Iván de la Torre
En 1954, luego de soportar una serie de audiencias agotadoras en el Senado y el cierre de su empresa E.C.
(Entertaining Comics), William Gaines denunció que dos editoriales se quedarían con la industria a cambio de cederle
el control de sus personajes al gobierno. El 11 de septiembre de 2001 confirmó estas sospechas, latentes desde
la Segunda Guerra Mundial, suspendidas tras el desencanto de Vietnam y lanzadas nuevamente a la luz pública con
el Hombre Araña detenido en los primeros cuadros de la
Amazing Spider Man núm. 36 (diciembre 2001) para
contemplar el atentado en una panorámica doble página resaltada por una voz en
off que acompañara toda la historia
susurrando consignas y derramando penas: "Hasta nuestro enemigos están aquí, porque algunos hechos sobrepasan las
rivalidades". Para confirmarlo, el Dr. Doom lagrimea un "todavía lamentamos la muerte de los inocentes". La
presencia del Capitán América frente a las ruinas y el comentario del Hombre Araña ("No puedo imaginar cómo es ver esto
dos veces"), construye un puente que atraviesa el pasado reciente -una zona inestable, donde todavía quedan rastros
de la relación Bush-Bin Laden-, hacia otra catástrofe legendaria en un clima de emoción que encumbra a los
nuevos héroes ocultando la mano del gobierno en el asunto: "En estos días nuevos héroes nacen. No héroes como
nosotros, sino los nuevos héroes del siglo XXI. Tú, el ser humano singular".
Ése es el primer mensaje de la industria al lector, pero no hay respuesta posible a la pregunta de cómo
personajes que han generado tantas catástrofes -¿qué hacen ahí Kingpin, Dr. Doom o Magneto?- pueden ser afectados por
un hecho menor en su universo, tan extraordinario y lleno de su propia violencia, como la destrucción de dos torres;
la realidad, siguiendo a los voceros de Marvel, cambió el enfoque y el cambio afectó a los guionistas y sus
historias. Por todo el país se habilitaron centenares de milagros como ése, mitad construcciones de fe, mitad galeras de
mago de donde sacar personajes que contradicen su identidad para satisfacer el reclamo de unos Estados Unidos
divididos entre "el fin del cinismo" y la búsqueda de Dios.
Las editoriales mutaron sus versiones frente a la escasa resistencia de sus lectores históricos; derrotados
éstos, Hulk sostiene a un niño en sus hombros mientras el ejército, su viejo enemigo, lo sobrevuela sin tocarlo; y el
Capitán América estrena serie guiando un inmenso grupo de soldados y aviones en una acción ofensiva que promete
detener la Tercera Guerra Mundial dejada adivinar a lo largo de páginas llenas de terroristas salvajes. Si Hulk parece
una copia desteñida del original y no hay justificaciones para él, el capitán se afirma como patriota copiando
gestos automáticos que repetirá en las litografías que salen al mercado, empañando con esta acción evasiva los
detalles inconvenientes de su carrera a comienzo de los 50, cuando lo hacen desaparecer sin darle explicaciones dentro de
un iceberg camino al olvido, antes de su regreso como un anacronismo viviente, otro ex combatiente atormentado
por su historial de idiota útil que asume la culpa de sus actos en medio de Vietnam.
Si su pequeña historia refleja la historia estadounidense, sus cambiantes estados de ánimo conectan con la
percepción popular del héroe: así lo veremos como el soldado optimista y patriota en 1943 y el desencantado culposo en
1969, en una oportuna reencarnación del joven Goodman Brown, el crédulo inocente que descubre las fachadas
falsas donde duerme el pecado. Esa evolución natural -que en el siglo XX corre paralela a la política y responde a
sus necesidades inmediatas, con Superman sirviendo sin culpa primero a Kennedy y luego a Reagan-, le coloca, tras
el 11 de septiembre, el traje de Pyle, el americano impasible, desentendido de la consecuencias de sus actos, lavados
en la sangre ajena.
¿Otro cristiano renacido? Pues sí, ése es el molde original de esta historia enturbiada por pelotones de
personajes que prestan juramento frente al mecanismo de propaganda montado durante la Segunda Guerra Mundial; pero
si ayer los superhéroes daban aliento a los soldados, ahora la reserva moral pertenece a los bomberos, policías
y voluntarios caídos en el atentado y no a los superhombres y Superman aparece en el especial de DC
9-11: The World's Finest Comic Book Writers & Artists Tell Stories to
Remember lamentándose de vivir en la ficción y
no poder ayudar a los hombres a superar sus tiempos difíciles. Afortunadamente, agrega, el mundo está protegido
por sus propios héroes.
La pureza y el sacrificio implícita en las víctimas inocentes seduce al lector mientras el gobierno repite su
letanía de atacar y destruir al enemigo que viene pegada a la primera y se alimenta de ella como un parásito. Un ejemplo:
el alcalde Giuliani desde el prólogo de la compilación de Marvel,
A moment of silence, establece su complicidad con
el lector, ofreciéndole una lectura fatalista de los hechos -palabras como nosotros, ellos, Dios, Destino y
Maldad sobrevuelan el texto-, donde los mártires son la cortina de humo detrás de la cual espera un segundo discurso,
listo para justificar una guerra que todavía no se nombra.
La respuesta de la industria se articula entonces, alrededor de este reconocimiento a los caídos que comenzó
con Héroes, una antología lanzada el 17 de octubre de 2001 y que seguirá
Spiderman núm. 36. Luego Marvel lanzará
tres miniseries bajo el nombre genérico de
The Call for Duty: The Brotherhood (dedicada a los bomberos),
The Precinct (a los policías) y The
Wagon (médicos de emergencias) presentadas como "el primer nuevo lanzamiento de una
serie nueva desde los New Warriors, diez años atrás. Lo vemos como una franquicia a largo plazo".
Pero
Héroes es el que arma el canon oficial del cómic post atentado poniendo las contradicciones a la
vista: porque, además las omisiones sobre la responsabilidad del gobierno, en
Héroes no hay una superficie lisa entre
texto y texto, sino miradas de artistas que navegan entre la desesperanza, el cinismo y la furia, con la industria que
hace presión sobre ellos y el público aullando en los kioscos. El resultado de ese clima de cambios repentinos y feroces
es un subibaja de tensiones cruzándose entre cada trabajo: Sam Kieth abre con Hulk inclinándose sobre el
casco abandonado de un bombero; Deodato y Calero dibujan al Capitán América tapándose la cara frente a las ruinas,
y Frank Miller lo dibuja con la ropa en harapos, sosteniendo un escudo semidestrozado. Richard Corben muestra a
un hombre que retira a otro de las ruinas con un pañuelo cubriéndole el rostro; Igor Kordey y Chris Chuckry ilustran
la versión oficial que dice que los integrantes de un vuelo se enfrentaron a los secuestradores, y J. Scott Campbell y
Hi Fi abrazan otra imagen oficial con el Hombre Araña, Daredevil y Hulk levantando, en señal de triunfo, los brazos
de bomberos y policías mientras Doug Wheatley reproduce marines clavando la bandera estadounidense en el
Monte Suribachi de Joe Rosenthal pero con un grupo de bomberos; Alan Moore conecta el atentado a una seguidilla
de tragedias históricas como Dresden y Guernica, y Neil Gaiman transcribe un poema ("Pero ella perdió el toque de
sus labios, su sonrisa, ella perdió el olor de su cabello"). Stan Lee le impone a un musculoso Capitán América,
palabras furiosas como abejas, que definen al día como una "monumental villanía", "un día en que una serpiente despertó
al gigante, un gigante que no dormirá más". Pronto, según Lee, la serpiente conocerá la furia, la venganza de los justos.
A medida que el éxito de ventas y la aceptación crezca, las dudas dispuestas como algodones para evitar roces a
lo largo de Héroes, se minimizarán hasta desaparecer porque el gobierno tiene demasiados artistas dispuestos a
salpicar de sangre cada página impresa y sabe que el lector busca sus propias certezas magnificadas por el medio
-los negocios de música abrieron para esa época una sección roja, blanca y azul, donde vendían reediciones del álbum
de John Wayne que proclama su amor a EU y el himno de Toby Keith llamado
Cortesía de rojo, blanco y
azul, el americano furioso: "Esta nación que amo cayó en combate/ Una puta traicionera nos golpeó por la espalda/ Pero
en cuanto nos recuperemos del golpe/ Te juro que vamos a encender tu mundo como un 4 de julio"-, envueltas en papel de propaganda barato y brillante, crujiente y del todo falso pero agradable a la vista y tacto, listo
para empaquetar futuros productos de la inventiva presidencial y su gabinete (Sadam y Bin Laden son aliados, Irak
tiene armas de destrucción masiva, etcétera).
Frente a estos combos de digestión rápida, forjados en el ideal comercial que coloca a la bandera y al
hombre fuerte como marcas de identificación inmediata con su consumidor, elementos adicionales de la
mercadotecnia gubernamental que establecen su empatía con éste lanzando acusaciones apenas cubiertas por una tibia capa
de neutralidad y ambigüedad, Dark Horse y DC Cómic editan en dos volúmenes
9-11: Stories to remember, que incluyen, pese a sus esfuerzos, tantas contradicciones internas como
Héroes, con historias predecibles y flojas como
Wake Up o Tradition y personajes que corren hacia la tragedia como único destino posible, sin ofrecer caminos laterales
o preguntas adicionales, justificando así la versión oficial que etiqueta y archiva el atentado en la sección de
sucesos imprevisibles mientras se lanza a la guerra.
 |
|
Hay pocas excepciones a estos cómics pensados como sillones para acostar el ego del lector y apartarlo
suavemente de las preguntas molestas. Dave Gibbons opta por la limpieza de una imagen: Superman rodeado de chicos (uno con la sudadera azul de Nueva York), levantando las dos Torres en silencio; Art Spiegelman publica primero como
tiras semanales en
Die Zeif y luego como libro
Sin la sombra de las torres, en secuencias cortas que van desde
sus primeros sentimientos hasta su encuentro con una mendiga sin hogar que lo insulta por ser judío. "Se vieron
coronas de flores y símbolos de la paz idealistas durante algunos días en Union Square, lugar de control entre el sur
de Manhattan y el resto de la ciudad. Pero pronto se los llevaron la lluvia y la policía mientras el mundo se
apresuraba hacia nuestra 'Nueva Normalidad'. Cuando el gobierno pasó al modo
Gran Hermano diatópico y empujó a
Estados Unidos hacia una aventura colonialista en Irak, toda la rabia que me había tragado tras las elecciones de 2000 y
toda la paranoia que apenas había conseguido sofocar inmediatamente tras el 11-S, volvieron con gran fuerza.
Nuevos traumas empezaron a competir con heridas aún recientes y la naturaleza de mi proyecto comenzó a mutar" ("Se
nos cae el cielo encima", prólogo a
Sin la sombra de las torres).
9-11: Emergency Relief privilegia también la versión de hombres y mujeres comunes: Harvey Pekar
escuchando las noticias por radio en News, Gregory Benton contando cómo entretuvo al hijo de su vecino, un
bombero desaparecido, mientras la madre esperaba noticias en su casa
(Treasure) y Will Eisner usando una inmensa página
en Reality 9/11 donde un anciano solitario ve las torres derrumbarse en un río de sangre mientras el humo, el polvo y
las cenizas invaden su habitación.
La revista World War 3 -publicada desde 1979 por Seth Tobocman y Peter Kuper-, se atreve a mostrar a
los turistas que sacan fotos desde la calle al ritmo de la letanía "¡Esta noche iremos a patear traseros
palestinos!". Tobacman fuerza aún más el pensamiento presidencial de castigar a cualquiera relacionado con los
terroristas: "Comencemos con Ronald Reagan entonces, y eliminemos a cualquiera que compre nafta".
"Yo pienso que el número del 11 de septiembre es nuestra mejor edición -explicó Peter Kuper-. Realmente.
Fue hecho por personas que estaban aquí y experimentaron la cosa completa de primera mano. No hay nada
comparable a la narrativa en primera persona. Tiene el valor de agregar conocimiento al evento y como nuestras percepciones son individuales, no todos tuvimos la misma reacción. Intentamos capturar eso en el número, junto a piezas que
son investigaciones de la historia política americana."
En su artículo "Sólo los fanáticos van al cielo"
(La Nación, 2002), Tomás Eloy Martínez muestra las ampollas que saltan a la superficie desde el centro de los hechos, parcialmente oculto bajo las sucesivas capas
de pintura arrojadas por el gobierno buscando que comience, de una buena vez, la bendita guerra y se calmen
los rumores sobre el autoritarismo de los nuevos héroes, hombres como Duck Bebil, un operario que trabajó en la
zona del atentado durante tres meses y terminó decorando su sala con un afiche que representa el cuadro de Jasper
Johns, Three Flags, mientras en la ventana que da a la calle cuelga otra bandera con la que pidió que lo entierren.
"Quiero a los Estados Unidos con devoción y no tolero a nadie que sienta de otra manera. Árabes, mexicanos, chinos,
toda esa gente que ha encontrado aquí trabajo y paz debería irse si no está dispuesta a morir por este país, como yo",
le dijo a Tomás Eloy Martínez, el hombre nacido en Sicilia como Giuseppe Bevilacqua.