Rose Mary Espinosa
Te subió dos décmas dijo Luis, que había ofrecido pasar la tarde conmigo.
¿Y tus amigos? le pregunté.
Ya se fueron, muñeca me contestó, mientras introducía un videocasete con imágenes de las sabanas
de África ecuatorial. Había cebras pastando y leones camuflados detrás de los arbustos.
Me sentía libre; ingrávida como en un despegue de avión. Esos 40 grados me sentaban bien. Me había
vuelto casi mística. Podía aislar el pensamiento, aunque estuviera ceñida a un montón de huesos y carne aplanada.
Luis frotaba con alcohol mis manos y pies. A ratos, se metía bajo la franela y me hacía cosquillas de esas
que sólo hacen sonreír. Acariciaba mi nuca empapada y se detenía en otras partes para entibiarse los dedos. Yo
lo dejaba maniobrar, confiada en que tan vastas sensaciones eran producto de la fiebre.
Me sugirió entonces no perder de vista el acecho previo al ataque. Apenas podía centrar mi vista en
las imágenes. Levanté los párpados como si fueran los telones perezosos de un cine viejo. Detuve la mirada en
una cebra mediana. La noté distraída. Tomé el control remoto y regresé la imagen varias veces, buscando
congelar ese gesto postrero al que aún no sorprendía el peligro de la muerte.
Ahí viene la estampida... musité.
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Foto: René Mayoral |
A pesar del zumbido en mis oídos, alcanzaba a escuchar voces, risas, pasos sobre la madera y las
interjecciones de Luis, quien disfrutaba de la irremediable caída de la cebra dentro del cerco felino. En cambio, yo me
rebelaba contra esas leyes de fauna.
Esperaba que la cebra burlara el sitio y trotara por la llanura; que huyera a donde las bestias no la
alcanzaran. Pero tuve que soportar la respiración cavernosa de Luis, su boca, su mirada rapaz.
Me pareció verlo resurgir en tonos pardos, inclinarse, apoyar las manos sobre el suelo y asomar los
colmillos vigorosos.
Me topé con sus ojos ámbar. Su lomo afloraba con altivez. Los pliegues se le pronunciaban a cada pisada.
¡Ahora sí está hirviendo! gritó, dirigiéndose a alguien más, como si yo no estuviese presente.
Sentí mi cuerpo desunirse. Me quedaba la pura cabeza, una cabeza que creía y se iba sumiendo
lentamente en la almohada.
Los leones comenzaron la persecución. Casi todas las cebras huyeron.
¡Pensé que estábamos solos! grité, aunque acabé por someterme a la decena de manos que me enganchaba.
Habían estado aguardando dentro del clóset, en la terraza, tras las cortinas. Ahora irrumpían. Se
levantaban en dos patas. Me sujetaban por las caderas, hundían sus garras, incrustaban sus dientes en mi cuello y
deshonraban mi recién revelada piel de luz y noche.
El cuarto hedía a sudor. La cama crujía; estaba a punto de desbordarse.
En la televisión una cebra daba pataletas convulsas, forzadas, ocasionales, inexistentes. La vi a los ojos.
Era a mí a quien devoraban aquellas fieras, a las que tantas veces había admirado en la obra de Delacroix.
Comencé a ceder, a estirarme, a dejarme agujerear y a bramar. Escuché el chirrido de mi pellejo hecho
jirones, el eco de mi carroña en hocicos insaciables y el relamido que agotó la última vida de aquellos huesos,
ahora amontonados al pie del abrevadero.