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La multiplicación de los pejes


José Carreño Carlón



Epígrafe a modo con este tiempo de la pasión y la cartelera de cine

A lo que respondieron: No tenemos aquí más de cinco panes y dos peces.
Les dijo él: Traédmelos acá.
Y habiendo mandado sentar a todos sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, los bendijo y partió; y dio los panes a los discípulos, y los discípulos los dieron a la gente.
Y todos comieron y se saciaron, y de lo que sobró, recogieron doce canastos llenos de pedazos.
El número de los que comieron fue de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.


1. El poder cohesionado de los medios, sobre los poderes políticos fragmentados

Anticipamos aquí, en la colaboración publicada en el número anterior de etcétera, escrita la tercera semana de febrero, que marzo parecía destinado a la consagración del poder cohesionado de los medios como el indiscutible vencedor sobre todas y cada una de las partes de un poder político cada vez más fragmentado. Un poder mediático altamente concentrado y cohesionado, erigido en el nuevo administrador ­y usufructuario mayor­ de los conflictos de todo orden en el país.

Adelantamos también que en marzo de este 2004 se prolongaría la temporada de pesca mayor de los grandes medios, dentro de un proyecto de subordinación, por la vía del descrédito, de la política y de los actores políticos. Esta conclusión se derivaba del registro de los aprestos que dejaba ver el inicio de la temporada: un febrero que trajo un nuevo repaso de descalificación al desempeño y las expectativas de la esposa del actual Presidente de la República; una perturbadora y perturbada voracidad mediática aferrada a una presa tan inerme como puede ser el cadáver de un ex Presidente fallecido ya en la invalidez, cuyos restos fueron devorados por los medios, en directo, en los momentos mismos del funeral; la tentativa de encender, con la excusa del aniversario del natalicio de Luis Donaldo Colosio, la mecha de una finalmente fallida explosión que se había programado para el 23 de marzo, aniversario del homicidio, y el estreno del primer episodio del género de videoescándalo político con el inicio de la serie dedicada al exterminio de la dirección del Partido Verde Ecologista de México.

Precisamos ­como es obligado reiterarlo ahora­ que sin duda tienen valor noticioso los conflictos de y entre los poderosos, famosos o notables, lo que justifica plenamente la atención de estos asuntos en los medios. E insistimos, como lo hacemos ahora, en que ventilar los desfiguros y transgresiones de esas personalidades está entre las responsabilidades informativas de los medios. Lo que propusimos como tema de discusión fue que estos medios suelen administrar, por sí y ante sí, la visibilidad de esos conflictos, y su conversión en escándalos, de acuerdo con una serie de factores adicionales al del valor de las noticias.

Un mes después, a la vista de la pesca de marzo, en este abril podemos decir que nos quedamos cortos.

Un diagnóstico de las nuevas formas de tributo del poder político a un nuevo poder, el poder mediático, asumido como un poder con crecientes grados de autonomía respecto del Estado y de la sociedad, obliga a aclarar tantas veces como sea necesario, que el proceso de autonomización al que aludimos no se refiere a la independencia de los medios para mejor cumplir la función de vigilancia de los poderes estatales en nombre de la sociedad, como lo planteó la teoría clásica, sino al fenómeno por el cual los medios tienden a convertirse en un poder por encima tanto de los poderes del Estado y sus normas legales como de la sociedad y sus derechos informativos.

El cambio ocurrido en los últimos tiempos podría plantearse hoy en estos términos:

a) En el antiguo régimen, por prósperos y grandes que fueran, los medios estaban fragmentados entre sí y eran constreñidos a negociar individualmente sus relaciones de subordinación o de colusión de intereses ­o a plantear, excepcionalmente, sus márgenes de libertades informativas y temáticas­ frente a un poder político altamente cohesionado o concentrado, según la interpretación que se prefiera sobre la naturaleza y la evolución del régimen político postrevolucionario.

b) En el nuevo régimen, a la inversa, por populares, prestigiosos o santificados que se llegaran a suponer los exponentes de los poderes públicos y los actores políticos y sociales, éstos son los que aparecen hoy cada vez más fragmentados, negociando fracción por fracción su condición de tributarios de un poder mediático que ahora es el que actúa desde una posición de superioridad, con una alta cohesión de intereses, tanto por la alta concentración en el control de los principales grupos corporativos de los negocios de la comunicación ­que los hace irreductibles a aquellos poderes públicos fragmentados y diluidos­ como por las percepciones dominantes compartidas por los representantes de los medios y los exponentes de la política y de la sociedad, en el sentido de que es más lo que los políticos y los líderes sociales necesitan de los medios que lo que los medios necesitan de los políticos y de los líderes sociales.

Si bien este fenómeno tiene diversas expresiones a escala internacional, en México la ausencia de una tradición y una cultura de observancia de las leyes, al lado de un atraso normativo considerable en este campo, agudiza la indefensión de los particulares, de los grupos sociales e incluso de los personajes y los espacios constitucionales de representación y poder políticos. Al lúcido analista español Ludolfo Paramio, este marzo mexicano le trajo a la memoria la crisis de Tangentópolis que condujo al final de la I República en Italia, "pero la evidente diferencia, que hace profundamente descorazonadora la comparación ­comenta­ es la ausencia en México de nada equivalente a los jueces y fiscales que impulsaron la operación Manos Limpias". "Puede que su actuación tuviera más aspectos negativos que positivos ­agrega Paramio­ pero al menos mostró a un sector de la sociedad italiana que no se resignaba a aceptar aquel estado de cosas, y que creía en la posibilidad de ponerle fin aplicando la ley".

Esta tierra de nadie trazada en los mapas de nuestros vacíos legales y jurisdiccionales, particularmente acentuados en el campo de la comunicación, deja a la sociedad participante o aspirante a la participación pública en el peor de los mundos.

Por una parte porque los actores políticos, sociales, culturales, deportivos o del espectáculo que pretendieran ejercer una mínima resistencia a la imposición de los medios y a la percepción dominante sobre quién manda aquí, enfrentarían el costo del ostracismo o la aniquilación de toda posibilidad de presencia pública.

Y por otra parte porque, igualmente, quedan en la indefensión los actores que, con tal de mantener visibilidad y existencia pública, se someten con docilidad a esas percepciones dominantes y ponen sus causas y sus activos de todo orden a merced de las estrategias de negocios de los medios, de sus reglas, de sus imperativos e incluso de los conflictos de intereses en los compromisos adquiridos por las empresas mediáticas con unos definidores de la agenda pública en permanente contienda.

En otras palabras, estos medios están en aptitud lo mismo de suprimir de la escena a los actores remisos a su supremacía, que de dosificar la presencia en la agenda pública de los actores dóciles a su imperio, así como de decidir en cada momento el giro informativo favorable o desfavorable a imponer a cada uno de los actores de su amplio reparto disponible, como tributarios que son de su poder.

Es desde esta perspectiva que habría que analizar las causas y los efectos de la sucesión de los videoescándalos de marzo y anticipar los fenómenos previsibles para abril y los meses siguientes.

2. El marzo negro de López Obrador

El dato central de la temporada de pesca del mes pasado es que incluyó la inopinada captura, el arrastre por semanas y la exhibición desde la báscula, en horarios estelares, de un ejemplar que hasta entonces había sido presentado, por los propios medios, como intocable, y que además se había automagnificado como indestructible: el jefe de gobierno del Distrito Federal.

Más sorprendente resultó por ello la depreciación, impulsada desde los medios, de un producto que los propios medios habían construido y promovido como un modelo insuperable, en virtud, entre otros factores, de una cuantiosa tributación, si bien todavía no totalmente cuantificable gracias a la estrategia del GDF opuesta a dar curso a la transparencia informativa que, con altibajos, avanza en el gobierno federal y en otras entidades de la República.

Por su origen, su acento y quizá por su capacidad de impresionar a públicos dispuestos a ser impresionados (por los impulsos e intereses más variados) Pejelagarto, el nombre popular del lepidoseus viridis ­impresionante pez de agua dulce, común en los pantanos de Tabasco, con hocico alargado y puntiagudo y filas de dientes largos y punzantes­ es también el apelativo con el que se identifica al jefe del GDF. Y Peje, una abreviación más pegajosa y con mayor impacto mercadotécnico, fue la marca que simbolizó una serie de virtudes políticas superiores ­la honestidad y la valentía a la cabeza­ y que alcanzó porcentajes de popularidad sobrados para construir una candidatura presidencial con alguna posibilidad de éxito en 2006.

Pero en unas cuantas horas, a partir de la noche del 1 de marzo, la virtud de la honestidad dejó de ser el valor diferenciador de la oferta del jefe de gobierno del DF. Bastó que los millones de espectadores que atendíanal principal noticiario de la televisión vieran al secretario de Finanzas del GDF, en el casino del hotel Bellagio de Las Vegas, "con la pose de un despreocupado plutócrata ­reseña The Economist­ mordiendo un grueso cigarro puro, mientras se jugaba miles de dólares en las mesas de blackjack". Menos de 36 horas después, la mañana del 3 de marzo, el aura de honestidad quedaba hecha añicos: un segundo video ­continúa The Economist­mostró a un hombre de negocios, Carlos Ahumada, entregando fajos de dólares en efectivo al (hasta hace poco) secretario particular del jefe de gobierno y (hasta ese momento) líder de su Partido de la Revolución Democrática en la Asamblea Legislativa. Al finalizar la primera semana de marzo, el día 8, la honestidad había perdido todo significado como mensaje clave de Andrés Manuel López Obrador, una vez que, continuando con la puntual reseña del semanario británico, "todavía otro video mostró a otro miembro electo del gobierno local (councillor, en referencia al hasta entonces delegado en Tlalpan, Carlos Ímaz) retacando miles de dólares en bolsas de mandado en las oficinas de Ahumada...".

A la virtud política de la valentía no le fue mucho mejor, a menos que se le identifique con la pose del bravucón, perdonavidas de pueblo, que se amanece buscando o fabricando enemigos a quiénes desafiar. Al control de daños de Andrés Manuel le faltó el valor necesario para emprender los tres pasos básicos, de manual, a seguir al enfrentar estas situaciones críticas:

Primero: No dio puntual cuenta de los hechos que inevitablemente lo involucraban y que fueron exhibidos con la fuerza devastadora de unas imágenes que han permanecido y permanecerán indelebles por largo tiempo en la memoria colectiva.

Segundo: Sólo a partir de ese primer paso podría haber resultado conducente dar el siguiente: el reparto de responsabilidades, empezando por las propias y siguiendo con las que pudiera adjudicarle a otras partes, con la condición de que pudieran ligarse directamente a los hechos exhibidos en las imágenes y no a otro tipo de responsabilidades ­a ventilarse en otro carril­ como aquellas en las que pudieron haber incidido quienes hicieron posible que las imágenes llegaran a las grandes audiencias.

Y tercero: no ofreció disculpas, ni anunció inequívocamente algún tipo de compensación o reparación de los daños originados por las responsabilidades en que incurrieron sus allegados.

De allí que una suerte semejante hayan corrido los porcentajes de popularidad de López Obrador: todas las encuestas, sin excepción, registraban hacia la tercera semana de marzo una caída en plomada de la popularidad y en la intención de voto en su favor ­la encuesta de María de las Heras lo empataba con el priista Roberto Madrazo en 30%, seis puntos abajo del panista Santiago Creel­ en tanto que su partido regresaba al 12% de intención de voto, el más bajo de la historia del PRD y del movimiento neocardenista que le dio vida.

El aturdimiento de López Obrador ante este cambio brusco en su relación como agente político con los mercados de votantes, en su relación con los medios y con las audiencias de los medios, y en su relación con las concepciones que estas audiencias tienen sobre la legitimación y fundamentación del poder público, ofrece una serie de pistas para el escrutinio de lo ocurrido durante su marzo negro.

Si en su concepción y estilo más tradicionales de ejercicio del poder, Andrés Manuel nunca acabó de asimilar que estaba en una situación de crisis ­acaso, según él, sólo fue víctima de un complot informativo y por tanto bastaba con descubrirlo, sacando a la luz, simple y rutinariamente, su lista previsible de enemigos identificados­ mucho menos se podría esperar una comprensión de su parte de que esa crisis, la de su marzo negro, quedó inscrita en la acelerada transición que se está dando en México, como en otras partes del mundo, en varios planos de la política y de la comunicación.

La ostensible negativa de López Obrador a buscar el respaldo de su partido para enfrentar la crisis y, en cambio, su aturdido deambular, del que dio cuenta alguna columna a mediados de marzo, por los pasillos de Televisa ­los nuevos corredores del poder­ ilustran mejor que mil explicaciones el sentido de la nueva fase de la democracia que, planteada por el profesor español Jesús Timoteo Álvarez, hemos venido aclimatando en el México del nuevo siglo.

Ésta es la actitud, radicalmente distinta, de que habla este profesor de la Universidad Complutense, en el comportamiento de los agentes políticos, a la vista de la también radicalmente distinta actitud de los mercados de votantes. Y por supuesto, aquí está, de la misma manera, la posición radicalmente distinta en la función de los medios ­más lejos de la función informativa y más cerca del ejercicio del poder­ de cara también a los cambios radicales en la legitimación y fundamentación del poder público, que ahora se da casi exclusivamente a través de los medios.

Formado tanto en las tradiciones del más antiguo autoritarismo priista como en los todavía más autoritarios modelos del socialismo idealizado en su juventud, el mayor extravío de López Obrador consistió en actuar como si fuera la cabeza del poder político cohesionado de otras épocas frente a medios que él suponía dispuestos, como en otras épocas, a mantener incondicionalmente la agenda del debate público al servicio de su promoción y a salvo de todo mensaje que le pudiera resultar desfavorable. Todo ello a cambio de la millonaria tributación anual de su gobierno a los medios más influyentes.

De allí su desencanto en el momento en que los primeros videoescándalos lo trajeron a la realidad: la de unos medios en ejercicio de un poder concentrado desde el cual, tras recibir el tributo en dinero y en decisiones estatales de todos los actores políticos en competencia, les otorgan o les revocan, sucesivamente, las patentes de fundamentación y legitimación que requieren como exponentes del poder público. Más vulnerables al poder cohesionado de los medios resultan estos actores cuando, como es el caso del México de la última década, aparte de fragmentados, aparecen en la escena en permanente y brutal guerra de exterminio de todos contra todos.

López Obrador no entendió que difícilmente puede haber algo peor para un plan de negocios basado en la concentración del poder de los medios, que permitir el crecimiento de un proyecto de nueva concentración de poder político capaz de desafiar ese poder de los medios y de poner en riesgo su monopolio en la provisión de los productos informativos y persuasivos ­el oneroso combustible­ de la cada vez más penosa empresa de legitimación y fundamentación de los poderes públicos en permanente autoaniquilación. Difícilmente puede haber algo más desventajoso para esta concentración del poder de los medios, que medra de la lucha de aniquilamiento entre los actores políticos, que inflar más allá de un límite a uno de sus tributarios, por alto que sea el tributo, si el riesgo es el retiro de los demás contendientes, la consecuente suspensión del tributo de los desplazados y el fin de esa redituable contienda.

Lo demás es folclor y abono para la perpetuación del modelo. Por eso hay que reiterar aquí que en ninguna parte de estos análisis publicados en etcétera hemos pretendido mitigar siquiera la responsabilidad de los actores políticos en esta, su postración, ante el poder mediático. Y nada más alejado del propósito de estas notas que el de culpar a los medios por dar a conocer las fechorías de los actores políticos. Lo que hemos sostenido en estos foros es que tanto los tributarios del poder de los medios ­los actores políticos­ como los súbditos de este poder incontrastable ­las audiencias sometidas a sus reglas­ así como los particulares involucrados directa o indirectamente en los procesos informativos, estamos inermes, pero ya en menor medida ante las fechorías de los políticos, que mal que bien están siendo castigados a iniciativa de los medios, sino ante las fechorías de los propios medios. Al escrutinio al que el poder mediático somete al poder político y a los actores políticos no ha correspondido la mínima expresión de escrutinio y de obligación de rendición de cuentas sobre el poder incontrolado de los medios lo mismo sobre el Estado de derecho, que sobre la sociedad y los particulares, entendidos éstos en su calidad de consumidores tanto como participantes o aspirantes a participar en la vida pública.

A tres años de que se inauguró el nuevo régimen de competencia electoral y alternancia política plenas, acaso el problema más crítico que enfrenta la sociedad para la construcción de una sociedad y una cultura democráticas radica en que, apenas dejado atrás el viejo monopolio del poder político y de la definición primaria de la agenda del debate público a través del control de los medios, ya tiene frente a sí el nuevo reto de despejar el camino de un nuevo monopolio, el del poder privado de control de los medios por el cual éstos a su vez controlan al poder político, a los gobernantes y los partidos, como tributarios todos de aquel nuevo poder.

Con las considerables acotaciones anteriores, tampoco se pueden menospreciar los rendimientos que dejan las nuevas libertades informativas de los medios en el orden de la diversificación de los definidores de la agenda del debate público, a través de la ampliación del derecho de acceso a esos medios a todos los bandos políticos, empresariales, religiosos, culturales y deportivos en pugna.

Entre esos rendimientos hay que subrayar el de la exhibición de las deformaciones y las limitaciones de los actores públicos, dramáticamente expuestos en gran medida por su apetito insaciable de visibilidad mediática, como se trata de ilustrar a continuación.

3. La multiplicación de los pejes

El marzo negro de López Obrador no sólo emparejó a la baja a los principales aspirantes a la Presidencia para 2006. Como se advirtió repetidamente ante la complacencia con que los medios construyeron el proyecto de López Obrador en los años anteriores, este mes también se tendieron a igualar, en la imitación de los (hasta hace poco) exitosos recursos histriónicos de Andrés Manuel, otros actores que irrumpieron en la escena de su marzo negro. Fue una especie de multiplicación de los pejes, muy a tono con los días de cuaresma de marzo y con la preparación para la semana santa de abril.

Si cada nuevo hallazgo de irregularidades, muchas de ellas punibles, en la gestión de López Obrador, fue respondida con una nueva denuncia de "complot", "conspiración" o "campaña de desprestigio", asimismo, cada nueva evidencia que apuntaba hacia finales de marzo a echar abajo la estrategia del gobernador de Oaxaca para hacerse aparecer como víctima de un cada vez más improbable atentado, era respondida por el propio José Murat con similares huídas hacia delante ("no me vencerán", clamaban a dos voces) para tratar de salir del arrinconamiento de los medios.

Mientras que, por una parte, lejos de dar cuenta de los hechos que inevitablemente lo involucraron, frente a los cuales la televisión hizo que millones de mexicanos se sintieran testigos en presencia de una serie de crímenes, López Obrador se concentró en señalar como crimen el de quienes presuntamente se confabularon para que los crímenes de sus allegados se vieran desde nuestra ventana indiscreta, por otra parte, este marzo se multiplicaron también los especuladores y mercaderes del crimen de Luis Donaldo Colosio concentrados en repartir acusaciones y sospechas sobre culpables preseleccionados con los recursos que no inventó, pero desempolvó, López Obrador, del desván de todos los anacronismos, especialmente el de la teorías conspirativas dirigidas a afirmar o recuperar los controles autoritarios y populistas de poder.

Este milagro de la multiplicación de los pejes podría también ser el del ocaso del modelo. Un efecto de los videoescándalos parecería ser, por ejemplo, el de la declinación del éxito mañanero de los dobles o triples discursos, tan celebrados por la corte mediática de López Obrador hasta antes del 1 de marzo. El tartajeo insinuante que alternaba medias acusaciones y medias adulaciones, medias verdades y medias mentiras, según el caso, parecería resultar cada vez más ineficaz ante la notable deserción, así sea temporal, de sus aliados informativos en su sobrecontrolada exposición de las madrugadas o en diversas cabinas de radio, estudios de televisión y columnas impresas.

Otras lecciones del ocaso de marzo ­no necesariamente terminal­ del modelo pejelagarto radicarían en la incapacidad de administrar los recursos tradicionales y los contemporáneos de la comunicación política. "Dedicado con devoción maniaca al cuidado de su proyección personal", como describe Paramio la actitud de López Obrador, en su obsesión de no faltar un solo día a la cita con las cámaras, terminó violentando las más elementales reglas del manejo de la imagen en los medios. Tenso, fatigado, malhumorado, molesto, incluso a veces despeinado, llegó a aparecer repetidamente ante las cámaras del amanecer, con los efectos correspondientes en la generación de percepciones de incapacidad para enfrentar situaciones de crisis con un mínimo de solvencia.

Pero también lo dañó la desproporción, la desmesura, la descarga masiva, desesperada de su resto de recursos comunicacionales sin orden ni concierto.

Dos botones de muestra. El primero: una noche, un set de televisión con pretensiones presidenciales, con lábaro patrio de fondo tras su nicho de cristal y madera, con vestuario y maquillaje de mensaje de año nuevo, pero con un discurso en lo formal atado al acento de su particularidad regional, para una transmisión en red nacional y en cuanto al contenido, según las encuestas más serias, lastrado por malabarismos que produjeron la impresión predominante de que no aclaraba ni daba cuenta de lo que mostraron los videos, ni mostraba capacidad de aceptar errores y enmendarlos. Total: la magnificencia de la escenografía no estaba al servicio de la exaltación del vocero, sino que lo empequeñecía. De pronto al espectador lo asaltaba la impresión de estar viendo a un candidato a algún cargo provincial de algún país hermano de Centroamérica. El segundo: el mitin en el Zócalo, dispuesto también como set para la televisión, lo cual suponía ajustarse a sus reglas. El problema fue que decenas de miles de extras, dispuestos como escenografía de paisaje popular, se erigieron en una tentación irresistible, en un verdadero llamado de la selva para un orador con sus antecedentes de activista político y su presente de angustia y arrinconamiento. Las reglas de la imagen mediática saltaron en pedazos y en su lugar aparecieron las muecas y los gritos destemplados que emitía un orador de plazuela en plena catarsis. En lugar de la escena que hubiera imaginado el moderno consultor aportado por su mejor estratega para construir al estadista de 2006, apareció el gesticulador que Rodolfo Usigli propuso como modelo del político mexicano en el glorioso 1938.

Finalmente, las cotidianas conferencias de prensa mañaneras ya habían entrado en un ciclo de rendimientos decrecientes antes de la crisis. Pero conforme avanzaba la crisis cada día se desmoronaba más lo construido en unas mil 200 desmañanadas en más de tres años. La imagen holgada del risueño perdonavidas fue dejando su lugar a un angustiado energúmeno, iracundo, amenazante descalificador de medios y mediadores e insinuante divulgador de fantasías paranoicas que llevaba sus delirios de persecución a una aula de la Universidad Iberoamericana.

Una estruendosa carcajada saludó en esa aula, en la clase que siguió a la insinuación del jefe de gobierno, la proyección del pasaje en que Andrés Manuel insinuaba con su tartajeo espasmódico:

"Me cuentan y a mí me gustaría que algún alumno lo dijera, que un maestro, a lo mejor no es cierto, el que fue de comunicación social de Salinas, su brazo derecho en estrategia de comunicación, Carreño Carlón, que da clases en la Ibero, en la mañana decía que iba a dar a conocer el video de René Bejarano, le llevó a sus alumnos unas televisoras portátiles, les dijo hoy vamos a ver algo espectacular y pusieron los televisores. Ya estaban esperando que se transmitiera el video de René Bejarano, es decir, antes de que se presentara el señor Döring al estudio. Entonces a lo mejor no es cierto, estoy hablando cuando son varios alumnos de la Ibero y se trata de televisores desde antes de que se diera a conocer el video de Döring en la mañana, en su clase, ya se sabía."

Imposible registrar al menos una aproximación a las pausas que entrecortaban frases e incluso palabras por segundos interminables. Pero de una impresionante cosecha diaria de incoherencias de forma y de fondo, este párrafo resultó, para el análisis en clase, de lo más representativo de la degradación del lenguaje político, al menos en tres aspectos:

a) La degradación de la función informativa del gobernante. No encontramos antecedentes en el mundo de gobernantes que empiecen un párrafo con pretensiones informativas con un "me cuentan", seguido de dos "a lo mejor no es cierto".

b) La degradación del lenguaje del poder con el recurso arbitrario de la insinuación, suficiente para colocar en los medios acusaciones inasibles, indefinidas, inconexas pero útiles para generar confusión y eludir las exigencias de rendición de cuentas.

c) La degradación del método para obtener información, con llamados a la delación, a la infidencia de los súbditos respecto de sus núcleos inmediatos de convivencia, al envilecimiento y al enrarecimiento de las relaciones en los grupos más cercanos. Se empieza generando la sensación de que hay soplones en el centro de trabajo y en los lugares de encuentro ("a mí me vienen a informar meseros, choferes, servidores públicos", dijo antes) y ya se siguió con una propuesta para contar con soplones en la escuela ("a mí me gustaría que un alumno lo dijera, que un maestro..."). El estalinismo, el nazismo, el fascismo llevaron la práctica de la delación a la familia: hijos delatando padres, hermanos a hermanos, esposos.

Lenguaje ­más allá de la inconcebible sintaxis­ del más previsible autoritarismo tropical, combinado con los métodos de caricatura del fascismo corriente de la primera mitad del siglo pasado.

Sin embargo, la convicción de que asistimos al ocaso de los pejes, en el mes de su multiplicación, me lo confirma la reacción de las nuevas generaciones. Un par de risueñas propuestas ­risueñamente postergadas­ de hacer alguna denuncia pública contra la calumnia, pero sobre todo contra el retorcimiento que entrañan, tanto la insinuación de que el centro de estudio había sido penetrado por algún espía del gobierno del DF, como el llamado a la habilitación de informantes o soplones en las aulas, condujeron a una discusión que llegó hasta el relato de la declinación de la docencia y la investigación en las universidades paralizadas por el terror en los países totalitarios. Luego, el agotamiento del tema, rubricado con una carcajada más sonora que la del principio cuando alguien contó que en los sectores más fanatizados se llegó a considerar glorioso espiar e informar para los servicios secretos del Fürer en la Alemania de Hitler o para el Sol Rojo de Nuestros Corazones en la China de Mao, y no faltó quien propusiera completar el ciclo con la gloria de espiar e informar para el Rayo de Esperanza en el DF del Peje.

A otra cosa: cuando oímos rebotar así los mensajes degradados de estas extravagantes mentalidades conspirativas, con sus cada vez más previsibles estrategias de comunicación, entonces sí que pudimos corroborar que hay lugar para la esperanza, aunque venga sin el rayo.


José Carreño Carlón es director de la División de Estudios Profesionales de la Universidad Iberoamericana y titular de la Cátedra Unesco/UIA.
Correo: jose.carreno@uia.mx

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