Medio alienante para el resto del periodismo, está él
mismo alienado por las imposiciones del mercado
François Granon/Pierre Bourdieu
¿Existir es aparecer en la radio o en la
televisión?
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Pierre Bourdieu |
Actualmente, nadie puede iniciar una acción sin el apoyo de los medios. Tan simple como eso. El
periodismo termina dominando toda la vida política, científica o intelectual. Habría que crear instancias en las
cuales investigadores y periodistas se critiquen mutuamente y puedan trabajar en conjunto. No obstante, los
periodistas son una de las categorías más susceptibles: se puede hablar de los curas, de los patrones e incluso de
los profesores, pero sobre los periodistas es imposible mencionar las cosas que llegan a hacer...
¡Es el momento de decirlo!
Hay una paradoja de base: es una profesión muy poderosa, compuesta por individuos muy frágiles. Allí
se produce una notable discordancia entre el poder colectivo considerable y la fragilidad estatuaria de
los periodistas, que se encuentran en una posición de inferioridad tanto respecto de los intelectuales como de
los políticos. A nivel colectivo, los periodistas arrasan. Desde el punto de vista individual, están en constante
peligro. Constituye un oficio muy duro no por azar hay allí tanto alcoholismo y los jefecitos son terribles. No sólo
se quiebran las carreras, sino también las conciencias, lamentablemente. Los periodistas sufren mucho. Al
mismo tiempo se vuelven peligrosos: cuando un ámbito sufre, termina transfiriendo su dolor hacia afuera, bajo la
forma de la violencia o el menosprecio.
¿Podría haber reformas en esa esfera?
La coyuntura es muy desfavorable. En el campo del periodismo existe una competencia furiosa, en la
cual la televisión ejerce una coacción terrible. Podrían ofrecerse miles de índices, como el de la transferencia
de periodistas televisivos a la cabeza de órganos de prensa escrita. Es la televisión la que define el juego: los
temas de los que hay que hablar, qué personas son importantes y cuáles no. Con todo, la televisión, alienante
para el resto del periodismo, está ella misma alienada, puesto que vive muy particularmente sometida a las
imposiciones directas del mercado. (De manera general, si el sociólogo escribiera la décima parte de lo que piensa
cuando habla con los periodistas por ejemplo, sobre la fabricación de los programas, éstos lo denunciarían por
haber tomado partido y por su falta de objetividad, por no hablar de su arrogancia insoportable...). El que pierde
dos puntos de rating se queda afuera. Esta violencia que pesa sobre la televisión contamina todo el campo de
los medios. Se transmite incluso a los espacios intelectuales, científicos, artísticos, que estaban construidos
con base en el desprecio del dinero y a una indiferencia relativa a la consagración masiva. ¿Se imaginan a
Mallarmé esperando ser reconocido en las calles y aplaudido en los
meetings? Y sin embargo, esos pequeños
universos, como la literatura o las ciencias, en las cuales se podía vivir como un desconocido y en la pobreza con
la condición de ser estimado por algunos y hacer cosas dignas de realizarse, están actualmente bajo amenaza.
¿Cree que en las condiciones actuales de competencia los medios pueden escuchar sus razones?
Sé que puedo parecer un sabiondo que viene a predicar la moral en un momento en que hay que
salvarse como sea y en que el patrón de
Libération [diario de gran circulación, vinculado al Partido Socialista. (N.
del E.)] debe preguntarse todas las mañanas si habrá suficientes anunciantes para publicar su próximo número.
Pero es precisamente esa crisis y la violencia que exacerba la que lleva a ciertos periodistas a pensar que
estos sociólogos no están tan locos como parecían. Entre los periodistas son siempre los jóvenes y las mujeres los
más afectados: me gustaría que comprendieran un poco mejor por qué les pasa eso, que no existió
necesariamente un error del jefecito el cual, por su parte, no es demasiado sagaz, pero por eso se lo eligió, sino que hay
una estructura que los oprime. Esta toma de conciencia puede ayudar a soportar la violencia y a organizarse.
Tiene la virtud de desdramatizar y proporcionar instrumentos para una comprensión colectiva.
Usted describió los campos del arte y de la ciencia como universos que poco a poco van elaborando
reglas. ¿Cómo puede ser que el periodismo no haya podido encontrar las suyas?
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Foto: Médias |
En el universo científico, en efecto, hay mecanismos sociales que obligan a los sabios a comportarse
moralmente, sean ellos "morales" o no. El biólogo que acepta dinero de un laboratorio para escribir una publicación
sin ningún valor... Hay una justicia inmanente. Aquel que transgrede ciertas prohibiciones pierde. Se
autoexcluye, se desacredita. Mientras que, en el campo del periodismo, ¿dónde puede localizarse un sistema de
sanciones y recompensas? ¿Cómo va a manifestarse la estima hacia el periodista que cumple bien con su trabajo?
Seguramente alguien lo acusará de querer un sistema dirigista, un comité central de los
medios...
Lo sé. Pero es todo lo contrario. La autonomía que predico ensancha la diferencia. Y es la dependencia la que genera uniformidad. Si las tres revistas francesas
L'Express, Le Point y Le Nouvel
Observateur tienden a ser intercambiables, es porque están sometidas aproximadamente a las mismas coacciones, a las
mismas encuestas, a los mismos anunciantes, que los periodistas se pasan unos a otros, y se roban entre sí temas
o portadas. Cuando en realidad, si ganaran mayor autonomía respecto de los anunciantes y de su propio ranking, la cantidad de ejemplares vendidos, respecto de la televisión, que impone los temas importantes,
se diferenciarían enseguida. Para limitar los efectos funestos de la competencia, llegué a sugerir, por ejemplo,
que los periódicos crearan instancias comunes, análogas a las que se conforman en casos extremos como en
los raptos de niños, cuando todos se ponen de acuerdo para hacer el
blackout de la información. En estos
casos extremos, los medios dejan a un lado sus intereses competitivos para salvar una suerte de ética común.
Para otros temas que sólo se tratan porque otros lo hacen podríamos imaginar una especie de moratoria. En el
caso de los libros, el fenómeno es asombroso. Muchos periodistas culturales están obligados a hablar de libros
que desprecian, únicamente porque los demás los mencionaron, lo cual contribuye bastante al éxito irresistible de libros lamentables...
Frente a estos medios que le disgustan, usted parece adoptar una actitud que puede criticarse: la del desdén. ¿Por qué?
Una actitud de repliegue, más bien. Pero no es mía exclusivamente. No conozco a ningún gran sabio, ni gran artista ni gran escritor que no sufra en su relación con los medios. Es un verdadero problema, porque los ciudadanos tienen derecho a escuchar a los mejores. Sin embargo, los mecanismos de invitación y de exclusión hacen que los telespectadores se encuentren casi sistemáticamente privados de lo mejor.