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Los mágicos delirios de Chivigón



Salvador Quiauhtlazollin



Es inevitable. Cualquier escrito dedicado a la popular serie de los 70 y 80 Señorita Cometa, está destinado al fracaso, pues es imposible que un periodista, por muy fina que sea su pluma, pueda diseccionar un fenómeno que nada tiene de comunicativo, sino de existencial. Y es que para prácticamente todos los niños mexicanos (y algunos latinoamericanos), del baby boom de finales de los 50, 60 y 70; los primeros principios éticos no se los dieron los padres, politizados por Echeverría y Jolopo, sino una muchachita japonesa que quizá no era muy bonita, pero que para muchos indudablemente fue su primera musa onanista.

El primer capítulo de la Señorita Cometa fue realizado en 1967. Eso lo sabemos a ciencia cierta, pero nuestro desconocimiento del japonés y la prácticamente inexistencia de fuentes fidedignas en la red nos imposibilitan confirmar o negar algunos rumores. El primero es que esta serie tuvo en años anteriores otra versión. ¿La habría? No lo creemos, pero lo que sí sabemos es que después de esta primera emisión hubo otras dos series completas, la segunda con actores reales con una adolescente medio lela (Kumiko Ohba era la señorita Cometa, tenía unos 10 u 11 años) y la siguiente, ya de inicios de este milenio, de dibujos animados. Ambas secuelas seguían la premisa de la original: Cometa vivía en una mundo de fantasía (de dibujos animados, como sucede en cualquier serie japonesa) y a causa de sus travesuras es condenada por un profesor a pasar un tiempo en la Tierra para que se eduque (hecho que confirma lo que muchos filósofos sospechan: este planeta es el verdadero infierno). La envían en un cohete y así inicia el programa, mientras ella canta una pegajosa cancioncita (pegajosa por la melodía, el resto supongo que casi nadie lo entendía). Una familia japonesa la contrata como sirvienta, otro detalle exótico, pues en los 60 y aún hoy son excepcionales las familias japonesas con servidumbre.

Lo que seguía variaba en cada programa, pero lo importante es que con sus acciones Cometa siempre resolvía un dilema ético, lo cual se apreciaba claramente en el hecho de que era calificada por el exigente profesor. Por cierto, las calificaciones, que se le imponían en la mejilla, eran hasta cierto punto incomprensibles para los escuincles, pues la única inteligible era el tache. El resto era difícil de comprender: ¿por qué si había actuado bien le ponían un cero y ella se mostraba feliz? Misterio.

Lo que no representaba ninguna incógnita era el carácter de los dos niños que Cometa cuidaba en Tokio. ¿Quién no recuerda a un compañero de salón apodado Takeshi, y a otro apodado Koggi? (¿o Coyi, Kolli...?). Este par de cabrones se dedicaban cada capítulo a hacerle la vida pesada a la señorita en forma vil, pues eran los únicos que sabían de los poderes y la varita mágica de Cometa, varita que en cualquier momento podría sacarlos de apuros o darles diversión (y no me refiero al aspecto fálico de dicha vara). Akito Kawashima como Koji y Tadayoshi Kura como Takeshi se convirtieron en nuestros alter egos, pues eran igual de irresponsables que nosotros, sus contemporáneos antípodas. Pero afortunadamente tenían una buena guía en la vida, la magia de Cometa, que hacía que se enfrentaran con sus juguetes o los metía dentro de un globo para que meditaran sobre su enajenada existencia.

Los demás personajes de la serie se desdibujan en la memoria, con una notable excepción: Chivigón, un dragoncito hecho de falda escocesa que acompañaba a Cometa y era amante de la leche (de nueva cuenta, una referencia freudiana). Este pequeño dragón, llamado realmente Betán, era un personaje odioso pero entrañable, pues al dar más problemas que soluciones propiciaba que avanzara la trama. Por cierto, los argumentos no eran todo lo que se podría esperar para una serie infantil: iban de comedias ridículas a dramas profundos, como aquel capítulo en que los ojetes niños se roban las botas de Cometa y las sustituyen por unas de cartón. Pero los más recordados por los que añoran la serie eran los de miedo, en especial uno sobre una niña atrapada por una bruja. Para muchos, este episodio fue su primer contacto con la frase "para cagarse". Otro genial fue el de una pelota que concedía todos los deseos, un argumento plagiado de El diablo en la botella de Robert Louis Stevenson.

No es casual que el cerebro detrás de Señorita Cometa sea un genio del cine fantástico japonés: Noriaki Yuasa, quien trabajando en la Daiei Motion Picture Company le hizo competencia al héroe más grande del mundo, Godzilla, con una tortuga colosal defensora de la Tierra: Gamera. Este monstruo tuvo de 1965 a 1971 a los niños nipones en sus garras, con tramas infantiloides donde el coloso se enfrentaba a titanes venidos del espacio exterior. Sabedor de que el infantil es el mejor público, Noriaki Yuasa se enfocó a la televisión, y una vez definida la serie que quería realizar, encontró a la intérprete ideal: Yumiko Kokonoe, cantante en ciernes nacida el 21 de marzo de 1946, que resultó ser la mejor elección para interpretar a la Señorita Cometa. Después de un primer capítulo en blanco y negro, la serie se realizó en colores. En Japón el programa inició sus emisiones el 3 de julio de 1967 y concluyó el 30 de diciembre de 1968, después de 79 capítulos. En México se transmitió desde inicios de los 70 hasta mediados de los 80, se rumora que se perdió durante el terremoto, pero esto no está confirmado. En la última emisión, que sí vimos en México, Cometa se transforma en el dibujo animado que era, y regresa a su planeta. Yumiko Kokonoe volvió a la música y ahí sigue, acompañada de su esposo y cantando en pequeños lugares, en uno de ellos el comediante "Ponchito" la localizó para beneplácito de millones de mexicanos, la entrevistó en el marco del Mundial de Futbol 2002. En dicha emisión nos enteramos que Tadayoshi Kura, Takeshi, había pasado a mejor vida y sus contemporáneos del mismo peso nos propusimos hacer dieta.

Señorita Cometa es una referencia no sólo televisiva, también vivencial. Sorprendentemente, el Tokio donde se desarrollaba la historia resultaba vagamente familiar para los niños mexicanos de clase media, que vivían en colonias que al igual que el Tokio presentado, estaban repletas de terrenos baldíos, relativamente poco tráfico y una sensación general de bienestar. Triste es meditar que mientras ellos despegaron de la forma que todos conocemos, nosotros nos hundimos hasta la ignominia. Quizá por eso los que vimos Señorita Cometa no nos resignamos a la realidad, y seguimos sumergidos en un mundo donde lo peor que podía pasar es que nos pusieran de apodo El Chivigón.


Salvador Quiauhtlazollin estudió Derecho, es periodista.
mtzo@prodigy.net.mx

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