Aunque el asombro siempre renovado ha sido la constante de las escandalosas jornadas
videpolíticas que hemos presenciado en las últimas semanas, no dejan de llamar la atención los distintos mecanismos
ideológicos que protegieron por varios días la credibilidad del gobierno capitalino.
Finalmente su popularidad se ha "desplomado", tal y como el propio Andrés Manuel López Obrador
reconoció (si bien aclaró a sus seguidores que "no le quitaron una sola pluma a nuestro gallo"), pero la
resistencia frente a lo evidente y la capacidad de los actores involucrados en actos de corrupción para instrumentar,
en esas condiciones, diversos giros defensivos, han sido tanto o más increíbles que las conocidas escenas
de funcionarios tahúres o aquellas donde se ve al empresario Carlos Ahumada traspasando maletines y bolsas
de dinero a varios destacados perredistas y funcionarios.
La izquierda mexicana no mantiene ya, es cierto, muchos de los rasgos anteriores a su participación
decisiva en la vida democrática nacional, pero hay que convenir en que cuando menos la
ilusión en sus medios y fines esa nebulosa que cancela la crítica y que François Furet examinó como pieza central del andamiaje
ideológico comunista se mantiene en buena medida intacta.
Cuando hablo de
ilusión es evidente, sin embargo, que se trata sólo de una aproximación a lo que
estudió el teórico francés, pues ahí donde él escribió: "La ilusión no 'acompaña' a la historia comunista... es
constitutiva de ella", nosotros debemos parafrasear escribiendo que la fe no acompaña al populismo, más bien lo
conforma y nutre en su desarrollo.
Los medios y periodistas que no reaccionaron oportunamente frente a los materiales videograbados que
se presentaron por televisión, no lo hicieron básicamente porque quedaron atrapados en las redes de esta
fe populista. Y habrá casos, desde luego, donde esta fe consciente mantiene también algunos intereses
materiales, pero me parece que en la gran mayoría de los casos se desatendió el profesionalismo periodístico a
partir de las simpatías naturales que un proyecto
esperanzador como el del gobierno capitalino ha generado
en diversos sectores.
Del otro lado, en el extremo, hubo cuando menos un medio impreso que literalmente quedó
desmantelado sin pasar por la autocrítica que imponían las circunstancias. Se encontró un culpable, hoy prófugo (el
dueño, Carlos Ahumada) pero una parte de los directivos periodísticos de ese diario lo dejó sin decir apenas nada
sobre su responsabilidad. Capitanes y no pocos grumetes de esta embarcación descubrieron tardíamente que
el almirante del navío ya no estaba y era un hampón; tomaron entonces los botes salvavidas dejando a
varios compañeros en la nave o, peor, en altamar, sin escribir una sola palabra de autocrítica alrededor de su
participación en un proyecto viciado de origen.
Este fenómeno donde ciertos medios resultan seducidos por un personaje, un supuesto proyecto o
incluso una declarada ambición, no es nuevo; quizá lo que podemos ver ahora es que se ha extendido y
multiplicado de tal suerte que cada confrontación política o judicial dada la profunda debilidad del Estado de derecho
en México dispone del
arbitraje interesado de muchos medios que cifran su éxito o penetración futura no
tanto en la calidad de su información como en la relación con ciertos grupos de poder.
Por supuesto que la que ha venido padeciendo el PRD fue una operación de prensa, pero no otra cosa ha
sido ni menos obvia la que consiguió mantener una fe casi religiosa en el jefe de gobierno capitalino, así sea
en el sector más duro de sus simpatizantes.
La batalla librada alrededor de los videoescándalos ha sido especialmente cruenta, porque alecciona
acerca de la posibilidad de que en el futuro toda prueba o evidencia, aun las que tradicionalmente
suponíamos irrefutables, carezcan de relevancia en algunos medios de comunicación donde el plano ideológico o
intereses muy concretos han sido superpuestos al trabajo periodístico.
Las distorsiones de la racionalidad informativa ya no digamos de la analítica, donde ingresan
válidamente los juicios de valor son innumerables. No sirve de mucho desglosar los argumentos que se han usado
y manipulado para defender complicidades y situaciones de abierta impunidad.
Ni que decir que la transparencia ha sido el valor más dañado en todo este proceso, porque entre
quienes señalan al gobierno capitalino con claras evidencias de una trama de corrupción por todos conocida
ahora se preguntan, con toda razón, qué pruebas será necesario exhibir en lo sucesivo para que al cabo de
varias semanas de escándalo suceda
algo.
En verdad, el gobierno capitalino y sus creyentes han pasado a otro nivel, aunque es claro que lo
hacen postergando distintos costos que en política resultan ineludibles.