Mis empleados se ofrecieron a acompañarme hasta mi casa pero siempre he detestado a los
lamesuelas. Sé distinguir cuando hay un interés o una preocupación genuina por mi persona, y éste no era el caso. Esos cabrones sólo
querían congraciarse conmigo para ver qué provecho lograban sacarme como jefa. Hay quienes disfrutan que les besen
el culo por conveniencia. Yo no soy de ésas. Agradecí conmovida con la misma falsedad con la que ellos se pusieron
a mi disposición y les aseguré que no era necesario.
El autobús estaba casi vacío pero no me importó. Ya no sentía miedo de andar sola a esas horas de la
madrugada. La última vez que fui víctima de un atraco le rogué a mi asaltante que se llevara todo pero que no me violara. Éste
me vio con cierta compasión y soltó una carcajada mientras decía, "no te preocupes, güerita, la neta ni se me
hubiera ocurrido". Ya no creo que alguien quiera atacarme sexualmente, y si buscan robarme siempre cargo una cantidad
de efectivo destinada para ello.
Iba sentada hasta el final del autobús con la mirada perdida entre las raídas hojas de los árboles de la
colonia Narvarte, cuando el camión se detuvo. Por un reflejo automático cambié la mirada de lugar y descubrí a un
mulato atractivo subiendo las escaleras con agilidad. No pude dejar de verlo, sobre todo cuando me percaté del
suculento trasero que sobresalía de su cuerpo delgado y estilizado. Contemplé sus nalgas con la misma impertinencia que
miré las de aquella mujer del vagón del metro. Ante mi falta de educación, el jovencito no hizo otra cosa más que
sonreír. Bajé la mirada con bochorno sin perderlo de vista por el rabillo del ojo.
El "mulatito" se levantó de su asiento para anticiparle la bajada al chofer. Tocó el timbre. Mientras el
autobús frenaba, el escultural joven me observó con cierta burla. Brincó desde el camión con la misma gracia con la que
se había trepado. Al momento que el chofer arrancaba se despidió de mí con la sonrisa socarrona y abanicando
una mano a lo lejos. Dos cuadras después yo también toqué el timbre. Bajé corriendo del autobús esperando tener
suerte para poder alcanzarlo.
Le espié desde cierta distancia para que no descubriera mi presencia. El tipo compraba cigarros en el
Seven Eleven. Me quedé en la acera de enfrente, oculta entre las sombras de los copiosos árboles. El joven salió
fumando un cigarro que acababa de encender. Comencé a seguirlo. Cavilé en atacarlo pero no tenía ninguna arma que
me ayudara a someterlo. Regresé al Seven Eleven y compré la botella del tequila más barato. Si lograba asestarle
un buen golpe podría dominarlo.
El "mulatito" caminaba como si fuera dueño de la calle. Ésa es la actitud de los propietarios de una belleza
tan singular. Quizá por lo mismo iba tan distraído. Conseguí llegar hasta él sin que siquiera sospechara de que lo
estaban siguiendo. Le di un fuerte golpe con la botella de tequila. Arrastré su cuerpo hasta una calle pequeña y con
alumbrado público defectuoso. Lo acomodé boca abajo. Me quité el suéter que llevaba puesto y le até las manos al
mismo tiempo que las amarré a una gruesa armella que salía del concreto. Me arranqué de un tirón el pañuelo que
traía enlazado en el cuello y tapé su boca. Una vez que lo sentí inmovilizado le bajé los pantalones. Le acaricié las
nalgas y le introduje un dedo por al ano. Las froté, pellizqué y en un instinto irrefrenable las mordí fuerte y varias
veces. Recosté mi pelvis sobre ese par de protuberancias de ébano. Le susurre al oído, "con este culo negro tenías que ser".
Luego restregué mi coño sobre sus nalgas hasta que me vine. Descubrí que había vuelto en sí por sus gemidos. En
un último arranque de excitación le recubrí las nalgas con las jeringas de insulina y me escabullí entre las sombras de
la noche.
Todos los días antes de ir a trabajar realizo una rutina. Me quedo un rato viendo a las niña bonitas y estúpidas
que dan las noticias como si supieran de lo que están hablando. Después de veinte minutos de modorra me levanto y
abro la llave del agua caliente para que se encienda el boiler. Regreso a la cama para ver las noticias un rato más en lo
que se calienta el baño con el vapor del agua caliente.
Esa mañana, los veinte minutos se alargaron cuando vi que entrevistaban al delicioso "mulatito" que yo
había gozado unas horas antes. Cerré la llave de la regadera para escuchar mejor. Le subí el volumen al televisor y
atendí interesada. Una de las locutoras, fingiendo consternación, aseguró que el pobre joven era una víctima más de
la delincuencia de la ciudad de México. El "mulatito" estaba recostado boca abajo -como acostumbraba dormir
Nálgaro-, en la cama de algún hospital de la colonia Roma. En su declaración aseguró no haber visto a su agresor lo que
me hizo sentir segura.
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Llegué a mi trabajo un poco tarde, licencia que nos dan a los gerentes si nos quedamos laborando mucho
tiempo después de nuestros horarios habituales. Lo primero que hice fue acudir a la oficina de mi jefe para explicarle
la razón por la que tuvimos que suspender el inventario. Conmigo siempre se comportaba comprensivo. Yo era
su empleada favorita. Me aseveró que no tenía de qué preocuparme. Incluso me ofreció un servicio de taxi privado
y pagado por la empresa para esas noches en las que saliera tan tarde. Le rechacé la oferta no sin antes
agradecérsela. Mi jefe confesó su preocupación por el incidente ocurrido a unas cuadras de nuestras oficinas; "con tanto loco
en esta ciudad me da miedo que te pase algo, imagínate, doce jeringas hipodérmicas enterradas hasta el fondo,
pobre muchacho". Me pareció demasiado alboroto considerando que las agujas de insulina son bastante pequeñas.
Continuamos el inventario dos días después del asalto que sufrió el sabroso "mulatito". A través de los
periódicos me enteré de que era bailarín. Mis subordinados no hablaban de otra cosa que no fuera la inseguridad del DF
como si yo fuera un ratero cualquiera.
Esa noche detuve el conteo de jeringas cerca de las cuatro y media de la mañana. Despaché a mis subalternos
y retrasé mi salida con pretextos insulsos. Me quedé sentada en el escritorio hasta las cinco y media, absorta entre
los tamaños y grosores de las diferentes agujas. Tomé mis pertenencias. Guardé en el bolso jeringas de agujas
gruesas, de esas que se utilizan para canalizar sondas. Sin saber por qué, también vacié una caja completa de jeringas
de insulina. Salí de la fábrica sin un destino claro, no obstante, lo supe en el momento en que pasó a mi lado un
hombre con pantaloncillos ajustables y practicando
jogging.