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Proyecto Munich



Yo no quería involucrarme en el Proyecto. David lo sabía. Tal vez por eso y sólo por eso, me nombró su responsable. Lo hizo sin concederme un mínimo espacio para el reparo o protesta, ni siquiera alguna orden directa de Simon, desde la central de Nueva York, lo habría hecho cambiar de opinión.

David era así. Tenía un gusto incisivo para decidir la administración de tareas en la consultoría; una especie de necedad obsesiva y extraña se apoderaba de él cada vez que nos llamaba a su despacho; entonces, sentados frente a su aparente calma y una postura cómodamente relajada en un sillón de piel y 35 mil dólares, daba la orden.

"Quiero que te hagas cargo del Proyecto". Recuerdo que era un 5 de septiembre y que entonces me pareció excesivo el aire acondicionado de la oficina de David.

Así me enteré que existía el Proyecto. A todos nos llegaba la hora, me habían dicho. Una cuenta, un cliente, un equipo de trabajo y el trabajo de la paranoia. Las persecuciones de hasta las sombras, los pasos discretos y disfrazados siempre vigilantes sobre el objetivo de interés, los mensajes ocultos, la caza constante de palabras, silencios y gestos.

Y para ello era posible utilizar los modernos programas de cómputo encargados de descifrar hasta los lenguajes más crípticos, capaces de rastrear todas las direcciones electrónicas y contactos, intervenir alguna compra en un sitio de subastas o las cartas prohibidas entre dos amantes, y quizá también algunos videos pornográficos que se confundían con la larga lista de correos de la basura acumulada en la carpeta de Elementos Eliminados. Y si no era suficiente, pues habría que buscar con métodos más convencionales, aunque algo obsoletos: recurrir al bote de basura real sin mayores códigos binarios ni algoritmos salvadores.

Sabía de esas historias y sus prodigios para la reputación de la agencia. (En realidad, la empresa se definía como una consultoría de inteligencia y riesgos, no obstante a mí me gustaba pensarla como una agencia de la talla de la CIA o el Mossad.)

Debo decir que yo me lo tomaba muy en serio, mucho más que mis compañeros. Quizá por eso David decidió que el Proyecto sería mío; desde que me llamó no tuve más (pre)ocupación que el Proyecto. Cuando me extendió su mano nerviosa con la carpeta negra y los pormenores del trabajo planteado, ya pensaba en ir un paso adelante: el enfoque, los plazos y detalles del reporte que entregaría.

El cliente no era cosa sencilla. Aunque David a veces alardeaba un poco más de lo necesario sobre el poder y presencia de los clientes, esta vez fue apenas justo con la gravedad de sus palabras.

"Ellos tienen ojos en todas partes, si quieren pueden estar en todas partes. En serio. Nos contratan por una simple división del trabajo."

La Compañía no podía ­o tal vez no le apetecía­ tener su propia área de inteligencia. Además, estaba el asunto de su rostro público, los reflectores de la prensa, la responsabilidad social, la objetividad, la filantropía, el altruismo que a veces hacía. En fin, todas esas cosas que bien se pueden poner en una pantalla, y que son un irritante foco de atención en este trabajo donde la máxima es ser discretos.

Entonces me daba por pensar que la Compañía nos contrataba para hacer el trabajo sucio. Pero el paso del tiempo me hizo ver que el Proyecto se trataba de algo mucho más complejo.

"Tú sabes de nuestro prestigio, no tengo que contártelo. Hemos trabajado para gobiernos, empresas, ejércitos... muchos son los casos que conoces y muchos más los que no. Políticas de la consultoría. Y en cada caso, con cada cliente hemos cumplido puntualmente. Pero la Compañía es un gran cliente, quizá el más importante de nuestra sede. Sólo me quiero asegurar de que lo tengas siempre presente."

El discurso institucional de David tuvo efecto. Todavía no abandonaba su fría y elegante oficina cuando ya había asumido que mi prioridad sería el Proyecto y aquellos primeros trazos suyos que llevaba bajo el brazo, en una carpeta negra.

* * *

Una vez que en la primera etapa del esfuerzo de inteligencia competitiva ofensiva identificamos una serie de elementos de información que nos han permitido comprender mejor la naturaleza y alcance de la estructura y organización de la empresa que nos interesa, se plantea la necesidad de profundizar en diversos aspectos de la empresa de interés, con el fin de entender mejor las diferencias entre las estructuras del cliente y de la empresa en cuestión, así como anticipar determinados movimientos estratégicos de esta última en el entorno de la competencia.

El lenguaje de los informes tenía que ser así. Bueno, el de los borradores que eran enviados por fax o correo electrónico como reportes semanales.

Ni un nombre. Ni una pista. Parte de la personalidad del Proyecto era eso. Ni membretes en las hojas ni firmas que pudieran dar algún rasgo de autenticidad a los documentos. La consultoría contaba con sus propios métodos para identificar sus materiales.

La naturaleza de la Compañía obligaba especial escrúpulo y cuidado con estos detalles. Incluso, los costos de las fases de investigación expuestos en cada informe no correspondían con el presupuesto original y definitivo. Yo mismo no tenía acceso a esos números. David y Nueva York eran los encargados de arreglar los pormenores de las cifras que quedaban resguardadas sólo en los términos de los contratos oficiales que firmaba el licenciado Quintero, teniendo como único testigo al excesivo aire acondicionado de la oficina de David.

Conocí a Quintero por accidente. Tropezamos casualmente cuando él abandonaba la oficina. A él me dirigía en cada uno de los reportes que redactaba con puntual cuidado y que David enviaba con su nombre, pero no me lo habían presentado. Sabía que era un hombre diligente y aprehensivo, debía serlo si era representante y alto directivo de la Compañía; y sabía, también, que no conocía mi nombre ni tenía el más mínimo interés en ello.

Al principio me podía pensar en esto, como si se tratase de una sensación rabiosa y de frustración trepando desde mis rodillas hasta la mandíbula que apretaba con fuerza cada vez que miraba cómo David calificaba y no las líneas del Proyecto, para finalmente enviarlo al tal Quintero.

Con el paso de los meses, años ahora, me di cuenta que el Proyecto era resultado de la perfecta planeación que realicé y todas las horas extras que invertí en él. Las noches y días de asueto los compartí con manuscritos, cintas y programas informáticos; a cada paso revisaba los anteriores para asegurarme que podría conseguir la información que la Compañía necesitaba.

Al final de cada etapa, en mis anotaciones personales me podía dar cuenta de cómo llegué a perfeccionar técnicas, añadir nombres a la lista de personajes que debía seguir; así, la estrategia que había focalizado a un universo comercial se extendió: la Compañía debía tener toda la información sobre sus adversarios, lo mismo políticos ­en todos los niveles­ que empresarios, sus familias, sus equipos de trabajo, el registro de sus llamadas telefónicas, correos electrónicos y aun de sus conductas desviadas que, con todo profesionalismo y minuciosidad, seguí y reporté fielmente.

No era fácil. Pero era el Proyecto. No podría ser de otra manera. David estaba satisfecho con mi desempeño y a pie juntillas seguía sus políticas al regatearme el reconocimiento.

Puedo decir que el grado de perfección de mi trabajo no se motivó por alguna ambición malsana; al contrario, tenía el Proyecto, no imagino a qué otra cosa podría aspirar, mi más humilde labor era simplemente corresponder a éste y la Compañía.

Aunque tal vez deba aceptar que sí, un poco, me gustaba fantasear con la idea de la agencia, de permanecer encubierto a la caza de algún grupo terrorista; de formar parte del Mossad ­soy judío, creo que no trabajaría para la CIA­ y de algún equipo especial. Como aquel al que Golda Meir encomendó la venganza de los atentados en contra de los atletas israelíes en el pabellón olímpico alemán, el 5 de septiembre de 1972, el día y año en que nací.

David nunca me reprochó la única libertad que me tomé con el Proyecto. Creo que dada mi discreción, su frialdad y las políticas de la empresa no se ha dado cuenta de ello. Decidí que el Proyecto sería Munich, Proyecto Munich y así se los hice saber al licenciado Quintero, a Nueva York y a David desde el primer reporte. Aunque me reservé contarles que ése era un regalo de cumpleaños que me daba todos los días.



Laura Islas Reyes.

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