Los personajes de Philip K. Dick viven en la desmemoria: hay algo que olvidaron y es justamente ahí donde se juega
su vida. A su manera, Dick retoma el personaje atormentado de
El Castillo, colocándolo en el presente con una mujer
gruñona a un lado y su amante, una joven adolescente idealista de cabello negro, del otro. En
El sueño de los héroes, de
Adolfo Bioy Casares, un hombre intenta recuperar un momento perdido en un carnaval tres años atrás pese a los pedidos
desesperados de Clara, su mujer, que conoce la verdad pero no puede decirla. A la inversa, Borges en
Funes, el memorioso, cuenta cómo un muchacho luego de un accidente de caballo no puede olvidar nada. Está condenado a la memoria total. Y de
tanta memoria al final se muere. Entre esos dos extremos -la falta absoluta de recuerdos, su posesión total-, el presente se
juega por el primero, y esa incapacidad -cada vez más normal y aceptada- para asociar a ciertos nombres su carga emotiva
va borrando lentamente la historia, abandonándola en una niebla que avanza dejando sólo el presente a la vista y
arrojando todo el pasado a una tierra que nunca volveremos a pisar.
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En su historieta sobre los atentados del 11 de septiembre, Alan Moore relaciona el atentado con una serie de
tragedias mundiales: Guernica, Dresde, Hiroshima, y muchos de sus lectores posiblemente no conozcan ni tengan noticias
sobre esas ciudades devastadas por los bombarderos, a pesar de la literatura y la sangre que corrió sobre ellos, intentado
levantar un monumento que no permitiera al hombre seguir su camino sin recordar sus pecados cada vez que vea esas pinturas
o abra esos libros. Guernica es para siempre el inmenso cuadro de Picasso con su toro emergiendo y rugiendo por última
vez entre el fuego y las ruinas que lo devoran junto al torso de un hombre que sucumbe al mismo horror gritando
desesperado. Dresde aparece en
Matadero
cinco con el propio Vonnegut luchando por ordenar sus recuerdos de soldado adolescente
sin encontrar razones para la masacre de 135 mil personas el 13 y 14 de febrero de 1945: "Mira, Sam, si este libro es tan
corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo
queda gente muerta que nada dice ni desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pajaros cantan. ¿Y qué dicen
los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como ¿Pío-pío-pío?". Hiroshima es la imagen del
primer hongo atómico surgiendo de las raíces de la tierra, lastimando los ojos de la humanidad como un grito inmenso de
bocas que no podían hablar y cuerpos arrugados por ese calor arrojado como carbones ardiendo o estrellas que caen,
descolgadas a plena luz del día; muertos que siguen renaciendo en cada mirada del espectador y que lo conectan, luego del
primer
shock de sorpresa, con su pasado.
Los productores parecen saber que la memoria, tan pequeña y frágil como es, sólo guardará algunos gestos
magníficos y ampulosos, y esa memoria selectiva es impuesta a través de un cine comercial que abre, guión tras guión, un único
cráter de historias donde sale con su expreso de lujo y su destino señalado donde debería haber no uno, sino diferentes
ramales habilitando trenes llenos de pasajeros curiosos en busca de respuestas que se crucen, se intercepten y compartan
destinos hasta llegar a lo más cercano a la verdad.
Pero el personaje atormentado de Kafka, acusado de un crimen que no recuerda y condenado a morir en
El proceso, sigue siendo un rehén solitario de su propia historia y como lo que no ve no existe, Hollywood modifica la historia
de acuerdo con sus necesidades del momento mientras sobre ese eje de plastilina gira el mundo, o la idea del mundo,
del hombre promedio: la telaraña que el Hombre Araña tendía en la segunda parte desaparece y el World Trade Center sale
del fondo de los afiches de Hombres de negro
II, aunque los protagonistas terminan borrando la memoria de toda Nueva
York y esto figure y se tenga como un final feliz.
Presos del olvido, de un pasado en blanco o sutilmente retocado para reflejar imágenes sin mácula, recuerdos
rosados como un día de agosto o más tristes que la lluvia de abril, someter al olvido a una persona es arrancarla de su pasado, obligarla a ser otra y negarle sus defensas porque el pasado es el cimiento que sostiene el presente y desde donde
construimos nuestra identidad: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Qué errores cometimos? ¿Volveremos a cometerlos? De
ese molde y con esa carne están hechos los personajes de Philip K. Dick, quien mostró la desconfianza hacia el gobierno y
las técnicas restrictivas para la verdad usadas para someter a las personas basadas en la guerra de Corea, la experiencia de
su madre, ex censora gubernamental, y su repugnancia ante el avance del macartismo durante los 50. La desconfianza
hacia la supuesta realidad que los rodea es el combustible que mueve las tramas más políticas de Dick y coloca sus libros
como puntales de un futuro donde el hombre no puede confiar ni siquiera en sus recuerdos, manipulado por corporaciones
sin alma o perseguido sin paz ni tregua por gobiernos totalitarios que crean un pasado totalmente ficticio.
La elección de Dick como el escritor del presente, no es una novedad: quien convirtió la paranoia en una de las
bellas artes, adivinó el mundo que venía y escribió sobre él. En la revista
Wired, el periodista Frank Rose comentó: "En
estos días en que la mayoría de los escritores de ciencia ficción del siglo XX parecen irremediablemente pasados de moda
y fechados, Dick nos ofrece una visión del futuro que, al mismo tiempo, captura perfectamente el sentido de nuestros
días. A él nunca le importaron los viajes espaciales ni los robots, aunque a menudo aparezcan cohetes y androides en
sus historias. Dick escribía sobre tipos normales atrapados y perdidos en las redes de corporaciones todo poderosas y
tecnologías de funcionamiento ambiguo y sobre memorias implantadas y sobre falsificadores de mundos y de realidades.
La clave de Dick es la clave de nuestros tiempos: ya no estamos en condiciones de saber qué es real y qué no lo es".
El público parece preferir la versión televisiva o fílmica de estos libros brillantes escritos bajo el efecto de
drogas alucinógenas, la necesidad de comer y leyes comerciales impuestas por el editor que cerraba sus títulos en exactas
230 páginas. Así, en un solo año, Dick publicó seis de sus mejores novelas, pobladas de hombres de clase media que
descubren que todo su mundo es un bluff apañado y su vida, una mentira completa. La manipulación de los libros de Dick
-que apenas vio el preestreno de Blade
Runner, antes de morir en 1984-, apareció resumida por un fan confeso, el escritor
Rodrigo Fresán: "Así, las profundas ideas que Dick tenía entonces son perfectas para el superficial mundo del cine de
hoy porque: a) son buenas ideas muy fáciles de sintetizar en menos de 15 palabras (por eso sus adaptaciones suelen
ser irrespetuosas: lo que le interesa al productor es el concepto y no el argumento; de ahí, también, que los cuentos de
Dick sean más fáciles de vender y de filmar que sus novelas); b) se las puede decorar a voluntad con lindos y
sorprendentes efectos y persecuciones vertiginosas; c) ofrecen espacio para que el actor, si tiene ganas, actúe (cosa que no ocurre
con Arnold y Tom y Ben), y d) de algún modo ofrecen el plus de prestigio intelectual de un escritor cada vez más
reconocido y respetado por intelectuales de peso".
En 1978, Dick adelantaba este presente sin pasado: "Vivimos en una sociedad en la que las más espurias realidades
son manufacturadas por los medios, por los gobiernos, por enormes compañías, por grupos religiosos y políticos. Por eso,
en mis ficciones, yo me pregunto una y otra vez qué es la realidad. Porque estamos siendo incesantemente bombardeados
con seudorrealidades manufacturadas por gente muy sofisticada que utiliza ingenios electrónicos todavía más sofisticados.
Y no es que desconfíe de sus motivaciones. De lo que yo desconfío es de su poder. Es un poderío asombroso: el poder
de crear universos enteros, universos de la mente. Nadie lo sabe mejor que yo. Porque yo también me dedico a eso"