Andreas Kurz
Escena 1. ELLA y ÉL entran en un bar. Buscan un lugar libre. Se sientan. ÉL deja un celular
tamaño encendedor sobre la mesa. ELLA lo toma. Revisa si tiene mensajes. No tiene. Lee los que ya conoce.
ÉL ordena dos copas de vino tinto al mesero y espera.
En la película El
aro, producción de Hollywood basada en el cine japonés, con pocas
pretensiones artísticas, la niña que mata, porque le encanta matar, sale de un televisor. La pantalla se transforma
en una masa gelatinosa que vomita las formas de la muchacha que poco antes sólo era el personaje de
un video. Una vez en "libertad" quita la vida a un fotógrafo que graba esta imagen en las facciones
deformes de su cara muerta. Dudo que los productores de la cinta se hayan percatado del valor metafórico de
tal escenografía. La realidad grabada en video o en una foto, o en una cinta magnética, un DVD y, hasta
eso, un texto perdura más allá de su muerte. Los medios de comunicación borran los límites entre
realidad y ficción, mucho más que un cuento de Borges lo hubiera podido hacer.
El aro, conscientemente o no, nos muestra una utopía de los fines de la comunicación electrónica y tradicional: borrar del mapa a su
usuario, lograr lo que la novela policíaca sueña desde hace décadas: describir un asesinato cuya víctima es el
lector. La última finalidad de la comunicación entonces sería la comunicación nula, el exterminio del comunicador.
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Foto: The New York Times Magazine |
En tiempos de la red, de los celulares diminutos, de los comunicadores multifacéticos, la crisis de
la comunicación se hace cada vez más obvia. Una crisis muy agradable. ¿Qué harían los padres por lo
menos en países tecnológicamente civilizados si sus criaturas no pudieran pasarse medio día en la red?
¿Qué harían los maestros y otros profesionales de la educación si no pudieran quejarse sobre la falta de
cultura de la juventud debida a la influencia www? ¿Qué harían los sociólogos y escritores del mundo si
no pudieran analizar las consecuencias políticas, interpersonales y generalmente nefastas de su
entorno multimediático? La crisis de la comunicación es el alimento básico de nuestras sociedades
postmodernas. El discurso en torno a ella es, por otro lado, el síntoma más claro de crisis. Todos pueden decir,
escribir, cantar, filmar todo. La mediocridad de lo reproducido no importa. Las
Academias de TV Azteca y los
Big
Brothers de Televisa sirvan para ilustrar lo dicho. Canciones desentonadas y un lenguaje reducido a
la palabra "güey" son, lo admito, ejemplos drásticos. Sin embargo, la mayoría de los productos de
la comunicación moderna y de su metadiscurso, en los medios tradicionales y electrónicos, repite el
mismo patrón: no se requieren respuestas, el diálogo sobra.
Escena 2. El mesero trae las dos copas. ELLA toma la suya y brinda con ÉL. De nuevo empieza a
recorrer las funciones del celular. Encuentra un juego que no conoce e inicia el primer partido. ÉL se fija en
los clientes sentados en las otras mesas.
La crisis de la comunicación es al mismo tiempo causa y producto de otra crisis: la del progreso. A
finales del siglo XVII el muy erudito Giambattista Vico pudo escribir: "La meta de todos los estudios que hoy
en día se persigue, se venera y se elogia exclusiva y generalmente, es la verdad. Aunque la sencillez,
la utilidad y la dignidad importen: sin duda la manera de nuestros estudios comparada con los de la
antigüedad nos ha de parecer más correcta y mejor". Traduzco la traducción alemana de
Del ser y el sendero de la erudición
espiritual, escrito en latín, al español. Vico postuló la idea de un progreso ilimitado:
la generación actual sabe más que la anterior y por ende está mejorada. La generación que sigue
será todavía más perfecta, y así hasta llegar a un estado paradisíaco. Vico pudo estar seguro de que sus
colegas en toda Europa lo iban a entender. La existencia de un idioma científico universal, el latín, facilitó
y enriqueció el discurso intelectual. La falta de tal lenguaje en el siglo XXI muchas veces impide el
diálogo. En una conferencia reciente, reproducida en
Letras Libres de noviembre de 2003, Susan Sontag
constata "la necesidad de una lengua internacional", y no le cuesta mucha reflexión postular el inglés
como "candidato más viable". Lo que la brillante ensayista no menciona es la imposibilidad de que
cualquier idioma actual pueda retomar el papel del latín. Vico y sus compañeros escribieron en latín y
pudieron prescindir generosamente de la muleta llamada traducción. Sontag, por su parte, menciona no sin cierta satisfacción que cada vez más textos se traducen del inglés a otros idiomas, mientras que cada vez
menos se "vierten" al inglés. Si el funcionamiento de un discurso intelectual global implica el filtro
lingüístico anglosajón, prefiero exclamar con Darío: "¿Seremos entregados a los bárbaros fieros? / ¿Tantos
millones de hombres hablaremos inglés? / ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros? / ¿Callaremos
ahora para llorar después?" (de "Los cisnes",
Cantos de vida y esperanza, 1905).
Escena 3. Suena el teléfono. ELLA contesta: "Pues sí... No... Te echo un
phone a tu handy. Sí, quizá
te doy un ride, pero el CD me lo devuelves... Ok.
Bye". Cuelga, sigue jugando. ÉL pide una segunda copa.
Paradójicamente, con la desaparición del latín como medio de comunicación intelectual, con el
surgimiento y desarrollo de los Estados nacionales la idea de un progreso ilimitado se hace ilusoria.
Intereses políticos y patrióticos ofuscan las nobles metas del pensar individual transferido a otros individuos. El
cada vez más grande, más rápido, más inteligente, "¿más mejor?", sigue dominando las ideologías
nacionales, pero es un espejismo que, a más tardar con la Primera Guerra Mundial, se revela como tal. La
fragmentación del ser, que después de la primera contienda global, se manifiesta de manera trágica, es sobre
todo una fragmentación del lenguaje. El poeta y dramaturgo austriaco Hugo von Hofmannsthal lo había
expresado años antes en su famosa Carta de Lord
Chandos (1902): "Mi caso es, en breve, éste escribe
lord Chandos: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre
cualquier cosa. Primero se me hizo imposible hablar sobre un tema elevado o general, y pronunciar
aquellas palabras, tan fáciles de usar, que salen sin esfuerzo de la boca de cualquier hombre. Sentía un
inexplicable malestar con sólo pronunciar 'espíritu', 'alma' o 'cuerpo' () Las palabras abstractas que usa la
lengua para dar a luz, conforme a la naturaleza, cualquier juicio, se me descomponían en la boca como
hongos podridos...". Si el idioma ya no es capaz de expresar la realidad que supuestamente representaba,
entonces cualquier intento de comunicación tiene que fracasar. No hay duda que para la literatura y las
artes la fragmentación resultó ser un asunto sumamente productivo, mas no comunicativo. Nadie dudaría
del valor artístico del Ulysses de Joyce, pero ¿cuántos lo han leído? y ¿qué lector podría dialogar con
Stephen Dedalus? El Pierre Menard borgesiano afirma con todo el derecho que es el autor del
Quijote. Muchos lectores podrían afirmar, y con todo el derecho, que son los autores de
Madame Bovary. Por otro lado, recrear mediante la lectura, que siempre pretende ser un diálogo, la obra del genial irlandés, tiene
resultados frustrantes. De nuevo sobran las contestaciones. El
Ulysses se debe descifrar, y si un lector es
lo suficientemente masoquista, semejante rompecabezas puede ser muy divertido. No obstante, Leopold
y Molly Bloom huyen de la comunicación.
Escena 4. ÉL pregunta a ELLA: "¿Qué tal el CD de Peter Gabriel?". ELLA: "¿?". Silencio de tres
minutos. ELLA: "Britney sí es
cool".
En el siglo XX el progreso técnico debió recompensar la ausencia de un progreso comunicativo.
Esta táctica resultó ser un espejismo fatal. Se perfeccionó la técnica de matar y el
nihil novum sub sole se estableció como norma general de la centuria. El filósofo argentino Mario Bunge resumió el dilema
hace poco de una manera muy sencilla: "Hace ya mucho tiempo que los automóviles tienen las mismas
características". Hay cambios, sin duda, pero "son adelantos cosméticos, no esenciales"
(etcétera, noviembre 2003, p. 31). Un automóvil de la más reciente generación sigue siendo un automóvil. El más
pequeño celular sigue siendo un teléfono. Y la computadora más rápida sigue siendo una extensión veloz
del cerebro humano, es decir, otra muleta. Por varias décadas el progreso de la humanidad se equiparó
con los éxitos de los viajes espaciales. Actualmente, después de una serie de pequeñas y grandes
catástrofes que costaron vidas y miles de millones de dólares, los medios tienen que recurrir a argumentos
manipuladores y miradas patéticas de locutores para convencer a sus espectadores que una misión a Marte sí
vale la pena. Fracasó rotundamente la exploración del macrocosmos. ¡Qué viva el microcosmos! Los
aparatos electrónicos comunicativos se desarrollaron con sorprendente rapidez y parecieron realizar las
profecías de Giambattista Vico: cada nueva generación de computadoras y celulares es más rápida, más
pequeña, más práctica, más multifuncional que la anterior. De hecho se perfeccionan: serán el juguete
definitivo... Un celular hecho para dedos de enano sigue siendo un teléfono. Es cierto. Mas: lo que menos interesa a su usuario es hacer y recibir llamadas. La función comunicativa de un celular moderno consiste en
explicar sus novedades a los amigos, en tomar fotos efímeras, y en mandar y recibir chistes
spam.
Cuando, alrededor del año 1700, la posibilidad de una comunicación intelectual a través de las
fronteras lingüísticas deja de existir, la idea de un progreso ilimitado rumbo a la perfección del género humano,
se transforma paulatinamente en una referencia retórica de discursos políticos sin valor real. A inicios
del siglo XXI vivimos un progreso técnico y comunicativo irreal: un castillo en el aire. En el ámbito
económico algunos países superdesarrollados, como Alemania, están despertando de la ilusión de que siempre
es posible marchar hacia adelante. Millones de europeos, japoneses y estadounidenses tienen que vivir
con la nueva sensación de una economía que se niega tercamente a crecer. Mientras tanto la niña asesina
de El aro sale tranquilamente de la televisión, de la red, de los celulares diminutos, y calla a los
comunicadores. Todavía no se mueren del susto, sino se divierten con la más reciente "innovación". Pero, ¿qué va a
pasar si por casualidad se voltean y, en lugar de su pareja, se encuentran con la muchacha psicopática?
Escena final. ELLA le devuelve el celular a ÉL. Después de un silencio de dos minutos dice: "Voy por mi teléfono al coche".