Desde Textos cautivos en 1986, los editores recuperaron buena parte de los "pequeños trabajos pagos" artículos, críticas, prólogos de un Borges batallador, más ambiguo e interesante que su aceptada y lavada versión final.
Ya en
El hogar (1936-1939), revista "femenina" de la época, Borges deja el tono académico de
Sur por la confidencia de sus conferencias públicas y siguiendo su propio consejo de
La supersticiosa ética del lector (1930) se aparta de la crítica oficial para no renunciar a la lectura de novelas policiales o cuentos fantásticos. Simplemente mezcla los géneros, lee y traduce, recupera lo que le sirve mientras se divierte a costa de otros ("F. T. Marinetti es quizá el ejemplo más célebre de esa clase de escritores que vive de ocurrencias, y a quienes, rara vez se les ocurre algo (4/III/1938)") y ensaya sus primeras ficciones: "Durante la última de las guerras civiles de Irlanda, el poeta Oliver Gugarty fue aprisionado por los hombres de Ulster en un caserón a orillas del Barrow, en el condado de Kildare. Comprendió que al amanecer lo fusilaría. Salió con un pretexto al jardín y se arrojó a las aguas glaciales. La noche se agrandó de balazos. Al nadar bajo el agua renegrida en la que reventaban las balas le prometió dos cisnes al río si éste lo dejaba en la otra rivera. El dios del río lo escuchó y lo salvó y el hombre cumplió el voto (14/X/1938)".
Esta cuidadosa deformación de la realidad, o mejor: ese cruce entre la realidad y la ficción amparado en la credibilidad e impunidad que le dan los diarios, es el lugar desde donde trabaja sus primeros cuentos publicados entre el Suplemento Multicolor del diario Crítica (1933-1934) y El acercamiento a Almotásim (1935), que aparece como el comentario de una novela escrita en Bombay y es incluido en los ensayos de Historia de la eternidad. El prólogo de 1954 a Historia universal de la infamia (1935) describe estos movimientos tentativos como "el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna) ajenas historias".
Pierre Menard, autor del Quijote, su primer cuento "oficial" publicado por Sur en 1939, funciona como la síntesis-conclusión del mecanismo de apropiación y engaño sobre el que Borges arma sus textos entre 1933 a 1939, cuando descubre en la credibilidad del lector de diarios y frente a ciertos mecanismos culturales la crítica oficial o la falsa erudición el soporte ideal para sus ficciones; modalidad que usará, más amortiguada y lateral, en las antologías que edita con Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo donde Historia de los dos reyes y los dos laberintos luego de recibir un origen falso en Cuentos breves y extraordinarios el libro The Land of Midian Revisited de Richard Burton es incluido en El Aleph (1949).
Cruzando Discusión (1932), Historia de la eternidad (1936) y Otras inquisiciones (1952) con sus colaboraciones para diarios y revistas aparece, además, el material que se convertirá en materia prima de sus antologías, colecciones de novelas policiales, guiones y letras de tango. Así, al lado del hombre preocupado por el antisemitismo y enfrentado al nacionalismo, tenemos primero al cuentista y luego el lector hedónico que desde El hogar hace su primera selección de textos, armando un canon que mantendrá, con mínimas variaciones, hasta los 80: "A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esta íntima biblioteca no son forzosamente famosos".
En ese contrapunto donde conviven Franz Kafka con G. K. Chesterton,
Hombre de la esquina rosada y Pierre Menard, Sur y Crítica, se juega su gusto por los géneros populares el western, la milonga, la novela policial y de ciencia ficción y la inscripciones de los carros. Como escribió Ricardo Piglia: "La vanguardia entendida no tanto como una práctica de la escritura, y en esto es muy inteligente, sino como un modo de leer, una posición de combate, una aptitud frente a las jerarquías literarias y los valores consagrados y los lugares comunes".
Así sale, una y otra vez, al cruce de la versión canónica que Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas imponen sobre el Martín Fierro, primero en Sur (otoño, 1931) con "la cándida y estrafalaria necesidad de que el Martín Fierro sea épico ha pretendido comprimir, en ese cuchillero individual de mil ochocientos setenta, el proceso misceláneo de nuestra historia"; luego en Literatura gauchesca (Discusión) y finalmente en Eduardo Gutiérrez, escritor realista (El hogar, 1937), anotación a pie de página que cierra con El fin e Historia de Tadeo Isidoro Cruz: su reescritura y actualización del género. Lo mismo sucede con Paul Groussac desde el burlón ensayo que le dedica en 1929, hasta su parodia con Pierre Menard en 1939, cuya continuación lógica es otra parodia: la de Carlos Argentino Daneri de El Aleph.
Esos textos que avanzan reforzándose dibujan las líneas entre los libros y los trabajos esporádicos que Borges intentará borrar ante sus biógrafos como little pay jobs. El cosmos borgeano, sin embargo, suele apropiarse de todo lo que le es útil y ahí quedan las marcas de su paso como apuntes borroneados de textos mayores: si El escritor argentino y la tradición (enero-febrero 1955, Sur) donde contesta que la tradición literaria argentina es toda la cultura occidental, parece una respuesta tardía al tercer puesto de El jardín de senderos que se bifurcan frente a Cancha rayada y Los lanceros de Facundo, ejemplos del color local que funciona como llave de entrada a la literatura argentina de los 40 y 50; su lectura de Purple Land de Hudson es el antecedente más próximo donde deja claro que, para él, la continua descripción de animales, plantas o palabras no encierra un país ("Quizá ninguna de las obras de la literatura gauchesca aventaje a The Purple Land. Sería deplorable que alguna distracción topográfica y tres o cuatro errores o erratas nos escamotearan esa verdad... The Purple Land es fundamentalmente criolla").
De la misma manera, toda una parte de Otras inquisiciones es una variación del Deutsches Réquiem, su reflexión sobre el fracaso alemán que con La espera son críticas encubiertas al primer peronismo: para entender la totalidad hay que encontrar y unir las partes: si Nuestro pobre individualismo se burla de "las ilusiones del patriotismo" y señala "la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo", en Dos notas desliza "desde 1925, no hay publicista que no opine que haber nacido en un determinado país y de pertenecer a tal raza no sea un privilegio y un talismán suficiente". El golpe es doble porque pasa facturas a los peronistas y a una parte del grupo Sur que tonteó brevemente con el tema que Borges sintetiza en un tempo perfecto como "Vindicadores de la democracia, que se creen muy distintos de Goebbels, instan a sus lectores, en el dialecto mismo del enemigo, a escuchar los latidos de un corazón que recoge los íntimos mandatos de la sangre y de la tierra". Anotación al 23 de agosto de 1944 que puede leerse como un prólogo-inspiración al
Deutsches Réquiem.
Una vez instalado en el mandarinato oficializado con la entrega del premio Formentor en 1961, estos juegos van desapareciendo hasta dejarlo solo con la definición de Mario Vargas Llosa: "Alguien que ejerce un magisterio más allá de lo que sabe, de lo que escribe y aún de lo que dice, un hombre al que una vasta audiencia confiere el poder de legislar sobre asuntos que van desde las grandes cuestiones morales, culturales y políticas hasta las más triviales", eso justifica su autoindulgencia y le quita ambigüedad: demasiados ojos puestos en él. "Que yo recuerde, no llueve una sola vez en todo el Quijote", lee Augusto Monterroso y escribe: "Para quien no haya leído el Quijote y dicho por el memorioso Borges esto pasa a convertirse en credo. Pero en el Quijote sí llueve, y precisamente en un momento muy importante del libro".
El epílogo a El hacedor de 1960 trae algunas explicaciones de esta realimentación constante que Borges hace de su pasado; basta comparar con su comentario a The London Adventure de Arthur Machen: "Recordé el cuento de Henry James, El dibujo del tapiz: la historia de un hombre de letras que ha publicado muchas novelas y que oye con alguna perplejidad que uno de sus lectores no había notado que todas eran variaciones de un mismo tema y que un solo dibujo las recorría, como el dibujo de un tapiz oriental. Si no me engaño: el novelista muere, sin haber declarado el secreto y la historia concluye de una manera muy delicada, dejándonos con el lector que, nos dan a entender, se consagrará a descubrir ese reiterado dibujo, que está oculto en muchos volúmenes".