Javier Esteinou Madrid
Debido a las nuevas capacidades tecnológicas que a principios del siglo XXI han conquistado los medios
de información colectivos, especialmente los electrónicos, éstos se convirtieron en el centro del poder
ideológico y político contemporáneo del país.
En este sentido, de haber sido instrumentos de difusión relevantes en 1960 en México, de transformarse
en instituciones importantes de socialización en 1970 y de convertirse en el
cuarto poder político a partir de
1980; desde principios de 2000 se transformaron en el vértice del poder actual. Es decir, ya no sólo son
simples instituciones importantes de información o
el cuarto poder, sino que ahora se han convertido en el
"primer poder" ideológico que existe en nuestra sociedad.
Así, surgió el Estado mediático que se caracteriza por ejecutar sus tradicionales funciones de
dirección, educación y gobernabilidad, vía los medios de información como brazos o prótesis de expansión de su
capacidades de orden, administración, educación y dirección. La revolución tecnológica de los medios los
convirtió en las herramientas básicas para construir lo
público y actuar sobre la cosa
pública.
En este sentido, la casi totalidad de las instituciones tradicionales como son la escuela, la Iglesia, las em
presas, los movimientos sociales, las dinámicas comunitarias, los partidos políticos, el Congreso, las secretarías
de Estado, etcétera, buscan proyectarse y ampliarse vía los medios de información, asumiendo las reglas
que imponen éstos, pues lo que no aparece en los medios muy difícilmente existe en la conciencia colectiva.
Así, los medios se convirtieron en el epicentro cultural, ideológico y espiritual de la sociedad mexicana de
principios del nuevo milenio, transformándose en la nueva plaza pública y en los grandes cerebros colectivos que dirigen a la sociedad.
En los espacios cotidianos de relación simbólica que permanentemente producen los aparatos cotidianos
de comunicación entre emisores y colectividades, es la principal arena social donde diariamente se construye
o destruye, mental y afectivamente, a la sociedad mexicana y al Estado. Por consiguiente, en la sociedad
mexicana de principios del milenio, cada vez más, las batallas políticas o sociales se ganan o pierden en los medios
de comunicación colectivos y no en otras áreas de las contiendas sociales. Con ello, la hegemonía social, es
decir el principal trabajo masivo de
convencimiento, asentimiento y dirección
social, se logra pacíficamente vía
los medios y no mediante otros aparatos ideológicos de la gobernabilidad.
Así surgió la telepolítica como una nueva realidad mediática que ha transformado las reglas tradicionales
de los procesos electorales y ha introducido otras nuevas realidades que ponen el acento en la forma del
quehacer político que sobre el contenido de las propuestas. De esta manera, aparecieron los teledebates, el show político, la construcción de la "plaza pública electrónica", el desarrollo del
marketing político, la actuación
histriónica de los candidatos, y recientemente los videoescándalos, que han creado nuevas condiciones para
determinar el éxito electoral. Con ello, en el terreno político se ha transformado la plaza en
videoplaza, el gobierno en telecracia, la política en
videopolítica, la denuncia en
videodenuncia, la promoción política en
videodestape, los mítines en videomítines
y la democracia en videodemocracia.
El funcionamiento de los medios atravesó la operación práctica de todas las instituciones sociales básicas
para la dirección del país, al grado de sustituir en algunos periodos o reubicar en otros, a los órganos de
administración social más débiles o que están en crisis de funcionamiento y legitimación. Por ejemplo, ante la baja
de credibilidad de la población en los partidos políticos, los órganos públicos y las iglesias; la capacidad
persuasiva y seductora de los medios ha construido nuevas credibilidades y hegemonías basadas en estrategias
de seducción de mercado cuyo termómetro de éxito ha sido el rating.
De ésta forma, "los grandes consorcios televisivos, cada vez más, sustituyen a las instituciones
tradicionales el papel protagónico en los procesos de socialización y construcción de espacios claves de la
política".1 Incluso en el periodo de transición pacífica a la democracia, donde se han movido las viejas estructuras de orden
y control para dar paso a la apertura social, ante el acotamiento del tradicional poder unipersonal del
Poder Ejecutivo y la falta del nuevo gobierno de una firme política de conducción nacional eficiente, se ha creado
una crisis institucional y de gobernabilidad que ha generado vacíos de poder que gradualmente han ocupado
los medios de información para dirigir a la
sociedad.2 Así, "el poder comunicativo actualmente acompañado por las políticas del gobierno tiende a imponerse no sólo por encima de la voluntad de los demás sino, más
grave aún, a imponer a la autoridad legítima una autoridad impune. Condiciona, impone, reglamenta,
elimina impuestos, orienta y hasta informa a la sociedad acerca de las políticas de comunicación. Antes
negociaban, hoy parecen estar por encima de ello, ya no lo requieren, se impone al poder del gobierno quien parece
estar a su disposición. Antes, las televisoras estaban al servicio del Presidente, ahora el Presidente está al servicio
de las televisoras".3
Esta realidad se ha confirmado recientemente en México cuando ante la profunda crisis interna y externa
que han demostrado todos los partidos políticos, particularmente con su corrupción institucional, se ha creado
un vacío de poder, sin liderazgo político claro y firme, que ha producido una aguda falta de credibilidad de los ciudadanos en la política y en sus representantes. Ante ello, los medios electrónicos, especialmente la
televisión, amparados en la ideología de la "libertad de información", han ocupado gradualmente ese liderazgo social
y se han convertido en los nuevos caudillos electrónicos para dirigir a la sociedad.
Así, en el proceso de transición a la democracia, los medios electrónicos se han erigido en los nuevos
barones del poder y han evidenciado a través de los videoescándalos la descomposición que experimentan todos
los partidos políticos en México y el tradicional sistema de representatividad burocrático al estar penetrados
por una avanzada e incontenible corrupción. Con ello, "los conductores de televisión o los lectores de noticias
se han convertido en severos fiscales y jueces ante los cuales es imposible cualquier
apelación".4
Los escándalos empiezan a agotar la capacidad de asombro de la ciudadanía y cada semana un nuevo
hecho de corrupción sustituye al anterior, olvidándonos del pasado. Lo único que queda es el estado anímico
mediático de sorpresa, desencanto, frustración, desesperanza y coraje que, cada día, generan los canales de
información. El saldo que arroja la creación de esta atmósfera mediática es una fuerte erosión de las instituciones de
la República, la crisis del Poder Ejecutivo, una pérdida de credibilidad en los partidos políticos, la desilusión
en el sistema establecido, una crisis de obediencia colectiva en sus líderes tradicionales y una gran inclinación
al abstencionismo en los próximos periodos electorales.
La culpa no la tienen ni los medios ni la sociedad, sino los políticos corruptos que se han vinculado
desde hace décadas con los dueños del dinero para repartirse el botín nacional, a costa del subdesarrollo y
la desesperanza de la mayoría de los habitantes. El problema "no es que los políticos mexicanos se hayan
vuelto súbitamente corruptos. Los mexicanos siempre hemos sabido que nuestros políticos son corruptos. La
diferencia es que ahora vemos sus transacciones con lujo de detalle en las pantallas de
televisión".5 En otras
palabras, para la clase política el conflicto no está en que exista corrupción, pues ésta siempre ha existido, sino en
que ahora se sepa públicamente.
Así, en la vida cotidiana el poder de los medios, cada vez más, sustituye a la política y se transforman en
los representantes de la voz y la opinión de la sociedad. En este contexto político-tecnológico los medios
controlan, cada vez más, al Estado, a los partidos políticos y a la sociedad; la pregunta es ¿quién controla a los medios?
De aquí, la importancia central de efectuar una profunda reforma del Estado en materia de comunicación que permita que el funcionamiento público de las industrias culturales se encuentre ética y responsablemente orientado y supervisado por el Estado y la sociedad civil, y no sólo por las dinámicas que señala la lógica del mercado y del poder.
Notas
1 Javier Corral Jurado, "Mediocracia sin mediaciones", en
El Universal, 20 de enero, 2003.
2 Javier Corral Jurado, "Pluralidad, acceso y competencia", ponencia presentada en la V Conferencia
Internacional: "Los medios electrónicos en el marco de la reforma del Estado en México",
www.cddhcu.gob.mx/servddd/versest/2ano/comisiones/rtc-3.htm
3 Javier Corral Jurado, "Mediocracia sin mediaciones",
op cit.
4 Enrique Mendoza, "Videoescándalos. Regular la conducta de los medios", en
Siempre!, 14 de marzo, 2004.
5 Sergio Sarmiento, "Corrupción por televisión", en
Siempre!, 7 de marzo, 2004.
Javier Esteinou Madrid es investigador titular del Departamento de Educación y Comunicación de la UAM-Xochimilco.