Estrecho desfiladero de la prensa
Paulo Hidalgo
¿Cómo se resuelve en democracia el dilema de la necesidad que existan medios de comunicación plurales
que informen verazmente a los ciudadanos y el poder del dinero que tiende a concentrar los flujos de información
de todo tipo, desde un determinado sesgo ideológico?
Este dilema ha sido planteado en todas las democracias contemporáneas y señala uno de los debates donde
no parecen existir respuestas concluyentes. En Chile, durante la dictadura militar había como es obvio un
férreo control de los medios de comunicación.
 |
Santiago de Chile Foto: Baltazar González |
Sin embargo, la oposición que lentamente se fue construyendo, logró la instalación de diversos medios,
principalmente revistas, que cumplieron un papel fundamental en informar lo que acontecía en el país, así como
actuar de catalizadores de las posturas políticas de las diversas fuerzas que se aglutinaron contra la dictadura.
Fue así como surgieron, entre otras, las revistas
Apsi, Análisis, Cauce, Hoy, La
Bicicleta y periódicos como el
Fortín Mapocho y La Epoca. Estos medios subsistían, en gran medida, por los aportes de fundaciones extranjeras
que promovían la democracia en el país y de las contribuciones siempre exiguas de los militantes y dirigentes de
los diversos partidos opositores al régimen.
Una vez instalada la democracia, en 1990, curiosamente los diversos medios vinculados a la Concertación
que en ese momento accedía al gobierno se fueron extinguiendo y finalmente dejaron de circular. ¿Por qué?
Una respuesta impresionista puede residir en que tales medios fueron eficaces como órganos de oposición
y sencillamente no pudieron competir en un mercado comunicacional abierto donde surgían otros temas y
debates. Se produjo así una centralización de la información en el gobierno democrático y que además contaba con
el periódico La Nación.
Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha venido
extendiendo como una demanda permanente de la
Concertación parlamentarios, dirigentes políticos y periodistas la necesidad de que existan medios de comunicación
progresistas que entreguen puntos de vista distintos. Esto ocurre porque en Chile hay un verdadero monopolio de
prensa de parte de un conglomerado de derecha que tiene como periódico tradicional a
El Mercurio, al vespertino La
Segunda junto a otro grupo que posee otros medios como el tabloide
La Tercera y el popular La Cuarta.
De este modo, en un mercado pequeño como el chileno es tremendamente costoso instalar medios de
prensa que compitan con las grandes cadenas. Si se quiere un cierto símil, en Chile no sucedió la situación de España
que en la transición contaba con un sinnúmero de medios que también desaparecieron pero que luego emergieron
como el diario El País que consolida rápidamente un prestigio y una buena posición en el mercado de las comunicaciones.
En Chile hubo intentos casi heroicos por mantener al diario
La Epoca, muy similar a El
País en su formato y estilo, pero finalmente terminó cerrando por falta de financiamiento.
Junto a lo anterior, se produce de parte de los conglomerados ya instalados, como el citado periódico
El Mercurio, el despliegue de una estrategia de posicionamiento que procura captar a todos los segmentos étareos y
políticos con relativo éxito. Además se debe agregar la naturaleza de este mercado que hace que los lectores disminuyan
y se trasladen a los medios audiovisuales.
¿Cómo, entonces, se resuelve este dilema que enfrenta al pluralismo informativo y al poder del dinero?
No parecen haber soluciones simples. Cuando el Estado se compromete a financiar medios se crean órganos
domesticados, verdaderos voceros de los gobernantes de turno que no cuentan con la necesaria credibilidad e independencia.Tampoco se resuelve este dilema dictando una ley que recomiende el pluralismo
informativo o que el Estado subsidie a la prensa que no cuenta con los recursos pertinentes.
En realidad, un medio tiene que ser capaz de sostenerse en el mercado y ser exitoso, tiene que "ganarse un
espacio entre los lectores"; pero para ello se requiere de un impulso económico considerable.
Por esta razón, entre otras, es que en Chile aún no ha podido emerger un periódico progresista, abierto, de
buena factura. En todo caso, este es un proceso de la propia democracia que permitirá en algún momento con el
aporte de capitales inteligentes y ¡democráticos! el surgimiento de alguna alternativa periodística viable en el
mercado chileno.
Con todo, han surgido algunas revistas de crítica política y cultural como
Rocinante, Noreste. También
apareció el periódico semanal The Clinic
que ha tenido éxito, sobre todo en segmentos jóvenes, que es un medio crítico
e iconoclasta que hace permanente mofa del
stablishment político y de la farándula chilena. Sus titulares corren
a menudo de boca en boca y han logrado, con pocos recursos, éxitos realmente notables en algunos números.
Quizá esta experiencia, a lo menos, en Chile señale la posibilidad de colocar gradualmente a un periódico serio y
moderno en los quioscos del país que también se ría de todos los poderes establecidos. Tal parece que este es el
estrecho desfiladero por el cual debemos transitar. Me disculpo porque, ni modo, tengo que ir a leer al decano, El Mercurio.
Paulo Hidalgo es sociólogo, profesor de la Universidad de Chile.