Rose Mary Espinosa
Al menos ellos saben que alguien más los ve. A nosotros nadie nos dijo nada cuando llegamos y nunca nos pasó por la cabeza que hubiera cámaras ocultas.
Nos encontrábamos desempleados cuando Claudio Bender nos contactó. Los números telefónicos le
fueron proporcionados por familiares y amigos preocupados por nuestro estado anímico y nuestra "desidia".
Bender nos citó en su departamento. Éramos 15 desocupados de entre 26 y cuarenta y tantos años; solteros
todos. Había ex agentes de seguros, ex gerentes de marca, ex secretarias bilingües, una abogada, un
ingeniero industrial, un micro empresario en quiebra, una cantante de ópera y yo, un inactivo empedernido que
igual había hecho cine experimental que comercializado vodka y caviar rusos.
Bender tenía unos 55 años y un marcado acento eslavo (aunque se jurara oriundo de la Doctores). Vestía
una sudadera negra y unas mallas de licra del mismo color sobre sus delgadas piernas. Al principio
resultaba incómodo contemplar su excitación. Pero la mirada hambrienta de la cantante de ópera me trajo
pensamientos placenteros. Bender nos tenía ahí, a la merced de sus críticas a las economías huecas y el "sinsentido
irrisorio" de los trabajos ingratos. Fue cuando nos habló de la casa en el Bosque Nuevo:
Estaremos en medio del bosque nos decía. Fusionaremos nuestros cuerpos. Daremos salida a
nuestras emociones, las más fuertes porque ya somos amigos desde la entraña. Después, regresaremos renovados a
la capital.
Sin embargo, ninguna de esas peroratas fue grabada.
Yo estaba tan emocionado por haber encontrado una salida a mi hartazgo que no presté atención al
camino. Sólo sabía que Bender había tomado alguna carretera rumbo al sur y de ahí habíamos penetrado el
bosque entre rutas garabateadas. Íbamos en su camioneta. Yo no paraba de hablar. De vez en cuando Bender
volteaba a verme y sonreía con ternura. Cuando entramos al lugar, los otros bailaban. Él se incorporó a la danza con
sus irrenunciables mallas, adheridas a su pelvis como él a Helga, la cantante de ópera. Esa vez me sentí a
disgusto cuando se besaron. Pero contaban con la complacencia del resto, cuyos ojos ávidos pedían más
contacto corporal. Lo tuvieron. "¡Hagan equipo, como yo!", nos gritaba en medio de su agitación. "Tómense,
siéntanse, ámense", insistía. En lo que algunos otros se apresuraron a abrazarse en parejas y tercias, yo retrocedí.
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Foto: James Houston/black+white |
Pensé que Bender repetiría ese tipo de juegos con cada una de las mujeres del grupo, pero hasta
entonces Helga era su favorita. Y la mía también. Desde un principio me habían cautivado su altura, su rostro
tan maquillado y su voz. Tardamos poco en acostumbrarnos a su espectáculo. Algunos desistieron de
emularlo. Otros lo continuaron con mayor exhibicionismo. A Daniela y a mí, Bender nos permitió ser sólo
espectadores. Incluso, toleró que no estuviésemos presentes. "Unos caminan más aprisa que otros. Hay que darles
tiempo", decía en alusión a nuestra reserva.
Pero de eso, ni un solo registro.
Un jueves Bender partió, como lo hacía comúnmente, pero al día siguiente Helga descubrió que se
había llevado sus cosas. La mayoría reaccionó violentamente. La cerradura de la puerta estaba atrancada. Hasta
ese momento reparamos en la falta de ventanas. Helga quiso tranquilizarnos: Bender regresaría. Tal vez había
ido a buscar más compañeros. Lo cierto, decía, era que no podía abandonarnos a nuestra suerte y
precisamente por eso nos había encerrado.
Propuse a los hombres empujar la puerta hasta derribarla o destruir una de las paredes. Sólo Germán,
uno de los tres ex agentes de seguros, accedió. El resto pareció incorporarse sin molestias a la incertidumbre
de permanecer. Helga llevó a las mujeres a su recámara. Ahí adentro se escuchó de todo, a pesar de los
alaridos de Daniela, que salió hecha un diablo. Estuvo muda durante un par de semanas. Yo procuraba no
acercármele porque temía perturbarla. Los demás la evitaban debido a los comentarios que sobre ella había hecho
Helga. La tildaba de loca y la culpaba de la partida de Bender. Amenazó con echarla de la casa si continuaba con
su actitud distante, renuente a los juegos, a desnudarse. Yo preferí aprovechar la ausencia de Bender
para conquistar a Helga, quien respondía lascivamente mi cortejo. Bailábamos entre la complicidad de los
demás, pero sólo eso. Curiosamente, sin Bender, éramos incapaces de ir más lejos y preferíamos esperar a que
anocheciera.
Los días subsecuentes solíamos arrojarnos al portón ante el más breve ruido y agazaparnos en los
rincones de luz. Conforme el resplandor se agotaba, nos acercábamos unos a otros: nos acariciábamos, nos
besábamos, entre secreciones y suspiros incógnitos, hasta el amanecer.
En un principio, adivinar quién había acariciado a quién la noche anterior se había vuelto nuestro
pasatiempo. Los besos solían ser inconfundibles, aun entre la oscuridad. Lo difícil era ponerles nombre.
Yo no sabía qué hacer con mis manos. Me había habituado a los contornos de una mujer de piel tibia y
uñas largas. Cuando la suerte y mi olfato me ponían a su lado, sentía una adoración irracional hacia ella. Me gustaba escarbar su rostro y los laberintos de su cuerpo. Me gustaba reposar la cabeza entre sus pechos y
escucharla roncar suavemente. Cuando despertaba antes que ella, le disponía una postura más cómoda. Imaginaba
que la desabotonaba y recorría mientras dormía. Después, deslizaba un dedo por mi frente, la curva de mi nariz
y el hoyuelo de mi barba. Lo llevaba mi cuello, el centro de mi pecho, el ombligo y, cuesta abajo, descubría
una pendiente desproporcionada, donde me entretenía un rato y reposaba. Sabía que mis espasmos podían
despertarla, así que me iba a otro lugar.
Algunas veces me dedicaba a observar a Daniela, la forma en que se ausentaba del cuadro, su finura
envuelta en manta blanca y el ridículo sombrero afelpado que portaba para recordarnos que era distinta a nosotros.
Una noche volvimos a tumbarnos junto a la puerta. Volví a apretarme al cuerpo nocturno, que no
opuso resistencia. Me percaté del hormigueo que anestesiaba su boca. La mordí y la escuché quejarse. La sacudí,
la rebosé, me dejé escurrir caliente, blanquecino.
Pero las imágenes no dieron cuenta de eso: en ellas no hubo cadencia, susurros o erotismo. Ni
siquiera trascendió nuestra pasión. Sólo fuimos dos personas copulando, como en una película pornográfica, con
una calidad de imagen mucho peor, aunque con mejores actuaciones y cuerpos comunes y corrientes.
Jamás se nos hubiera ocurrido buscar cámaras escondidas, mucho menos en plena madrugada.
Al día siguiente, desperté a solas, arrinconado. A mi alrededor se hallaban esparcidas parejas y tercias.
Helga descansaba aplastada entre Juan Carlos y Salvador. Todo el día rumié la duda del cuerpo que había poseído
la noche anterior. Durante la comida, resolvimos echar a Daniela. Nuestras amenazas parecieron no afectarle.
Yo mismo hablé con ella. Le expliqué que, como decía Bender, con uno solo que no cooperara, nuestro
proyecto de vida podría fracasar. Le dije que ahora que todos estábamos de acuerdo en explorar otras salidas, ella
debía unírsenos.
Podría rendirme me respondió con decisión, pero hace varios días que ya no camino sola.
Repasé su silueta tonificada. Me fijé en sus labios afrutados, en sus ojos de agua, en el vaporcillo salino
que aún la recubría. Destrabamos la puerta y, antes de salir, se me acercó, tomó mi cara entre sus manos y susurró:
Nunca el cuerpo de nadie fue devorado con tanta opulencia.
Desde mi silencio, la vi partir, libre e impetuosa, hasta desdibujarse.
Los demás tardamos un poco más en irnos. Varias veces gritamos, nos golpeamos y volvimos a abrazarnos solidarios. Pero eso nadie lo vio. Lo que quedó grabado fueron nuestras traiciones secretas y nocturnas, nuestra intimidad, nuestra desnudez y nuestro desenfreno. Aquellos momentos que creímos vivir bajo un enigma casi cómplice, fueron editados, copiados y reproducidos, y el hallazgo del video en un puesto de Tepito hizo que algunos volviéramos a reunirnos. Fue Salvador quien lo consiguió y, en las imágenes, no aparecían Bender ni Helga.
Después de verlo completo, enmudecimos. Algunos lloraron de rabia. Yo, de tristeza. Ese video era lo único que me quedaba de Daniela.