Leonardo Iglesias
"Cada momento es como un bocado que es necesario saborear". Marta Dillon sabe de la finitud de esos momentos.
Del tiempo agazapado de la muerte. Los lleva en el cuerpo desde hace más de diez años, cuando un análisis positivo de VIH
la dejó anclada en el día y el futuro se nubló.
Corría 1994 cuando le diagnosticaron la enfermedad. Entonces un amigo, artista plástico, le dijo "que también
podía ser una buena noticia porque ahora iba a trabajar para estar bien". Aquel consuelo fue el preludio para develar su vida
y extirpar miedos propios y ajenos. Optó por lo que sabía: escribir. Así nacieron las columnas semanales que publicó en
el diario Página/12, durante casi una década. Y que ahora acaban de ser compiladas en
Vivir con virus. Relatos de la vida
cotidiana. Un libro que sorprende por su generosidad. Por esas páginas pasea la vida de Marta y la de todos aquellos
que han ofrecido su voz. Sí, está la muerte. Pero, quizá, la belleza poética de
Vivir con virus sea un sedante ante el
dolor nervado y la muerte consiga navegar en otros ríos. "Las hojas se caen, el otoño las desparrama, vuelven a la tierra. El
sol es rojo. El planeta se mueve. Cae la noche. La luz viaja a través del tiempo y nos regala estrellas. Los perros ladran.
Yo estoy viva. Pronto va a amanecer", se lee en uno de sus escritos. Y es cierto. La mañana huele a magnolia y pan fresco.
Prestar la propia voz
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Marta Dillon |
La primavera le picó en sus manos y Marta decidió dar a conocer sus textos. No existía ninguna estría de profético en
su plan. La alertaba sólo un dato: a su alrededor mucha gente moría de Sida. La columna "Convivir con virus" salió
en octubre de 1995, en el suplemento
NO de
Página/12. Atrás quedaban sus incursiones en el diario
Nuevo Sur y las revistas
El Porteño y
El
Libertino. Ahora ese devenir catártico, que consistía en exponer su vida en partículas, todas
las mañanas de todos los jueves, encontraba una retroalimentación inmediata. "Cuando empecé a recibir la devolución
de lectores, sentí que se empezaba a tejer una red que me animaba a saltar la próxima vez, la próxima columna. Sentí
que poner en común la experiencia era una manera de limar sus efectos secundarios y eso estaba bueno para mí y para
quienes las leían", dice en entrevista con
etcétera.
La columna se publicó durante nueve años y se convirtió en un respaldo que aportó cierta seguridad. Un
hormigón espiritual que la ayudaba con los cócteles de drogas y la fiebre. Marta se sentaba y escribía. Todos los domingos, volvía
a rearmar su historia, que ya no le pertenecía, y a congelar el pestañeo con un nuevo relato que asumía como propio.
"En general, antes y después de haber escrito las columnas que integran el libro, entiendo que no hay historias
completamente de otros. En todo caso es necesario aprender cada vez a pensarse en el lugar del otro. Además, digámoslo, es más
fácil contar historias cuando éstas hacen eco en la propia.
Convivir con virus comenzó contando mi experiencia para
después abrirse al resto", recuerda.
A los 39 años, Marta reparte su tiempo. Hoy es editora del suplemento
Las 12 de Página/12 y escribe un nuevo
libro sobre las mujeres encarceladas en el Penal de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires. Allí tal vez utilice el mismo
registro narrativo. Y la belleza sea cruda. Y lo obvio retratado.
El resultado
Los gritos sirven para despertar letargos. Aunque ese día de 1994, a Marta Dillon la enroscó la mudez y el vómito.
El resultado positivo del VIH logró amputarle el aliento. Y en un segundo un hormiguero de ojos pareció contemplarla.
Fue un flash. Un derrumbe prematuro de todo lo agendado. "Lo que sentí fue a la muerte soplándome la nuca". Después
se precipitó la necesidad de "quitarme eso que tenía adentro". Y buscar pares y llorar. "Entonces resultó indispensable
entender de qué se trataba mi paso por el mundo. De saber quién era y quién quería ser. Y trabajar para conducir mi vida por
el camino de mis mejores intenciones, sueños y deseos", recuerda, y aquel mediodía en el Hospital Ramos Mejía
(Buenos Aires) se hace presente. Pero no hay drama. Se cruza la realidad de un país que no atiende el teléfono de los
desposeídos. Entonces el dolor habita en esas manos. "Hay una situación estructural de vulnerabilidad en las clases excluidas. Creo
que la educación es marcadora de clase y su falta es una discapacidad a la hora de tener conciencia y valor del propio cuidado.
Es cierto, cualquiera puede tener VIH, pero seguramente algunos tendrán mejores herramientas y estrategias para
lidiar con eso y también para evitar la infección", dice y arremete contra la miopía gubernamental: "Habría que empezar
por pedirle a los aparatos del Estado que miren donde tienen que mirar y exigir una educación sexual que se inicie en
el despunte de la escolaridad".
Marta Dillon optó por describir lo que tenía dentro suyo. Acaso desafiante por el temor que ardía en su sangre.
O simplemente para hallar un plano que le trajera bocanadas de aire medular. O para respirar aire de esos "otros"
que palpaban la misma finitud del domingo, cuando se sentaba frente a la computadora y pensaba a cada instante: "(...)
las transformaciones de mi cuerpo delatan que envejecer no será tan romántico como creía, menos en estas coordenadas
de tiempo y espacio en las que el fulgor es un fósforo encendido a la intemperie".