José Luis Durán King
A principios de los 80 pasados, un vagabundo tuerto llamado Henry Lee Lucas conducía por una de las
arterias interestatales de Texas, al igual que lo había hecho durante 20 años, transportando lo mismo que cotidianamente
había transportado en las últimas dos décadas. Un patrullero lo detuvo casi sólo para estirar un rato las piernas y, tras una
breve revisión del vehículo, descubrió el cadáver de una mujer en el asiento trasero del auto.
Reticente al principio, Lucas finalmente accedió a conversar con un
sheriff que lo premiaba pavlovianamente con
una malteada de fresa y una hamburguesa cada que confesaba un nuevo asesinato. No se sabe en qué momento cesaron
las entregas de malteadas y hamburguesas, pues de lo contrario el interrogado hubiera muerto de congestión o
aumentado peligrosamente la talla, pues dijo haber cometido -solo o en compañía de su cómplice y amante, Ottis Toole- más de
600 asesinatos.
Su frenesí confeso ayudó para que algunos medios se refirieran a él como "el hombre más perverso en el corredor de
la muerte". El sobrenombre, por supuesto, no obedecía exclusivamente a la presunta cantidad de personas aniquiladas
sino también por los elementos adicionales al caso: homosexualismo, satanismo y canibalismo.
El affaire Lucas hizo durante meses las delicias de los lectores y espectadores de la sociedad estadounidense, donde
la figura del asesino serial es motivo de culto y también producto de primera necesidad de la dieta espiritual de ese país.
Sin embargo, el señor Lucas se retractó de lo dicho y la gran historia estuvo a punto de desplomarse. ¿Cómo
desaprovechar el cambio climático provocado por un asesino serial de 16 toneladas? ¿Cómo dejar que el granizo se derritiera en la
mano de editores y productores? La historia había cambiado, no así la expectación generada por Lucas, así que todo
continuó conforme al guión establecido desde el principio y los resultados de esa decisión pueden ser apreciados hasta la fecha
en cintas como
Henry: Retrato de un asesino
serial y
Confesiones de un asesino
serial, así como en el libro
Manos
de muerte: La historia de Henry Lee Lucas, sin contar miles de artículos escritos en torno al caso y los productos
colaterales vinculados a un mercado oscuro que, precisamente, la cultura de los grandes ogros ha hecho posible.
Pero no solamente la
murderabilia se ha visto favorecida por los hombres de presa. Ese tipo de criminal sin
motivación específica, "como lo señala Richard Rhodes en su libro de 1999
Why They Kill, sirvió para los propósitos burocráticos
de la Unidad de Ciencias de la Conducta del FBI, a la que fue asignada la tarea de definir y perfilar a los asesinos seriales
que la misma agencia ya venía clasificando" (J.M. Tyree,
Stay Free Magazine, núm. 20,
www.stayfreemagazine.org/archives/20/ted-bundy.html). También sirvió para crear la franquicia "Hannibal Lecter", cuya trilogía aprovecha al máximo
los aspectos psicológicos de los asesinos, a la par que presenta un desmenuzamiento de los rituales que los seriales
cumplen casi con la regularidad del mediodía.
Con Henry Lee Lucas, el asesino serial abandonó para siempre los retretes de la nota roja y ascendió varios peldaños
en la escala evolutiva del espectáculo. Aunque las cifras de asesinato serial no amenazan a nadie, pues en Estados Unidos
-que tiene el mayor índice en ese tipo de delito- ocurren alrededor de 200 asesinatos de esta naturaleza, este predador
ha sobrevivido su contrato en programas nocturnos que recrean escenarios y sacuden al espectador con historias
verdaderas. Pero las audiencias pocas veces se detienen a reflexionar que, como apunta atinadamente Tyree, el aspecto más
subversivo del caso es que antes que cualquier cosa los asesinos son seres humanos y que el fenómeno de la ejecución pública es
un "evento con el sabor pagano de un festín de sangre, un acto simbólico de canibalismo".