
estéticos; esto es, mensajes que buscan conmover al radioescucha. Esa conmoción puede ser lograda gracias a que la radio posee un lenguaje propio, cuyas convenciones son entendidas y apreciadas por un receptor cómplice.
Es frecuente que entre la misma gente de radio se crea que el radioarte es sinónimo de difusión cultural de las diversas manifestaciones artísticas, como cine, danza, ópera, conciertos, semblanzas biográficas. Nada más equivocado. En realidad, el radioarte es una propuesta que entiende que la radio no sólo es el soporte de su obra, sino la esencia misma de esa obra en la que confluyen las posibilidades de las nuevas herramientas tecnológicas, un lenguaje único y un vasto arsenal de contenidos.
Para Klaus Schöning, pionero del arte acústico, el radioarte es arte de la radio, no sólo arte en la radio; es decir, es vehículo que produce y no sólo reproduce. Schöning considera que el radioarte es un arte administrado y los límites de la radiodifusora siempre definen los límites del arte acústico en la radio. Del mismo modo, los límites mentales de los expertos de la radio son los del arte acústico en cada
radiodifusora. Asimismo, la dramaturgia será distinta en cada estación y en cada
país.3
El radioarte busca llevar hasta sus últimas consecuencias las posibilidades expresivas del sonido; intenta dislocar la sintaxis de lo que hoy conocemos como discurso sonoro; es un género que se enfrenta con nuevas formas, significados y referentes al arte sonoro por excelencia: la música. Cada obra es una búsqueda pero también un reencuentro: con el asombro, con lo inaudito, con todo lo que encierra el sonido cuando se le trata como materia estética.
Crear radioarte exige requisitos que van más allá del mero entusiasmo: investigación, creatividad, oficio y, sobre todo, tiempo. De
esta última materia sólo puede disponerse en la radio cultural, pues en la radio comercial las producciones deben realizarse en forma
rápida, luego de ser meditadas y resueltas en segundos, porque el tiempo es dinero.
Por eso es fundamental el papel de la radio cultural y universitaria en el impulso del radioarte, en producción, difusión y divulgación.
La radio pública tiene o debería tener entre sus funciones primordiales abrir nuevas rutas de expresión, tanto como preservar las ya
existentes. Al hacerlo, no sólo se enriquecerá a sí misma, sino que hará otro tanto con las manifestaciones artísticas que tienen al sonido como uno
de sus elementos de creación.
1 Actualmente, la radio mexicana ha suprimido de su programación, de una manera casi total, este género radiofónico. Sólo quedan algunas estaciones culturales que hacen loables esfuerzos para mantener viva esta tradición.
2 En alemán, la palabra equivalente al término "audiodrama" es Hörspiel, que proviene de las palabras alemanas hören, "escuchar",
y spielen, "jugar, ejecutar" (juego para el oído).
3 Catálogo de la Documenta 8, Kassel, 1987.