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Sergio Marelli  Borges y el otro




 Sergio Marelli



No tiene sentido preguntarse cuál es el verdadero Borges, si el genial escritor que ejerció un magisterio verbal innegable a lo largo del siglo XX, o el polémico personaje que minaba cada entrevista con explosivas declaraciones. Signo de ceguera sería no advertir que el nombre de Borges está grabado a la entrada de uno de los yacimientos más ricos que ofrece la literatura en lengua española. Lo que esta nota busca es comprender las motivaciones por las que pudieron convivir a lo largo de una vida, el creador inmenso y el lábil opinador.

Hablar para el olvido

"Yo no he leído un periódico en toda mi vida. En un diario, por lo general, se escriben noticias, desde luego tontas. ¿Qué importa que un ministro viaje o no? De las cosas realmente importantes uno se entera de igual modo. Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria."

En esta declaración de Borges quizá esté contenida una de las razones que explican por qué cada reportaje que se le hacía era un campo de batalla donde los contendientes no conocían el reposo, y la ironía imponía su reinado de tierra arrasada. El periodismo ­emblematizado en los periódicos­ está hecho para el olvido, en tanto la literatura alimenta la memoria de la especie, consideraba el escritor argentino. De ese silogismo borgeano se desprende que sus afanes y sus días estuvieron entregados a la creación literaria, y que sólo sus descansos aportaba a los medios periodísticos. Parafraseando a Wilde, podríamos decir que Borges era un hombre que puso su genio en la literatura y sólo su talento en las entrevistas.

En un encuentro entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, producido en 1975 a instancias del periodista Orlando Barone, van apareciendo los temas que ambos conversaban muchos años atrás:

Borges: Quiero decir, Sábato, que no se hacía ninguna referencia a las noticias cotidianas, fugaces.

Sábato: Sí, eso es verdad. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente.

Borges: Claro. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

Sábato: Sería mejor publicar un periódico cada año, o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante: "El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas.

Borges: (sonriendo) Sí... creo que sí.

Sábato: ¿Cómo puede haber hechos trascendentes cada día?

Borges: Además, no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió. Por eso yo jamás he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson.

Sábato: ¿Quién?

Borges: Emerson, que recomendaba leer libros, no diarios.

Borges siguió escrupulosamente la recomendación del pensador estadounidense. Nunca se tomó en serio ni los diarios ni al periodismo en general. Apenas si de cuando en cuando condescendía a entretener a algunos periodistas. Le resultaba muy chocante la grosera oposición entre las sutiles sugerencias de la literatura y la abrumadora invasión noticiosa.

"Antes se soñaba más, ahora, con tanta televisión... Lo que sucede es que cuando ocurre algo se lo anuncia inmediatamente y no se da tiempo a que se cree una leyenda al respecto. Yo, por ejemplo, alcancé a ver por televisión la llegada del hombre a la Luna. Esa inmediatez ayudó a que se formara parte de la noticia del día y se olvidara después con tantos nuevos Apolo. En cambio, hubiese sido distinto si se anunciara que el hombre había llegado a la Luna y después cada uno soñara cómo había ocurrido. Sin embargo, nos acosan con tantas noticias. "

Ese exceso de información enemigo de la sabiduría, era sentido por Borges como una confirmación y a su vez, una puñalada, al verso de Eliot: "Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento./ Dónde el conocimiento que hemos perdido en conocer."

Borges y yo

"Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perserverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página."

Travesuras de una niñez sin travesuras

Si el niño es el padre del hombre, muy probablemente en la infancia de Borges estuviera prefigurado ese candoroso iconoclasta siempre dispuesto a echar por tierra con todo lo que el sosegado sentido común da por consagrado. Sus declaraciones despertaban iras e insultos, deliberadamente buscados, quizá para reproducir ese sentimiento que dice haber tenido en su infancia: la vergüenza de sí mismo como una forma de justicia.

"Nací en el corazón de esta ciudad (Buenos Aires) en el año 1899, en la calle Tucumán, entre Suipacha y Esmeralda... La mayor parte de mi juventud transcurrió de puertas adentro. Al no tener chicos amigos, mi hermana y yo creamos dos compañeros imaginarios llamados, por una u otra razón, Quilos y Molino. Finalmente, cuando nos aburrimos de ellos, le dijimos a nuestra madre que habían muerto. Siempre fui muy corto de vista, usaba lentes y era bastante frágil. Como la mayor parte de mis familiares habían sido soldados (hasta el hermano de mi padre fue oficial naval) y yo sabía que nunca podría serlo, a muy temprana edad me sentí avergonzado por ser una persona destinada a los libros y no a la vida de acción. Durante toda mi infancia pensé que ser querido era una forma de injusticia. No creía merecer ninguna especie de cariño y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza porque todos acumulaban regalos sobre mí, que yo creía eran absolutamente injustificados, y me sentía una especie de impostor."

Así cometió el peor de los pecados: no fue feliz. Algo de esa felicidad que no se permitió a sí mismo en su infancia, pareció buscarla, con un estruendo que la sobriedad de su escritura nunca conoció, riéndose de sí mismo y de los reportajes cada vez que un periodista se le acercaba con la grabadora encendida.

¿Por qué lo hacía? "Dese cuenta ­dijo una vez con sinceridad y visible tristeza­, soy un hombre viejo, estoy ciego, no puedo leer, no puedo andar por la calle, no puedo escribir... dese cuenta...".

Lo que Borges tendría que haberle enseñado a ese niño tardío, es que hay cosas con las que no se juega. Por ejemplo, la vida humana.

Ceguera

Borges dio su aval a la más sangrienta dictadura que sufrió Argentina en toda su historia. "Al fin vamos a tener un gobierno de caballeros", se alegró en los días iniciales del golpe de Estado. Así, alabó el desenvolvimiento de esa dictadura que hizo desaparecer 30 mil personas, quemó libros en hogueras públicas, prohibió las matemáticas modernas, asesinó a escritores y periodistas ­119, según el PEN Club Internacional­, y condenó al exilio externo e interno a todo disidente. Mario Benedetti escribió en "Situación de escritor en América Latina": "Borges tiene desde ya asegurados dos lugares de excepción: uno en la más exigente de las antologías literarias, y otro (para usar su propia terminología) en la historia universal de la infamia. Siempre haré lo posible porque la segunda consideración no invalide la primera; pero también aportaré mi esfuerzo para que la primera no disculpe la segunda".

Borges nunca negó su "colaboracionismo", su tácita aprobación a esa gigantesca tarea destructora de vidas y bienes llevada adelante por los militares. Dice, en su descargo, que muy tarde tuvo noticia del drama que desangraba a su país. "Un día vinieron a mi casa las madres de Plaza de Mayo a contarme lo que pasaba". Lo cierto es que su silencio fue interpretado por muchos como complicidad, pues el enorme prestigio internacional que ya tenía hacia 1976, lo colocaba en una situación privilegiada, por la cual su palabra, dotada de una resonancia mundial hubiera podido servir para poner al desnudo las atrocidades cometidas por el régimen militar, en lugar de envilecerla con alabanzas que condecoraban el alma de los asesinos.

Esa actitud de Borges es descrita así por Eduardo Galeano, en Memorias del fuego: "Le horroriza todo lo que reúne a la gente, como el fútbol o la política, y todo lo que la multiplica, como el espejo o el acto del amor. No reconoce otra realidad que la que existe en el pasado, en el pasado de sus antepasados, y en los libros escritos por quienes supieron nombrarla. El resto es humo. Con alta finura y filoso ingenio, Jorge Luis Borges cuenta la Historia universal de la infamia. De la infamia nacional, la que lo rodea, ni se entera".

Borges se disculpa

"Soy un hombre que se sabe incapaz de ofrecer sus soluciones, pero creo poder aceptar las de otros. No entiendo de política, mi vida personal no ha sido otra cosa que una serie de errores. Pero estoy condenado a ello. He tratado de ser un hombre ético, aunque quizá sea imposible serlo en esta sociedad en la que nos ha tocado vivir, ya que todos somos cómplices o víctimas, o ambas cosas. Sin embargo, creo en la ética. La ética puede salvarnos personalmente y colectivamente. Estoy en un estado de resignada desesperación. No veo solución a los problemas que nos aquejan. Y no me refiero sólo a nuestro país, porque lo que aquí sucede es, sin duda, menos importante que lo que ocurre en el mundo entero. Creo que Spengler tenía razón cuando habló de la declinación de Occidente. Esa declinación es general."

Una pregunta, Borges, ¿qué opina de los reportajes?

"Generalmente siempre son las mismas preguntas. La primera es si soy argentino. Les digo que sí, que al fin y al cabo no es tan raro ser argentino, puesto que estamos en Buenos Aires y en esa ciudad habrá seis o siete millones de argentinos y que en el país habrá 20 o 25 millones. Raro sería ser argentino en Groenlandia o en Pakistán. Otra pregunta repetida es si todo lo que escribo lo hago primero en inglés y luego lo traduzco al español . Yo les digo que sí, que, por ejemplo, los versos: "Siempre el coraje es mejor,/ nunca la esperanza es vana,/ vaya pues esta milonga,/ para Jacinto Chiclana" se ve en seguida que han sido pensados en inglés; se notan, inclusive, las vacilaciones del traductor. Pensemos que si escribir es difícil, mucho más difícil es escribir primero en un idioma extranjero y luego traducirlo. No creo que nadie haga eso. Creo que yo sería en la historia de la literatura el primer caso si procediera de una manera tan tortuosa. Otra pregunta es: ¿Cuál ha sido el momento más importante de su vida? Son preguntas que no tienen contestación, porque los momentos más importantes... uno generalmente se da cuenta de cuáles son mucho tiempo después (si es que se da cuenta). Además, ¿qué quiere decir más importante? ¿Más importante emocionalmente? ¿Intelectualmente?"

Borges dixit

"Hay demasiados Borges", reconocía. Muchos, lamentablemente, sólo recordarán al opinólogo, a veces festivo, a veces sangriento. "Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones". Con esa prevención, que él mismo indicaba, hay que leer estas frases producto de los filosos juegos de su ingenio:

· "La mayoría de los tangos me parecen horribles... sobre todo Gardel me parece deleznable."

· "Ortega y Gasset fue un pensador estimable, pero debió recurrir a un hombre de letras para que le escribiera las ideas."

· A propósito de Cien años de soledad: "Me dicen que es una novela que dura cien años".

· "Federico García Lorca me parece un poeta de utilería; era un andaluz profesional. Ciertamente la muerte lo favoreció; creo que en definitiva sólo sirvió para que Machado escribiera un poema admirable."

· "¿Latinoamérica? ¿Qué es eso? Latinoamérica no existe, es una superstición, y la literatura latinoamericana otra superstición. ¿Cómo va a existir la literatura latinoamericana si Latinoamérica no existe?"

· "Las cárceles me parecen abominables: a ciertos hombres en vez de encerrarlos en las cárceles directamente hay que matarlos. Ni a mis enemigos les puedo desear las cárceles, pero la muerte sí."

· "No me desdigo de lo que tantas veces afirmé: los norteamericanos cometieron un grave error al educarlos (a los negros); como esclavos eran como chicos, eran más felices y menos molestos."

· "¿Quién se puede alegrar de tener un hijo negro? ¡Ni los negros!"

· "La gente cuando sale del cine normalmente opina; en cualquier lugar es así, pero en Estados Unidos no, sólo dicen lo que dice el crítico. La gente carece de opinión. Para todo son iguales, hasta para las comidas. Allí la gente se alimenta exclusivamente de ajo y de cebolla. Además de ser ignorantes, los norteamericanos apestan."

· "El general Pinochet me pareció un hombre muy grato. Es un hombre admirable que ha salvado a su patria... estoy orgulloso de haberle estrechado la mano a ese prócer de América."

Sostiene Tabucchi

El escritor italiano Antonio Tabucchi, quizá desconcertado ante la multitud contradictoria de personajes encubiertos bajo el nombre de Jorge Luis Borges, buscó perfilar la identidad verdadera del escritor argentino en un ensayo, que comienza así:

"Hace un tiempo, una revista francesa publicó una insólita noticia: que Jorge Luis Borges no existe. Su figura, divulgada con ese nombre, había sido sólo el invento de un grupito de intelectuales argentinos (entre ellos, naturalmente, Bioy Casares) que simplemente habían publicado una obra colectiva detrás de la creación de un personaje ficticio. Y que la persona conocida como Borges, aquel viejo ciego con bastón y sonrisa árida, era un actor italiano de tercer orden (la revista mencionaba incluso el nombre, pero no lo recuerdo) contratado años antes para hacer una broma, y que había quedado cautivo dentro del personaje resignándose finalmente a ser Borges de verdad."

Tabucchi no se limita a recordar esa boutade sino que da su explicación del rechazo, que tanto en la derecha como en la izquierda, causaba la imprevisibilidad del Borges oral:

Borges y Octavio Paz, 1981
Foto: Paulina Lavista
"Borges tuvo detractores encarnizados tanto en la derecha como en la izquierda: porque dio a entender claramente, a través de sus metáforas literarias, su no adhesión a ninguna fe que no se basara ante todo en su escepticismo. ¿A qué adhería realmente Borges? Me lo he preguntado a menudo más allá de sus circunstanciales elecciones políticas, muchas veces francamente irritantes. Borges adhería solamente a su inteligencia. Aparte de esta, no veo, en profundidad, ninguna otra adhesión. Con frecuencia he pensado que era un ilustrado que vivió fuera del Siglo de las Luces y que ya conocía el Novecento, algo así como un ilustrado para atrás..."

En esa línea se inferiría que Borges seguía minuciosamente la creencia de su maestro, Robert Stevenson: "El arte mismo es un juego, y hay que jugar con la seriedad del niño que juega". Esa vocación lúdica ajena a toda razón que no fuera de orden estético, hizo del genial creador de ficciones un personaje más. Así lo expresa el escritor italiano:

"Al indagar la paradoja de la vida y aplicarla a la literatura, creo que, esencialmente, Borges quiso significar que el escrito es, ante todo, un personaje en sí mismo. Si queremos creer en su paradoja y aceptar jugar su juego, tal vez nos esté permitido decir que Jorge Luis Borges, personaje de alguien que se llamaba como él, en cuanto tal no existió nunca. Es probable que su vida sea un libro."

Cuando nos una el amor y no el espanto

Cuando el tiempo, con sabio ademán, barra toda la hojarasca que el propio Borges depositó sobre su nombre, no habrá perdido un solo átomo de brillo esa prosa tan pariente de la perfección. Estas palabras que él dedicó a Macedonio Fernández se ajustan a él con la fidelidad de un autorretrato: "Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que pueda hallarse. Macedonio perdurará en su obra y como centro de una cariñosa mitología". No sabemos si Borges dejará "una cariñosa mitología" que lo tenga a él por centro, pero si alguna certeza tenemos, es que su obra perdurará, porque la juzgamos "tan eterna, como el agua y el aire".


Sergio Marelli es docente de la Universidad Nacional de La Plata en la cátedra de Filosofía del Derecho.
Correo: sergiomarelli@uolsinectics.com.ar

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