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noviembre 2000

Pablo Latapí Ortega

Pablo Latapí Ortega

Es muy difícil

Cuesta trabajo en estos momentos imaginar la aplicación de un código de ética para los medios de comunicación mexicanos. Si bien es cierto que nuestro país está cambiando y que el resultado del 2 de julio de 2000 se va a traducir en infinidad de transformaciones grandes y pequeñas, arrastramos aún la inercia de un sistema político ­y de relaciones políticas­ gobernado por la trampa como estilo y donde todas aquellas actividades relacionadas con prestar un servicio a la comunidad han estado desvirtuadas por el hecho de que quienes llegan a ocupar puestos políticos importantes ­al igual que los periodistas que han logrado posiciones de relevancia­ buscan más el servicio a sí mismo que el servicio público.

Un código de ética para los medios mexicanos es a fin de cuentas un conjunto de normas basadas en la lógica de lo que debe ser nuestro trabajo como comunicadores, que se invita a ser cumplido voluntariamente en un país acostumbrado a tener en papel leyes que a final de cuentas no se aplican para hacer justicia. Cuesta trabajo imaginar la aplicación voluntaria de un código de ética en un país donde se tiene una de las deudas tan grande con la justicia; el sistema en sí permite que los procuradores y ministerios públicos utilicen las leyes de manera discrecional y tengamos como resultado que miles de personas inocentes estén presas, mientras muchos culpables se pasean impunemente por las calles. En este desorden judicial, que se antoja como un macabro pasaje del medievo, son cómplices tanto los jueces que lo permiten como los abogados litigantes que lo aceptan y lo fomentan con fines de enriquecimiento personal. Mientras no podamos exigir justicia a los responsables de su procuración no podemos esperar que el grueso de los periodistas acepten un código basado en la lógica y la ética más elemental.

Curiosamente, los periodistas más interesados en que se apliquen estos códigos son generalmente plumas de diarios de circulación muy restringida que muy poco se relacionan con la difusión realmente masiva de los medios electrónicos como la televisión y la radio; ahí, además del factor de realidad que representa que son empresas, con legítimos intereses comerciales, existen los otros periodistas: los periodistas empresarios que han hecho de sus noticieros radiofónicos excelentes negocios que con escándalos públicos consiguen audiencias elevadas; comercializan sus espacios de manera sobresaliente y se autoerigen como los "jueces sociales absolutos" sin rendir cuentas a nadie. ¿Cuántas agendas personales con carácter comercial se manejan tras los micrófonos sin que puedan ser percibidos por el gran público? Ese es uno de los grandes misterios de finales del siglo XX.

Al insistir en que el código propuesto es una reunión lógica de los elementos éticos que deben subyacer en nuestro trabajo diario, el asunto se convierte en algo personal donde cada comunicador y periodista ­con base en sus valores y en lo que le mueve a estar en los medios­ actúa y evalúa su propio proceder. En un circo de medios de comunicación gobernado por los egos y los intereses particulares hay una pregunta que debemos hacernos antes de pensar en un código de ética: ¿estamos en los medios para servirnos en lo personal o para servir a los demás?
Si la respuesta es afortunada, al final del día, la aplicación de un código de ética será algo totalmente natural.

Pablo Latapí Ortega, periodista y economista egresado de la UNAM.
Actualmente es editor y conductor del noticiero Hechos del 7 de TV Azteca.
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