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Las guerras de Wells



Andreas Kurz



La película La guerra de los mundos, protagonizada por Tom Cruise, se anunció en semanas pasadas como una nueva versión de la transmisión radiofónica que, en 1938 y dirigida por Orson Welles, produjo un pánico masivo en Londres. Si el filme tiene el éxito esperado, se mencionará, ojalá, que Orson Welles se basó en la novela de su casi tocayo Herbert George (H.G.) Wells, publicada en 1898. Es decir, The War of the Worlds tiene buenas posibilidades de transformarse en "libro para la película".

Al lado de Jules Verne, Wells figura en la historia literaria mundial como uno de los padres de la ciencia ficción moderna. La diferencia entre las obras del francés y del inglés, que es abismal, se ilustra fácilmente con sus datos de vida. Verne: 1828-1905; Wells: 1866-1946. Wells vive conscientemente dos guerras mundiales, vive lo peor del siglo XX. Verne vivió otras, muchas, guerras, la franco-prusiana entre ellas, pero su visión de un futuro tecnificado y maquinizado todavía es ingenua, las consecuencias desastrosas de la maquinaria bélica sólo se vislumbran y, para un lector moderno, no dejan de ser infantiles: Verne juega con el Apocalipsis hecho por humanos, no cree realmente en su realización. Wells practica el Apocalipsis y da a la ciencia ficción una dimensión eminentemente política, la transforma en filosofía de la historia ficcionalizada.

Dietmar Dath, en un artículo publicado recientemente en la prestigiosa Frankfurter Allgemeine Zeitung, apostrofó a Wells como "imperialista de la razón". Durante los últimos años del siglo XIX, cuando escribía La guerra de los mundos, Wells no dejó dudas acerca de sus posiciones ideológicas: era socialista y, sobre todo, pacifista. Sin embargo, el pacifismo de Wells cambió debido al creciente poder militar de Prusia-Alemania, percibido en Inglaterra como amenaza para su posición predominante como imperio global. El miedo a la industria bélica alemana fue un móvil central para escribir su novela "utópica". La fuerza destructiva del gas mostaza finalmente, de los tanques y submarinos, desplegada por Prusia a partir de 1914, lo incitó a exigir "una guerra para terminar la guerra". Una contienda global le pareció entonces la única manera de realizar el sueño de una comunidad humana libre y universal. En ello no se diferencia mucho de los sueños orientalistas de un Hermann Hesse quien, en su Demian, saludó a la Primera Guerra Mundial como acontecimiento libertador, como el comienzo de algo vagamente nuevo y humanitario. Sin embargo, tal "imperialismo ilustrado" impuesto por la guerra -y no se debe olvidar que la república universal utópica de Wells refleja las pretensiones del imperio británico- trae implícita la oposición a las instancias políticas o económicas que se aprovechan de ella. Cito de una entrevista: "Los que ganan las guerras son los muertos y los heridos. Los muertos no pueden desfilar, y los heridos normalmente no quieren, o tampoco pueden. Pero los que regresan de América o de sus escondites en la provincia, a ellos les gusta pensar que han ganado la guerra". Encima de la destrucción física, que causa la guerra, se ubica la perversión moral que no tiene que ver con intereses nacionales, ni con la defensa de la patria, que sólo es -y Nietzsche lo había anunciado poco antes de Wells- demasiado humana. El escritor inglés la toma en cuenta y, paradójicamente, parece aceptar, en el periodo final de la guerra, el lema favorito de los militares prusianos: el fin justifica los medios.

La guerra mecanizada, la posibilidad teórica de matar a millones de seres humanos y, finalmente, los pocos escrúpulos de los políticos europeos para recurrir a esas posibilidades, derrumbaron definitivamente la creencia en una Historia que se desarrolla hacia el bien, hacia un estado paradisíaco; derrumbaron también la idea kantiana de que el ser pensante, el filósofo, puede influir en la Historia subordinando conscientemente su desarrollo al cumplimiento de una Idea, educando y mejorando de este modo el género humano. Wells, quien había estado convencido de la validez de estos conceptos, se vio defraudado y abogó por la solución bíblica: "Si el profeta no quiere ir a la montaña, entonces que la montaña vaya al profeta".

Pero me he apartado demasiado del Wells de La guerra de los mundos. En 1906, ocho años después del "libro para la película", Wells afirma, quizá por última vez, su creencia en el valor del humanismo. La novela In the Days of the Comet describe -proféticamente- una guerra entre Inglaterra y Alemania. La termina el gas (¡!) esparcido por un cometa que vuelve sensible a todo el mundo y -son las palabras lacónicas de Bertrand Russell- "everybody takes to free love". Sólo sería necesario un impulso externo para que la humanidad se convirtiera en una sociedad amorosa pre-hippie. Este impulso podría ser tanto la ciencia moderna, como un líder carismático e ilustrado. Wells tuvo que darse cuenta que la ciencia no termina las guerras y, al final de su vida, que los líderes carismáticos no son lo que se había imaginado.

Wells, en la Inglaterra victoriana, fue temido por su anticlericalismo. Éste no le impidió citar con frecuencia, y con gusto, de la Biblia. Entre sus pasajes favoritos se encuentran unos versos de la Primera epístola a los corintios: "Ahora nos contemplamos en un espejo, / y sólo vemos contornos enigmáticos". Pero el enigma se resolverá: para el cristianismo a más tardar con el Juicio Final, para Wells con los avances de la ciencia moderna. El problema es que no sabemos qué nos tocará en el Juicio Final, y Wells no sabe si la técnica nos salvará o nos matará; y, de hecho, hasta la fecha no sabemos, aunque poco a poco sospechamos. Si seguimos leyendo el pasaje bíblico citado, nos encontramos con una frase que podría ser el lema de Wells: " el que profetiza habla a los hombres para su edificación y consolación". Profetizar, dice San Pablo, no es hablar en lenguas; al que habla en lenguas, la gente no lo entiende. Profetizar es de esta tierra y no es condición sine qua non que lo profetizado se haga realidad. La profecía puede ser una advertencia con la esperanza implícita de que su público haga todo para que no se cumpla. Así profetiza Wells en La guerra de los mundos. Los marcianos usan gas venenoso y aparatos que se parecen mucho a los tanques de la primera contienda y -dicho sea de paso- también a los aparetejos de La guerra de las galaxias (no mucho más que una hipérbole de la novela de Wells: que me disculpen los aficionados). Los marcianos menosprecian al género humano, lo perciben como presa fácil, como raza muy inferior a la suya. Pero son marcianos muy humanos. Los lectores contemporáneos de Wells pudieron reconocer en ellos -aunque a muchos se lo impidió la ceguera nacionalista- la altanería del imperio británico frente a sus colonias, un poco más tarde la férrea disciplina prusiana que no respeta a la vida ajena, ni siquiera a la propia, otro poco más tarde la barbarie nacionalsocialista. ¿Y los lectores de hoy? ¿Qué podríamos reconocer nosotros? Que lo diga el presidente de Tom Cruise.

Las profecías de Wells no quieren ser cumplidas, aunque para su desgracia muchas sí lo fueron. En 1943, adelantándose tres años, Wells publicó, en el Strand Magazine, su propio epitafio: " fue un socialista en su antagonismo a la monopolización personal, racial o nacional". Inglaterra, el opresor por antonomasia a finales del siglo XIX, que pretende extender su civilización, su idea de una vida normada y encauzada hacia el bienestar, a grandes partes de Asia y África, siente, a través de la novela de Wells, la impotencia del oprimido, sufre precisamente la monopolización de "La Verdad" por una potencia extraña al propio ser nacional. Cortés y sus compañeros en Tenochtitlán: ¿no fueron marcianos? Los ingleses en la India, los soldados estadounidenses en el desierto iraquí: ¿cómo los habrán percibido un sikh o un kurdo? Wells, quien aborrece la guerra, defiende la actitud humana más común frente a la monopolización de los valores: la de desear la muerte del impostor. Escuchemos al narrador del texto, nada marciano en circunstancias normales: "Algo muy parecido a la fiebre bélica que, en ocasiones, recorre una sociedad civilizada, se había infiltrado en mi sangre [] Tuve miedo de que los últimos tiroteos que había escuchado significaran la exterminación de nuestros invasores de Marte. Puedo expresar bien mi estado mental diciendo que quería participar en su muerte". Irónicamente los marcianos no perecen en actos de guerra, sino son vencidos por un microorganismo, inofensivo para los humanos, pero letal para los usurpadores. El imperio británico no se perdió en la guerra, sino se deshizo porque resultó ser incompatible con las idiosincrasias ocupadas. El virus hindú terminó con él.

No he visto la película. Normalmente la buena literatura en el cine me da coraje. No creo que Hollywood haya sido capaz de aprender la lección de Wells. Sospecho que Tom Cruise no sólo salva a Estados Unidos, sino, de una vez, a todo el globo.



Profesor de Literatura en el Tecnológico de Monterrey.
ankurz@avantel.net
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