Andreas Kurz
Escribir sobre los medios de comunicación en Cuba equivale a escribir sobre el control estatal sobre
ellos y la autocensura impuesta por los escritores, periodistas e intelectuales. "Con la revolución todo,
contra ella nada": este lema castrista sigue dominando y limitando los medios impresos y electrónicos.
Duele decirlo, pero no hay prensa libre en Cuba, ni televisión, ni radio, ni tampoco Internet. Los
intentos de establecer una prensa independiente de los dictados de Fidel Castro se ubican fuera de la isla o, si
algún periodista o intelectual tiene el valor suficiente y trata de lanzar un proyecto independiente dentro
de Cuba, corre serios riesgos. Es conocido el caso del poeta Raúl Rivero quien, con enfisema pulmonar,
paró en una cárcel de La Habana.
Alejo Carpentier describe en
El recurso del método la desesperación de un primer magistrado
latinoamericano por el éxito de un periódico clandestino que, a pesar de una represión severa, saca número
tras número. El régimen cubano aprendió la lección. Entiende que hay maneras más sutiles de impedir
la oposición mediática y que sólo de vez en cuando es necesario recurrir a la agresión frontal que se
traduce en encarcelamiento o, en un caso extremo, fusilamiento. Tres formas "decentes" de control resultan
ser sumamente eficaces: limitar el acceso a los medios, confiar en la autocensura de los escritores y
periodistas y, finalmente, apelar al sentimiento nacionalista.
Conforme envejece Castro, la situación económica de Cuba empeora y sobre todo la vida cotidiana
no vale. En mi reciente estancia en La Habana traté de comprar libros y revistas de procedencia cubana y
me di cuenta que es más fácil hacerlo en Gandhi del DF. Casa de las Américas, institución prestigiosa
y tradicional, carece de recursos para editar y distribuir libros. La revista homónima sigue siendo de
buena calidad, pero ¿hasta cuándo? La revista
Temas también se sigue editando, pero me resultó más
fácil conseguirla en el DF. Y también se trata de una revista excelente. Mas: contra la revolución nada.
Los escritores, artistas y periodistas cubanos suelen ser brillantes. Desgraciadamente su talento termina
donde empieza el terreno político y celebra su orgía el sentimiento nacionalista. Ni modo, también hay
que decirlo: Cuba es probablemente el país más digno del mundo, el que nunca se doblegó frente a EU.
Tal necedad heroica genera pobreza y orgullo y castra de antemano la libertad de expresión, sin que
tenga que operar toda una maquinaria de represión, como la de las repúblicas socialistas de la antigua
Europa. Un ejemplo: en el congreso El siglo de Alejo Carpentier que, en noviembre de 2004, celebró los 100
años del gran narrador, se habló de todo menos de la muy dudosa afiliación política y de los inseguros
orígenes del escritor. Cuando cometí el error de mencionar, afortunadamente sólo al margen de mi ponencia,
que Carpentier nació en Suiza, causé el enfado de una muy respetable señora quien en el instante me
anunció que enviaría una copia del acta de nacimiento que muy claramente dice que el autor de
Los pasos perdidos nació en La Habana. Todavía no recibo el documento.
Raúl Rivero salió libre el 30 de noviembre de 2004, con enfisema pulmonar. Castro no vivirá
eternamente, Granma dejará de existir, se establecerán periódicos y revistas, canales de televisión y de radio
libres, se difundirá el material mediático. Todo eso pasará tarde o temprano. Aun así: el orgullo
genuinamente cubano, que genera una autocensura nacionalista, impedirá todavía por muchos años una
verdadera libertad de expresión. En otras palabras: el extremo opuesto de la situación mexicana, donde un
desmadroso complejo de inferioridad y un postrarse frente a diversas autoridades limitan la libertad de los
medios, podría causar en Cuba la uniforme mediocridad de prensa.