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Telecalles, infopistas y señoríos globales


Hoy en día es difícil tomar distancia crítica y, sobre todo, mantener un juicio prudente acerca de la Internet. Quienes la consideran la panacea que nos abre ya las puertas infinitas de la cultura y el intercambio, suelen enfrentarse con aquellos que miran fundamentalmente la confusión, la basura y los abusos que forman parte de los muchos contenidos disponibles en la red de redes. Esa polarización de perspectivas integradas o apocalípticas, para seguir la todavía útil fórmula de Eco, suele despertar pasiones tan encomiásticas que pierden las dimensiones de los límites de la Internet, o tan desaprobatorias que se quedan al margen de la expansión y la creciente presencia social de y en el ciberespacio.

Javier Echeverría ­con el interés que nace de su vocación por los asuntos tecnológicos y científicos y sobre todo con el método riguroso que le proporciona su profesión de filósofo­ se aparta de ambos extremos para profundizar en este libro la reflexión que comenzó en Telépolis, publicada en 1994, y que continuó en Cosmopolitas domésticos, que apareció en 1995. La perspectiva que en aquellas obras era pionera y en cierta medida provocadora en las iniciales discusiones sobre lo que ha sido denominado como la sociedad de la información, en esta nueva obra es el punto de partida para no sólo describir a la metrópolis cruzada y determinada por las redes informáticas sino, junto con ello, hablar de un nuevo estadio en la historia de la humanidad.

Para Echeverría el estado de naturaleza y el ámbito urbano constituyen dos primeros entornos en el desarrollo humano. Ninguno de ellos desplaza al otro y lo mismo sucede con el tercer entorno, determinado por instrumentos y medios de información. Ese tercer entorno ­al que con jerga matemática un tanto fastidiosa Echeverría denomina E3­ está cruzado por contradicciones y posibilidades muy diversas. El autor lo describe de la siguiente manera:

"E3 no sólo puede ser considerado como una pólis, sino también como un mercado, un imperio, un Gran Hermano, un océano, una ficción, un gran cerebro universal o una entidad espiritual, en la que algunos atisban el reino de los cielos y otros al Maligno."

De todo hay y todo puede esperarse en ese tercer entorno al que es preciso entender como un espacio simultáneo a los entornos natural y urbano y no como una etapa posterior a ellos.

Las tecnologías que modelan ese tercer entorno son, dice Echeverría, siete: el teléfono, la radio, la televisión, el dinero electrónico, las redes telemáticas, los multimedia y el hipertexto. La sola enumeración de esos "artefactos", como les llama el autor, basta para que entendamos de qué nos está hablando. El tercer entorno es la suma de situaciones y espacios donde nos vemos involucrados o a donde somos llevados gracias a las nuevas tecnologías de las comunicaciones, que llegan a ser empleadas para facilitar el intercambio mercantil o de conocimientos.

Util y clarificadora, la enumeración y discusión de esas tecnologías no resulta suficiente para caracterizar a esos espacios y situaciones como un entorno distinto a los que ya conocemos. De hecho, allí se encuentra una de las contradicciones creativas de este libro. El tercer entorno es algo menos que la suma de usos y consecuencias de tales recursos, pero también algo más. Desde nuestro punto de vista, durante buena parte de las casi 500 páginas de su sólido libro, Javier Echeverría se debate entre reiterar que el nuevo espacio de relaciones sociales y culturales es el que conforma la Internet, y sostener que su tercer entorno es más que esa red de redes.

Más allá de la Internet hay otras redes telemáticas, dice Echeverría, pero las que menciona son marginales en comparación con lo que hoy es la red de redes. "El ciberespacio es una parte (altamente significativa y quizá la de mayor futuro) del tercer entorno, pero éste no se agota en el ciberespacio". Y más adelante: "Internet ha de ser considerada como el germen de la sociedad civil de Telépolis", pero la ubica solamente en ese carácter inicial. Desde nuestro punto de vista, la Internet constituye y constituirá cada vez más, con los desarrollos y modalidades que asuma en el futuro, el centro y, de hecho, el eje y prácticamente el espacio total de lo que Echeverría denomina "el tercer entorno".

Siguiendo una línea de reflexión de sus libros anteriores, Echeverría equipara al tercer entorno con una ciudad. Por sus avenidas transcurren paquetes de información y a ellas se asoman sus consumidores. En los espacios de esa ciudad se integran formas sociales diversas y se desarrollan litigios económicos, políticos, jurídicos, morales. El autor considera que el orden determinante, lejos de ser democrático, tiene algo de feudal. Los comienzos de Telépolis no están en la tierra sino en el aire ­y esa es una de sus principales diferencias con los dos entornos que surgieron antes­. No está compartimentada en territorios sino organizada en redes. Podemos navegar por sus telecalles, y las páginas Web son las fachadas de las telecasas en Telépolis, explica más adelante.

Echeverría dedica la segunda de las tres partes de su libro a narrar, con lujo de detalle, cómo son las guerras, las finanzas, el teletrabajo, la ciencia, el ocio, la educación y otras actividades en el tercer entorno. Sin embargo, cuando el lector ya está familiarizado con las singularidades de la vida en ese tercer entorno y su asentamiento en Telépolis, Echeverría se encarga de poner matices y advertir que su metáfora urbana busca más un propósito explicativo que ser considerada al pie de la letra. "Al hablar de Telépolis, no pretendemos decir que esa ciudad global y a distancia exista ya. Tampoco es claro que vaya a existir como tal ciudad, porque hay fuertes tendencias a organizar E3 como un mercado. Lo que decimos es que convendría pensar el tercer entorno en términos de ciudad, porque ello suscitaría de inmediato la idea de democratizarlo y humanizarlo".

Y es que, como buen filósofo, Echeverría identifica a la ciudad con los principios cívicos y, en su otra traducción clásica, con la polis integrada por ciudadanos libres. De allí se deriva la tesis principal del libro, la cual tiene alcances éticos pero sobre todo políticos. "Democratizar Telépolis y atribuir el poder último de decisión a los telepolitas es un proyecto de largo alcance, que no podrá ser llevado a cabo sin duros conflictos y luchas. Se engañan por completo los internautas románticos que actúan en burbujas telemáticas de libertad y no se ponen a analizar la distribución real del poder en el tercer entorno", advierte este pensador pamplonés.

Al final de su ensayo, Echeverría enumera 16 principios que llega a considerar constitucionales para Telépolis, la ciudad global sustentada en las redes informáticas. Civilidad, universalidad, voluntariedad, privacidad, libertad, pluralidad, democracia son, entre otros, los principios que establece este autor de las tablas de la ley para el tercer entorno. Echeverría explica que su propuesta es civilizar y humanizar al tercer entorno. De hecho, esos 16 principios pueden ser considerados como una suerte de Carta de los Derechos Humanos para el nuevo ámbito que Javier Echeverría describe de forma tan pormenorizada. Estas propuestas coinciden en parte con las que integran la Declaración de derechos humanos en el ciberespacio que formuló en noviembre de 1997 el cibernauta Robert B. Gelman y que desde entonces ha sido difundida por defensores de las libertades en la red (http://www.be-in.com/9/ten/rightsdec.html).

El mayor riesgo a esas libertades, en el mundo virtual tanto como en el real, es la concentración de poder y Echeverría llama la atención sobre los privilegios, en muchas ocasiones incontrolados, de los que denomina "los señores de las redes". Esos, calificados a la manera feudal, no son solamente individuos sino especialmente empresas y el autor los describe como "aquellas entidades de E3 que acumulan mucha información y luchan por acumular todavía más, centrándose sobre todo en las informaciones propias del tercer entorno, pero sin olvidar que también las informaciones relativas a E1 y E2, procesadas en el espacio telemático, pueden tener un alto valor". Los teleseñores, explica Echeverría, "pueden ser llamados señores de la información" pero él prefiere nombrarles "señores del aire".

Desde luego, información es poder. El autor considera que la capacidad para acopiar información va acompañada de una influencia correlativa a esa acumulación. Sin embargo, parece pertinente distinguir entre el almacenamiento y la distribución de información. Y todo parece indicar que el poder de las grandes entidades que hoy tienden a dominar en el ciberespacio y que antes han alcanzado una influyente presencia en los espacios tradicionales de comunicación (en lo que Echeverría denomina el segundo entorno) depende más de su capacidad para propagar que para almacenar información.

El debate sobre las facultades reales de los señores del aire se queda trunco porque, fuera de mencionarlos en varias ocasiones, Echeverría no abunda en su descripción. Dice, eso sí, que entre sus principales pretensiones están la liberalización de las comunicaciones y la construcción de autopistas de la información. La primera de esas intenciones se enfrenta a la autoridad, ciertamente menguada, de los Estados. La segunda no es cuestionable salvo porque los espacios así promovidos tienden a ser dominados por el interés de las grandes empresas. Ese no es el tema central del libro, que bien pudo tener otro título para que, en uno de sus ensayos próximos, el autor se dedique, entonces sí, a discutir qué hacen y qué pueden hacer esos poderosos señores.

Otro de los rasgos del libro que ameritan una discusión particular es la equiparación de la Internet, y de manera más amplia del "tercer entorno", con una ciudad. Ya comentamos que Echeverría advierte que el símil tiene propósitos explicativos y prácticos. Pero si bien el espacio urbano es equiparable a la Internet, quizá lo más difícil sea quedarnos en la descripción del ciberespacio como una ciudad.

En los vericuetos de la red de redes podemos identificar domicilios, entrar a sitios de lo más diversos, atropellar y ser atropellados, consumir y vender, informar y aprender, flirtear y sufrir, perdernos inclusive, igual que en cualquier ciudad. Por eso, la comparación con el espacio urbano es útil. Pero quizá habría que pensar a la red de redes como un espacio que, teniendo características de la ciudad, no está determinada por los límites territoriales de las ciudades que todos conocemos. Aunque crezcan a diario, nuestras ciudades tienen linderos espaciales. En cambio, uno de los rasgos de la Internet es su infinidad, al menos mientras no existan límites para su constante e intenso crecimiento.

El símil de la ciudad le permite a Echeverría preguntarse por la organización no sólo de los ciudadanos, sino de las tareas sustantivas en el ciberespacio. En algún momento de su libro se pregunta si sería posible la creación de un poder constituido y con legitimidad, en el tercer entorno: un Estado con autoridades, reglas, legisladores e incluso capacidad coercitiva. Las dificultades que el mismo Echeverría enumera son abundantes. La comparación con la ciudad ­y su entramado de relaciones de autoridad y políticas­ comienza a ser insuficiente en este punto, porque si algo distingue a la Internet es la ausencia de un centro a partir del cual puedan ejercerse supervisiones capaces de censurar contenidos.

La diversidad reticular de la Internet es la mejor garantía de la libertad en ese espacio. Desde luego existen poderes que influyen y en buena medida moldean las maneras de como los cibernautas navegan por las redes. La clase de equipo de cómputo y los programas informáticos que utilizamos, e incluso los sitios más visitados, en buena medida dependen de la influencia mercantil y propagandística de las grandes corporaciones involucradas en el desarrollo y sobre todo en el aprovechamiento de la Internet. Además existen intentos para legislar sobre los contenidos que se colocan en páginas Web. Pero no hay y es difícil que pueda haber, al menos en esos términos, algo parecido a un Estado para la Internet.

Lo que existen son espacios de deliberación y ahora decisión para establecer las reglas mínimas de la red de redes. Echeverría menciona varias iniciativas de comienzos de los años 90 para organizar al ciberespacio pero no alcanza a considerar el trabajo de la ICANN (Internet Corporation for Assigned Names and Numbers) constituida por especialistas de todas las regiones del mundo que en noviembre de 2000 aprobó nuevos dominios para los domicilios en la Internet.

Lo que sí reitera el autor, y con todo énfasis, es la importancia esencial que tiene el establecimiento de reglas no sólo para normar lo que ahora hay, sino para promover la incorporación de cada vez más ciudadanos a los inacabables territorios del ciberespacio. "La cuestión política más importante que está en juego en esta década final del siglo es la estructura, la regulación y el destino de las redes telemáticas globales", dice Echeverría.

Los señores del aire: Telépolis y el tercer entorno es sin lugar a dudas un trabajo cardinal para la discusión contemporánea sobre las redes informáticas. Tengo la certeza de que es tan importante en este campo como la vasta reflexión de Manuel Castells acerca de la globalización y la información, tan novedoso como las aportaciones precursoras de Howard Rheingold sobre las comunidades virtuales o las disquisiciones de Paul Virilio acerca de la velocidad y la ubicuidad en la Internet. Por eso es deseable que sea distribuido de manera más amplia en países como el nuestro.


Este comentario fue leído en la presentación de Los señores del aire en noviembre pasado, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.

Javier Echeverría, Los señores del aire: Telépolis y el tercer entorno, Barcelona, Ediciones Destino, 1999, 492 pp.


Raúl Trejo Delarbre

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