Laura Islas Reyes
A la mesa del azar, entre jugadores que lo convocan, el ribete es el interés pactado cuando uno de éstos recibe
un préstamo de otro en la casa de juego para que continúe en él. El pago de dicha deuda se realiza siempre
independiente de la suerte principal.
Así, estos convidados a los vaivenes de la suerte recurren unos a otros para solicitar dichos favores,
mientras algunas cartas en la mesa se muestran de a poco y las restantes se guardan para las mejores ocasiones.
El pacto es de caballeros. Acuerdos que se signan con la palabra empeñada y bajo las miradas vigilantes del
resto de los jugadores participantes que asisten y asienten a dicho convenio.
La partida continúa, pues, su curso natural, con el seguimiento puntual de los participantes que parecen leer
las entrelíneas de cada uno de los gestos de sus contrincantes, como si se tratara de las páginas de un diario.
No obstante, algunas veces hay jugadores que rompen la nobleza de aquellos acuerdos y cambian de parecer
al más veleidoso de los gestos. Y el ribete eleva su tasa de interés; para continuar con la figura del diario -y
evitarle confusiones a los lectores- diríamos que, entonces, las palabras que otrora fueron apologías y elogios, pasan
de súbito a ser descalificaciones e insultos.
Pocas veces se sabe con certeza qué factores provocan este tipo de cambios en los acreedores del ribete;
sin embargo, se ha llegado a saber que los impostores del ribete (como se les denomina a este tipo de jugadores)
suelen jugar otro juego, el de especular con la suerte de su deudor a quien si ven sumido en la desgracia, no dudan en
sacar provecho de ésta. Y, por otro lado, buscarán conseguir la benevolencia de quien lleve la mano más poderosa.
Son especialistas en redes de protección que les permiten retirarse a tiempo y no ser arrastrados por los
infortunados que siempre miran, con un dejo de amargura, los sorpresivos cambios de opinión de los impostores de ribete.
Y es que de veras su impostura convence, apuestan todo a una mano que asumen como propia, la magnifican,
la venden como lo haría un periodismo de facción con algún candidato o Presidente, y después deciden virar hacia
el polo más opuesto sin que medie mayor explicación o argumento.
Por lo general estos impostores de ribete no saben mucho del juego y sus estrategias, de sus vericuetos con el
azar y la suerte, pero manejan con maestra perfección todas las armas que les permiten defender sus intereses.
Para conseguir los préstamos o favores de estos impostores no se precisan necesariamente de grandes
oficios: algunos de este tipo de jugadores han confesado que ofrecen este ribete, incluso, de rodillas o arrastrándose
como, dicen ellos, un político en campaña o un vendedor de publicidad.
No siempre es fácil reconocer a un impostor de ribete
a priori, aunque hay algunos que por su trayectoria en
el medio ya están perfectamente ubicados.
Entre las mesas de juego deambulan con una copa en la mano, ubican la partida conveniente y deciden apostar
a la suerte de otro, hasta que ésta desfallece y su desgracia se convierte, más bien, en un guiño para que otro
jugador acepte la sociedad con el impostor. Y nunca falta quien lo haga.