1. El término "telebasura" viene dando nombre, desde la pasada década, a una forma de hacer televisión
caracterizada por explotar el morbo, el sensacionalismo y el escándalo como palancas de atracción de la audiencia.
La telebasura se define por los asuntos que aborda, por los personajes que exhibe y coloca en primer plano y,
sobre todo, por el enfoque distorsionado al que recurre para tratar dichos asuntos y personajes.
2. Los promotores de la telebasura en su búsqueda de un "mínimo común denominador" capaz de concitar
grandes masas de espectadores ante la pantalla utilizan cualquier tema de interés humano, cualquier acontecimiento
político o social como mera excusa para desplegar lo que consideran elementos básicos de atracción de la audiencia:
sexo, violencia, sensiblería, humor grueso, superstición, en muchos casos de forma sucesiva y recurrente dentro del
mismo programa.
Bajo una apariencia hipócrita de preocupación y denuncia, los programas de telebasura se regodean con el
sufrimiento; con la muestra más sórdida de la condición humana; con la exhibición gratuita de sentimientos y
comportamientos íntimos. Desencadenan una dinámica en la que el circense "más difícil todavía" anuncia una espiral sin fin para
sorprender al espectador.
3. La telebasura cuenta, también, con una serie de ingredientes básicos que la convierten en un factor de
aculturización y desinformación, así como en un obstáculo para el desarrollo de una opinión pública libre y fundamentada:
· El reduccionismo, con explicaciones simplistas de los asuntos más complejos, fácilmente comprensibles, pero
parciales o interesadas. Una variante de este reduccionismo es el gusto por las teorías conspiratorias de no se sabe qué poderes ocultos que, en muchos casos, sirven de coartada a determinados personajes y grupos de presión en su labor de intoxicación.
· La demagogia, que suele presentar todas las opiniones como equivalentes por sí mismas, independientemente
de los conocimientos sobre los que se sustentan o de sus fundamentos éticos. A ello contribuye la realización de
supuestos debates y encuestas, que no son sino simulacros de los verdaderos debates y encuestas, y que lejos de arrojar luz
sobre los problemas contribuyen a consolidar la idea del "todo vale".
También la demagogia cuenta con una variante: el despliegue de mensajes esotéricos, milagreros y
paranormales, presentados de forma acrítica y en el mismo plano de realidad que los argumentos científicos.
· El desprecio por derechos fundamentales como el honor, la intimidad, el respeto, la veracidad o la presunción
de inocencia, cuya conculcación no puede defenderse en ningún caso apelando a la libertad de expresión.
Este desprecio desemboca en la realización de "juicios paralelos"; en el abuso del amarillismo y el escándalo; en
la presentación de testimonios supuestamente verdaderos pero que en realidad provienen de "invitados profesionales".
Y, por supuesto, en la apoteosis de una televisión de la trivialidad, basada en el protagonismo de los personajes del
mundo rosa y gualda, cuyas nimiedades y conflictos sentimentales, tratados desde el más descarado amarillismo, son otro de
los ingredientes de esta infecta salsa. El problema es todavía más sangrante cuando este tipo de contenidos se
difunden a través de las televisiones públicas, cuya obligación moral y legal es suministrar productos, ética y
culturalmente solventes.
4. La telebasura no ha inventado nada: el halago fácil al espectador, el gusto por el sensacionalismo vienen de
muy antiguo. Pero en la actualidad, la enorme influencia social de los medios de comunicación de masas agranda de
forma exponencial los efectos negativos de este tipo de mensajes.
· La telebasura se encuentra hoy en un momento ascendente de su ciclo vital. Es como un cáncer, cuya
metástasis tiende a invadirlo todo, o quizá como un virus informático que contamina lo que toca y acaba por impedir el
mantenimiento o la aparición en las parrillas de otros modelos de información más respetuosos con la verdad y con el
interés social.
5. Ha llegado el momento de que todos los agentes implicados en la actividad televisiva tomen conciencia de
su responsabilidad ante la telebasura que, por supuesto, varía en importancia según la capacidad de cada uno de
condicionar las reglas del mercado.
Responsabilidad, por tanto de los poderes públicos, de las cadenas, de los anunciantes. Responsabilidad de
los programadores y de los profesionales. Y responsabilidad, también, del ciudadano que aun sin dejarse engañar por
la falacia del "espectador soberano" que por su mero dominio del mando tiene la capacidad de modelar la oferta,
debe saber que su decisión de ver un programa no está exenta de consecuencias, ni para su propia dignidad ni para el
propio mercado televisivo.
En la televisión nos enfrentamos con un fenómeno social complejo articulado en grandes compañías de cuya
objetividad es lícito discrepar. Detrás de los medios de comunicación existen intereses, poderes y modelos sociales e
ideológicos, por tanto, cuestionar su objetividad y preguntarse el por qué de determinadas insistencias en un tema
mientras se ignoran otros es una forma de empezar a comprender críticamente los mensajes televisivos.
6. Por todo lo anterior, los abajo firmantes queremos manifestar nuestro rechazo y preocupación ante la
telebasura y exigimos, como garantía de control social en una sociedad democrática, tanto la elaboración de un código ético
de regulación de los contenidos televisivos como la constitución de un Consejo Superior de los Medios Audiovisuales, en
los términos en los que fue aprobado por la mayoría de los grupos parlamentarios en la anterior Legislatura.
PLATAFORMA POR UNA TELEVISION DE CALIDAD
Asociación de Usuarios de la Comunicación, Unión General de Trabajadores, Comisiones Obreras,
Confederación Española de Madres y Padres de Alumnos, Unión de Consumidores de España, Confederación de Asociaciones de
Vecinos de España.