Iván de la Torre
Los sentimientos de los superhéroes siempre reflejan el gusto general. Así, en el discurso de
Superman al Congreso en 1942 puede leerse el suficiente consenso público para una revista que depende tanto
de la confianza de los padres como del veto del gobierno:
"Durante los últimos años una oleada diabólica ha recorrido el mundo. Se llama fascismo (...)
Esta moderna plaga ha aplastado naciones amantes de la paz (...) nosotros combatiremos la amenaza de
estas hordas hasta que sean definitivamente aniquiladas y de nuevo la decencia y la humanidad sean
restauradas en el mundo (...) Igual que cualquier otro patriota americano yo quiero contribuir a la caída de estos
buitres fascistas (...)."
Superman se adelanta a las preocupaciones paranoicas: "Yo puedo servir mejor a la nación en el
frente interior luchando con los enemigos más insidiosos (...) los traidores, los quintacolumnistas, los
quislings potenciales y todos quienes quieren hacer fracasar nuestra producción de materiales bélicos"; y en
un mismo párrafo encuentra los enemigos ("buitres fascistas"), ensalza a sus lectores ("patriota
americano") y lustra las credenciales del gobierno ("las fuerzas armadas pueden lograrlo sin la ayuda de Superman").
En noviembre de 1941, sucedieron dos hechos importantes en el cielo de papel cuando Superman
tomó partido destrozando la hélice de un avión japonés y las ventas del Capitán América llegaron al millón
de ejemplares. Miles de adolescentes, lectores fanáticos de cómic, fueron a enrolarse mientras otros
dos héroes salieron a la luz pública envueltos en la bandera: Buz Sawyer, un piloto creado en 1943,
con asesoramiento de la marina, por Roy Crane, y Milton Caniff con
Terry y los piratas.
Aunque Superman es el superhéroe oficial de Estados Unidos, el Capitán América es el primero, en noviembre de 1941, en encarnar al héroe transparente, ya no un solitario vengador ni un
extraterrestre bienintencionado, sino un hombre común convertido en supersoldado al servicio del gobierno. El
personaje se adelanta al procedimiento de apropiación que convertirá la Segunda Guerra Mundial en un
triunfo estadounidense donde los demás sólo aportan extras.
Que el Capitán América comience golpeando a Hitler en la nariz pone los sueños de gloria del
país, todavía suspendidos en el aire de los rumores, sobre esa máquina de guerra silenciosa e imaginaria
que comienza a marchar hacia Europa. Los superhéroes sirven para excitar e inflar los deseos de sus
lectores y acercarlos a las trincheras en un año donde tres millones de adolescentes trabajan en la industria y
cerca de 90% lee cómics. El tono previsible de las historias y el deseo de entrar en acción hace de cada
acto idealizaciones que terminan en un personaje llamado Tío Sam mientras, desconfiando de la libre
empresa, el verdadero gobierno crea una Oficina de Información sobre la Guerra que, a través de los permisos
para la distribución de papel, domina a la industria.
Cuando Estados Unidos mira hacia adentro -a mediados de los 40-, el enemigo ya no habita
Alemania o Japón: se ha desplazado y la paranoia reemplaza a los grandes enemigos por pequeños hombres
topos entrando por los agujeros de la administración pública y traficando secretos que pueden desarmar
el paraíso americano. Como el azar acumula las piezas y el miedo las mueve, la cadena de la desgracia
arma sus eslabones antes de anudarlos al cuello de la víctima. En 1938 nace la National Organization for
Decent Literature que publica listas de revistas inconvenientes para los jóvenes y desde 1947 incluye en
sus selecciones los cómics aceptables y los condenables mientras los voluntarios visitan los kioskos
intimando a los vendedores en procedimientos que terminaran en hogueras públicas. En 1954, el doctor
Fredric Wertham habla en La seducción del
inocente de "la influencia de los comic
books sobre la juventud de hoy", formando la imagen pública necesaria -padres descontentos, medios sumisos, paranoia
nacional- para justificar un subcomité especial del Senado. El comité llama a Wertham y a cuatro representantes
de las revistas: William M. Gaines, de EC Comics; William Friedman, de Story Comics; Helen Meyer, de
Dell Publications, y Monroe Froehlich, de Magazine Management Company que publicaba Marvel Comics.
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Si el patriotismo domina y encuadra la acción y el formato de los cómics en los 40, la moral de los
50 impone el
Comics Code que controla los contenidos. Desde ese momento, cada ejemplar aceptado llevara un "sello" como "garantía" para los padres y seguro de los vendedores. William Gaines denuncia que con la instauración del código y la aceptación de la autocensura se impone el monopolio
de las grandes compañías.
El halago de la libre empresa convive, entonces, con la demonización del enemigo, clara en series
como Battle Front o Combat Kelly, orgullo de la infantería que se llenan de malignos chinos y pérfidos
rusos mientras la gran política sigue nadando bajo la superficie de las cosas: en octubre de 1961 John
Kennedy acepta un repulsor de meteoritos fabricado en Kryptón como muestra del apoyo extraterrestre a la
carrera espacial estadounidense y en febrero de 1962, presenta a Supergirl en los jardines de la Casa Blanca.
La DC no puede evitar la distribución de
Action Comics 309 una semana después del asesinato del
presidente, que cierra el último cuadro con Superman diciéndole a JFK una frase desafortunada que Nixon
seguramente hubiera disfrutado: "Si no puedo confiar en el presidente de Estados Unidos, ¿en quién puedo
confiar?".
Respondiendo al gobierno y sus intereses el elenco de malvados gira empujado por el siempre
cambiante viento de la política estadounidense: Los Cuatro Fantásticos intentan adelantarse a los rusos en los
viajes espaciales cuando una tormenta los hace caer y descubren que han adquirido sus poderes. El
científico Bruce Banner prueba la bomba G y el espía ruso Igor Drenkov intenta asesinarlo exponiéndolo a los
rayos gama para transformarlo en Hulk mientras el protagonista de Iron
Man, Anthony Stark, se interna en la jungla vietnamita donde es herido por una mina y hecho prisionero por los comunistas. Stark, fiel al
ideal del héroe solitario, escapa y construye una superarmadura. Algo similar se leía en los folletines del
club Buck Rogers entre chicos de siete años en 1942: "Somos una organización de chicos y chicas de
todas partes de USA. Nos inspiramos en la libertad y la democracia. Somos leales a nuestra patria y a
nuestra bandera. Estamos empeñados en la defensa de la libertad y el honor. Somos los Rocket Rangers. Uníos
a nosotros".
Esta constante reedición de argumentos de viejos seriales televisivos apoyados en figuras
imponentes demuestra la validez del héroe para encandilar a sus lectores, venciendo a sus enemigos (tontos y
crédulos alemanes, fieros rusos, gesticulantes chinos) con una mezcla de astucia y pragmatismo, una
pastilla pequeña para deslizar en la garganta de un público cautivo que termina dando vuelta al mundo
como bandera del ideal americano que esgrime al hombre fuerte, sabio y duro, sobreponiéndose a las
circunstancias y tomando el mando de las cosas.