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José Carlos Castañeda

José Carlos Castañeda

La TV exhibió y se exhibió

Desconcierto. Esta palabra resume lo que ha sucedido en Estados Unidos desde la hora en que debía anunciarse quién ganó las elecciones. Nadie esperaba que la noticia de la noche sería que no habría noticia. A diferentes horas se anunciaron distintos ganadores. Y al final de la jornada, después de una larga vigilia, no hubo resultados oficiales. Entonces, la carrera por la Presidencia se convirtió en la batalla por la Casa Blanca o, al menos, así pasó en los titulares de las noticias de televisión. En la vida pública ese giro tuvo otras consecuencias. El conflicto postelectoral de las boletas "mal contadas" en algunos condados de Florida tuvo que dirimirse en la Suprema Corte de Justicia.

El suspenso comenzó antes. Un amplio margen de indecisión en el electorado no permitía definir una tendencia en favor de nadie. La campaña rumbo a la Presidencia llegó al día cero con un empate en las encuestas. Pero eso no era todo, bajo el régimen del voto electoral, no era claro cómo se distribuirían las tendencias una vez que las casillas cerraron. El voto popular ­como se llama al con-teo total de los votos­ no es el resulta-do final de la elección. Lo que define la Presidencia es el voto de los electores de cada estado. Y para lograr esos votos tres entidades concentraban la atención: Florida, Michigan y Pennsylvania.

Después de las ocho de la noche, las cadenas de televisión anunciaron que Gore derrotaba a su contrincante en Florida. Pero el equipo de Bush rechazó el resultado, lo consideraba muy apresurado. ¿Cómo era posible que ofrecieran resultados si los datos presentan un escenario muy reñido?, se repetía insistentemente del lado republicano. Ese fue el primer dis-paro en la oscuridad. Las noticias en la televisión rectificaron, pero sólo para preparar otro malentendido. Entonces comenzó a fraguarse una desconfianza generalizada en el con-teo de los votos. Por primera vez, la democracia estadounidense mostraba sus debilidades. Ante una competencia muy reñida, los resultados no llegaban con la velocidad que los medios esperaban. ¿Qué había pasado? El sistema democrático y los medios informativos quedaron atrapados en su propia red: el margen de error de las encuestas. El primer signo de desconcierto para los medios fue el manejo del suspenso. Después amaneció la incertidumbre. Comenzaron las suspicacias. Se insinuó que los electores se habían equivocado al marcar su decisión. Ahí arrancó el carrusel de los recuentos. Por ley el estado de Flo-rida exige que cuando la diferencia es tan estrecha se vuelvan a contar las boletas. Además hacían falta los llamados votos ausentes.

Los medios se equivocaron. Incurrieron en la manía de la precipitación, pero su fallo exhibió no sólo los límites de la prensa televisiva como espacio público de reflexión y escrutinio claro de las ideas. Actuaron bajo la presión del momento y se desbocaron. El costo de su error fue muy alto, pero quizá no podía evitarse: se propagó la desconfianza. ¿Hasta dónde son culpables los medios?, ¿son los responsables principales de la confusión?, ¿deberíamos juzgarlos como parte del conflicto y no de la solución?

Los medios padecen el síndrome de la intolerancia al suspenso. Adelantarse a la noticia, a veces, puede convertirse en un intento de adivinar. Ese es el riesgo que conlleva la avidez de novedades y de la ansiedad ante laincertidumbre. Si analizamos con me-nos prisa el conflicto postelectoral se puede advertir que si bien los medios se precipitaron en otorgar el triunfo y felicitar al ganador, el nudo ciego no fue su falta. El dilema es el enmarañado sistema electoral estadounidense que debiera ser revisado como propone la flamante senadora Hillary Clinton, que es muy probable que se convierta en la nueva líder de los demócratas, si su candidato Gore es derrotado, al final de esta larga noche electoral.

Quizá el punto más grave de esta intensa batalla ha sido tener que pasar a los tribunales para dirimir la disputa electoral.

¿Hay una crisis?

¿Estados Unidos vive una crisis política? Quizá valdría la pena aguardar para escuchar los argumentos de la Corte. Tal vez sería demasiado hablar de crisis para un país con instituciones tan sólidas y arraigadas. Pero justo ahora la institución democrática exhibió sus límites y sus fragilidades. Una elección tan competida puso en problemas al sistema por la lentitud del proceso y lo intrincado del mecanismo. Es momento de pensar en examinar esos desajustes, pero no está claro que la sociedad estadounidense y los políticos admitan de inmediato un cambio en las leyes electorales. El federalismo está de por medio y será difícil lidiar con las diferencias en estos niveles. Escribo este artículo 14 días después y no hay una solución satisfactoria a la vista. No puedo evitar preguntarme, ¿cómo hu-biera vivido México una crisis seme-jante? Al menos días antes de la elección había muchas posibilidades de una competencia muy apretada. No fue nuestro caso. Pero en Estados Unidos, la solidez de las instituciones permite mantener el suspenso, sin caer en la espiral de la desconfianza.

No obstante, el bacilo de la sospecha ha sido inoculado y tardarán algún tiempo en restañarse las grietas del sistema. Como describió el titular del Chicago Tribune, el 8 de noviembre: tan cerca como es posible, o si pre-fieren "más cerca, imposible". Ese fue el detonador. Quizá la imagen que perdurará en la memoria sobre la debacle de los medios el 7 de noviembre será las dos llamadas del vicepresidente Gore. Primero aceptando una derrota que sólo los medios registraron, y la segunda conversación cuando se retractó y le contestó al candidato republicano: no seas tan quisquilloso. Para luego rematar: tu hermano no es la última autoridad en este asunto.

José Carlos Castañeda estudió Filosofía en la UNAM. Actualmente radica en Chicago, Estados Unidos.
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