A Kirchner no le gusta la crítica
Emilio Fernández Cicco
El presidente argentino Néstor Kirchner cerró su primer año de gestión con buenos augurios y un golpe de timón que despierta optimismo internacional.
No es poca cosa: sólo 22% lo había votado en la primera vuelta Carlos Menem, su rival, abandonó el ballotage previendo una elección en contra. Esto que al parecer podría quitarle crédito, le dio, al final, una clara señal a favor. Una ecuación que forma parte de la condición humana: como pocos creían en él, pocos esperaban algo de él. Basta como ejemplo el de Fernando de la Rúa, predecesor electo de Kirchner, quien llegó al poder con 51% de los votos y al poco tiempo firmaba su renuncia habiendo plasmado una desacostumbrada unión nacional: en esa época, todos, sin distinción, lo consideraban un pelagatos.
Antes de coronarse Presidente, Kirchner fue gobernador de una provincia vacía y helada en el sur del mundo llamada Santa Cruz. No obstante, como mandatario, se convirtió en un aluvión de novedades auspiciosas. Removió la sospechosa cúpula de la Corte Suprema de Justicia, quitó al país
del default y mejoró los índices económicos mientras renegociaba la deuda externa.
Al cabo de un año logró 70% de imagen positiva. Nada mal. Pero no entre periodistas. La relación de Kirchner con la prensa se ha convertido en un vínculo que, más que de un gobierno abierto
y democrático, parece propio de un jardín de infantes. Premios y palmadas para los aduladores.
Y reprimendas y azotes para los críticos. Viajes en avión privado, pagos a los periodistas que lo
apoyan con canilla libre de anécdotas de primera mano, frescura permanente y escenografía original a su opinador favorito, Héctor Timerman, acaba de postularlo como cónsul de Nueva York. Y viajes a pie o a dedo o en monopatín, a los periodistas críticos con el grifo cerrado hasta para hablar con los voceros a cuentagotas.
A aquellos medios que lo quieren bien, el gobierno los recompensa con publicidad oficial de millones de pesos. Y a aquellos que lo critican, los retribuye con cortes de manga
absolutamente gratuitos. Y a veces, más.
Un canal privado le exigió a Jorge Lanata, uno de los periodistas más polémicos y convocantes de Argentina, reunirse con el gobierno antes de iniciar la nueva temporada de su programa Día D. Aunque ya había firmado el contrato, le explicaron que necesitaban de la aprobación oficial porque el Presidente estaba enojado con él vaya a saber uno por qué razón. Para sacarse la duda, Lanata se reunió con Kirchner "el problema no es con vos", lo reconfortó el Presidente y luego el conductor contó el episodio en un par de revistas. En un país donde los medios son abiertos e independientes, el asunto se habría convertido en una denuncia seria, pero en la Argentina, donde rige el periodismo kindergarden, hasta las organizaciones en defensa de la libertad de expresión lo pasaron por alto. En el exterior, no obstante, la SIP y el Comité para la Protección de Periodistas dejaron asentada su preocupación.
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El dilema Kirchner es un asunto de repostería pues el hombre tiene la misma consistencia de algunos pasteles: suavemente progre y cremoso en la superficie. Pero si uno le hinca el diente, descubre un fondo duro, crocante, de distinto sabor. Propulsor de un nuevo patriotismo, colocó, sin embargo, la fortuna de su provincia en bancos del exterior. Impulsor de un nuevo mani pulite, mantiene sus cuentas de campaña sin esclarecer y a uno de sus sponsors sospechado de un crimen por encargo.
Aunque se muestra en actos públicos alegremente inmerso entre la gente tanto en el día de su asunción como el de su aniversario de gobierno, salió sangrando de la multitud, desde que llegó al gobierno no dio entrevistas, excepto cuando cumplió un año de gestión.
Aunque se presenta como un estadista adulto y sensato, en privado actúa como un chiquilín: le esconde cosas a sus ministros y juega a la lucha libre con sus asesores.
Aunque parece atento a las encuestas y permeable a sugerencias, muchas de las decisiones más importantes de gobierno las redondeó a puertas cerradas con apenas cuatro personas de
confianza: el jefe de gabinete, dos secretarios y su mujer, la senadora Cristina Kirchner.
Los medios preocupan al Presidente y cómo. Su esposa despierta y marca las noticias que pueden resultarle de utilidad a su marido. Una hora más tarde, Kirchner las lee con el corazón en la mano mientras repasa el dial de la radio y cuando algo lo incomoda, levanta el teléfono y, si tiene
confianza, se comunica directamente con el periodista. En muy buenos términos, le cuenta todo lo que lo
hizo sufrir, como una maestra que castiga al niño porque sólo desea su bien y su encarrilamiento social.
Kirchner se pone particularmente molesto cuando cree que sus asesores difundieron algo indebido. Si pensó que contaron una pelea, una anécdota que lo cuestiona, pasa semanas sin hablar con el sospechoso. Siente que lo burlaron a sus espaldas. No quiere pruebas. Le basta, dice, con el
olfato. Luego de un año, su gente tiene pánico de hablar en la prensa. Y tienen terminantemente prohibido dar declaraciones con medios opositores. En el puñado de espacios críticos al gobierno, cada vez que telefonean a un asesor tienen la impresión de que, del otro lado de la línea, les llega el
clamor titubeante de alguien sumergido en una tina con pirañas.
Sus viajes por el mundo, Kirchner los pasa reescribiendo diarios y revistas, frente a los autores de las notas que viajan con él: "Esto no, esto es así. Esto no... ¡Esto tampoco!".
De la Rúa tenía como hobbie el cuidado de bonsai y tuvo una gestión, como mínimo,
pequeña. Kirchner, en cambio, tiene esta forma privada de tomar revancha y ver por escrito su propia
versión de la historia.
El canciller Rafael Bielsa estuvo a punto de renunciar en varias oportunidades. Sentía que el Presidente lo maltrataba. Para el mandatario, había buenas razones: el canciller aparecía más de la cuenta escribiendo análisis para los diarios, vertiendo opiniones y ampliando su protagonismo.
Ya tuvo una pelea por esto con el vicepresidente, Daniel Scioli, y lo ha dejado bien claro: Kirchner
no quiere que alguien le robe los créditos. Y de su entorno, sólo pide protección. Así, su vocero
Miguel Núñez el primero en la historia que no da declaraciones ni aparece en público y el jefe de gabinete, Alberto Fernández, se convirtieron en sus guardianes samurais frente a los medios. Y muchas veces, se inmolan en el intento. Cuando la Revista Noticias investigaba la conexión de Kirchner con el empresario pesquero Fernando Álvarez, acusado de homicidio, Núñez llamó repetidamente al
semanario, suponemos que para interiorzarse sobre la nota, pues ningún editor le atendió el teléfono. "Desde que llegó al poder, Kirchner trazó una línea: o se está con él o contra él", explica Darío Gallo, a cargo de política nacional de la revista. "A aquellos periodistas que critican su gestión les prohíbe que entren a la Casa de Gobierno. Por eso, altos funcionarios deben salir a escondidas y encontrarse en las inmediaciones del palacio. Nunca, desde el retorno a la democracia, hubo tantas dificultades para ejercer el oficio con libertad. Para males mayores, muchos de los medios que hubiesen denunciado, ahora están silenciados por la millonaria publicidad oficial que premia la obsecuencia".
En la Argentina kindergarden no hay método de proyección posible para indagar qué va a ocurrir. Es difícil saber si el Presidente aceptará que las críticas son parte esencial de la vida pública o si seguirá sintiéndose poderoso, inmune y distante.
En la Argentina kindergarden las etapas no se superan escalonadamente como un alumno aplicado que avanza año a año. Más bien, tienden a repetir curso, una y otra vez como un niño cabeza dura que no entiende que, para superarse, es fundamental estar dispuesto, primero, a aprender.