Las mascotas invaden los medios
Emilio Fernández Cicco
La historia empezó unos meses atrás, en Inglaterra con la perrita de la realeza, la turbulenta Florence. Flo para los amigos. Perro del diablo, para sus enemigos. Aunque, si somos justos, el asunto viene de mucho antes. De los tiempos en que un psicólogo ruso llamado Ivan Pavlov experimentaba con el reflejo baboso de los perros con todo aquello que se asociara con la comida y obtenía el Premio Nobel en 1904 por sus resultados. Pero seamos injustos siempre es bueno echar la culpa sobre alguien con nombre y apellido así que empecemos con Flo, la bull terrier que convirtió a su dueña, la princesa Ana, en la primera integrante de la realeza británica en recibir una multa. El pasado 27 de diciembre, la mascota se prendió de la rodilla de una empleada como si fuera una costeleta de cerdo y la mucama puso el grito en el cielo junto a una demanda de varios
dígitos. El palacio estaba advertido. Poco antes, la bull terrier había quitado de este mundo a fuerza de rabia
y dentelladas a una de las perras "corgi" de Isabel II. Los medios pasaron por alto aquello a final de
cuentas, los perros no tienen abogado. Pero el episodio de Flo con la empleada atravesó las portadas de los
periódicos británicos y la princesa temió que la única salida posible fuera sacrificar a la perrita.
Según parece, hace bastante tiempo que Ana no enciende la televisión pues hoy, como nunca antes,
las mascotas tienen la palabra.
Al principio, fueron las terapias con mascotas. Los psicólogos familiares llegaban a la conclusión de que
un perro o un gato en una familia, o junto a un anciano, eran ideales para levantar el ánimo, rescatarlos
del aislamiento y superar incluso problemas de pareja. Hasta aportaban datos: según sondeos, las
mascotas reducen los niveles de depresión.
Al cabo de unos años, los mismos especialistas llegaron a otra conclusión inquietante: los animales
también sufren y necesitan ayuda psicológica. Los gerentes mediáticos apuntaron la novedad y el resto ya es historia.
En la actualidad existen, al menos, tres cadenas internacionales Animal Planet, National Geographic
y Discovery Channel que dedican buena parte de su programación al dulce mundo animal. Con algunas
novedades asombrosas: desde una emisión sobre terapia a mascotas
Conducta animal hasta una donde la
conductora enseña los pasos a seguir para comunicarse con canarios, con gatos siameses, con perros
doberman, con lo que se le cruce en el camino de cuatro patas o emplumado:
The pet psychic. En el primero, tratan
casos de gatos de pésimo carácter, loros deprimidos, mastines guardianes súbitamente acobardados que
padecen extraños casos de pánico perruno. Los llevan a psicólogos de mascotas, flamantes especialistas en el
tema, que hacen un moño con las teorías de Freud y Lacan, y disparan un diagnóstico, sabiamente fundamentado
en, al parecer, auténticos disparates, los cuales termina dando a los dueños las claves para modificar las cosas.
En el segundo programa, The pet
psychic, Sonya Fitzpatrick cuenta su maravillosa capacidad telepática
para charlar con mininos y caninos, y cómo cada uno de nosotros tiene la habilidad para tener una charla,
digamos, breve con un chihuahua, lo suficiente para saber si lo que busca es un hueso o se queja de la calidad del
alimento, la clase de conversación que uno tiene con su suegra o con un primo lejano o con el portero. Fitzpatrick
alienta a los que busquen afianzar lazos con el mundo animal a seguir siete pasos milagrosos, que también
sintetizó en un libro: What the animals tell
me. Ella dice que, antes que nada, se necesita visualizar el animal
mientras uno pronuncia su nombre para obtener su atención, luego, así como suena, uno empieza a hacerle
preguntas telépaticas y espera respuestas telepáticas. Fitzpatrick recomienda, sobre todo, usar la imaginación. Cómo
no: imaginación, por supuesto. La mujer no es ninguna tonta.
El boom de las mascotas, que reinan flamantes en los medios hoy en día, viene acompañado de una
interrogante: ¿qué ocurre con los seres humanos que aun en grandes concentraciones estamos aislados,
incomunicados, apartados? ¿Qué sucede para que, en lugar de buscar respuestas espirituales en su interior, las
busque en las vicisitudes linguales de su ovejero alemán? ¿Qué ocurre con los medios que, escasos de ideas,
ahora esperan la salvación temática de la mano de unos pobres bichos basta recordar, incluso en Hollywood,
éxitos como Babe, el puerquito
valiente, la digitalizada Stuart little o el clásico
Las aventuras de Chatrán?
Para salvarla del matadero, la princesa Ana encomendó el rescate psicológico de Flo a Roger Mugford,
del Centro de Comportamiento Animal de Chertsey, al sur de Inglaterra. Mugford, se puede decir, es un
amigo de la familia real, desde que aplicó todo tipo de terapias a Dotti, otro bull terrier de la princesa que en
noviembre de 2002 no se le ocurrió mejor idea que saltar sobre unos niños y darles unas mordidas.
 |
|
"No es preciso que sea sacrificada", explicó el psicólogo. "Vamos a hacer todo lo posible para evitar
que la perra Florence vuelva a morder en otra oportunidad". Y adelantó una especulación: "Estoy seguro de
que simplemente es un perro que no se siente bien por algo, quizá sea un dolor o la edad. Esa debe ser la razón por la que se muestra un poco irritable", declaró el especialista. Noelia Pereiras, psicóloga especialista en
vínculos familiares, pone sus sospechas en el amo. "Las mascotas tienen una base temperamental propia",
sostiene, "pero en general responden a las señales que les damos. Para que no se confundan, primero debemos
tener claro nosotros qué esperamos de ellos. Si esperamos que completen nuestra imagen de machos
agresivos, actuarán como tales. Si esperamos que llenen la ausencia de un hijo malcriado, la llenarán. Si esperamos
que compartan armoniosamente nuestras vidas, cada cual según su naturaleza, eso es lo que tendremos".
Las ideologías sucumben, las ideas sucumben, el progreso sucumbe. En ese orden de cosas, no sería descabellado pensar que Pierre Boulle tenía razón cuando escribió aquella novela que mereció dos inmejorables versiones cinematográficas en las que palpitaba un futuro lejano donde los que mandan cambiaban ligeramente de especie. La novela, claro, era El planeta de los simios por si quedaba alguna duda.