Iván de la Torre
I
En seis segundos la muerte libera a John Fitzgerald Kennedy de responsabilidades y deshace sus contradicciones; lava
su cuerpo de pecados y lo precipita, así, santificado y sacrificado, en la semivacía mitología del siglo XX.
Desde el momento en que esa bala lo alcanza, Kennedy derrota a sus enemigos porque se vuelve inapresable,
etéreo, transmisor de todas las versiones sueltas sobre su fin.
La muerte prematura de Kennedy, sin embargo, era un secreto a voces en su entorno, incluido Gore Vidal, quien
se burla de la leyenda blanca de Camelot en sus impiadosas memorias recordando que a Kennedy le decían presidente
erecto y el soleado semblante que poseía era, visto de cerca, piel de enfermo.
El propio Vidal debió llamar a un periodista en 1961 para convencerlo de no difundir la enfermedad
potencialmente mortal del Presidente. Luego, JFK confirmó sus palabras: todo era mentira, una invención de los diarios. Vidal anota
otros detalles hereditarios al parecer -mentiras, promiscuidad y muerte trágica- a la hora de pensar la leyenda K como una
serie desafortunada y continua de desgracias. Con hermano mayor desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial y
hermana muerta al caer su avión, JFK asume desde la niñez su destino de enfermo del Mal de Addison viviendo rápido mientras
se desliza hasta la cúspide de una aceitada carrera política sostenida por el dinero sucio de
papá Joe. El mal encuentro de Dallas le confirma el mármol lejos de las agonías prolongadas y los hospitales que odia. No hay tiempo para la caída,
sólo el ascenso y la gloria coronada por el brillo final de una bala: de todas las horas, esa perdura...
Eva Perón sufre el mismo proceso sin la bondad de una muerte rápida ni la compensación de un padre rico:
agoniza, pero su muerte anunciada solemnemente el 26 de julio de 1952 despoja a la memoria popular del sufrimiento. Cuando
ya no tiene fuerzas para levantarse de su cama, se convierte en
Evita y sus biógrafos oficiales rastrean obsesivamente
el itinerario que la lleva de su nacimiento como hija no reconocida a los radioteatros, de Perón al poder, de la gloria a
la muerte: son, apenas, 33 años de vida pero su muerte, como el asesinato de Kennedy, asume rasgos irreales, cercanos a
la tensión de un melodrama de época poblado por apariciones estelares con accesos recurrentes de la mala fortuna y
la desgracia cocidos bajo el calor de odios arrasadores y la presión de rencores tenaces que entierran vidas y
siembran olvidos cuidadosos a cada paso, buscando instalar una versión impecable sobre sus vidas y borrar las huellas de su pasado.
Si la leyenda de Kennedy como mártir se potencia en la investigación que busca asesinos en la mafia, la CIA, el
FBI, Cuba y el propio gobierno con fulgurantes nombres lanzados con la eficacia de piedras a la memoria del lector
-Oswald, Ruby, Sam Giancana-; Evita muerta se quiebra hasta convertirse en dos: una desplegada sobre su vida real, de 1919
a 1952; otra en sus movimientos involuntarios, arrojada al tráfico de cadáveres históricos que manosea su cuerpo
entre viajes relámpagos y apresurados entierros secretos, hasta su devolución a Perón en 1971. Vista de cerca, dicen los
familiares de los guardias, ella puede respirar sobre la boca, quitando el aliento y maldiciendo al intruso: así, los soldados
encargados de llevar el cuerpo se balean, los camiones chocan y el responsable del traslado termina alcohólico.
Eva se alimenta, como el mito Kennedy, de rumores construidos en los pasillos de la historia, a través de
escritores deslumbrados por ese mito caliente, cercano y todavía palpable que permanece porque ha sido copiado con puntos
y comas en libros con múltiples agregados personales.
Eva y Kennedy abren las puertas para el siglo XX, enfrentadas como espejos de la historia y la literatura, donde
una muestra -o imagina- lo que la otra niega poseer. Ambos son recreados en todos los formatos posibles -cine, TV,
biografías- como salvadores que fracasan en su misión, corderos prematuramente sacrificados por un siglo apresurado: el asesinato
de Kennedy permite la llegada de Nixon cerrando, según la versión de Vidal, una sucesión dinástica que traería a John
de nuevo, seguido por Bobby y finalmente John John; Eva recibe señales premonitorias de quien luego sería Juan XXIII.
Éste le envía una nota que conservó hasta la muerte: "Señora, siga en su lucha por los pobres, pero sepa que cuando esa
lucha se emprende de veras, termina en la cruz". Desde 1952, el Vaticano recibió más de 40 mil cartas atribuyéndole milagros, pidiendo su canonización. La respuesta era invariable: "Cualquier católico sabe que para ser santo primero hay que
estar muerto".
II
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Foto: Cuartoscuro |
En 1981 Juan Pablo II parecía sumarse a estas muertes repentinas y trágicas, cuando un fanático turco le disparó en
el abdomen. Era por entonces un hombre carismático prometiendo una revolución que finalmente no cumplió. La
salvación lo arrojó, con persistentes problemas de salud, a las manos de una muerte ingrata y lenta 23 años después, con su
agonía convertida en espectáculo público. Los mensajes oficiales anunciando el estado "estable" del Papa se desvanecen
ahora como señales de humo arrojados a la cara del televidente para robarle tiempo de cámara. Juan Pablo II no entrará a
las leyendas trágicas potenciadas por la muerte imprevista, ni a los enigmas eternos nacidos de la historia y el montaje a
su alrededor será desarmado tan rápido como tarden en anunciar su sucesor: así, la imagen que dejará, desprendida ya
la desgracia y la mala suerte, será la de un Papa conservador que aseguró todos los cerrojos antes de morir. La
muerte repentina, caso Kennedy, no le dará el privilegio de la duda sobre sus intenciones; el largo sepelio lleno de ritos lo
separará de la maldición de Evita, ese constante devenir entre desconocidos, desprotegido y solo. Los rumores lanzados desde
el propio Vaticano eligen ahora su nombre, donde, posiblemente, quede oficializado como el Papa viajero, quien
mejor aprovechó los medios para difundir su mensaje hasta terminar él mismo convertido en producto. Rodrigo Fresán lo
escribió: "Como que el cardenal camarlengo golpeó tres veces -con un martillo de plata- la frente del Papa muerto y lo llamó
por su nombre terreno. 'Karol', dijo y bang bang bang. El mismo martillo fue utilizado para destruir el anillo papal [...]
No entiendo: durante las últimas semanas los responsables de
marketing del Vaticano nos han obligado en sucesivas
ocasiones a ver cómo un pobre anciano enfermo se ahogaba frente a las cámaras, así como a esperar partes médicos cada vez
más epifánicos e inverosímiles consignando las siempre sospechosas 'últimas palabras' de rigor. Si vimos al Papa en el
momento del atentado, en todos sus viajes, sufriendo dolores y angustias varias, adentro de una ambulancia, ¿por qué no
mostraron lo del martillito? Hubiera sido interesante, pienso".
Esta paradoja puede entenderse a través de la película de Mel Gibson,
La pasión de Cristo, esa exhibición
impiadosa, casi sadomasoquista y supuestamente real que convive codo a codo -y latigazo a latigazo- con un planteamiento beato
y torpe que enreda la historia y cae ante sus contradicciones: el Papa atrapado por sus ayudantes repite ese esquema
de seudo realidad versus paquetería. "Mel Gibson deja bien en su lugar el trapo de la decencia que cubre la entrepierna
del Salvador para no dejarnos ver nada -escribió Christopher Hitchens-, pero en lo que se refiere al sufrimiento va más
lejos de todo lo que se había intentado hasta ahora en la pintura, en la escultura y en el cine. Nos muestra a alguien
flagelado, pateado, golpeado, vilipendiado y humillado, antes de que lo claven a martillazos en la viga de la cruz para hacerlo
morir por la exposición a los elementos y una asfixia lenta".
La descripción lenta y frontal del sufrimiento humano, el dolor y la muerte como liberación que aparece retratado en
La pasión, encaja paso a paso con la exhibición mediática del Papa agonizante: para muchos cristianos, el esfuerzo final
de Juan Pablo II por aparecer ante las cámaras significó revivir el vía crucis. Si sus asistentes intentaron reflejar ese
sentimiento, sus dudas de último momento -Fresán
dixit-, los detiene demasiado tarde: como en la película de Gibson, esa frontera
ha sido atravesada hace mucho y el espectador recibe todo el impacto de las imágenes sin editar, intentando soportar
ese torrente de dolor a la búsqueda de una señal, revelación mística, una súbita Epifanía, algo de trascendencia tan cerca de
la muerte ajena.
Se puede pensar que el Vaticano entendió la necesidad de brindar un espectáculo frente a un fin esperado y la
impaciencia del público no católico. En 2003, durante la ocupación de Irak, los medios de EU privilegiaron el juicio a Kobe
Bryan, basquetbolista negro acusado de violar a una mujer blanca. Se sabe, la vida siempre continúa.