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Marco Lara Klahr  Colosos de papel


 ¿Cuáles son los mejores diarios del mundo?



 Marco Lara Klahr



I

Más de doscientos años después de haber comenzado a tomar relevancia social creciente,1 no podría sostenerse que los periódicos sean ancianos decrépitos. Ni siquiera hoy, cuando se engalla la sociedad digital.

En sentido cultural, industrial y comercial, son primos hermanos del libro. Dieron nombre al oficio apasionante que produce sus contenidos (lo mismo que los de los medios de comunicación que les han secundado en la historia y en la actualidad conforman con ellos, genéricamente, la prensa), el periodismo. Son eso que reedita cada mañana al chucho pavloviano: en todo el mundo los aguarda, los busca, los recibe y consume una hueste empedernida de ciudadanos, metida en un sillón, ante el escritorio, a la vera de una taza de café, sobre el volante, al ajetreo del transporte público o mientras el bolero se afana, con envidiable parsimonia, curiosidad, avidez o pavor. No sobra decirlo, son de papel y, si McLuhan tenía razón, su potencial mediático deriva, en parte, de que "el papel es un medio caliente que sirve para unificar horizontalmente los espacios, y tanto en los dominios políticos como del ocio".2 Pero, sobre todo, como empresas significan bocadillos para el irrefrenable apetito corporativo, el cual saliva frente a una industria global que, no obstante considerársele hace tiempo en estadio crepuscular, vende un promedio de 391.6 millones de ejemplares diarios.3

Como producto de mercado, surgieron a lo largo de la primera revolución industrial (1760-1840) y han conseguido navegar manteniendo un sitio ­todavía­ prominente en esta intensa modalidad de revolución industrial que es la era informática. Los paradigmas históricos (guerras, crisis, repliegues y transiciones) les han dejado su impronta y ellos, como factores sociales, han protagonizado y dejado huella también en dichos paradigmas (muy en la dialéctica mcluhana de, "modelamos nuestras herramientas y luego éstas nos modelan a nosotros"). Tal cual los pícaros de novela renacentista, los diarios son acomodaticios, dúctiles respecto de las coyunturas, actores ya oscuros, autoritarios, ridículos y patéticos, ya libertarios, vanguardistas, demócratas y sublimes. Ese andar los constituye cada vez.

Todo ello ­lo que de condición humana poseen­ explica que nadie sea capaz de tener una visión desapasionada de los periódicos; ni periodistas ni gobernantes ni ciudadanos. Son héroes o villanos, alternativamente. No hay principio ni final. Siempre, si al cabo consiguen remontarse a sí mismos y desempeñar con eficacia su rol de intermediarios entre los factores de poder y la colectividad, se les considera redimidos. Y vuelta a empezar. Así se explica, por ejemplo, que en los últimos meses lo mismo The New York Times, The Washington Post y USA Today que El País hayan tenido que disculparse ante sus lectores, bajando el testuz de vacas sagradas de la comunicación mundializada, abochornados por excederse, omitir, tergiversar y aun fabular.

En una primera reflexión, lo que se concluye es que un diario, un gran diario jamás para de construirse; es una sofisticada pieza colectiva, donde la mira se mantiene fija en armonizar los intereses legítimos del dueño o la corporación, los editores, los reporteros y la comunidad a la que se debe, respecto de la misión superior de garantizar el derecho a saber de las personas. Si lo hace en forma más o menos permanente consigue credibilidad, que es lo que en última instancia sale a ofertar al mercado.

Suena romántico, pero en un momento en el que la tendencia es hacia la liquidación de empresas independientes, muchas de ellas familiares, mantener esa noción de producto periodístico no es sencillo.4 La mística que caracteriza y respalda a un medio y permea a todos sus componentes humanos vive en riesgo permanente de sucumbir, al hallarse inserta en el que el magnate irlandés Tony O'Reilly describió como el negocio que concentra "el mayor número de tiburones por metro cuadrado".5

Aun en América Latina, la marcha hacia la diversificación y bursatilización de las empresas mediáticas y la concentración del capital es ineludible. Roberto Rock,6 vicepresidente y director general editorial del diario mexicano El Universal, da cuenta de una escena dramática y reveladora que tuvo lugar en Washington, en octubre de 2002: "A instancias de El Universal, se organizó un seminario para el Grupo de Diarios de América (que reúne a los 14 o 15 mejores periódicos de la región), al que fueron convocados latinoamericanólogos de Washington y uno de los más lúcidos se sentó a la mesa y expuso ante aquellos señorones, reyes en sus países: 'Aquí están presentes los dueños de los principales periódicos latinoamericanos, déjenme decirles una cosa: hagamos este mismo foro dentro de cinco años y si ustedes siguen siendo los únicos dueños de sus medios significa que éstos se hallan en vías de extinción. Si no abren la propiedad a otros inversionistas, a las grandes corporaciones, sus periódicos van a morir, si no es que están muriendo ya'".

Con los Murdoch, los Berlusconi, los Hersant, los Mohn, los Lagardere, los O'Reilly, los De Polanco y otros "caníbales corporativos"7 a la caza de medios que engrosen sus holdings, aquellos dueños-editores del Tercer Mundo reunidos en Washington, como cientos a lo largo del planeta, deben haber perdido algo de paz interior.

En una perspectiva latinoamericana, formular un top ten de los grandes periódicos a nivel mundial exige considerar (además de aquella armonización que confiere credibilidad a un diario de la que se hablaba) a:

a) los que han sido capaces de mantenerse a flote en los mares encrespados del gran capital especulativo y han conseguido garantizar el derecho a saber de la gente y han logrado rentabilidad financiera;

b) los que han alcanzado presencia internacional en el mercado noticioso latinoamericano, y

c) aquellos que además de poseer las dos cualidades anteriores tienen un tiraje y una presencia social significativos.

Desbrozado de una cierta manera el terreno, la propuesta de top ten ­provocativa de suyo por arbitraria­ queda del siguiente modo:

The New York Times (Estados Unidos)

The Washington Post (Estados Unidos)

The Guardian (Gran Bretaña)

El País (España)

Le Monde (Francia)

Corriere della Sera (Italia)

Bild Zeitung (Alemania)

Asahi Shimbun (Japón)

O Globo (Brasil)

Clarín (Argentina)

II

En descargo de lo que de caprichosa pudiera tener esta selección de diez grandes, ha de apelarse al esfuerzo de sistematización de John C. Merrill. Hace 36 años, en La élite de la prensa: grandes periódicos del mundo,8 el actual profesor emérito de periodismo por la Universidad de Missouri-Columbia presentó un estudio basado en cierta revisión hemerográfica y en entrevistas con especialistas en temas de política, educación, ciencias y artes de diversos países, para sustentar una lista de los 40 diarios más representativos del mundo ­atendiendo a su calidad informativa­. Por cierto, en ella incluye al mexicano Excélsior, hoy cadáver insepulto, y la encabezan, así enumerados:

1. The New York Times

2. Neue Zuercher Zeitung (Suiza)

3. Le Monde

4. The Guardian

5. The Times (Gran Bretaña)

6. Pravda (URSS)

7. Renmin Ribao (People's Daily) (República Popular China)

8. Borba (Yugoslavia)

9. L'Osservatore Romano

(El Vaticano)

10. ABC (España)

Esta selección, de la cual forman parte diarios del otro lado de la Cortina de Hierro, es replanteada por Merrill tres décadas más tarde y menos de diez años después de zanjada la guerra fría, cuando la humanidad tenía tiempo globalizándose atropelladamente. Con tal finalidad, aunque menos exhaustivo, aplicó una encuesta entre dirigentes políticos, universitarios y periodistas de 25 países, para conocer los "periódicos globales" del fin de milenio. Su segundo top ten, publicado en la revista Global Journalist, es éste:

1. The New York Times

2. Neue Zuercher Zeitung

3. The Washington Post

4. Independent (Gran Bretaña)

5. Sueddeitsche Zeitung (Alemania)

6. Le Monde

7. Asahi Shimbun

8. Los Angeles Times

9. Frankfuerter Allgemeine (Alemania)

10. El País (España)

De acuerdo con esto, pasaron la prueba del tiempo y se mantuvieron en la lista los dos primeros. Se coló al tercer lugar The Washington Post, relegando al sexto a Le Monde. The Guardian fue sucedido en el cuarto sitio por The Independent, también británico. En la quinta y la novena posiciones aparecen dos alemanes. En la séptima un japonés y en la octava otro estadounidense. En la décima El País desbancó a su compatriota ABC. No aparece ya un solo diario de una nación ex socialista.

Son interesantes las anotaciones de Merrill acerca de las constantes que definen a un "periódico de élite" global. Una de las principales alude al perfil de la clientela: "Los lectores de los diarios de élite global tienen mayor interés en relaciones internacionales, negocios globales, ciencias, artes y humanidades, en comparación con la audiencia más localizada y de distribución masiva de algunos periódicos".

Según él, "la mayor parte de los diarios de élite global aparece en cuatro de los lenguajes mundiales: inglés, alemán, español y francés. Son publicados y circulan en las naciones más avanzadas económicamente". En suma, el diario de élite global "tiene una apariencia cosmopolita, un tono serio, sofisticación lingüística y una preocupación por la cultura. Sobre todo, está presentado para proyectar esta seriedad a través de la tipografía, el diseño y las gráficas".9

El académico brasileño Rosental Calmon Alves,10 director de la cátedra Knight de periodismo en la Universidad de Texas en Austin, piensa que hacer listas de este tipo "ha dejado de estar de moda hice un google ahora mismo acerca de ese tema y sólo me apareció una lista", además de que "es muy difícil establecer un criterio fijo sobre eso. No conozco la metodología de Merrill, pero con la diferencia de lenguas tú puedes tener una idea de que el diario japonés Asahi Shimbun, por ejemplo, es un buen periódico y quizá esa percepción esté más bien basada en su versión digital en inglés. [] Y no es sólo el asunto de la lengua, sino también la consistencia: un periódico no se vuelve un gran periódico por unas cuantas ediciones de calidad; tiene que mantener una calidad consistente durante un determinado periodo, y aun eso varía, pues hasta los grandes periódicos del mundo experimentan altibajos".

III

Como sea, aparte de la de John C. Merrill no existe ninguna otra medición seria sobre la calidad de los diarios a nivel mundial. Un reto es pensar si los periódicos que conforman el top ten expuesto aquí librarían la prueba de ser sometidos a ciertos parámetros que desembocan en el asunto general del derecho de la sociedad a saber.

Para contribuir a fijar esos parámetros fueron entrevistados Rosental Calmon Alves, de la Universidad de Texas en Austin; Roberto Rock, ejecutivo de El Universal; Ernesto Villanueva, presidente de Libertad de Información-México, AC, y Justin Lewis, codirector de la Escuela de Periodismo, Medios y Cultura de la Universidad de Cardiff y articulista de The Guardian ­a propósito, uno de los diarios del top ten formulado aquí y de la primera lista (la de 1968) de John C. Merrill.

Calmon Alves define como principales puntos de referencia "el nivel de independencia editorial de un periódico; la separación entre opinión y noticia, y una política editorial consistentemente comprometida con la calidad. La otra cosa que será cada vez más un parámetro [] y que está cobrando fuerza no sólo en el caso de los periódicos, sino de los media en general, es la expectativa del público sobre mayor transparencia; es decir, la necesidad de los lectores de que los medios hagan públicos sus métodos de trabajo y sus criterios editoriales, y sean capaces de asumir y corregir sus errores [] Sobre todo después de la crisis de credibilidad por la que atraviesa la prensa en Estados Unidos, el tema de la transparencia se afirma entre los parámetros de la agenda. Y en esto también influyen la tecnología y la organización de la sociedad civil. [] El hecho de que The New York Times, que siempre fue contra la figura del ombudsman, haya creado uno aunque con otro nombre, es importante, lo mismo que el que antes haya hecho su análisis y publicado su mea culpa sobre la guerra".

Otro rasgo que define a un gran diario es, para Calmon Alves, "la cobertura amplia de la comunidad a la que sirve, del país y del mundo. No hay un periódico de calidad en el mundo que pueda vivir dependiendo sólo de las agencias de noticias y no tenga una buena red de corresponsales extranjeros; éste es un criterio que yo cuidaría si fuera a establecer una lista de los diez más importantes, porque, especialmente después del fin de la guerra fría, la primera cosa que hicieron los media en todo el mundo fue eliminar mucho de la cobertura internacional propia y atenerse a las agencias".

Es posible que otra forma de englobar los rasgos anteriores sea hablar de una mística en la operación editorial de la empresa periodística. Eso propone Roberto Rock: "Mi impresión es que los llamados 'periódicos de clase mundial' han logrado alcanzar gran rentabilidad por diversos mecanismos. New York Times y Washington Post, por ejemplo, tienen una especie de definición respecto de sus inversionistas que les permite ser lo que son, y ése es un lujo que no cualquiera puede darse.

"Uno se pregunta cómo es que logran perdurar este tipo de periódicos y hay un libro por ahí que se llama Empresas que perduran y que aunque dirigido a administradores me llama la atención. Consiste en el estudio de medio centenar de empresas que acabaron siendo colosales a nivel mundial o que, al revés, siendo colosales terminaron con un perfil bajo. Los autores se preguntan, por ejemplo, por qué IBM acabó siendo una empresa de segunda comparada con Microsoft, cuando era el gigante mundial en el ramo de las computadoras, o por qué Microsoft se convirtió en lo que es. [] Los autores exponen varias hipótesis, pero su respuesta implícita se centra en los valores originarios, en los principios establecidos por el grupo fundador, que permean toda la empresa y son como una estaca que la mantiene firme en la tierra.

"Cuando entras al edificio del New York Times o del Washington Post ­añade Rock­ tienes que ser muy cínico para no darte cuenta de que hay eso, una estaca que los mantiene clavados a la tierra [] Cuando conocí a Katharine Graham, la propietaria del Washington Post (unos seis meses antes de que muriera) me quedó claro desde el principio el tipo de persona que era. Un amigo de El Universal había concertado una cita y yo fui acompañando a Juan Francisco Ealy [dueño de dicho diario mexicano]. Llegamos media hora antes y estábamos haciendo tiempo afuera, cuando llegó un Cadillac negro, de modelo pasado, conducido por un hombre de color y con ella en el asiento del copiloto."

En tal ocasión, lo mismo que cuando estuvo en The New York Times, Rock dice haber comprendido en su dimensión el sustento, digamos, espiritual de una gran empresa periodística: "El tema que traía Ealy en el caso de ambos diarios, y de otros como USA Today, era el del proceso de transformación, de reingeniería [] e imaginábamos que nos propondrían mandar a ocho personas para que se formaran con ellos durante seis meses, o algo así. Pero Katharine Graham, que estaba con su hijo Don [Donald E. Graham, heredero y actual presidente de The Washington Post Company] lo dijo todo en tres o cuatro minutos, y se reduce a lo mismo que después nos expuso Sulzberger, bisnieto del fundador de New York Times [Arthur Ochs Sulzberger Jr., actual editor del diario], poniendo ante nosotros un papelito: 'Definimos estas tres o cuatro cosas, nos las creímos y actuamos en consecuencia. Si usted ­le dijeron a Ealy­ define estas cuatro cosas y actúa en consecuencia, no va a sufrir. Si se engaña solo, puede dedicarle 20 años a ese cambio; nosotros definimos estas cuatro cosas y en cinco años nuestro periódico cambió. Todo lo demás, aun lo administrativo, es secundario'".



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