No llamaba la atención de nadie. Y era lógico que así fuera. Si no era más que uno más de los miles de
usuarios que todas las noches se transportan en el Metro de la estación Rosario a la Pantitlán, entre las 9 y las 10.
Su caminar cansado, como si llevara todo el día yendo y viniendo de una terminal a otra, el peso de sus 60
años, que parecía concentrarse en su espalda encorvada, la mirada vidriosa y los párpados abotagados, que
delataban una afición desmesurada a la bebida, el rostro cubierto por una película de grasa; pero sobre todo esa
mirada vidriosa, como agazapada tras una nube, esa mirada que alguna vez había sido la de un hombre alerta y
que ahora parecía la de una especie en extinción, o, mejor que eso, y sobre todo por su insondable tristeza, la
de un perro callejero y famélico, sumado a lo que llevaba puesto: un traje gris, acharolado por donde se le
viera la luz interna de los vagones es ideal para destacar el cochambre en la piel y en la ropa, con manchas de
grasa en puños, codos y rodillas, la valenciana descosida y la bragueta siempre a punto de abrirse, la corbata
roja, con una mancha amarilla muy cerca del nudo, que bien podría ser de huevo o de jugo de naranja, todo esto no lo hacía relevante entre la gente que a esa hora aborda el Metro; al contrario, encajaba a la perfección.
Sin embargo, en todo ese conjunto sólo había un detalle que brincaba: el radio portátil que el hombre
llevaba pegado al oído derecho que veinte años atrás su hijo le había regalado, y que provocaba que la gente
que se encontraba cerca se volviera a mirarlo; aunque tal vez lo que atraía las miradas no era su persona con
ese aparato casi incrustado en la oreja y que ciertamente le daba un aspecto chusco, como de algo
infinitamente viejo, sino el sonido que emanaba de la bocina y que se escuchaba como un murmullo de vocecitas
ininteligible. Y sin duda llamaba la atención porque, con la proliferación de los discman, ya nadie viajaba con un radio
portátil, por muy pequeño que fuese, pegado a la oreja.
¿Pero qué era lo que escuchaba que lo absorbía tanto, que ni por un segundo habría separado el radio
de su oído?
Noticiarios, uno tras otro. Noticias, una tras otra.
Era como si para el hombre del radio esto era, como si a través de esa voz encontrara un
interlocutor, alguien que se dirigía a él y a nadie más que a él, alguien que le tenía paciencia y que le contaba todos
los chismes del mundo.
Sonrió con amargura, como si aquel pensamiento le provocara náuseas, y entonces, por una razón que
no se explicó y que en su mente tuvo el impacto de un relámpago en la oscuridad, comprendió a su padre.
Aún recordaba la voz del viejo ordenándole que grabara sus radionovelas en aquel vejestorio de
carrete abierto, exactamente sobre las cintas que había guardado como oro molido, y que contenían las canciones
que alguna vez había cantado en su efímera carrera como tenor en un teatro de revista.
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"¿Estás seguro, papá?", había preguntado un poco para sacudir la conciencia de su progenitor, y un
mucho porque él no quería ser responsable el día de mañana que el viejo le reclamara por qué lo había hecho,
quién diablos se creía que era, por qué no lo había desobedecido si eran las canciones que había atesorado por
tantos años. Y por supuesto que de la misma manera el reclamo habría sobrevenido de no haber cumplido las
órdenes, porque lo que su padre exigía grabar encima de sus canciones no era otra cosa que las radionovelas que
tanto amaba y sin las cuales no le era posible conciliar el sueño: "Chucho el roto", "Porfirio Cadena, el ojo de
vidrio", "Kalimán, el hombre increíble", cuya ilación seguía como un perro los orines de una perra en celo.
Haber grabado esas radionovelas le había permitido a su padre un poco de entretenimiento los últimos
meses de vida, porque a partir de que había dado esas instrucciones su trabajo como inspector de una línea
camionera le impedía escuchar el radio a placer, no viviría mucho.
Pero en fin, reflexionó el hombre a la altura del Metro Tacubaya, cuando menos había tenido eso.
Treinta años habían pasado de aquella muerte, y la historia parecía repetirse en él, con aquella voz
persistente susurrándole noticias en ráfaga, que si bien no lo ayudaba a dormir cuando menos abatía su soledad.
Llegó a la estación Pantitlán y se dispuso a salir. Era increíble cómo la gente, aun en su precipitación,
caminaba con cierta compostura; como si ése fuera el precio para evitar una muerte por asfixia o atropellamiento, o
como si hubiese una aceptación tácita a una orden que nadie se habría atrevido a desobedecer.
Salió el hombre y en su oído reverberaba la voz. Nada parecía distraerlo, era como si estuviera ciego;
más aún, diríase que un ciego se distraería con mayor facilidad. Había viajado en el Metro tantas veces,
incontables veces haber llevado la cuenta habría sido una hazaña superior a escalar el Aconcagua, que sus pasos
se guiaban por sí solos. No miraba a nadie. No miraba nada. Sus sentidos estaban puestos en la voz. Pero ni
siquiera reflexionaba en lo que oía. Para él, aquella voz era tan vacía como los ojos con los que de pronto se
topaba. Tal vez si pusiese un poco de atención aquello podría tener sentido, y quizá lo podría comentar con su esposa; aunque no, él sabía que era por demás. Lo mismo en el trabajo su misión era ordenar cronológicamente
los archivos en una dependencia de la SEP que en casa, no era más que un cero a la izquierda. Nadie le dirigía
la palabra. Mientras que en la oficina sus compañeros le arrimaban los papeles sin molestarse en mirarlo, en
casa su esposa le arrimaba los platos como el carcelero lo hace con el condenado a muerte; peor aún porque
no se condolía de él. Y esto era así todos los días, esa abulia por vivir, desde hacía un poco más de quince
años, cuando su hijo, que era el único, había muerto al estrellarse la micro en que viajaba.
Por fin llegó hasta las escaleras eléctricas. Delante de él, la gente subía en una fila tan larga que
habrían envidiado las hormigas, y detrás suyo los usuarios se iban aglomerando como soldados que se aprestasen
a cumplir una orden.
Estaba acostumbrado a esperar, asunto que no le producía desazón alguna.
Pero esta vez no fue la espera.
Mientras subía la escalera o, mejor dicho, mientras la escalera lo subía a él, cayó en una especie de
lánguido vaivén que lo condujo a la antesala del sueño. Recordó a su hijo cuando tenía diez años. Corría como loco
y desafiaba a su padre a que le diera alcance; cosa que él hacía presuroso, como si su hijo lo contagiara de
vida. Qué hermoso se veía dando esas enormes zancadas, era como si se quisiera tragar la vida, como si
quisiera absorber todo alrededor.
Intentó fijar los ojos de su sueño en el recuerdo que tenía de los ojos de su hijo, cuando un niño que
había venido subiendo la escalera eléctrica de dos en dos y atropellando a todo el mundo, cuando ese niño lo
aventó para abrirse paso.
Apenas pudo detenerse con las dos manos para no caer. La fuerza de gravedad lo jaló hacia atrás y sintió
que la caída era inminente, pero de algún lugar profundo de su cuerpo extrajo el reflejo que le salvó la vida.
Aunque por el movimiento tan brusco, el radio fue a dar al vacío. Cuando menos cuatro metros lo separaban del
suelo. Y, por una casualidad milagrosa, el radio cayó en medio de dos personas de las miles que se encaminaban
a los andenes, y no en la cabeza de nadie, lo cual le habría generado otra preocupación.
Todavía tuvo aplomo para asomarse. Los pies que pasaron encima del radio terminaron por destrozarlo por completo, hasta no quedar más que fragmentos de plástico y de transistores diseminados por el suelo. Y aun en el caso de que no se hubiera destruido por el golpe, nadie se habría molestado en recogerlo. ¿A quién podría interesarle una baratija tan pasada de moda, tanto o más que su propietario?