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Norma Lazo



La luz del sol se escurría entre los pliegues de las cortinas. Mi cama era la última de la habitación. Todos nos dormíamos en el mismo cuarto porque no nos gustaba estar separados. La primera en levantarse siempre era yo. Mi hermano Álvaro dormía debajo de la ventana. Justo en donde el sol se derramaba como una pasta amarilla y fluorescente. Su brillo se esparcía sobre el cuerpo de mi hermano que siempre se acomodaba mejor boca abajo. Desde mi lecho parecía una imagen celestial. A veces hasta se me antojaba colocarle un nimbo sobre su espalda baja. Otras pensaba en que debía padecer algún problema en la columna para que esa parte de su cuerpo sobresaliera de esa forma.

Para bien o para mal todos molestábamos a mi hermano. Mientras yo y mi madre no podíamos evitar darle un manotazo o pellizcarlo, los amigos le hacían burla por la manera en que las nalgas levantaban las bolsas traseras de sus pantalones. Nalgas de torero, le decíamos nosotras. Nalgas de maricón, repetían sus amigos.

Lo que de niños fue un pretexto para molestarlo, de adulto se convirtió en su mayor atractivo. Le encantaba presumir cómo las mujeres no podían quitarle las manos del trasero aunque él prefiriera que no se las quitaran del otro lado. Dejaron de decirle por su nombre y lo llamaron por su apodo; Nálgaro. Se casó y se fue a vivir a Morelia. De vez en cuando nos enterábamos de sus juergas porque su esposa lo acusaba entre llantos. Mi hermano nos decía con cinismo que unas nalgas como las suyas no eran propiedad de una sola mujer, ésa era su idea de la democracia.

Ilustraciones: Egon Schiele
Nálgaro era vanidoso. Por una injusticia genética se convirtió en el orgullo de la familia. No sólo era el hombre más guapo de la cuadra, su culo también lo colocaba en un rango de belleza exótica. Yo por el contrario fui la más fea de todos. En comparación con mis demás hermanas podría decirse que hasta era desnalgada. Soy de baja estatura y de silueta regordeta. La dimensión de mis senos es tan descomunal que se confunden con mi abultado abdomen. Si tuviera un rostro más agradable podría convertirme en la Tura Satana de México, sin embargo, en lo único que la igualo es en el tamaño de las chichis. Sobra decir que me desarrollé acomplejada por la belleza de Álvaro y su suerte con las mujeres. A mí nadie me invitaba a salir y si lo hacían era porque buscaban beneficiarse de mis apuntes de la escuela o para sacarme dinero.

Dejé mi casa y me alejé de la familia a la edad de veinte y tres años. Supongo que suplí los complejos físicos destacándome en los empleos que ingresaba. Al poco tiempo de trabajar en cualquier empresa me convertía en la empleada estrella. Siempre me ofrecían nuevas ofertas que mejoraban el sueldo anterior y las aceptaba de la misma forma que surgían; nunca creaba vínculos afectivos o personales entre los compañeros de oficina.

Una de las tantas veces que cambié de empleo fui testigo de un suceso que removió todo lo que viví durante mi infancia. Ocurrió mientras viajaba oprimida en un vagón del metro. A mi lado iba una mujer que tenía unas nalgas voluptuosas y levantadas como las de Nálgaro. Yo no podía dejar de vérselas. Eran de esos traseros que es imposible evadir. Ella lo notó y se alejó de mí con cierta molestia. Estoy segura que pensó que era lesbiana por la forma insistente en que la observaba. Pensé en acercarme para explicarle que mi forma de vestir, siempre de pantalones y camisas de hombre, era porque me avergonzaba mi cuerpo, y que como a ella me gustaban los hombres y lo que les colgaba entre las piernas. Luego preferí no hacerlo porque me pareció más divertido incomodarla.

A pesar de que la mujer ya estaba en el otro extremo del vagón, me fiscalizaba como si temiera que yo fuese a hacerle daño. Se cuidaba tanto de mí que no se percató del hombre con tipo de judicial que la abordó para manosearle las nalgas. Ella gritó asustada y se soltó a llorar. El metro paró y el tipo salió huyendo. Me acerqué a auxiliarla pero su trato hacia mí fue de desprecio, como si hubiera sido culpa mía. Me alejé avergonzada entre la muchedumbre.

De camino a mi nuevo trabajo no dejaba de pensar en el incidente. En la forma tan abusiva y vulgar en la que ese tipo la atacó, adjudicándose el derecho de invadir su espacio y su cuerpo. Sentí enojo, pero más tarde se transformó en envidia.

Mi trabajo más reciente fue en una fábrica de utensilios médicos desechables, como jeringas y sondas. Yo me encargaba de darle atención y seguimiento a los hospitales que proveíamos. Como sucedió en mis anteriores empleos, a los dos meses de laborar ahí, ya me había vuelto indispensable. Incluso mi jefe me regalaba jeringas especiales para la portera del edificio donde residía. Doña Mica era diabética y yo la ayudaba en lo que podía. Me profesaba mucho cariño, quizá porque al no tener hijos con los cuales compararme, se daba por bien servida con mi atención y cuidados.

Era enero cuando empezaron los inventarios en la fábrica. Mi jefe estaba tan complacido con mi trabajo que exigió que yo me encargara personalmente de supervisarlos, acepté de inmediato a pesar de que se trataba de una encomienda laboriosa y aburrida; el bono económico no estaba para despreciarse.

Durante la tercera madrugada del inventario me sentí enferma, estuve a punto de desvanecerme. Mis subalternos me informaron que en la bodega casi no corría el aire y que esto provocó que me bajara la presión. Los lamesuelas se peleaban entre sí para decidir quien me traía una Coca-cola fría. Ante su vulgaridad solté un reclamo colérico, "con una chingada, el que sea pero apúrense", entonces todos salieron corriendo del almacén. El primero en regresar fue Pancho. Me dio un refresco de lata que bebí de golpe. Noté poco a poco cómo la presión sanguínea volvía a la normalidad. Una vez reestablecida los agrupé en el centro de la bodega. Después de motivarlos y seguir las instrucciones de toda la basura aspiracional que se les dice a los empleados, añadí que habíamos terminado.





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