Iván de la Torre
La gente pone la televisión para dormirse, para descansar, para estar acompañada, para reírse usándola como un
calmante intraocular de fácil aplicación, permitida por ley y costumbre, esas hermanas gemelas del aburrimiento. La gente se
busca en la televisión y seguro que no se encuentra porque sus programas se construyen desde estereotipos y no incluyen a
los gordos, los chaparros, los feos, los desagradables, los solitarios. Lo similar parece irritar al televidente que gusta la
perfección de lo imposible: el joven de pectorales duros, la adolescente de cola perfecta, la improbabilidad convertida en modelo
de vida pero vida ajena, vida robada, sueño imposible de los pobres y los desheredados, oasis de agua turbia y poca
profundidad donde descansar los huesos después de un día de fracasos y derrumbes, de hombres y mujeres viviendo entre
ilusiones desoladas, perforadas, desangradas por la realidad. La irrealidad gana las pantallas y los televidentes se rinden a
Extreme makeover, No te lo pongas,
The bachelor o American idol: escaleras por donde subir a espiar sueños ajenos de triunfo.
En 1920 nació Charles Bukowski, poeta, escritor y borracho en ese orden, descriptor y habitante de los márgenes
sucios de la sociedad; donde han dejado de llevar las cámaras y el fracaso y la frustración son moneda de curso legal, lleno de seres extraviados en el fondo de una botella, frente a un último vaso vacío que adivinan la noche fría a la puerta del
bar: "Se puso el vestido más bonito que tenía, los talones altos, intentó arreglarse. Pero tenía algo de terriblemente
triste... Estaba triste, estaba triste, estaba triste...", escribe Bukowski y la vida nunca estuvo más gris que en esa frase
repetida hasta dar tres. Dan ganas de llorar de tristeza prestada, entrevista entre líneas, al lado de esa mujer intentando
sonreír, mostrando que aún puede sostenerse en pie, parada sobre el tembladeral de su fracaso mientras se reinventa con
dignidad de criatura extraviada. Bukowski echa un vistazo por las ventanas sucias y rotas de su vida para ver otras que le pasan
al costado, que lo rozan dejándole el olor y la vitalidad a sus poemas de métrica improbable que llenan la boca y calientan
el alma y las manos.
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Este regusto a vida se ha despegado de la televisión y lo que alcanzamos a ver es un paraíso perdido, sembrado sobre
un millar de sueños rotos y sostenido por una pared de espejos deformantes que nada reflejan, que mienten distancias
y rostros para obligarnos a ver de cerca, a poner la nariz contra el vidrio y lastimarnos adivinando qué se siente; la
realidad no está ahí pero igual nos quedamos y nos conformarnos con lo poco que nos dan y a no pedir más: nunca más clara
la diferencia entre unos y otros que ahí, donde los ganadores siempre ganan y los perdedores siempre perdemos porque
no tenemos la llave de entrada a ese sueño americano globalizado, una aldea convertida en isla, rodeada de tiburones
voraces, con puentes levadizos que obedecen a unas pocas voluntades dispersas donde vemos levantarse, de nuevo, el fenómeno
de la estandarización, de la no opinión, de la masa como plastilina permeable a un conjunto de personas-entes
entronizadas desde la pantalla como la suma de los debes para pertenecer: disfrazarse para no desentonar y luego sobrevivir en la
selva de la moda. La risa como aliada del cazador, el televidente como víctima última de gustos pasajeros y ajenos, la
necesidad de no ser, de abandonar los gustos propios y de dejarse llevar, arrastrar por una corriente de agua helada, las preguntas
que nunca se hacen para no quedar mal, para no desubicarse en un mapa donde todo tiene su nombre, su valor, su estudio
de mercado. Donde todo está tan acomodado la perfección termina convirtiéndose en inmovilidad y ésta se eterniza
hasta parecer de piedra, muerta pero bella, traficable y exportable como una estatua robada: los nuevos gurús televisivos
decoran casas (
Mientras no estabas), cambian rostros
(
Extreme makeover) y eligen la ropa más adecuada
(
No te lo pongas,
Queer eye for the straight
guy). No importa la persona y el formato, se exporta de un país a otro como un virus
incubado largamente en los televisores de todo el mundo: ser lindo es tan fácil, dicen que sólo lo lindo sobrevivirá, pero la
medida para elegir la belleza se acorta y el modelo se vuelve único y absoluto, indiscutible. Después de mí la nada,
parecen murmurar, y los nuevos bellos -como los nuevos ricos- eligen ser clones de un mismo molde, productos de la
misma fábrica, rostros intercambiables con un interior vacío, muñecos de lujo, en fin, vendidos a buen precio que serán
suplantados en algún momento de ese futuro tan corto que les ofrecen, por otros muñecos, otros gustos.
Ni siquiera los genes parecen resistir ese constante fluir donde el hombre elige a su sucesor, el hombre del futuro, y
lo cambia constantemente; elige, como si fuera una hamburguesa, el color del cabello, los ojos, el talento que tendrá.
¿Qué quiere el padre del futuro? ¿El nuevo Shakespeare, Goethe, Faulkner, Borges? De tan adivinado, el futuro se
ensombrece, se aburre; entre las múltiples promesas no queda lugar para la piedad ni los sentimientos porque todo se está dividiendo en ganancia y pérdida, donde el perdedor se margina y el ganador se lleva todo. El mundo perfecto parece una jaula de
cristal donde viven los más bellos mientras el resto puede verlos, desearlos, escribirle cartas y soñar con ellos pero nunca
tocarlos ni acercarse. Sólo verlos. Como un sistema de castas heredadas o fundadas a través del dinero: al que tiene, todo; al
resto, nada, ni justicia. Ser diferente ya no es una opción: en
No te lo pongas, los propios familiares y/o amigos ofrecen a
la víctima: el padre, el esposo, los hijos, sacrifican a su madre para que sea más bonita, porque en realidad quieren algo
para exhibir, si no tienen una modelo en la casa, la vida no es justa y la cámara sorprende a la víctima en su ridículo
cotidiano mientras las dos encargadas de salvarle la vida se burlan de ella y sus gustos. La propia estima no es una opción
porque siempre se necesita una segunda opinión, un experto que sabe más, el resumen sigue siendo ése: deja todo en manos de
los demás, olvida, no pienses, sobrevive copiando. Manual de lujo del televidente medio que salta de programa en
programa buscando su personalidad y se identifica con el soltero codiciado en
The bachelor: ese hombre/mujer de 30 años,
perfecto, al que sólo le falta su media naranja para completar el cuadro. Y todos lloran y son infelices por un rato, hasta que el
nuevo rey/reina los elija y los haga felices porque la felicidad ya no depende de uno, no, no, está errado el que piensa así,
de hecho está errado el que piensa: los pensamientos se venden a centavos en televisión, los libros no se venden, pero
una hora de televisión es, maravilla moderna mediante, capaz de transformar a cualquier hombre/mujer en superestrella
y desparramar sus aforismos sintéticos por todo el mundo: Dios de hoy, esclavo de mañana si no encuentra su lugar
pronto, cuando el escándalo se apaga sólo le quedará rotar sobre sí mismo, de canal en canal, hasta que lo echen o hasta que
lo olviden porque todo es circunstancial y sólo existe el presente: la televisión hace olvidable el pasado, secretamente
comparte la ilusión de ser un diario de ayer, al que nadie le da importancia cuando pasa su día. Así las ideas pierden y ganan
las apariencias porque la gente prefiere los envases compactos, prácticos, pocas ideas, mucho brillo, algo que entre en
el bolsillo de los caballeros y el bolso de las damas, que se pueda usar hoy y tirar mañana. Las ideas molestan
porque infectan el corazón, por eso se apartan, se dejan de lado: sonría mucho, hágase olvidable pero simpático y lo
volveremos a llamar. El intelectual perfecto tiene algo de bestia atrapada cuando aparece en pantalla: no le dejan acomodar sus
ideas, explayarse. Si el programa es de entretenimiento en cinco minutos lo agotan y lo dejan ir: ya cumplió su función, ya
se burlaron de él, ya fue, entonces vuelven las verdaderas fieras a pelear su lugar un minuto más. El pensamiento molesta
y por eso encienden las luces de colores y los estribillos machacantes. Así se va durmiendo el cerebro, así cierran los
canales sus programación prime time de nueve de la noche a 12 y el cerebro descansa, protegido del pensamiento. Nadie se
quiere agotar, nadie quiere dudar, quedar afuera de la luz dorada, no entender mañana en la oficina qué pasó ayer en la
pantalla: quién se peleó con quién y por qué. El olvido está lleno de buena memoria, memoria selectiva destinada a evitar
las molestias de la duda. El sistema funciona porque todo parece ser de todos aunque las puertas están cerradas y custodiadas:
Cuando estás en la calle/ Es cuando te das cuenta de que/ Todo/ Tiene dueño/ Y de que hay cerrojos en/ Todo/ Así
es como funciona la democracia:/ Coges lo que puedes,/ Intentas conservarlo/ Y añadir algo/ Si es posible./ Así es
también como funciona/ La dictadura/ Sólo que una esclaviza/ Y la otra destruye a sus/ Desheredados./ Nosotros simplemente
nos olvidamos/ De los nuestros.
Charles Bukowski