1. El poder cohesionado de los medios, sobre los poderes políticos fragmentados
Anticipamos aquí, en la colaboración publicada en el número anterior de
etcétera, escrita la tercera semana de febrero, que marzo parecía destinado a la consagración del poder cohesionado de los medios como
el indiscutible vencedor sobre todas y cada una de las partes de un poder político cada vez más fragmentado.
Un poder mediático altamente concentrado y cohesionado, erigido en el nuevo administrador y
usufructuario mayor de los conflictos de todo orden en el país.
Adelantamos también que en marzo de este 2004 se prolongaría la temporada de pesca mayor de los
grandes medios, dentro de un proyecto de subordinación, por la vía del descrédito, de la política y de los actores
políticos. Esta conclusión se derivaba del registro de los aprestos que dejaba ver el inicio de la temporada: un febrero
que trajo un nuevo repaso de descalificación al desempeño y las expectativas de la esposa del actual Presidente
de la República; una perturbadora y perturbada voracidad mediática aferrada a una presa tan inerme como
puede ser el cadáver de un ex Presidente fallecido ya en la invalidez, cuyos restos fueron devorados por los
medios, en directo, en los momentos mismos del funeral; la tentativa de encender, con la excusa del aniversario
del natalicio de Luis Donaldo Colosio, la mecha de una finalmente fallida explosión que se había programado
para el 23 de marzo, aniversario del homicidio, y el estreno del primer episodio del género de videoescándalo
político con el inicio de la serie dedicada al exterminio de la dirección del Partido Verde Ecologista de México.
Precisamos como es obligado reiterarlo ahora que sin duda tienen valor noticioso los conflictos de y
entre los poderosos, famosos o notables, lo que justifica plenamente la atención de estos asuntos en los medios.
E insistimos, como lo hacemos ahora, en que ventilar los desfiguros y transgresiones de esas personalidades
está entre las responsabilidades informativas de los medios. Lo que propusimos como tema de discusión fue
que estos medios suelen administrar, por sí y ante sí, la visibilidad de esos conflictos, y su conversión en
escándalos, de acuerdo con una serie de factores adicionales al del valor de las noticias.
Un mes después, a la vista de la pesca de marzo, en este abril podemos decir que nos quedamos cortos.
Un diagnóstico de las nuevas formas de tributo del poder político a un nuevo poder, el poder
mediático, asumido como un poder con crecientes grados de autonomía respecto del Estado y de la sociedad, obliga
a aclarar tantas veces como sea necesario, que el proceso de autonomización al que aludimos no se refiere a
la independencia de los medios para mejor cumplir la función de vigilancia de los poderes estatales en
nombre de la sociedad, como lo planteó la teoría clásica, sino al fenómeno por el cual los medios tienden a
convertirse en un poder por encima tanto de los poderes del Estado y sus normas legales como de la sociedad y sus
derechos informativos.
El cambio ocurrido en los últimos tiempos podría plantearse hoy en estos términos:
a) En el antiguo régimen, por prósperos y grandes que fueran, los medios estaban fragmentados entre sí
y eran constreñidos a negociar individualmente sus relaciones de subordinación o de colusión de intereses o
a plantear, excepcionalmente, sus márgenes de libertades informativas y temáticas frente a un poder
político altamente cohesionado o concentrado, según la interpretación que se prefiera sobre la naturaleza y la
evolución del régimen político postrevolucionario.
b) En el nuevo régimen, a la inversa, por populares, prestigiosos o santificados que se llegaran a suponer
los exponentes de los poderes públicos y los actores políticos y sociales, éstos son los que aparecen hoy cada
vez más fragmentados, negociando fracción por fracción su condición de tributarios de un poder mediático
que ahora es el que actúa desde una posición de superioridad, con una alta cohesión de intereses, tanto por la
alta concentración en el control de los principales grupos corporativos de los negocios de la comunicación
que los hace irreductibles a aquellos poderes públicos fragmentados y diluidos como por las percepciones
dominantes compartidas por los representantes de los medios y los exponentes de la política y de la sociedad,
en el sentido de que es más lo que los políticos y los líderes sociales necesitan de los medios que lo que los
medios necesitan de los políticos y de los líderes sociales.
Si bien este fenómeno tiene diversas expresiones a escala internacional, en México la ausencia de
una tradición y una cultura de observancia de las leyes, al lado de un atraso normativo considerable en este
campo, agudiza la indefensión de los particulares, de los grupos sociales e incluso de los personajes y los
espacios constitucionales de representación y poder políticos. Al lúcido analista español Ludolfo Paramio, este
marzo mexicano le trajo a la memoria la crisis de Tangentópolis que condujo al final de la I República en Italia,
"pero la evidente diferencia, que hace profundamente descorazonadora la comparación comenta es la ausencia
en México de nada equivalente a los jueces y fiscales que impulsaron la operación Manos Limpias". "Puede
que su actuación tuviera más aspectos negativos que positivos agrega Paramio pero al menos mostró a un
sector de la sociedad italiana que no se resignaba a aceptar aquel estado de cosas, y que creía en la posibilidad
de ponerle fin aplicando la ley".
Esta tierra de nadie trazada en los mapas de nuestros vacíos legales y jurisdiccionales,
particularmente acentuados en el campo de la comunicación, deja a la sociedad participante o aspirante a la
participación pública en el peor de los mundos.
Por una parte porque los actores políticos, sociales, culturales, deportivos o del espectáculo que
pretendieran ejercer una mínima resistencia a la imposición de los medios y a la percepción dominante sobre
quién manda aquí, enfrentarían el costo del ostracismo o la aniquilación de toda posibilidad de presencia pública.
Y por otra parte porque, igualmente, quedan en la indefensión los actores que, con tal de mantener
visibilidad y existencia pública, se someten con docilidad a esas percepciones dominantes y ponen sus causas y sus
activos de todo orden a merced de las estrategias de negocios de los medios, de sus reglas, de sus imperativos e
incluso de los conflictos de intereses en los compromisos adquiridos por las empresas mediáticas con unos
definidores de la agenda pública en permanente contienda.
En otras palabras, estos medios están en aptitud lo mismo de suprimir de la escena a los actores remisos
a su supremacía, que de dosificar la presencia en la agenda pública de los actores dóciles a su imperio, así
como de decidir en cada momento el giro informativo favorable o desfavorable a imponer a cada uno de los
actores de su amplio reparto disponible, como tributarios que son de su poder.
Es desde esta perspectiva que habría que analizar las causas y los efectos de la sucesión de los
videoescándalos de marzo y anticipar los fenómenos previsibles para abril y los meses siguientes.
2. El marzo negro de López Obrador
El dato central de la temporada de pesca del mes pasado es que incluyó la inopinada captura, el arrastre
por semanas y la exhibición desde la báscula, en horarios estelares, de un ejemplar que hasta entonces había
sido presentado, por los propios medios, como intocable, y que además se había automagnificado como
indestructible: el jefe de gobierno del Distrito Federal.
Más sorprendente resultó por ello la depreciación, impulsada desde los medios, de un producto que
los propios medios habían construido y promovido como un modelo insuperable, en virtud, entre otros
factores, de una cuantiosa tributación, si bien todavía no totalmente cuantificable gracias a la estrategia del
GDF opuesta a dar curso a la transparencia informativa que, con altibajos, avanza en el gobierno federal y en
otras entidades de la República.
Por su origen, su acento y quizá por su capacidad de impresionar a públicos dispuestos a ser
impresionados (por los impulsos e intereses más variados)
Pejelagarto, el nombre popular del lepidoseus
viridis impresionante pez de agua dulce, común en los pantanos de Tabasco, con hocico alargado y puntiagudo y filas de
dientes largos y punzantes es también el apelativo con el que se identifica al jefe del GDF. Y
Peje, una abreviación más pegajosa y con mayor impacto mercadotécnico, fue la marca que simbolizó una serie de virtudes
políticas superiores la honestidad y la valentía a la cabeza y que alcanzó porcentajes de popularidad sobrados
para construir una candidatura presidencial con alguna posibilidad de éxito en 2006.
Pero en unas cuantas horas, a partir de la noche del 1 de marzo, la virtud de la honestidad dejó de ser el
valor diferenciador de la oferta del jefe de gobierno del DF. Bastó que los millones de espectadores que
atendíanal principal noticiario de la televisión vieran al secretario de Finanzas del GDF, en el casino del hotel Bellagio
de Las Vegas, "con la pose de un despreocupado plutócrata reseña
The Economist mordiendo un grueso
cigarro puro, mientras se jugaba miles de dólares en las mesas de
blackjack". Menos de 36 horas después, la
mañana del 3 de marzo, el aura de honestidad quedaba hecha añicos: un segundo video continúa
The Economistmostró a un hombre de negocios, Carlos Ahumada, entregando fajos de dólares en efectivo al (hasta hace
poco) secretario particular del jefe de gobierno y (hasta ese momento) líder de su Partido de la Revolución
Democrática en la Asamblea Legislativa. Al finalizar la primera semana de marzo, el día 8, la honestidad había perdido
todo significado como mensaje clave de Andrés Manuel López Obrador, una vez que, continuando con la
puntual reseña del semanario británico, "todavía otro video mostró a otro miembro electo del gobierno local
(councillor, en referencia al hasta entonces delegado en Tlalpan, Carlos Ímaz) retacando miles de dólares en bolsas
de mandado en las oficinas de Ahumada...".
A la virtud política de la valentía no le fue mucho mejor, a menos que se le identifique con la pose
del bravucón, perdonavidas de pueblo, que se amanece buscando o fabricando enemigos a quiénes desafiar.
Al control de daños de Andrés Manuel le faltó el valor necesario para emprender los tres pasos básicos, de
manual, a seguir al enfrentar estas situaciones críticas:
Primero: No dio puntual cuenta de los hechos que inevitablemente lo involucraban y que fueron
exhibidos con la fuerza devastadora de unas imágenes que han permanecido y permanecerán indelebles por largo
tiempo en la memoria colectiva.
Segundo: Sólo a partir de ese primer paso podría haber resultado conducente dar el siguiente: el reparto
de responsabilidades, empezando por las propias y siguiendo con las que pudiera adjudicarle a otras partes,
con la condición de que pudieran ligarse directamente a los hechos exhibidos en las imágenes y no a otro tipo
de responsabilidades a ventilarse en otro carril como aquellas en las que pudieron haber incidido
quienes hicieron posible que las imágenes llegaran a las grandes audiencias.
Y tercero: no ofreció disculpas, ni anunció inequívocamente algún tipo de compensación o reparación de
los daños originados por las responsabilidades en que incurrieron sus allegados.
De allí que una suerte semejante hayan corrido los porcentajes de popularidad de López Obrador: todas
las encuestas, sin excepción, registraban hacia la tercera semana de marzo una caída en plomada de la
popularidad y en la intención de voto en su favor la encuesta de María de las Heras lo empataba con el priista
Roberto Madrazo en 30%, seis puntos abajo del panista Santiago Creel en tanto que su partido regresaba al 12%
de intención de voto, el más bajo de la historia del PRD y del movimiento neocardenista que le dio vida.
El aturdimiento de López Obrador ante este cambio brusco en su relación como agente político con
los mercados de votantes, en su relación con los medios y con las audiencias de los medios, y en su relación
con las concepciones que estas audiencias tienen sobre la legitimación y fundamentación del poder público,
ofrece una serie de pistas para el escrutinio de lo ocurrido durante su marzo negro.
Si en su concepción y estilo más tradicionales de ejercicio del poder, Andrés Manuel nunca acabó de
asimilar que estaba en una situación de crisis acaso, según él, sólo fue víctima de un complot informativo y por
tanto bastaba con descubrirlo, sacando a la luz, simple y rutinariamente, su lista previsible de enemigos
identificados mucho menos se podría esperar una comprensión de su parte de que esa crisis, la de su marzo
negro, quedó inscrita en la acelerada transición que se está dando en México, como en otras partes del mundo,
en varios planos de la política y de la comunicación.
La ostensible negativa de López Obrador a buscar el respaldo de su partido para enfrentar la crisis y,
en cambio, su aturdido deambular, del que dio cuenta alguna columna a mediados de marzo, por los pasillos
de Televisa los nuevos corredores del poder ilustran mejor que mil explicaciones el sentido de la nueva fase
de la democracia que, planteada por el profesor español Jesús Timoteo Álvarez, hemos venido aclimatando
en el México del nuevo siglo.
Ésta es la actitud, radicalmente distinta, de que habla este profesor de la Universidad Complutense, en
el comportamiento de los agentes políticos, a la vista de la también radicalmente distinta actitud de los
mercados de votantes. Y por supuesto, aquí está, de la misma manera, la posición radicalmente distinta en la función
de los medios más lejos de la función informativa y más cerca del ejercicio del poder de cara también a
los cambios radicales en la legitimación y fundamentación del poder público, que ahora se da casi
exclusivamente a través de los medios.
Formado tanto en las tradiciones del más antiguo autoritarismo priista como en los todavía más
autoritarios modelos del socialismo idealizado en su juventud, el mayor extravío de López Obrador consistió en actuar
como si fuera la cabeza del poder político cohesionado de otras épocas frente a medios que él suponía
dispuestos, como en otras épocas, a mantener incondicionalmente la agenda del debate público al servicio de su
promoción y a salvo de todo mensaje que le pudiera resultar desfavorable. Todo ello a cambio de la millonaria
tributación anual de su gobierno a los medios más influyentes.
De allí su desencanto en el momento en que los primeros videoescándalos lo trajeron a la realidad: la de
unos medios en ejercicio de un poder concentrado desde el cual, tras recibir el tributo en dinero y en
decisiones estatales de todos los actores políticos en competencia, les otorgan o les revocan, sucesivamente, las
patentes de fundamentación y legitimación que requieren como exponentes del poder público. Más vulnerables al
poder cohesionado de los medios resultan estos actores cuando, como es el caso del México de la última
década, aparte de fragmentados, aparecen en la escena en permanente y brutal guerra de exterminio de todos
contra todos.
López Obrador no entendió que difícilmente puede haber algo peor para un plan de negocios basado en
la concentración del poder de los medios, que permitir el crecimiento de un proyecto de nueva concentración
de poder político capaz de desafiar ese poder de los medios y de poner en riesgo su monopolio en la provisión
de los productos informativos y persuasivos el oneroso combustible de la cada vez más penosa empresa
de legitimación y fundamentación de los poderes públicos en permanente autoaniquilación. Difícilmente puede haber algo más desventajoso para esta concentración del poder de los medios, que medra de la lucha
de aniquilamiento entre los actores políticos, que inflar más allá de un límite a uno de sus tributarios, por alto
que sea el tributo, si el riesgo es el retiro de los demás contendientes, la consecuente suspensión del tributo de
los desplazados y el fin de esa redituable contienda.
Lo demás es folclor y abono para la perpetuación del modelo. Por eso hay que reiterar aquí que en
ninguna parte de estos análisis publicados en
etcétera hemos pretendido mitigar siquiera la responsabilidad de
los actores políticos en esta, su postración, ante el poder mediático. Y nada más alejado del propósito de estas
notas que el de culpar a los medios por dar a conocer las fechorías de los actores políticos. Lo que hemos
sostenido en estos foros es que tanto los tributarios del poder de los medios los actores políticos como los súbditos
de este poder incontrastable las audiencias sometidas a sus reglas así como los particulares involucrados
directa o indirectamente en los procesos informativos, estamos inermes, pero ya en menor medida ante las
fechorías de los políticos, que mal que bien están siendo castigados a iniciativa de los medios, sino ante las fechorías
de los propios medios. Al escrutinio al que el poder mediático somete al poder político y a los actores políticos
no ha correspondido la mínima expresión de escrutinio y de obligación de rendición de cuentas sobre el
poder incontrolado de los medios lo mismo sobre el Estado de derecho, que sobre la sociedad y los
particulares, entendidos éstos en su calidad de consumidores tanto como participantes o aspirantes a participar en la
vida pública.
A tres años de que se inauguró el nuevo régimen de competencia electoral y alternancia política
plenas, acaso el problema más crítico que enfrenta la sociedad para la construcción de una sociedad y una
cultura democráticas radica en que, apenas dejado atrás el viejo monopolio del poder político y de la definición
primaria de la agenda del debate público a través del control de los medios, ya tiene frente a sí el nuevo reto de
despejar el camino de un nuevo monopolio, el del poder privado de control de los medios por el cual éstos a su
vez controlan al poder político, a los gobernantes y los partidos, como tributarios todos de aquel nuevo poder.
Con las considerables acotaciones anteriores, tampoco se pueden menospreciar los rendimientos que dejan las nuevas libertades informativas de los medios en el orden de la diversificación de los definidores de
la agenda del debate público, a través de la ampliación del derecho de acceso a esos medios a todos los
bandos políticos, empresariales, religiosos, culturales y deportivos en pugna.
Entre esos rendimientos hay que subrayar el de la exhibición de las deformaciones y las limitaciones de
los actores públicos, dramáticamente expuestos en gran medida por su apetito insaciable de visibilidad
mediática, como se trata de ilustrar a continuación.
3. La multiplicación de los pejes
El marzo negro de López Obrador no sólo emparejó a la baja a los principales aspirantes a la Presidencia
para 2006. Como se advirtió repetidamente ante la complacencia con que los medios construyeron el proyecto
de López Obrador en los años anteriores, este mes también se tendieron a igualar, en la imitación de los
(hasta hace poco) exitosos recursos histriónicos de Andrés Manuel, otros actores que irrumpieron en la escena de
su marzo negro. Fue una especie de multiplicación de los pejes, muy a tono con los días de cuaresma de
marzo y con la preparación para la semana santa de abril.
Si cada nuevo hallazgo de irregularidades, muchas de ellas punibles, en la gestión de López Obrador,
fue respondida con una nueva denuncia de "complot", "conspiración" o "campaña de desprestigio",
asimismo, cada nueva evidencia que apuntaba hacia finales de marzo a echar abajo la estrategia del gobernador de
Oaxaca para hacerse aparecer como víctima de un cada vez más improbable atentado, era respondida por el
propio José Murat con similares huídas hacia delante ("no me vencerán", clamaban a dos voces) para tratar de
salir del arrinconamiento de los medios.
Mientras que, por una parte, lejos de dar cuenta de los hechos que inevitablemente lo involucraron,
frente a los cuales la televisión hizo que millones de mexicanos se sintieran testigos en presencia de una serie
de crímenes, López Obrador se concentró en señalar como crimen el de quienes presuntamente se
confabularon para que los crímenes de sus allegados se vieran desde nuestra ventana indiscreta, por otra parte, este
marzo se multiplicaron también los especuladores y mercaderes del crimen de Luis Donaldo Colosio concentrados
en repartir acusaciones y sospechas sobre culpables preseleccionados con los recursos que no inventó,
pero desempolvó, López Obrador, del desván de todos los anacronismos, especialmente el de la teorías
conspirativas dirigidas a afirmar o recuperar los controles autoritarios y populistas de poder.
Este milagro de la multiplicación de los pejes podría también ser el del ocaso del modelo. Un efecto de
los videoescándalos parecería ser, por ejemplo, el de la declinación del éxito mañanero de los dobles o
triples discursos, tan celebrados por la corte mediática de López Obrador hasta antes del 1 de marzo. El
tartajeo insinuante que alternaba medias acusaciones y medias adulaciones, medias verdades y medias mentiras,
según el caso, parecería resultar cada vez más ineficaz ante la notable deserción, así sea temporal, de sus aliados informativos en su sobrecontrolada exposición de las madrugadas o en diversas cabinas de radio, estudios
de televisión y columnas impresas.
Otras lecciones del ocaso de marzo no necesariamente terminal del modelo pejelagarto radicarían en
la incapacidad de administrar los recursos tradicionales y los contemporáneos de la comunicación política.
"Dedicado con devoción maniaca al cuidado de su proyección personal", como describe Paramio la actitud de
López Obrador, en su obsesión de no faltar un solo día a la cita con las cámaras, terminó violentando las más
elementales reglas del manejo de la imagen en los medios. Tenso, fatigado, malhumorado, molesto, incluso a
veces despeinado, llegó a aparecer repetidamente ante las cámaras del amanecer, con los efectos
correspondientes en la generación de percepciones de incapacidad para enfrentar situaciones de crisis con un mínimo
de solvencia.
Pero también lo dañó la desproporción, la desmesura, la descarga masiva, desesperada de su resto
de recursos comunicacionales sin orden ni concierto.
Dos botones de muestra. El primero: una noche, un set de televisión con pretensiones presidenciales,
con lábaro patrio de fondo tras su nicho de cristal y madera, con vestuario y maquillaje de mensaje de año
nuevo, pero con un discurso en lo formal atado al acento de su particularidad regional, para una transmisión en
red nacional y en cuanto al contenido, según las encuestas más serias, lastrado por malabarismos que
produjeron la impresión predominante de que no aclaraba ni daba cuenta de lo que mostraron los videos, ni
mostraba capacidad de aceptar errores y enmendarlos. Total: la magnificencia de la escenografía no estaba al servicio
de la exaltación del vocero, sino que lo empequeñecía. De pronto al espectador lo asaltaba la impresión de
estar viendo a un candidato a algún cargo provincial de algún país hermano de Centroamérica. El segundo: el
mitin en el Zócalo, dispuesto también como set para la televisión, lo cual suponía ajustarse a sus reglas. El
problema fue que decenas de miles de extras, dispuestos como escenografía de paisaje popular, se erigieron en
una tentación irresistible, en un verdadero llamado de la selva para un orador con sus antecedentes de
activista político y su presente de angustia y arrinconamiento. Las reglas de la imagen mediática saltaron en pedazos
y en su lugar aparecieron las muecas y los gritos destemplados que emitía un orador de plazuela en plena
catarsis. En lugar de la escena que hubiera imaginado el moderno consultor aportado por su mejor estratega
para construir al estadista de 2006, apareció el gesticulador que Rodolfo Usigli propuso como modelo del
político mexicano en el glorioso 1938.
Finalmente, las cotidianas conferencias de prensa mañaneras ya habían entrado en un ciclo de
rendimientos decrecientes antes de la crisis. Pero conforme avanzaba la crisis cada día se desmoronaba más lo construido
en unas mil 200 desmañanadas en más de tres años. La imagen holgada del risueño perdonavidas fue dejando
su lugar a un angustiado energúmeno, iracundo, amenazante descalificador de medios y mediadores e
insinuante divulgador de fantasías paranoicas que llevaba sus delirios de persecución a una aula de la Universidad
Iberoamericana.
Una estruendosa carcajada saludó en esa aula, en la clase que siguió a la insinuación del jefe de
gobierno, la proyección del pasaje en que Andrés Manuel insinuaba con su tartajeo espasmódico:
"Me cuentan y a mí me gustaría que algún alumno lo dijera, que un maestro, a lo mejor no es cierto, el
que fue de comunicación social de Salinas, su brazo derecho en estrategia de comunicación, Carreño Carlón,
que da clases en la Ibero, en la mañana decía que iba a dar a conocer el video de René Bejarano, le llevó a sus
alumnos unas televisoras portátiles, les dijo hoy vamos a ver algo espectacular y pusieron los televisores. Ya
estaban esperando que se transmitiera el video de René Bejarano, es decir, antes de que se presentara el señor
Döring al estudio. Entonces a lo mejor no es cierto, estoy hablando cuando son varios alumnos de la Ibero y se
trata de televisores desde antes de que se diera a conocer el video de Döring en la mañana, en su clase, ya se sabía."
Imposible registrar al menos una aproximación a las pausas que entrecortaban frases e incluso palabras
por segundos interminables. Pero de una impresionante cosecha diaria de incoherencias de forma y de fondo,
este párrafo resultó, para el análisis en clase, de lo más representativo de la degradación del lenguaje político,
al menos en tres aspectos:
a) La degradación de la función informativa del gobernante. No encontramos antecedentes en el mundo
de gobernantes que empiecen un párrafo con pretensiones informativas con un "me cuentan", seguido de
dos "a lo mejor no es cierto".
b) La degradación del lenguaje del poder con el recurso arbitrario de la insinuación, suficiente para
colocar en los medios acusaciones inasibles, indefinidas, inconexas pero útiles para generar confusión y eludir
las exigencias de rendición de cuentas.
c) La degradación del método para obtener información, con llamados a la delación, a la infidencia de
los súbditos respecto de sus núcleos inmediatos de convivencia, al envilecimiento y al enrarecimiento de
las relaciones en los grupos más cercanos. Se empieza generando la sensación de que hay soplones en el
centro de trabajo y en los lugares de encuentro ("a mí me vienen a informar meseros, choferes, servidores
públicos", dijo antes) y ya se siguió con una propuesta para contar con soplones en la escuela ("a mí me gustaría que un alumno lo dijera, que un maestro..."). El estalinismo, el nazismo, el fascismo llevaron la práctica de la
delación a la familia: hijos delatando padres, hermanos a hermanos, esposos.
Lenguaje más allá de la inconcebible sintaxis del más previsible autoritarismo tropical, combinado con
los métodos de caricatura del fascismo corriente de la primera mitad del siglo pasado.
Sin embargo, la convicción de que asistimos al ocaso de los pejes, en el mes de su multiplicación, me
lo confirma la reacción de las nuevas generaciones. Un par de risueñas propuestas risueñamente
postergadas de hacer alguna denuncia pública contra la calumnia, pero sobre todo contra el retorcimiento que
entrañan, tanto la insinuación de que el centro de estudio había sido penetrado por algún espía del gobierno del DF,
como el llamado a la habilitación de informantes o soplones en las aulas, condujeron a una discusión que llegó
hasta el relato de la declinación de la docencia y la investigación en las universidades paralizadas por el terror en
los países totalitarios. Luego, el agotamiento del tema, rubricado con una carcajada más sonora que la del
principio cuando alguien contó que en los sectores más fanatizados se llegó a considerar glorioso espiar e
informar para los servicios secretos del Fürer en la Alemania de Hitler o para el Sol Rojo de Nuestros Corazones en la
China de Mao, y no faltó quien propusiera completar el ciclo con la gloria de espiar e informar para el Rayo
de Esperanza en el DF del Peje.
A otra cosa: cuando oímos rebotar así los mensajes degradados de estas extravagantes mentalidades conspirativas, con sus cada vez más previsibles estrategias de comunicación, entonces sí que pudimos corroborar que hay lugar para la esperanza, aunque venga sin el rayo.