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Mentirosos y mentirosos



Iván de la Torre



En sus memorias, Gore Vidal deja clara la simpatía que siente por John Kennedy y su esposa Jackie -de hecho, su hermanastra-, y los choques frontales con el temperamental y, según Vidal, homosexual no asumido de Robert. Vidal estrena por entonces The Best Man, su obra de teatro sobre dos candidatos a la Presidencia: uno simpático y lleno de buenas intenciones pero promiscuo sexualmente frente a su rival desconfiado pero intachable. El borrador de la obra le gustó a Kennedy aunque le preguntó a su mujer: "¿Acaso Gore está hablando de mí?". Adlai Stevenson, candidato demócrata, encoztró al otro destinatario posible: "Está bien siempre que el tramposo sea Ricardo Corazón Negro (Nixon)".

"A medida que pasa el tiempo -anota Vidal, 40 años después-, me pregunto hasta qué punto eran intercambiables los personajes". La muerte borró temporalmente -como descubrimos día a día- las huellas de Kennedy dejándole el aura de atleta sexual (agradable para los hombres y útil para justificar a su descendiente directo Clinton) y su imagen de paladín mundial de la paz; lo que el propio Vidal niega repetidas veces: "quería ser recordado como otro Lincoln"; "se había enamorado de la palabra crespúsculo"; "se imaginaba empuñando la espada atómica". En Trece días, de Roger Donaldson, lo que aparece es el polvo de ese mito todavía sin asentar: Kennedy buscando desesperadamente una tregua en medio de la crisis de los misiles cubanos acosado por militares y civiles que le muerden el orgullo buscando revancha tras el fracasado intento de Bahía de Cochinos; el propio Robert Kennedy llora su destino de "perro de presa" y ahí van más ironías de Vidal para él. Pero la historia pública bien puede despegarse de la privada amparada en la libertad poética y si Kennedy todavía brilla bajo el cálido resplandor de JFK, Nixon siempre tendrá la oscuridad de Watergate aguardándolo. Con su muerte en 1994 este bonito juego de comparaciones parece haberse terminado pero Oliver Stone, director de JFK, notó muy inteligentemente que "Nixon logró su objetivo, cuando murió había cuatro presidentes para despedirlo".

Las películas hacen aparecer a todo color lo que antes era secretos de Estado, protegidos y enterrados por mecanismos nacionales de seguridad distraídos de sus funciones por la ambición personal o las manías del Presidente en turno y saltan a la luz otros secretos que facilitan las comparaciones. Ahora los rasgos, como temía Vidal, se borran y las sombras, como los árboles, se tocan en lo alto mientras reaparecen las amantes secretas de JFK y el último involucrado en el Watergate sale a la luz pública acortando distancias -nunca demasiado largas- entre las virtudes públicas y los vicios privados que separan al saltarín Jack del sombrío Dick: en Nixon, Stone imagina al Presidente vagando por los pasillos de la Casa Blanca y siente cómo encarna la contracara en el imaginario popular del sonrosado Jack.Lamentablemente para los apólogos de Camelot, los medios que utilizó Nixon para evitar su caída no son diferentes a los empleados por los Kennedy (como temía Vidal) y los personajes vuelven a encontrarse en punto muerto aunque el plural familiar siempre termina sepultando al singular Nixon y quitándole su oportunidad de revancha: para él no habrá hermanos a mano que lo levanten después de la caída.

Si la sucesión Kennedy parece quebrarse en la Segunda Guerra Mundial con la muerte del primogénito y el paso en falso de papá Joe, los lugares pronto se corren para que John quede como candidato oficial mientras el pequeño Robert se vuelve la sombra siempre vigilante a espaldas de su hermano; Nixon, a diferencia de los acerados ríos de sangre que unen a los Kennedy, crea su grupo de plomeros para cerrar las filtraciones pero no confía en ellos. Las sucesivas crisis ven correr a ambos presidentes por grises cada vez más oscuros, profetizando un fundido en negro que es interrumpido en Kennedy por la tragedia y que se cumple fatalmente en Nixon cuando un funcionario le pasa al Washington Post una lista de papeles secretos y Nixon responde lanzando a sus plomeros contra él en un arco que termina llenando la Casa Blanca de micrófonos en busca de más dudosos o soplones. Frente a esta realidad que tortura a Nixon, los Kennedy ofrecen mentiras maquilladas, grandezas dejadas en los oídos adecuados para llevar la historia hacia la nueva frontera entrevista en el discurso inaugural y descrita en libros de oyentes demasiados cercanos y por lo tanto crédulos que quieren formar, sino crear, el mito póstumo para sus lectores aunque cada una de esas verdades termine cediendo a la realidad y hundiéndose en ella: así el dolor de espalda producto de un partido de futbol se convierte en "lesión de guerra"; la enfermedad de Addison no existe; el affaire con Marilyn Monroe es apenas "un rumor", y el acuerdo secreto para conseguir los votos de los camioneros nacido del triángulo Joe-Frank Sinatra-mafiosos varios se deshace con Sinatra expulsado del círculo áureo a través de Peter Lawford.

Las verdades oficiales tiemblan, pero la leyenda dorada se mantiene mientras el oscuro Nixon desaparece porque en él siempre es personal lo que en los Kennedy aparece como un asunto de familia cuyas responsabilidades y culpas se cruzan y pierden puertas adentro: ¿quién es el malo entonces? ¿John? ¿Robert? ¿El viejo Joe? Si a fines de los 50 y en los tempranos 60 ese pasado negro todavía estaba a la vista oliendo a irlandés multimillonario gracias al contrabando ilegal de alcohol, en los 70 desaparece tapado por la noticia de la maldición familiar mientras Nixon encarna su único papel posible: el solitario, único hacedor pero también único responsable de su destino: todos los caminos y acusaciones conducen inevitablemente a él mientras las acusaciones de John pueden desviarse hacia Robert y ambos duermen bajo el paraguas protector de su padre que carga con todas las culpas, muchas de ellas bien merecidas y justificadas.

Aunque casi de la misma promoción (1913 Nixon, 1917 Kennedy) es la ambición personal de Nixon la que lo hace avanzar desde la pobreza al poder, pero la historia de su caída -más allá de la rapidez de una película donde Robert Redford y Dustin Hoffman avanzan rápido y parejo descubriendo pistas-, es en verdad una combinación de alarmantes señales del azar y la mala fortuna uniéndose para bajarlo cerca de lo que prometía ser un camino glorioso luego de su derrota de 1961 y su renacimiento como Presidente siete años después: si la filtración de los papeles del Pentágono es la primera señal ante la opinión pública de su manía por mantener todos los secretos bajo doble llave, la interrupción de los plomeros en el hotel Watergate, sede de la convención demócrata, habla de la mala fortuna, una diosa a la que Nixon mira con desconfianza y que terminará encadenando su suerte a más improbabilidades cuando Ben Bradley, editor en jefe del Washington Post, le dé el caso a dos periodistas jóvenes porque no hay nadie más en la redacción y uno de ellos, Woodward, es amigo de quien se convertirá en Garganta Profunda, el número dos del FBI, Mark Felt, desde un encuentro casual en una sala de espera de la Casa Blanca en 1970. "Ellos sacaron la noticia para el fin de semana y la publicaron bien. Después encontraron en la agenda de uno de los ladrones 'H. Hunt' (por Howard Hunt) al lado de un teléfono de la Casa Blanca. Woodward discó y preguntó por él. Lo interesante es que no le dijeron que estaba equivocado, sino que no estaba allí y le ofrecieron el número donde podía ubicarlo. Lo llamó y le preguntó: '¿Qué está haciendo su nombre en la agenda del ladrón?'. Y la respuesta de Hunt fue: 'Oh, Dios mío'. Y cortó. Todos dijimos entonces: '¿Qué fue eso?', y los dejamos avanzar. Bernstein se encargó de trazar la ruta del dinero. ¿De dónde sacaron todo ese dinero los ladrones? Llegó hasta una cuenta bancaria en Miami, donde habían sido depositados por un recolector de fondos de la campaña republicana para reelegir a Nixon. Así que en cuestión de días habían vinculado ese pequeño robo al comité nacional republicano y a la campaña de Nixon" (La Nación, 1/VI/05).

La lucha por mantenerse en pie hace que Nixon sacrifique sus piezas una por una porque dentro del círculo mágico y vertical que construye sólo puede estar él, y él será, en verdad, el último en irse porque no hay otro hermano que ocupe su lugar: su dinastía empieza y termina ahí y ahí se acaban los paralelos con el viejo Joe aunque sus métodos no se diferencien demasiado de los de Bobby: porque para ellos el único fin del juego es la victoria total.

John Kennedy, en tanto se atasca en Bahía de Cochinos comienza a desarmarse a la vista de la enfermedad de su padre. "La vejez es un naufragio", le susurra a Vidal en 1962 y las palabras muestran dónde está la columna vertebral de la familia, atada ahora a una silla de ruedas: el punto de conexión entre los Kennedy y Nixon es ese padre que logra que sus hijos vuelvan para vengarlo: primero en el seno de la alta sociedad estadounidense con el casamiento arreglado entre John y Jackie, luego con la Presidencia. Las pocas trabas morales y todo el dinero de Joe permiten el ascenso de John pero lo detienen ante Eleanor Roosevelt: "no quiero ver a ese hombre", y sus palabras dan un salto de 15 años, de 1960 a 1945: le niega el apoyo a John en nombre de su padre, que le propuso a su marido pactar con Hitler. Las mismas señales extrañas, los zigzagueantes vasos comunicantes de la historia tejen inesperadamente las paradojas que atrapan a Nixon entre Hoover (enemigo personal de los Kennedy a quienes chantajeaba a través de sus escuchas telefónicas) y Felt (descorazonado luego de que Nixon le negara el puesto de Hoover tras su muerte) apresurando su salida de la Casa Blanca y enfrentan a los Kennedy con su pasado dándole la razón a Vidal, quien escucha cómo Bobby le grita que su familia compra a los escritores. Vidal responde: "Los escritores que usan tantas palabras, suelen tener la última". Jackie, la supuesta víctima de este negocio de intereses creados y políticos ambiciosos, escucha el día anterior a su casamiento una conversación: ahí están Jack, Bobby y Joe; años después le dirá a Vidal: "Hablaban de mí como si fuera un mueble". Pero la boda arreglada era la única posibilidad para una joven de buena aunque arruinada familia y la unión estratégica con Joe logrará que Jackie consiga lo que quiere: dinero, mucho. "Lo único que me interesa es gustarle a los hombres", escucha Vidal también, quien confirma las palabras de Jackie y su amor por el lujo y la exposición pública: detrás del conglomerado político que cruza los 60 y los 70 llenándolo de símbolos está la vieja historia del ascenso, el poder y la gloria estrellándose de improviso con el fracaso del sueño: un invitado al que John esperaba no ver: "sabía que iba a morir joven y no le importaba nada", dirá Vidal; pero ese fantasma pesimista de John sumado a la belleza de Jackie arman la imagen que los sobrevivirá: los mecanismos son los mismos, sí, ambición, poder y astucia, pero las nuevas postales que recibimos son películas doradas o apenas enturbiadas por las indiscreciones sexuales del siempre deseoso y erecto Jack que sabe que una bala vendrá a buscarlo en algún momento y ya no tendrá nada de que preocuparse: el egoísta perfecto dejándole sus problemas a los demás. Jackie es tan ambiciosa como su marido y aunque se casa con él, sabe que el poder y por ende todo el dinero de la familia, pasa por Joe. Y si Jack en algún momento se acostó con Ethel, la esposa de Bobby, por simple simetría aclara Vidal, Jackie se acostó con Bobby, y es en ese fuego cruzado cuando Vidal intenta levantarse en una cena luego de hablar con Jackie y coloca su mano sobre el hombro desnudo de ésta, enfrentando la furia imprevista del menor de los Kennedy. Toda esta suciedad mal lavada detrás del trono será sepultada por la paranoia de Nixon y si hay conexiones, gestos e intenciones de él que se repiten en Joe y especialmente Bobby (ambos trabajaron con el senador McCarthy durante la caza de brujas), los televidentes prefieren la versión limpia de las cosas: Jack y su joven mujer frente a Nixon que encarna el villano de cualquier serie clase C: sus ojos nerviosos y los tics que lo sacuden son suficientes para probarlo. El resto es historia antigua, rumores dirán, que las películas nunca mostrarán: sólo la adversidad, el ascenso, la gloria y la muerte. Con eso es suficiente y cuando Carlos Fuentes recuerde que Clinton pese a todas sus incorrecciones políticas puede recitar completa la primer parte de El sonido y la furia vemos cómo la historia se muerde la cola para volver sobre sí misma barriendo el pasado: en el fondo, nos dicen, todos son buenos tipos con algunos defectos superficiales.



Egresado de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de la Pampa, Argentina.
helliconia@yahoo.com.ar
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