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Lo vi entrar a un parque. Compré una capuchino doble y me senté en una banca rodeada de ardillas curiosas. Creí que estaría más concurrido porque en la actualidad ya todo mundo se ejercita, como si fuera pecado tener un cuerpo como el mío, pero ese día el parque se apreciaba vacío. Caminé en el sentido contrario que trotaba el deportista. Quería encontrarme con sus ojos antes de abordarlo. Transité con lentitud hasta topármelo de frente. Nuestras miradas se cruzaron por unos segundos y él murmuró el obligatorio "buen día". Mi única reacción fue girar la cabeza una vez que me había rebasado. Desde ese ángulo, sus nalgas parecían un durazno firme y redondo que lo único que provocaba era devorarlo a mordidas. Inspeccioné toda la zona. Desde el fondo del parque pude distinguir que iban llegando vendedores ambulantes de café y pan, sin embargo, desde donde ellos estaban no podían notarnos. Era demasiado temprano para otros deportistas, debía apresurarme antes de que empezaran a llegar. Me escondí detrás de un árbol en espera de que el "durazno" volviera a pasar por allí, luego pensé que intentar sorprenderlo, como lo hice con el "mulatito", era demasiado peligroso, así que ideé un nuevo plan. Una vez que vi que se acercaba, tomé una piedra de buen tamaño y la metí en mi bolso. Salí de entre los árboles continuando mi caminata de manera natural. Cuando lo advertí cerca fingí un desmayo. El "durazno" se acercó preocupado. Me tomó en brazos para llevarme a una de las bancas. Aproveché su distracción e intenté golpearlo con la bolsa. Esquivó el golpe y me dejó caer en la tierra mientras gritaba en tono afeminado, "policía, policía". En su confusión alcancé a pincharle una nalga con varias jeringas para canalizar sondas. Logré escabullirme hasta la salida del parque.

Me refugié en casa. Estaba nerviosa y preparé un té de doce flores. Encendí el televisor para saber si decían algo.

En el noticiario de las "bonitas tontas" estaban transmitiendo a control remoto desde el parque. El obeso reportero señalaba la banca donde estuve sentada como el lugar de los hechos. En un alarde de perspicacia relacionó este incidente con el del "mulatito". Luego afirmó que no podía revelar su fuente pero que ya estaba informado sobre otros tres asaltos similares dentro de la misma área. "Se trata de hombres jóvenes de entre veinte y treinta años con glúteos prominentes y ejercitados". Fingió un rostro de consternación hacia la cámara de televisión y añadió, "así es, tenemos a un serial".

Llamé a la fábrica para reportarme enferma. La secretaria de mi jefe me preguntó ansiosa si ya sabía sobre el ataque en el parque. Le respondí que no. Permanecí en casa el resto del día, asustada porque el "durazno" me había visto el rostro, y porque sabía que con mi descripción, la marca de fábrica de las jeringas y la zona de los ataques, sería sencillo sacar conclusiones. Encendí un cigarrillo recostada en la cama y cambié de canal para ver qué decían en el otro noticiario. En un alarde de periodismo serio armaron un panel de expertos para exponer mi caso e intimidar a la policía por sus escuetos avances. Apareció un retrato hablado que me describía a la perfección. La mesa estaba conformada por un representante de los derechos humanos, un experto forense, un investigador de la policía, y un psicólogo con miras a funcionar como profiler de delincuentes del FBI, el cual se refirió a mi persona como la serial pincher, además de advertir que mis ataques serían cada vez más violentos. Nunca antes fui tan notable. Incluso no me importó que el obeso reportero del otro noticiero mintiera descaradamente sobre el número de mis víctimas. Decidí huir del país a pesar de sentirme emocionada por la distinción.

Entre las cosas del armario busqué una peluca que conservaba de una fiesta de disfraces. Me maquillé, cosa que no acostumbro, y coordiné mi vestuario de tal forma que nadie sospechara que se trataba de mí. Si mis subalternos seguían las noticias, de seguro ya estaban enterados de que yo era la serial pincher.

Salí de mi departamento. Toqué insistentemente en la puerta de la encargada del edificio. Doña Mica salió. Le expliqué que debía salir de viaje urgentemente por lo que le dejaba toda la dotación de jeringas para insulina que había robado la noche anterior. Ella acercó su rostro al mío en busca de alguien que ya no era yo. Sonrió y me acarició las mejillas. "No tienes por qué sentirte mal, yo debí acostumbrarme a que me agarraran las nalgas en cada transporte al que me trepaba, no haces nada que ellos no harían". Salí sin decir una palabra pero contenta con su aprobación.

Tomé un taxi rumbo al aeropuerto para poner tierra de por medio. Con suerte podría continuar acechando hombres sin ser detenida. Pensé en Argentina y luego en Brasil. Soy una mujer de trabajo, en cualquier sitio conseguiría empleo con facilidad.

Estaba indecisa sobre qué vuelo tomar cuando vi entrar en el aeropuerto al joven psicólogo de la televisión. Ese que me bautizó como la serial pincher. Ahora que lo veía de pie y de perfil no me quedaba la menor duda de que él sería mi próxima víctima. Lo seguí hasta el módulo en el que iba a documentar su equipaje. Así averigüé que volaría a Madrid. Anoté los datos de su vuelo para tratar de tomar el mismo avión. Me dirigí a comprar el boleto sin perderlo de vista. El tipo del mostrador de Iberia le pidió su maleta. Cuando el psicólogo se agachó a tomarla experimenté un calor que me subía hasta la cabeza. Inclinado se destacaba aún más su trasero. El tipo era de cintura muy reducida, razón por la que, desde donde yo me encontraba, asemejaba una apetitosa pera.

Conseguí boleto en el mismo vuelo. Tuve suerte porque no llevaba equipaje para documentar. Me paré justo detrás de la "pera" en la fila que nos conduciría a la sala de abordaje. Mis manos se sentían atraídas hacia las protuberancias de su pantalón al igual que el metal a los imanes. Respiré hondo para sosegarme y no cometer una locura que me delatara. Ya habría tiempo para eso cuando llegáramos a Madrid. Pero por lo pronto, mientras avanzamos lento por la banda eléctrica, me muerdo los labios mientras repito en mis adentros, pera mantequilla, pera Anjou, pera magallona, pera blanquilla, pera limonera, pera en almíbar.



Escritora.

Este relato forma parte del libro de próxima aparición Un hombre a la medida, Colección La rebelión de la intimidad, ediciones Cal y arena.





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