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Iván de la Torre  El futuro asusta


 Meses de tensión, furia... y quince minutos de fama

 Iván de la Torre



La televisión argentina no se ha destacado demasiado por su creatividad: en busca de un público que sabe esquivo pero con puntos débiles a la vista, los principales canales abiertos han decidido redoblar apuestas en una serie de programas que repiten un formato básico: personas reales soportando la tensión de convivir a diario, bajo la mirada atenta de tres decenas de cámaras que muestran lo que hacen o dejan de hacer para regocijo de los televidentes y las arcas del canal.

La pionera de este género en Argentina fue Expedición Robinson, que copiaba el modelo de la estadounidense Survivor: colocar a dos grupos de ocho personas en islas separadas, y juntarlas en una isla central para celebrar competencias en las cuales el grupo perdedor debía eliminar por votación a uno de sus miembros.

Al principio, nadie creía en Expedición Robinson, pero el último capítulo alcanzó los 30 puntos de rating y puso en aviso al resto de los canales que empezaron a idear, muy rápidamente, sus propios productos.

Los participantes del programa también fueron alcanzados por la fama y se vieron mostrados en todos los programas como un conjunto de caracteres, en la mayoría de los casos unidimensionales, que, antes que terminara el ciclo, ya contaban con clubes de fans y salas de chat:

Estaba Consuelo, una rubia y delgada profesora de inglés de alta sociedad. Esta intentó evitar su fama de frialdad y las acusaciones de sus compañeros de que únicamente le interesaba el dinero, al asegurar que las cámaras sólo mostraron parte de la realidad de la isla.

Rodrigo, el más joven de los participantes (21 años), era el "chico malo" que se pasó la mayor parte de su vida en la isla profiriendo malas palabras y tramando alianzas para no tener que irse. Ahora está preocupado por la imagen que dejó en el público; aunque ya tiene su propio programa infantil en un canal de dibujos animados.

Piqui, la del buen corazón, dejó que Adrián le ganara el último juego, pasando a la final con Sebastián, abogado ganador del gran premio: 100 mil dólares. Ahora Piqui consiguió trabajo en una teleserie: Ilusiones, aunque se apresura a aclarar (otra más) que no fue a Expedición para estar en televisión.

Adrián, el obrero, es el caso más peculiar: en la primera parte de Expedición se mostró callado y mantuvo un bajo perfil, mientras contaba su solitario y aburrido trabajo portuario. Luego, a medida que se convertía en finalista, aumentó su locuacidad, mostrándose como un encendido defensor de la clase obrera. Finalmente, gracias al gesto de Sebastián, que con su voto permitió que llegara a la final, reconoció que no todos los abogados eran malvados seres dispuestos a chuparle la sangre.

Tal vez el personaje más popular fue Diego, bautizado por sus compañeros como Winner, ex relaciones públicas de Ferrari que acaparó las atenciones femeninas y que ya comenzó su carrera televisiva en la miniserie Ilusiones junto con Piqui.

Por su parte, el conductor de Expedición Robinson, Julián Weich, se muestra reacio a hablar del ciclo como muestrario moral, voyeurismo o simple morbo. Sólo remarca que cuando comenzó nadie creía en él y hoy todos hablan de presuntos arreglos y un guión preparado. Como siempre, Julián: "La gente es mala y comenta".

Problemas fuera de la isla

Si bien problemas no les faltaron en la isla, la vuelta no libró a los náufragos improvisados de nuevos desafíos: un público voraz, alimentado por los rumores de revistas y salas de chat, tenía preguntas que no siempre eran fáciles de responder: ¿hubo sexo en la isla? ¿Trabajaban con base en un guión? ¿Qué era lo que se había sacado de la edición? ¿Sacarían un libro contando todo-todo?

Lamentablemente estas preguntas no fueron contestadas: la mayoría prefirió hablar de los valores que habían redescubierto: el valor de decir a alguien te quiero, o estar en familia, o tener un hijo, o casarse.

Así, Consuelo formalizó su casamiento; Armando, un empresario fashion que mantuvo una complicada relación con Consuelo (ella lo acusó de tocarla cuando dormía), habló de la importancia que le daba ahora tener un hijo y que por fin se sentía inclinado a intentarlo; Adrián, más reconciliado con la clase media, frecuentó con su nuevo amigo Rodrigo programas de entretenimiento entre modelos y famosos, bebiendo y participando de sus ingeniosos juegos, sin decir ni una palabra sobre su antigua defensa de clase.

El único que mantuvo su bajo perfil, luego de la entrega del premio y una participación en un crucero (con más modelos y famosos) fue Sebastián que desapareció sin dejar rastros... aunque debe reconocerse que 100 mil dólares ayudan a hacerlo.

Julián Weich reconoce el éxito en el nivel de participantes que hay para la segunda temporada: 60 mil anotados y subiendo; aunque eso no lo libra de preguntas molestas a las que responde entre sonrisas y gestos vagos, prometiendo, eso sí, juegos nuevos para los nuevos grupos.

Las estrellas mueren al amanecer

La aparición de Expedición Robinson no es un fenómeno aislado en el universo televisivo; en España ya se había estrenado con gran éxito Gran Hermano (formato que copiara Telefe, en horario central y con el mismo nombre), y en Estados Unidos, Survivor y The Real World.

Sin embargo, y a pesar de la indignación que provocó en el público argentino ciertas situaciones (la hipocresía, la demagogia, los pactos, los comentarios malignos, etcétera); los antecedentes de los otros shows muestran que Expedición Robinson no fue nada más que un precalentamiento, un juego de niños si se quiere, junto a sus predecesores.

Lo que parece necesario recalcar de Expedición Robinson es que la participación es por voluntad propia, y no por un hecho extremo. Nadie obliga a los concursantes a internarse en una isla y soportar tres meses de convivencia forzada y mala comida, ellos mismos lo deciden y, lo quieran o no, tienen un premio de 100 mil dólares esperándolos.

Los diversos análisis de la situación de la isla parecen esquivar este hecho, mostrándolos como mártires en un vía crucis por sus ideales. El único problema es que el público también los vea así, facilitando una forma de crear nuevas estrellas que brillen y se apaguen en 15 minutos de efímera fama.

La reciente aparición de tres programas del mismo estilo (El bar, Gran Hermano y Solos en la casa) parece señalar que el entusiasmo "robinson" no ha menguado, amenazando con echar nuevos "personajes" al aburrido verano argentino, entusiasmado por la vida de personas comunes, como ellos, que si tienen éxito, dejarán de serlo.

Las cartas están echadas, prendan las cámaras y que se acabe el mundo: todos queremos saber de qué se trata... aunque media hora después a nadie le importe.


Iván de la Torre estudia en la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Pampa, Argentina. Ha colaborado en diversas publicaciones de Internet de Chile (Crítica virtual), México (A quien corresponda, Realidad Cero), Argentina (Cuasar, Samizdat, Buenos Artes, El mundo de la poesía), Colombia (Salamandra) y España (Ad-Astra). También es guionista de historietas y crítico de cine.

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