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SM



José Ovejero



Mira, yo soy un tipo tranquilo. Y a alguien como yo no es normal que le cambie la vida tres veces en cuarenta y ocho horas. Eso será habitual para uno de esos compañeros que se meten en la mierda peor -en una trinchera, en un chiringuito de traficantes de droga, en el cuartel general de una banda de mercenarios- para hacer una fotografía con la que ganar premios, aunque sean póstumos, o un reportaje que luego te obliga a cambiar de nombre y dejarte la barba, si no la tenías, o a afeitarte si eras barbudo.

Lo mío es husmear en bibliotecas, pasarme las horas en archivos, andar removiendo papeles, sin nadie que me atosigue ni me mire por encima del hombro. Y mi vida privada no es muy distinta; no tengo mujer, y no precisamente por ser un mujeriego; sí, he tenido algunos noviazgos que terminaron todos con arreglo a la ley de la entropía que rige mis relaciones sentimentales: todo se va enfriando, todo se vuelve monótono, previsible, hasta que se cansan de mí y me dejan, porque siempre son ellas las que se van. Para que te hagas una idea: lo más excitante que he hecho en los últimos doce meses ha sido ir con unos compañeros a un table dance.

Sin embargo, ayer, cuando llegué a la redacción sentía un raro entusiasmo: era un día especial, aunque no por los motivos que luego lo convirtieron en tal. Pasaban de las once cuando atravesé la puerta de la redacción y recorrí los pasillos flanqueados de escritorios, saludando a los pocos que ya habían ocupado sus puestos, la mayoría con cara de necesitar urgentemente un café.

Pensé que debía haberse corrido la voz, porque todos tuvieron un gesto especial, una manera de sonreírme, de hacer el signo de OK con los dedos, uno incluso agitó el puño como si animase a su equipo a machacar al contrario. Las noticias confidenciales corren en el periódico a más velocidad que las instrucciones de la redactora jefe.

Dos días antes había entregado un reportaje en el que revelaba inversiones ilícitas del ministro de Hacienda y la recepción de comisiones ilegales por varios miembros de su equipo; y, con cautela, me hacía eco de las sospechas de una posible conexión del ministro con un consorcio italiano al que se acusaba de vínculos con la mafia napolitana. Uno no tiene que convivir con maleantes o con criminales de guerra para escribir un reportaje que devele la cara sórdida de nuestra sociedad. Los delitos más graves no se descubren en callejones ni garitos, sino en los ordenadores de los bancos.

SM te está esperando -me dijo, al pasar a su lado, Roberto Flores, el último mono de Cultura, o lo que es lo mismo, el último mono del periódico, a quien le gusta hacer de recadero quizá para sentirse importante durante el breve momento en que transmite sus noticias.

SM no significa Su Majestad, como podría creer algún ingenuo, sino Sadomaso, el mote con el que los empleados del periódico se vengan de los modos imperiosos de nuestra redactora jefe. Alguien corrió la voz de que la habían visto salir una madrugada de un club frecuentado por aficionados al cuero y al látigo, pero yo creo que no es más que una maldad inventada por algún hombre que no soporta que una mujer lo trate como a un subordinado. A mí, francamente, lo mismo me da que me pise un tacón femenino o un zapato de tacón bajo, al menos en sentido figurado.

Ilustración: Pablo Picasso
Entré en el despacho de SM sin poder contener una sonrisa de orgullo. Pero SM me devolvió una mirada de preocupación. En una esquina estaba sentado el jefe de Nacional, con quien no quiero perder el tiempo ni para describírtelo. Ponle la cara de cualquier trepa que conozcas, los ademanes del pelota que te resulte más familiar. Con eso vale. Pero a SM sí te la describo, empezando por arriba: es rubia, pelo corto, ojos cínicos y azules, rostro de una simetría que parece imposible, sonrisa infrecuente o, si presente, tirando a cruel; cuello largo; traje de chaqueta con un atisbo de hombreras, la chaqueta entallada y la falda de tubo hasta unos centímetros por encima de la rodilla, color rojo con botones dorados -otros días gris con botones plateados-; medias de cristal; zapatos de tacón alto; decente, ya ves, pero sugestiva. Me olvidé de decir que lleva joyas discretas: pendientes de perla, algún anillo a juego con los botones; un reloj ultraplano. Único detalle disonante (mucho): las uñas siempre pintadas de color negro, lo que para alguno es una confesión de sus aficiones ocultas.

SM señaló un sillón, conocido en la redacción como la "silla eléctrica". Acepté la invitación.

Primero la buena -dije.

¿Cómo?

Por la cara que ponen debe de haber también una noticia mala.

SM levantó una ceja. Parecía a punto de sonreír. No lo hizo.

Sólo hay malas, Julián.

Entonces empecemos por la menos mala -me negaba a que me estropeasen el buen humor de esa mañana.

Tu reportaje no se va a publicar.

Estáis locos -me salió así, espontáneamente. La rata de Nacional miró escandalizada a SM-. El reportaje es una bomba.

Y esto un periódico, no una organización terrorista.

Amablemente, me dieron unos segundos para que asimilase la información.

¿Por qué? ¿Porque es un gobierno de izquierdas?

¿Hace falta que te explique cómo funcionan las cosas? ¿A tu edad?

Pasé por alto la referencia a que ella, quince años más joven que yo, era mi jefa y yo un puto empleado.

¿Y como éste es un periódico de izquierdas decidimos no destapar la corrupción de nuestros amiguitos?

SM fue a sentarse sobre el borde de su escritorio. Yo no me atreví a sacar un cigarrillo, en su despacho está prohibido fumar, pero lo necesitaba más que respirar.

Pues sí, parece que tengo que explicártelo. Por si no te has enterado: no existen los gobiernos de izquierda; hay partidos de izquierda, pero no gobiernos. ¿Sí? Y en este periódico, como en tantos otros, los periodistas son de izquierdas, la dirección no. Por no hablarte de los propietarios.

Sigo sin entender el problema.

El gobierno está empeñado en sacar adelante una serie de reformas económicas fundamentales para la economía. Y sólo puede realizarlas un gobierno supuestamente de izquierdas, porque si las hace uno de derechas los sindicatos toman las calles. Un gobierno socialista puede controlarlos mejor y hacer lo que a la larga es conveniente para el país.

¿Para el país o para los intereses de algunos de esos propietarios del periódico a los que te referías?

SM fingió no haberme escuchado.

Sencillamente, no es el momento de desestabilizar el sistema con una revelación de esa magnitud. Tú lo has dicho: es una bomba.

No podía creérmelo, que sacase ese argumento barato de proteger la democracia defendiendo actos ilegales. Como si no hubiésemos aprendido nada de la guerra sucia contra el terrorismo.

El sistema no se desestabiliza quitándole la mierda, sino enterrándolo en ella.

No creo que sean necesarios los términos groseros -intervino la rata de Nacional-, hay una señorita

No seas imbécil, Alfonso -La rata pareció volverse transparente en su asiento. SM se dirigió de nuevo a mí.

Mira, la decisión está tomada. Podríamos discutirla durante horas, ponderar cada uno de tus argumentos éticos, pero nada va a cambiar. ¿Por qué no nos ahorramos tiempo mutuamente?

Asentí. ¿Para qué necesitaba oír más? Se cargaban mi reportaje, eso era todo. De pronto caí en la cuenta de que faltaba algo.

Ésta era la noticia menos mala.

SM no era conocida por su tacto e hizo honor a su fama.

La peor es que estás despedido.

También la rata decidió llegado su momento estelar.

Hace siglos que no trae un reportaje de investigación en condiciones. Y cuando se descuelga con uno, pone en peligro la credibilidad del periódico

Yo entretanto había tenido un ataque de dignidad, me había levantado, ya estaba abriendo la puerta.

Podéis iros a la mierda -dije, sin sentir particular alivio. Me fui directamente a mi casa, sin recoger mis cosas ni contar a nadie la tremenda injusticia, para qué. Hice lo que suelo hacer cuando me ocurre algo a lo que no sé cómo enfrentarme. Me tumbé en la cama, metí la cabeza debajo de la almohada y cerré los ojos, dispuesto a dormir todo el día.

No lo conseguí porque a media tarde me despertó el timbre de la puerta. Fui a abrir -ni siquiera me había molestado en desnudarme para dormir-, y lo hice sin asomarme a la mirilla.

Me encontré con SM, que acarreaba una gran bolsa de supermercado.

¿Puedo entrar?

Quizá de haber estado despierto le abría dado con la puerta en las narices. Quizá no. El caso es que no lo hice. Seguí con la mirada su espalda -y, seamos sinceros, su trasero-, mientras se adentraba en la casa. Por fin reaccioné, cerré la puerta, la seguí. Ella ya estaba sacando una botella de champán de la bolsa, también algunos paquetes que supuse serían comida.

¿Las copas?

No pude evitar señalar el aparador y ella fue a buscarlas. ¿Qué pretendía? ¿Humillarme después de despedirme? ¿Sellar su victoria poseyéndome carnalmente -"no sólo despido al imbécil éste, después me lo tiro"?- No se lo pregunté tan directamente.

¿Qué haces aquí?

Levantó las cejas como si le sorprendiese mi pregunta.

Celebrar.

Celebrar mi despido.

Deberías agradecérmelo con un beso. Aquí -y se puso la punta del índice en los labios. Como no reaccioné hizo un gesto que podía significar "tú te lo pierdes", y descorchó la botella. Llenó dos copas. Vino hacia mí, me dio una de las copas-. Si no te hubiese despedido, ¿qué habrías hecho?

Buena pregunta. Ya se había corrido la voz de que había entregado un reportaje con revelaciones sensacionales sobre la corrupción en el gobierno. Pronto se habría sabido también fuera del periódico. Y ¿qué puede hacer un periodista al que censuran un reportaje? Reconocer que la investigación era una chapuza, o aceptar sumisamente que le echasen para atrás una buena historia por razones políticas. El resultado de cualquier manera era el mismo.

Dimitir -concedí.

Y no te habrías llevado un euro de indemnización. Ahora te van a pagar un dineral por despido improcedente; no creo que quieran revelar ante un tribunal las razones del despido. Chin, chin.

Chocó su copa contra la mía con una sonrisa radiante. Pero yo no estaba del todo convencido de que hubiese razones para celebrar con ella los acontecimientos del día.

No estaríamos hablando de dimisión o despido si no me hubieses rechazado el reportaje.

Te confieso que lo dije en un tono de niño enfurruñado que ni siquiera a mí me pareció adecuado para la situación.

Primero, si le doy luz verde, a mí me echan del periódico, y a ti te cortan los huevos -metafóricamente hablando-; después habrían enterrado ellos mismos el asunto. Querido, el accionista mayoritario del periódico es amigo personal y socio, por empresa interpuesta, del ministro.

Ah -dije, lo que no fue una respuesta muy inteligente. Pero, francamente, no lo sabía.

Por cierto, he vendido tu reportaje a una revista, conservadora, claro, pero supongo que no te importa. Te aseguro que he sacado un buen precio. Oye, ¿me vas a besar ya o todavía tengo que darte más argumentos?

Cerró los ojos, se empinó un poco sobre las puntas de los pies, echó la barbilla hacia adelante ofreciéndome los labios. ¿Tú qué habrías hecho? La besé, claro. Y volví a hacerlo, con algo más de pasión, cuando ella dijo: más.

Luego apuramos las copas. Nos dirigimos al dormitorio -fue mi primera iniciativa-.

¿Sabes? -me preguntó mientras se desnudaba-. Desde que entré en el periódico a hacerme cargo de la redacción me fijé en ti. Pero no podía insinuarme entonces; a lo mejor te habías ido a la cama conmigo sólo para ganarte mi favor; además, los demás se habrían enterado, habría sido un pequeño triunfo para ellos, y una razón para despreciarme: mira, uno de los nuestros se la está tirando, dirían. Y si me hubieses rechazado, habría perdido mi autoridad. No es fácil ser mujer en ese mundo de fieras. Espera.

Salió corriendo desnuda y al momento regresó con la botella y las copas. Seguimos bebiendo, entre beso y beso.

Húndelos. Son gente como ellos quien me ha hecho así, para sobrevivir, ¿sabes? Bueno, así, quiero decir, como tú me conocías antes. Porque yo no soy así.

No, no lo era. Era, mira, prefiero no entrar en detalles ahora. Ni te voy a describir su cuerpo. Sí tengo que corregir una cosa que dije antes. Sus ojos no son cínicos; y lo de que su sonrisa es cruel fue una tontería. Su sonrisa, en fin, para qué contarte.

¿No tendrás un látigo ¿verdad?

Creo que me sonrojé, como un colegial atrapado en una travesura. Se abalanzó sobre mí, me derribó de espaldas, me mordió los labios, sus uñas negras comenzaron a hacer dibujos sobre mi pecho, a merodear por mi vientre, no sigo, no estaría bien, no sería correcto con ella, es verdad que hay cosas que no se deben revelar, aunque me estoy muriendo de ganas de contarlo.


Autor, entre otras obras, de China para hipocondriacos (Ediciones B) y Mujeres que viajan solas (Ediciones B).
ovejero2004@yahoo.es
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