Norma Lazo
Cuando Bella fue señorita Puerto de Veracruz se auguró a sí misma un futuro prometedor. Había llevado un largo camino de triunfos desde que era pequeña. Su belleza destacó a la edad de tres años. Primero reina de la
primavera en un concurso que se realizaba entre las niñas de edad preescolar. Más tarde, cuando cumplió quince, obtuvo el galardón de reina de las debutantes. Creció acostumbrada al resplandor del flash de los fotógrafos de la sección de sociales de las revistas y los periódicos más importantes del puerto.
Al cumplir los dieciocho años fue Bella I, reina del carnaval de Veracruz. Cuentan aquellos que asistieron a todos los desfiles en el Boulevard Ávila Camacho, que a pesar del cansancio, Bella nunca dejó de sonreír ni de saludar a ninguno de los lugareños. Su piel blanca, ligeramente dorada por el sol, destacaba sobre el color de piel de las esculturales princesas de ébano que no conseguían ocultar su descendencia negra debajo de tanto maquillaje. Sin duda alguna, Bella I siempre era la ganadora indiscutible de cualquier certamen.
Dos años más tarde concursó junto con ocho jovencitas por el honor de representar al puerto de Veracruz en
la final estatal en la que se escogería a la Señorita Estado de Veracruz. Bella ganó como todos lo esperaban.
Entre lágrimas y felicitaciones fingidas, agradeció a todos los que la apoyaron para cumplir su sueño. Desde que le
colocaron la banda mostró aptitudes escénicas. Casi le arrebató el micrófono al maestro de ceremonias para dirigir un
discurso sobre la destacada participación de la mujer en la sociedad. Como toda una experta le preguntó al director de
cámaras a cuál de éstas debía dirigirse. En ese momento todos supieron que ella se convertiría en el rostro de algún
noticiero, o en la entrevistadora de personajes renombrados en alguna revista televisiva. Hizo mucho hincapié en que la
belleza no estaba peleada con la inteligencia y aseguró que lo demostraría con el avance de su carrera profesional.
Era apenas el día de la coronación y ya había olvidado las largas horas que pasó frente al profesor de cultura general,
y como éste tuvo que renunciar por su incapacidad para entender un sola palabra de lo que él intentó enseñarle.
Sin embargo, después de tal recorrido de éxitos a Bella sólo le faltaba obtener la banda "Señorita Estado
de Veracruz". Éste sería su pase al certamen nacional de Señorita México. Sabía que un evento de esta magnitud
estaría cubierto por medios masivos de comunicación. Por fin podría decir adiós a las pequeñas televisoras de
provincia para pararse debajo de los verdaderos reflectores. Estaba segura de que sería descubierta por los ejecutivos
o productores de alguna televisora. Fantaseó en cómo sería su vida si fuera nombrada el rostro de
El Heraldo de México o le ofrecieran un segmento de espectáculos en algún noticiero. O quizá hasta podría tener su propio
programa en la pantalla chica. También se soñó convertida en una modelo o actriz famosa, y viajando alrededor del mundo
con departamentos en París, Nueva York y Mallorca. Viviendo ocupada entre las pasarelas y los aeropuertos.
Perseguida por fotógrafos y por las cámaras de televisión. Abrumada por una extensa cola de pretendientes adinerados y
actores famosos dispuestos a poner el mundo a sus pies. Pero sus expectativas no se cumplieron. Ni siquiera quedó entre
las cinco finalistas. A pesar de los gritos de "fraude, fraude" de los porteños, Poza Rica fue quien ganó el título
de Señorita Estado de Veracruz.
Los sueños de Bella fueron truncados, así que al conocer al hijo mayor del propietario de la cadena de
mercerías "El listón de plata", pensó en aceptar su propuesta de matrimonio como un premio de consolación. Los hijos de
los grandes empresarios siempre buscaban esposa entre los concursos de belleza, el baile de las debutantes o las
tertulias del Club de Leones. Bella pensó que no cumpliría el sueño de convertirse en una actriz o modelo famosa pero
al menos viviría sin problemas económicos y rodeada de lujos. Los Martínez Rico, dueños de "El listón de plata",
eran una de las familias más adineradas del puerto. El problema fue que Bella nunca imaginó que quedaría
embarazada tan rápido, y mucho menos que su marido la obligaría a tener a los gemelos. Así comenzó la amargura y su frustración.
En ocasiones, cuando estaba sola, todavía acostumbraba extraer de abajo del colchón los recortes de periódicos
en los que la prensa aseguraba que le habían robado el triunfo al puerto de Veracruz. Cuando miraba los diarios
recordaba su figura esbelta caminando por la pasarela durante el concurso de belleza, al mismo tiempo que se alzaba la blusa y observaba con desprecio las estrías en su abdomen. Por lo menos ya había convencido a su marido para que le
pagara la lipectomía, una operación en la que cortan la piel que queda fláccida después del parto y después la estiran
para ocultar las marcas que quedaron del embarazo. Éste se lo prometió como regalo de cumpleaños. No obstante,
Bella no podía esperar.
Por consejos de una ex compañera del certamen Bella concertó una cita con el cirujano. En un principio, el
doctor Alegría pensó que al igual que sus otras pacientes asistiría a innumerables sesiones de láser y tratamientos
para borrar imperfecciones de la piel: cicatrices, arrugas, manchas del sol. Alegría se decepcionó al descubrir que
la consulta era tan sólo para solicitar la reconstrucción de los distendidos músculos del abdomen. El médico
no acostumbraba dejar pasar buenas oportunidades y sabía que como cualquiera otra ex concursante de belleza,
podría convertir a Bella en su clienta de por vida. Le ofreció desvanecerle las estrías post parto. Borrarle las manchas
del bronceador. Atenuar las pequeñas arrugas que se fueron haciendo por las muecas que provoca la luz del sol.
Bella aceptó todo y encontró en su remozamiento un nuevo aliciente para vivir: sentirse como aquella hermosa
concursante otra vez.
Bella asistía cada semana a su tratamiento de láser y masajes. Ahora debía cuidarse la cara aún más. El
doctor Alegría le advirtió que los rayos del sol podrían manchar su piel si se exponía durante el tratamiento.
Embadurnaba su rostro con bloqueadores que ostentaban el número cincuenta de protección solar y aun así usaba sombreros
enormes que la hacían parecer una sombrilla ambulante.
Los sábados salía de compras. Era el único día que no lograba deshacerse de los niños ya que antes de ir al
centro comercial debían desayunar en casa de los suegros. Su marido viajaba cada fin de semana para supervisar las
sucursales de "El listón de plata" en lugares aledaños al puerto de Veracruz. Frente a sus suegros actuaba una suerte de
madre abnegada que estaba muy lejos de ser. En el fondo sabía que no engañaba a nadie. No obstante, guardaba las
formas como se lo enseñara su madre, la famosa Nena de la Fraga, instructora oficial de buenos modales y etiqueta de
los certámenes de belleza.
Después del forzoso desayuno de los sábados, Bella iba al centro comercial con sus hijos y la niñera. Los
dejaba ubicados en algún lugar donde hubieran juegos mientras gastaba la suela de sus sandalias entre las tiendas de ropa
y zapatos. Culminaba la compra comiendo con algunas de sus amigas en uno de los restaurantes de la plaza y al
final recogía a la niñera y a los gemelos de donde los había dejado. Estaba acostumbrada a que los sábados
transcurrieran así, sin embargo, la tarde de ese sábado la pasó en su casa recriminándose su matrimonio y el truncamiento de
sus sueños. "Ya cállalos que para eso te pago", le gritó a la niñera. "No estoy de humor para escuchar su llanto",
añadió. La nana se envalentonó llena de reclamos, le recordó -en un tono que Bella consideró una falta de respeto-,
el abandono en el que tenía sometido a sus hijos. Por respuesta Bella le extendió el cheque por sus servicios de
la semana. Se despidió confiada de que la enfermera no tardaría en llegar.
Bella sabía que era imposible encontrar una nana que trabajara a diario así que los sábados contrató a una
enfermera que llegaba a las seis de la tarde y se retiraba hasta el lunes que volvía la niñera.
La nana besó a los gemelos y salió con el ceño fruncido. "Hasta el lunes", dijo con voz entrecortada por el
coraje. Bella metió a sus hijos al corral y se sentó a leer la revista
Caras en lo que llegaba la efermera. Ésta nunca apareció.
Los gemelos lloraban al unísono con el llanto apagado que emiten los bebés cuando parecen haberse resignado
al maltrato. Bella entraba y salía de la habitación con el celular en una mano mientras que con la otra meneaba el
corral en un torpe intento de arrullo. Estaba tan abstraída en la conversación con su madre que no se percató de la
molestia que afligía a los gemelos. Ante la indiferencia de su madre, los bebés ya sólo se limitaban a hacer pucheros y a
dejar que las lágrimas resbalaran por su rostro. Bella arrojó el celular contra la pared sin entender el por qué de su
furia. Con la misma rabia zarandeó a sus hijos hasta que éstos dejaron de moverse.
La niñera regresó el lunes por la mañana. Siempre era puntual. Había aprendido a querer a los gemelos como
si fueran suyos. Estaba decidida a darles el cuidado y el amor que su madre les había negado. Entró a la lujosa casa
de Costa Dorada con su propio juego de llaves. Caminó sigilosamente hasta la recámara de los niños. Los gemelos
no estaban. La nana recorrió la casa sin entender dónde podrían estar. Se asomó a la recámara de Bella. El
marido todavía no regresaba de Tierra Blanca. Entre la claridad que se iba colando por las cortinas mal cerradas pudo distinguir los pies de su patrona que descansaba plácidamente. Soñando quizá con su regreso a los concursos
de belleza y a las luces de las cámaras. La niñera continuó el recorrido por la casa. Hablaba fingiendo la voz,
adelgazándola al igual que lo hacía cuando mimaba a los gemelos. "Quizá Bella los habría dejado el fin de semana en casa de
su madre o de sus suegros", se dijo a sí misma para tranquilizarse. Se preparó un café con serenidad y se asomó
al jardín. Nunca tenía tiempo de sentarse en el jardín para apreciar desde las tumbonas la hermosa vista que hay a
la playa desde Penacho de Indio. Se repantigó para observar la formación de gaviotas que se clavaban en el mar
en busca de alimento. Disfrutó su café en espera del arribo de los gemelos. Nunca se percató de los recientes
montículos de tierra que sobresalían de entre los grandes troncos de las palmeras y mucho menos de las pequeñas manitas que
se asomaban discretas y silenciosas como aquel llanto apagado que nunca quiso escuchar su madre. Bella no dormía
el sueño de los justos, pero aun así esperaba ansiosa la fama, y su tan esperado regreso a los reflectores y las cámaras.