Videopolítica o chunga
Sergio Marelli
Una experiencia televisiva única en el mundo se inició el pasado 30 de septiembre en el canal
argentino América TV. Durante diez emisiones, 16 personas seleccionadas en un
casting competirán por atraer las simpatías de los televidentes y de un jurado de periodistas, con el fin de obtener la candidatura a diputado
en el Congreso de la Nación en las próximas elecciones de 2003.
Casting de diputados
El lunes 9 de septiembre fue el primer día del
casting. Se presentaron cerca de 800 personas,
embriagadas de ardor cívico y armadas de carpetas con proyectos "legislativos", maquetas, interminables listas de
peticiones, bronca, fervor, deseos y otras efusiones "patrióticas", con el fin de sentar las bases programáticas de
este curioso partido político que lleva por nombre "El Partido de la Gente".
 |
Foto: Fortune |
De esos hombres y mujeres aspirantes a ocupar una banca en el Congreso, fueron preseleccionados
120. Luego, un jurado integrado por periodistas del canal eligió los 16 finalistas. Los seleccionados se dividen
en cuatro grupos para desarrollar en el ciclo sus ideas políticas. Cada uno de estos grupos tendrá un
programa para exponer sus propuestas. Vale decir, que la primera etapa constará de cuatro programas. El orden en
que éstos van a ir saliendo al aire surgirá de sorteos realizados ante escribano (notario) público. Dentro de los
grupos, cada uno de los participantes deberá presentar un proyecto de solución para algunos de los problemas
sociales más apremiantes. De cada grupo, los televidentes o "teleciudadanos" podrán manifestar su preferencia
de manera telefónica, mediante llamados que, según Sebastián Meléndez productor del programa,
costarán tres pesos más impuestos.
Los cuatro candidatos resultantes deberán seguir adelante con su proselitismo televisivo durante los
tres programas siguientes. Cumplido ese plazo, una nueva votación de los televidentes consagrará a los dos
finalistas, quienes contarán con dos programas para extremar su poder de seducción, al cabo de los cuales,
los "teledemócratas" ungirán con sus llamados al ganador.
De esa manera, quedará conformada la lista de diputados nacionales por la capital federal en orden a
las preferencias volcadas por los televidentes a lo largo del ciclo. El candidato elegido ejercerá la titularidad
del partido y dispondrá de plenas facultades para completar su lista y nombrar autoridades internas.
Los requisitos para anotarse en el programa fueron los mismos que la Constitución nacional impone
para cualquier aspirante a diputado: "25 años cumplidos y cuatro años de ciudadanía en ejercicio". Los
productores del programa estiman que el ganador del ciclo tiene fuertes probabilidades de ser uno de los 12 diputados
que serán electos en 2003. Vale recordar que para ser elegido en ese cargo se necesitan alrededor de 125 mil
votos, apenas por encima de lo que equivale un punto de
rating.
En medio del creciente deterioro institucional en el cual está sumida Argentina, Meléndez, quien además
de productor televisivo es sociólogo, explica el por qué de este programa que pretende romper la agenda
tradicional de los medios de información: "Este programa es una metáfora de lo que pasa en la base y no aparece en
la política, en los partidos. La gente habla de subsistencia y los políticos hablan de padrones. Lo que
queremos hacer es proveer un canal de expresión. Acá nadie tiene el delirio místico de pensar que vamos a resolver
toda la situación desde un programa de tele visión. Es un canal de expresión, no una solución".
Lo que dicen los candidatos
Raúl Machado un psicólogo social de 61 años, aseguró: "Seré diputado para establecer que en todos
los niveles educativos se enseñe autoestima. Los males de Argentina están en sus raíces musicales: las letras
tristes de los tangos y del folclor predisponen mal". Para demostrar su teoría, arremetió con la interpretación de
piezas ejemplificativas de esos repertorios, cosechando no pocos aplausos. No quedó claro si esos aplausos
iban dirigidos al cantor aficionado o al futuro diputado.
Por su parte, Osvaldo, un jubilado de 87 años, se lamentó: "En mi vida vi gente comiendo tierra como
ahora. Los políticos no escuchan a la gente. En vez de prestarles atención a las manifestaciones, la clase
gobernante prefiere reprimir y matar. Pareciera que en la Argentina de hoy el que se manifiesta es revolucionario.
Necesitamos políticos que provengan del pueblo".
En tanto Jesús, un desocupado de 49 años, que sobrevive dificultosamente haciendo trabajos de herrería
y vidriería, dijo, con ojos tristes: "Mire, tengo un terrenito de 400 metros cuadrados en Mariano Acosta, no
me interesa ser diputado pero si algún empresario puede, yo se lo dono para que haga un comedor para los
más humildes. ¿Le parece ridícula mi idea?".
Cuando comenzó el fin
Durante muchos años se fue macerando en la gente una convicción: la política es sinónimo de
corrupción, de aparatismo, de clientelismo y de sometimiento al poder económico. Pero, a partir de los cacerolazos
y movilizaciones populares del 19 y 20 de diciembre de 2001, cambió el vínculo que unía a la ciudadanía con
sus representantes políticos. Hubo una ruptura. Un profundo "cansancio moral", terminó cuajando en un grito
de guerra: "Que se vayan todos". Frase que, de alguna manera, ha sido resignificada recientemente con un
graffiti que expresa cierto desencanto extendido en la sociedad: "Si gana alguien, me voy del país". Este graffiti,
en clara alusión a los próximas elecciones presidenciales de marzo de 2003, se deja traducir con facilidad de
la siguiente manera: "Si gana cualquiera me voy del país". Que hagan con el país lo que quieran, como
siempre lo han hecho; sería el sustrato amargo de la frase. Animo sombrío nacido del desengaño, o coartada para
la indiferencia; lo cierto es que nunca en la historia argentina hubo elecciones para Presidente de la nación
con tan pocas expectativas abiertas.
El descrédito que se han sabido granjear los dirigentes políticos, y que como una infección se extiende en
todo el cuerpo social, implica el grave peligro de que la democracia deje de ser considerada como instrumento
para acceder a la justicia social y a una convivencia digna.
El escritor y periodista Martín Caparrós afirma: "La política es el primer desaparecido de la democracia.
La reemplazó el engaño y el arreglo y, como los llaman política, pretenden que no nos demos cuenta. Los
políticos nos vendieron que la política es lo que ellos hacen en pasillos oscuros y que el poder se usa para conservar
el poder, y se ganaron el repudio más masivo. Por eso, en estos años, los que hacían política tenían
¿tienen? que decir que no la hacían. Por eso, en estos años, en ciertas marchas, las banderas políticas eran
¿son? rechazadas por 'la gente'. Y los militantes aparecían ¿aparecen? como el peligro o, más preciso, la
famosa lepra".
 |
Foto: Médias |
Una interpretación optimista de los hechos podría llevarnos a la conclusión de que el odio a los
políticos constituidos en casta, podría significar el regreso de la política a la gente, a las calles. Caparrós lo
consideraría una suerte: "Hasta ahora, mientras no descubramos otra cosa, la política es la única herramienta que
tenemos para mejorar en serio nuestras vidas".
No hay demasiados indicios que permitan colegir que la gente haya trazado con claridad una línea
divisoria entre política y políticos. Siente que creer en un candidato se parece a la loca confianza en un billete de
lotería, y que todas sus portentosas promesas serán minuciosamente traicionadas a pocos días de asumir el
gobierno. "Si yo decía lo que iba a ser en el gobierno, no me hubieran votado", reconoció públicamente el dos veces
electo presidente, Carlos Saúl Menem.
Ante la realidad caben todas las posibilidades, la peor, negarla. No hay manera de transformarla si no es
a partir de su conocimiento profundo. Quien pretenda ignorarla escuchará el ruido de sus propios
huesos triturados bajo el peso de los hechos. Por aquello que decía Faulkner: "La destrucción es como cualquier
otro cobarde: no le pega al hombre que la mira a los ojos".
Es en ese marco que se hace inteligible
El candidato de la gente. ¿Será un producto más de la
banalización de la política o una manera de ayudar a la gente a desarticular la impostura y permitirle ser, valientemente,
lo que tan postergadamente necesita ser? Para ayudarnos a contestar la pregunta, consultamos a gente de
mirada profunda.
"La televisión ensucia todo lo que toca"
Roberto "Tito" Cossa es unánimamente considerado el más grande dramaturgo argentino, además
ha tenido una vida periodística muy rica, e incursionado en la televisión como guionista de algunos
programas memorables; opina lo que sigue sobre El candidato de la
gente: "Me parece una jugada de la televisión.
Que un programa de televisión promueva un candidato en un país donde los partidos políticos prácticamente
no tienen candidatos para presentar es un síntoma de lo que está pasando en nuestra sociedad. Sería una
idea encomiable si el programa fuera hecho con las Asambleas Populares, con los piqueteros u otras
representaciones sociales de base; pero no va a ser así. Se va a mezclar espectáculo con política, y es ahí donde la televisión
ensucia todo lo que toca. Es su característica".
Por su parte, Alicia Entel investigadora en comunicación, señala: "La espectacularización de la política
no ha traído nunca buenas consecuencias. Lo que está en crisis no es la política sino los políticos tradicionales.
En el último año, en Argentina los distintos sectores sociales, sobre todos los populares y las capas medias,
han mostrado su capacidad organizativa e incluso de liderazgo, desde los piquetes hasta asambleas barriales.
Esto es lo político. La crisis de los políticos tradicionales y su incapacidad para tener una representatividad no es
del orden subjetivo sino una fuerte crisis en los partidos tradicionales. Mucha gente con mucho trabajo y
bastante angustia está pasando de las protestas a las propuestas, y eso no tiene nada que ver con este programa
que tendrá su fin de lucro, como muchos otros. Este programa hace un uso sensacionalista de la política, casi
como si se satirizara esa incapacidad".
En línea con esas miradas, considerando al programa como un paso más hacia la frivolización de los
procesos democráticos de representación, el sociólogo Mario Margulis apunta: "Este intento de
video casting que conduciría a la elección de un candidato a diputado lleva implícita la conversión de los procesos de
representación popular en espectáculo. Ello supone la creación de una nueva mercancía televisiva que, como toda
mercancía, contiene en su interior mecanismos que deforman su significado. Se trata de una nueva vuelta de tuerca en
la expansión de la videopolítica y en la imposición de la lógica y de la estética televisiva, en el interior de
los conflictivos procesos de construcción de la democracia. Siguiendo la línea de otros concursos
televisivos: selección de cantantes, de modelos, de futbolistas, se pasa ahora a la selección de posibles
representantes populares. Cabe esperar, por consiguiente, el imperio de las pautas a que nos ha acostumbrado la
televisión: privilegio de la imagen, tener en cuenta la aptitud frente a la cámara, preferencia por el cuerpo
legítimo propagandizado por los medios. A ello deberá agregarse que el voto tenderá cada vez más a parecerse
al rating".
Rareza televisiva
Los argentinos, que genuina o fraudulentamente, se arrogan la invención de la birome, el dulce de leche
y la aspirina, podrán, también, contar con el dudoso privilegio de tener un programa televisivo semillero
de miembros del Parlamento nacional. Esa curiosidad fue lo que movió a que un batallón de
corresponsales extranjeros se trasladara a Argentina a cubrir los acontecimientos. De esa manera, diarios como
El País de España o
Reforma de México, o canales como TVE, CNN, Telemundo, Univisión, Canal 13 de Chile,
etcétera, reprodujeran escenas de esa realidad tan parecida a una extravagante ficción.
No toda originalidad es laudataria. Por eso, los argentinos debiéramos preguntarnos por qué razón,
un programa de esas características pudo ser concebido solamente en un país como Argentina.
¿Epidemia?
En los últimos días ha cobrado fuerza la versión de que el
programa El candidato de la gente tendrá
émulos en otras latitudes, incluyendo, nada menos, que al mismísimo centro del imperio neoliberal. Como es
previsible, Estados Unidos que tiene a Las Vegas por capital espiritual, no puede menos que doblar la apuesta. Si en
los arrabales del mundo se arma un programa televisivo para competir por un cargo legislativo, en el gran país
del norte lo será ni más ni menos que para el cargo de Presidente.
En efecto, en el site de Internet Drudge Report se informa que para las elecciones presidenciales de
noviembre de 2004 se elegirá un candidato, mediante un mecanismo de selección semejante al implementado en
El candidato de la gente. El programa televisivo se llamará
American candidate, cuya realización llevará la
firma del magnate Rupert Murdoch, cuya fortuna personal se estima en cinco mil 700 millones de dólares. Dinero
más que suficiente para solventar los gastos de campaña de cualquier aspirante a la presidencia.
Se ha dejado trascender que en la lidia preelectoral participarán unos cien candidatos, quienes tendrán
que atravesar una sucesión de pruebas cuya naturaleza no se conoce al momento. Se llegará, incluso, a
practicar algunos de los ritos más característicos de la política estadounidense, como es celebrar una convención a
la manera en que son realizadas por los demócratas y los republicanos para la consagración de sus
respectivas fórmulas presidenciales.
¿Será El candidato de la
gente un chispazo en la pradera del aburrimiento mediático, un intento noble
de renovación política? ¿O será un virus que extiende una epidemia de la que no es difícil burlarse, y que
tendrá un poder de irradiación irrefrenable cuando se instale en las alucinadas pantallas del
Big Brother?
Primer programa. El cronista revela su voto
Que el programa es una apuesta fuerte de América TV queda demostrado por el hecho de que su
conductor es Jorge Rial gerente de programación del canal. "Que la meritocracia reemplace a la dedocracia", fue
una de las primeras frases de que se valió Rial en la emisión inaugural. Que la gente llegue a un cargo público
por sus méritos y no como resultado de arbitrarias decisiones de comité, fue el pensamiento que en
numerosas variantes intentó transmitir el conductor a manera de consigna del programa.
 |
|
"Hemos tenido muchas presiones del gobierno y de los políticos profesionales en general", dijo Jorge
Rial en otro tramo, citando, incluso, una frase que el senador nacional Rodolfo Terragno hombre fuerte de la
Unión Cívica Radical, dijera a propósito del programa: "Con la política no se juega". Es cierto. Pero
podríamos agregar que la verdad que enuncia la frase no excluye que, de hecho, la política, cuando se encarna en
poder, funciona como un juego de dados cargados en los que siempre pierden los mismos.
En el primer programa se mostraron a los 16 integrantes de la lista de diputados cuyo orden quedará
librado al voto telefónico de los televidentes. Así, pudimos tener las primeras impresiones sobre una obrera de
una fábrica autogestionada, un ahorrista cuyos depósitos quedaron atrapados en el "corralito" bancario, un
comisario retirado, una cartonera persona que se dedica a la recolección callejera de cartones y botellas para su venta posterior, un enfermo de Sida que reparte preservativos por las calles, un abogado, un travesti, un
asambleísta y hasta un funcionario público de la ciudad de Buenos Aires Antonio Brailovsky, quien considera al
programa: "Una excelente experiencia de educación ciudadana".
Lo que se vio y sobre todo lo que se escuchó, en este primer programa no presagia el debate profundo
de ideas que volvería al programa no sólo elogiable, sino también necesario. En muchas de las propuestas que
se escucharon la colaboración de la inteligencia es calculable en cero. En el mejor de los casos, buenas
intenciones que obviamente no alcanzan por sí solas para transformar en un ápice la realidad. Consignas fáciles como
la tabla del uno, discursos que parecen odiar sin tregua al pensamiento creativo, y que no pueden tener
otro destino que el olvido o, peor aún, el recuerdo entre bostezos. La realidad nos empuja a los argentinos y a los latinoamericanos en general a un cuestionamiento
de nuestra conducta como sociedad, de nuestras historia, a poner en duda todo lo que dábamos por seguro y
a ver como insanable locura lo que tanto tiempo aceptamos, pasivamente, como normalidad. Bertolt
Brecht escribió: "Lo que no ha cambiado durante mucho tiempo termina por parecer inmutable. Dondequiera que
nos volvamos veremos cosas que son demasiado sobrentendidas como para que nos esforcemos por
comprenderlas". Pues bien, que no haya más sobrentendidos, vivamos en estado de asamblea permanente. La infatigable
riqueza de la democracia radica precisamente en eso: la incesante posibilidad de debatirlo todo. Pero la televisión
no es inocente del vaciamiento institucional producido en muchos de nuestros países; por el contrario se
ha esforzado en impedir la definición de los problemas sociales, diagnosticarlos, encontrar soluciones, formas
de organización y nuevos liderazgos, que nos afirmaran en esa entrañable convicción acuñada por un
teórico alemán: "Democracia quiere decir más democracia".
Los lazos de representación entre el pueblo y los políticos no se reconstituirán mágicamente. La única
manera de devolverle a la política la credibilidad que le resulta indispensable como herramienta de
transformación social, es asociándola a la ética, no al espectáculo. Objetivo que está muy lejos de las intenciones y
las posibilidades de un programa de televisión.
Aunque una de las tradiciones más caras de la democracia es el carácter secreto del voto, yo revelaré el
mío: votaré, una vez más, por apagar el televisor.