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Daniel E. Jones  El negocio de Operación triunfo


 Integración entre TV y fonografía en España

 Daniel E. Jones


Desde septiembre de 2001, aunque con más intensidad desde noviembre, España ha vivido un acontecimiento mediático ciertamente nuevo, de gran proyección pública que ha sido calificado por diferentes analistas como "fenómeno social" indiscutible. Nos referimos a Operación triunfo, que aparentemente ha sido un concurso televisivo para seleccionar al participante oficial español en el Festival de Eurovisión.

Aunque haya comenzado con unas audiencias modestas (cercanas a dos millones de personas) al final llegó a más de 12 millones, lo que ha supuesto un récord desde que el mercado televisivo español fue fragmentado a partir de 1990. Sin duda, las audiencias de los años 70 y 80 eran mucho más amplios (de cerca de 20 millones), pero no había competencia, y todo el mundo se veía forzado a ver la misma programación de Televisión Española (TVE).

Fenómeno mediático nuevo

Fotos: El País Semanal
Operación triunfo (OT) ha sido una verdadera "operación" mediática novedosa en el panorama comunicativo español, aunque las técnicas utilizadas en su producción, realización, promoción y comercialización ya sean conocidas. Tan es así que tiene diferentes facetas a destacar. Probablemente, las más tenidas en cuenta por los diferentes observadores que se han ocupado de analizarlo (sobre todo en la prensa, pues ha generado miles de páginas en diarios y revistas) han coincidido en el éxito de audiencia. Pero hay también otras cuestiones a tener en cuenta.

Primero, se trataba de un programa con un formato muy atractivo que mostró en directo a 16 jóvenes agraciados, de diferentes partes de España que provenían de un casting de cerca de siete mil candidatos (en la segunda edición ya han sido 180 mil), que arribaron a una "academia" donde una "directora" y un grupo de "profesores" les iniciaban y perfeccionaban la voz y los movimientos del cuerpo, la puesta en escena y a gustar más al público, con el fin de no ser eliminados por éste. Aquí se ha destacado el espíritu de compañerismo, la simpatía, la solidaridad, el esfuerzo por parte de los concursantes (lo que no había tenido el programa concurso precedente, es decir Gran hermano, constituido por un grupo de ociosos). Pero, dónde está la novedad: precisamente en hacer toda esta "operación" aparentemente en directo, enfrente de las cámaras, de cara al público y no a escondidas, como ha hecho la industria fonográfica desde hace más de medio siglo.

Asimismo, se convirtió en un fenómeno de masas (sobre todo adolescente), pues los jóvenes intérpretes se transformaron no sólo en "artistas" de la canción, sino en auténticas "estrellas" del olimpo mediático en muy poco tiempo. Jóvenes como ellos mismos, prácticamente sin estudios, con muy poca cultura y sin oficios ni profesiones conocidas se podían transformar de un día para otro por encanto, gracias a la "magia" de la televisión, en auténticos ídolos juveniles, susceptibles de ser deseados e imitados hasta el paroxismo por millones de otros jóvenes (y también adultos) encandilados por los valores de la sociedad de consumo y del espectáculo: el éxito, la fama, el dinero, la belleza física, la apariencia, la juventud, el "glamour", el hedonismo.

"España es la mejor"

Pero también hay que considerar Operación triunfo como una de las mejores "operaciones" de exaltación del españolismo que se habían visto en los últimos años. Después de la transición política, y particularmente del mágico año 1992 (con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla), España dejó definitivamente el amplio grupo de los países pobres y atrasados y pasó a integrarse con pleno derecho en el club de los ricos, de los afortunados de la Tierra, de los que no sólo tienen un nivel de renta alto sino que necesitan demostrar al mundo y a sí mismos que son los mejores (o como mínimo, tan buenos como éstos). Aquí es donde adquieren tanta importancia las victorias y éxitos simbólicos, como conseguir medallas en los Juegos Olímpicos, los campeonatos de futbol y todo tipo de competiciones deportivas, los Oscares de Hollywood o el éxito de sus "artistas" en el mundo entero, como es el caso de los Iglesias (padre e hijo), Alejandro Sanz, Antonio Banderas, Penélope Cruz, Pedro Almodóvar o Alejandro Amenábar.

Por ello era tan importante ganar el último Festival de Eurovisión, para demostrarse a sí misma y al resto de los Estados europeos que "España es la mejor". Pero aunque no se llegó ni de lejos a este propósito internacional (no obstante haber cantado en inglés), sí que se consiguió la identificación de la población del país con la "Rosa de España" (emulando a la histórica folclórica Lola Flores durante el franquismo). Se limaron todas las diferencias entre las procedencias de los concursantes y todo el mundo se sintió muy orgulloso de ser español y de apoyar a los chicos de OT aunque fuesen de comunidades autónomas o regiones diferentes (también es cierto que fueron decididamente promovidos y defendidos por sus pueblos y ciudades de origen). Por esta razón, aunque no fue una "operación" política, OT sirvió claramente a los objetivos del españolismo rampante del Partido Popular en el poder.

Pero aún falta comentar otra perspectiva de análisis de esta "operación" mediática, que es sin duda una de las más importantes de la historia de España. Se trata de la sinergia multimedios más afortunada y con más éxito de las realizadas nunca en el país. Ya hace décadas que las grandes corporaciones mediáticas estadounidenses (sobre todo Disney, AOL Time Warner y Viacom, entre las más grandes) trabajan de esta manera; es decir, producen y comercializan contenidos simbólicos que pueden ser rentabilizados claramente en las diferentes divisiones del grupo (prensa, radio, televisión, video, fonografía, cine, libro, cómic, videojuego, Internet, parque de atracciones); así como a través de franquicias (pago de derechos de imagen), con diferentes tipos de empresas de todos los ámbitos de la economía (desde la alimentación hasta las bebidas refrescantes, pasando por la vestimenta, los juguetes o el material escolar). Todo esto en los principales mercados del mundo. Probablemente, el último gran éxito internacional en este sentido fue el personaje británico Harry Potter.

Gran "operación" comercial

En España nunca se había logrado convertir un contenido simbólico en un producto comercial de masas de estas dimensiones, es decir, un negocio de cien millones de dólares. Es cierto que, sobre todo en la última década, las industrias comunicativas, culturales y de entretenimiento españolas están emulando lo que hacen sus homólogas estadounidenses y principalmente su tarea consiste en asociarse con éstas para beneficiarse de una estrategia que se planifica a escala planetaria. Pero en España no existen grupos multimedios suficientemente diversificados en sectores claves, que tengan una sinergia efectiva, con la excepción quizá de Prisa. Y precisamente Prisa es uno de los actores de esta "operación"; no así Admira Media (del grupo Telefónica), aunque sea propietario de Endemol (a su vez principal accionista de la productora catalana Gestmusic, otro de los socios en OT).

Inspirándose en otros formatos de éxito internacional como el holandés Gran hermano (de Endemol), el estadounidense Fama y el australiano Popstars, Gestmusic intentó vender su idea a Antena 3 (también propiedad de Admira) y a Tele 5 (de los grupos Fininvest y Correo), pero las negociaciones no prosperaron. De esta manera, se firmó un contrato con el ente público RTVE, al cual, después de muchas gestiones, se añadieron otros socios que serían fundamentales en el resultado de esta magna "operación" comercial: Gestión de Medios (central de ventas multimedios del grupo Prisa) y Vale Music (empresa fonográfica catalana propiedad de Ricardo Campoy que tuvo muchos éxitos anteriores con discos de recopilaciones, como los de Crónicas marcianas, Gran hermano, Disco estrella o Supervivientes, además de cantantes propios como Coyote Dax, King Africa o David Civera).

Gracias a una integración profesional muy clara entre estas cuatro empresas (dos madrileñas y dos catalanas) se consiguió un gran éxito de audiencia televisiva (que atrajo ingentes ingresos publicitarios para TVE en un momento de depresión a causa de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EU); la creación de un canal específico en la plataforma Canal Satélite Digital (de Prisa y Vivendi Universal), la edición de varios millones de ejemplares de CD y DVD; la programación de centenares de actuaciones en directo, la participación en diferentes galas en todos los canales televisivos españoles, y la venta de todo tipo de productos comerciales a través de franquicias con diferentes empresas españolas: 50 mil karaokes, cien mil camisetas, diez mil toallas, 150 mil frascos de colonia, 125 mil cajas de caramelos, cinco millones de bolsas de snacks, además de llaveros, muñecos, lámparas o mochilas.

Como resultado de este experimento, un año más tarde se pone en marcha la segunda edición de Operación triunfo, el "segundo curso" de la "academia" y las expectativas son muy grandes, tanto por parte de los empresarios como de los concursantes y del público, pero nunca se puede saber si se conseguirá el mismo éxito. La experiencia de Gran hermano demuestra que cada año interesa a menos audiencia y que no se ha vuelto a dar el impacto inicial. Por tanto, podemos suponer que en los próximos años de este concurso no se lograrán resultados tan espectaculares. De todas maneras, la temporada 2001-2002 ha supuesto un tanque de oxígeno para los ingresos publicitarios de TVE y para la venta de discos, en un momento en el cual la piratería arriba a cerca de 30% del mercado y las copias privadas en CD (de otros fonogramas o de Internet) amenaza gravemente a la industria musical. Pero también es cierto que ha sido una pequeña empresa catalana la principal beneficiaria de este fenómeno (Vale Music), junto con unos intérpretes prefabricados, aunque a costa de otros cantantes ya introducidos en el mercado, y de las transnacionales (Sony, Warner, BMG, Universal y EMI) que controlan el negocio musical español desde hace décadas.


Daniel E. Jones es profesor titular en la Universidad Ramón Llull y profesor asociado en la Universidad Autónoma de Barcelona.
Correo: d.jones@tiscali.es

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