Andrés de Luna
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Rock and surf, 1999/ Foto: Daniel Jones |
Las playas rebullen al caer la noche. De una quietud aletargada se pasa al dinamismo de quienes
esperaron la brisa crepuscular para refrescarse. "Un verano de fuego", fue el encabezado de un diario; los
neoyorquinos salen a las costas cercanas para darse un chapuzón y alertar los sentidos. Familias y parejas son
los habitantes de este entorno de mar y arena. A la sombra de una cafetería está un tipo obeso, lleva una
cámara Speed Graphic de 9 por 12, con un lente Kodak Ektar y un obturador Supermatic. El hombre trae la rudeza consigo, sin ese aparato fotográfico pasaría por un gangster. Es Arthur Fellig, mejor conocido
como Weegee, personaje de la oscuridad que toma instantáneas de escenas violentas ocurridas en Manhattan
y sus alrededores. La sangre le es indiferente, supera los prejucios contra ella y puede disparar su cámara
ante un ajusticiado, sobre un herido de bala o algún acuchillado. También es fanático de los incendios.
Es agosto de 1945. Pronto partirá Weegee para consagrarse en Hollywood. Su desvelo corresponde a
la noche anterior. Gran barullo y asfalto pringado de manchas rojizas. Un atropellado por un conductor
ebrio; mientras dos coristas probaron la navaja de un proxeneta de Queens. Weegee apenas si pudo dormir. Reveló en su famoso laboratorio cajuela de su automóvil y luego tomó una breve siesta. Huevos con
tocino y un café concentrado terminaron por despertarlo. Era un asfixiante día de verano y de ninguna manera
lo iba a desaprovechar. Ave nocturna, Weegee dejó sus imágenes para más tarde. Iría a las playas. Encendió
un puro que disfrutaba al recorrer ese mundo de pies, brazos y espaldas desnudas. Su sentido de la
oportunidad era único, y si esto lo destacaba en la fotografía de nota roja, también se manifestaba en sus
placeres mundanos. Su cara estaba surcada por una barba de dos días, que le daba un aspecto sucio y
harapiento; por costumbre llevaba su cámara al cuello, por aquello de las emergencias.
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Arthur Fellig (Weegee) |
Weegee era un mirón empedernido. Sabía que al caer las sombras las playas hervían de deseo. El
descaro de los neoyorquinos era único y hacían cosas que en otro lugar merecerían la cárcel. Ya empezaba
el movimiento. Una mano femenina se coló debajo de un calzón de baño. Weegee tembló ligeramente. Era
tan real el hecho que esa acción se trasladaba hasta sus propios genitales. La muchacha, con una
elemental discreción movía su mano y el miembro del nadador abultaba la prenda. El fotógrafo quería tomar su
cámara y dispararla sobre esos novios; pero tuvo la cordura de aguantarse las ganas y quedarse un poco más,
su mirada estaba enturbiada y esperaba que los ocho metros de distancia y las precauciones de la
pareja continuaran sin que se percataran del intruso. Él alternaba su fisgoneo con la visión del mar. Contaba las
olas y de inmediato regresaba al breve espacio en el que la joven excitaba al muchacho. Era una zona sin
faroles y otras parejas se entregaban a ejercicios similares, cada quien estaba en lo suyo y a nadie, más que a
Weegee interesaba esa mano y ese miembro erecto. Una aceleración y todo acabó. Risitas pícaras fueron el final.
La mano quedó goteante y la arena recibió ese rocío viril. Era obvio que Weegee estaba satisfecho. Sin hacer ruido marchó por otros rumbos. Era fácil encontrar parejas en las regaderas de la playa. Todo era veloz, tan acelerado como el paso de la juventud. Las chicas hacían a un lado la entrepierna de su traje de baño, y por ahí permitían que las penetraran. El movimiento era de una audacia indecible y las reglas, sin estar escritas, eran respetadas. Si alguien veía una toalla colgada, era señal inequívoca de que el lugar estaba ocupado. Weegee trepaba una pequeña colina y atisbaba el paisaje. Los movimientos tenían que ser traducidos. Estaba lejos de la escena y todo se desarrollaba entre sombras. Habilidoso con la mirada, Weegee nunca era descubierto. Era increíble que sus mironeos pasaran inadvertidos; pero él era un mago de la zorrería discreta. Desde su mirador ocasional notaba la reiteración de una sexualidad juvenil, a la que consideraba atropellada.
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Eros series, 2000/ Foto: Silvie Germain-Covey |
Necesitaba el fotógrafo de mayor cercanía, deambulaba entonces por otros caminos. Ocurría que debajo de uno de los puentes de madera, entre rincones, las parejas de novios y los homosexuales cumplían con sus ansias de deseo. Cerca estaba una taberna y los muchachos bebían unas cervezas y estaban listos para dejarse ver por los curiosos. Era un espectáculo predecible, con un ligero zigzag, las parejitas, abrazadas y con el traje de baño mojado se perdían por entre la estructura inferior del puente. De vez en cuando uno de ellos orinaba, el otro miraba atontado a su pareja. De inmediato se besaban y buscaban sus zonas más calientes, las manos eran un rehilete que quería abarcar todo el cuerpo del otro. Weegee daba unos cuantos pasos, desabrochaba los botones de su bragueta y entraba en contacto con una virilidad ajada por los años, que recobraba su vigor al sentir una mano decidida que se dejaba guiar con un frotamiento suave, muy suave, tan delicado que estaba a contrapunto con el dueño de la mano y del sexo. Weegee se entregaba a la mirada lúbrica.