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¿Qué nos dejan los videos?


Luis Emilio Giménez Cacho



Durante los primeros 15 días de marzo los televidentes mexicanos nos vimos expuestos a una verdadera bacanal de imágenes sorpresivas.

Muchos quedamos atónitos cuando se nos convirtió en testigos de las conversaciones poco edificantes que se desarrollan de vez en vez en las oficinas del joven dirigente del Partido Verde Ecologista, quien, por cierto, acaba de ser ratificado en el cargo por unanimidad y entre vítores de sus correligionarios, que al parecer no se sorprenden con nada.

Quizá los escandalizados por las escenas que protagonizó el profesor René Bejarano hayamos sido unos cuantos menos; se trata de un hombre que lleva ya más años de trabajo "político" expuesto al público y algo así era de esperarse. La tercera escena sorprendente fue la del dirigente perredista del DF y delegado en Tlalpan Carlos Ímaz recogiendo sus donativos en metálico con una impresionante desfachatez. Luego, con los días, se fueron descubriendo los vínculos personales tras las bambalinas, se produjeron las explicaciones, los deslindes, las fugas, las movilizaciones de masas y la ganancia de pescadores. A final de cuentas, y sólo desde la política, lo que tenemos es una grave crisis que sacudió al PRD, y tiene en la cuerda floja a los principales funcionarios de la administración de la ciudad de México que según las encuestas iban hasta entonces en caballo de hacienda.

Todo ello, y lo que seguramente seguirá, es resultado de la exhibición en cadena nacional de una serie de grabaciones en video preparadas a mansalva y difundidas a traición. Antiguamente ­otra vez la paradójica nostalgia­ las emboscadas se tendían en los caminos o en puntos previamente convenidos entre las partes. Ahora gracias a la televisión, pueden convertirse en un fenómeno virtual ubicuo que administran y dosifican a voluntad y sin correr riesgos los poseedores del material y los productores del espectáculo. Estamos de nuevo ante la demostración del apabullante poderío político de los medios, en especial de la televisión.

Cuando hace unos años en Perú se obsequió al público con las escenas selectas de la videoteca del ministro Vladimiro Montesinos que remataron a Fujimori y su grupo, la mayoría de la gente de aquí interpretó ese espectáculo como síntoma de la descomposición política imperante en los Andes lejanos. Los mexicanos podíamos darnos aires de superioridad. Nuestra transición democrática ha creado, en principio, nuevas instituciones que dan a la pasión política y a los intereses un cauce civilizado para discurrir. Después de esta primera quincena de marzo sabemos que nuestras certezas deben revisarse a la baja. El margen para la trapacería y la guerra sucia se ha ensanchado enormemente y puede seguir ampliándose. La demagogia pobrista gana la plaza pública y se acumulan nuevos elementos de descrédito de los partidos políticos. Estamos todavía lejos de ver en nuestra casa las escenas de descomposición política que tanto hemos lamentado en otros países latinoamericanos, pero menos lejos que antes. El activismo de los informadores, bien aprovechado por políticos cada vez más chapuceros, pero crecientemente experimentados, está contribuyendo a ello.

Ésa es a mi juicio la perspectiva con la que debe juzgarse el rol que desempeñan las primicias escandalosas de los últimos días. No estoy con los que piensan que la divulgación de los supuestos hallazgos noticiosos ­depositados anónimamente en los estudios y redacciones­ ayuda a combatir la corrupción o a sanear el ambiente político. Todo lo contrario.

La impresión que queda es que se desprestigian los políticos y se desacreditan los partidos en general. Al anticiparse a ellas, también se pone en duda a las instituciones encargadas de perseguir el delito y se introducen trabas innecesarias a su tarea. Al fabricar delincuentes por anticipado y sin pasar por el filtro de la ley se coloca bajo presión política a los jueces que eventualmente pudieran tener la responsabilidad de sancionar. Y, finalmente, se trastoca también la función informativa. El periodista pasa de reportar y analizar los sucesos políticos a producirlos y ser protagonista parcial. En estos 15 días, como nunca antes, hemos visto que lo acontecido en un noticiero era la noticia de los otros. Hay algo de perverso en esto. En síntesis, en esta oleada de videoescándalos ha perdido algo cada uno de los actores centrales del debate político y se deteriora el espacio público que es de todos. No hay que hacerse ilusiones, nadie gana.

No se trata desde luego de contemporizar con la corrupción que invade nuestra vida social y desgasta la moral pública. Pero debe reconocerse que todos los actores conspicuos de este show están obligados ­al menos por razones profesionales­ a hacer notar que las leyes prevén estos casos y están establecidos los mecanismos para perseguirlos. Pero las leyes suponen, porque no queda más remedio, la existencia de ciudadanos responsables de sus actos. Una conducta política responsable y prudente ante los videos hubiera demandado a los poseedores del material presentar denuncias ante las autoridades no ante los televidentes; a los informadores hubiera correspondido darnos cuenta de los pormenores de las denuncias y las investigaciones y no ponerse al tú por tú con los filmados o los filmadores que se les pusieron a tiro. A los jueces en su momento les tocaría castigar a los malosos si de verdad lo son. A los legisladores arreglar las leyes si están mal. Todo esto es de libro de civismo. Pero primó de nueva cuenta el escándalo y la incontinencia.

Queda claro que en nuestro país no todos profesan veneración por el Estado de derecho. Pero sería de esperarse que al menos quienes proclaman su respeto por la ley siguieran las pautas de conducta que facilitan aplicarla. De otro modo seguimos en la simulación política en aras del protagonismo y el espectáculo. Es en el fondo la misma simulación que, para vergüenza de todos, ha permitido al Niño Verde, al profesor Bejarano y a tantos más llegar a donde nunca debieron haber llegado.



Luis Emilio Giménez Cacho es presidente del Instituto de Estudios para la Transición Democrática.

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